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A ningún profeta lo aceptan en su propia tierra.” Lucas 4:24, NVI.

"Puesto que anheláis dones espirituales, procurad abundar en ellos para la edificación de la iglesia."Ni siquiera Cristo Jesús cayó bien a todo el mundo. Poco después de reconocer eso y de aplicarse a sí mismo unas palabras de Isaías, “algunos se enfurecieron. Se levantaron, lo expulsaron del pueblo y lo llevaron hasta la cumbre de la colina sobre la que estaba construido el pueblo, para tirarlo por el precipicio.”

Suele ocurrir que cuando a una persona se la margina socialmente por causas religiosas o ideológicas, lo que ésta diga pierde toda autoridad. Nada importa que sus argumentos puedan estar llenos de razón o firmemente afianzados en la verdad objetiva de las cosas. Se le convierte en un cero a la izquierda y en muchos casos se procura su muerte social o afectiva.

En situaciones así es cuando se pone a prueba la fortaleza interior, la fidelidad a los altos principios y la propia autoestima. Porque pocas cosas hieren más el alma que el desprecio de quienes consideras tus amigos, tu familia o tus hermanos en la fe.

En las Escrituras se muestra que muchos siervos de Dios padecieron situaciones parecidas: David, Jeremías, Elías, Juan el Bautista, o como se ve en la lectura de Lucas cuatro, Jesús de Nazaret mismo. Pero todos ellos tuvieron un denominador común: su confianza radical en Dios y el sentir convencido de que para él seguían siendo sus hijos queridos. En la fe firme mantuvieron siempre su dignidad.

Como tan bellamente escribió David: “Aunque mi propio padre y mi propia madre de veras me dajaran, Jehová mismo me acogería.” -Salmo 27:10, TNM.

Esteban López

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