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“Estaba, pues, Pedro en pie, calentándose, y le preguntaron: -¿No eres tú de sus discípulos? Él negó y dijo: -¡No lo soy!” – Juan 18:25, Versión Valera 1995.

Pedro niega

Y así hasta tres veces. Poco antes, sin embargo, Pedro estaba dispuesto a luchar por Jesús; porque cuando iban a arrestar a su maestro había cogido una espada y le había cortado  una oreja a Malco, siervo del sumo sacerdote.  Sin embargo, ahora niega que le conozca o que alguna vez hubiera sido su discípulo. Y es que Pedro mostró ser tan humano como cualquiera; bajo la presión del miedo, se transformó; dejó de ser él mismo. Las pruebas y la presión condicionan profundamente el espíritu del ser humano, “se vuelve como loco“, dicen las Escrituras.

Existen muchas clases de pruebas en la vida, pero la decepción religiosa suele ser una particularmente hiriente para el corazón. Muchas cosas se desmoronan. En muchos casos se pierden referencias; la oración desaparece, la esperanza deja de brillar, y es posible que el resentimiento dure mucho tiempo. Tal puede llegar a ser la presión del dolor que hasta es posible que se niegue que alguna vez se conoció a Jesús y que una vez se fue discípulo de él. Las referencias son ahora otras…

Sin embargo, en ocasiones no se reflexiona lo suficiente como para ver con claridad que, de la decepción religiosa de uno, poca culpa, si acaso alguna, tiene Dios. Que la piedra de tropiezo fue otra bien distinta y que el espíritu de las enseñanzas de Jesús de Nazaret sigue ofreciendo luz pese a quien pese. Así lo entendió Pedro, quien al final “lloró amargamente” entregando después por completo su vida a su Señor. Y es que, es verdad, la fe se puede perder, pero nunca es tarde para volver a tenerla y que la esperanza vuelva a brillar en el corazón.

Siempre queda por tanto la posibilidad de escuchar cantar al gallo.

Esteban López