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blade-runner-2El film Blade Runner (1982), del director estadounidense Ridley Scott, contiene muchos aspectos interesantes desde el punto de vista cinematográfico, pero  sobre todo desde una perspectiva filosófica.

Trata el argumento de un tiempo futuro en el que los humanos han logrado diseñar por ingeniería genética seres muy parecidos a ellos y que reciben el nombre de “replicantes“. Su inteligencia les lleva a darse cuenta de lo corta que es su vida, pues solo pueden vivir cuatro años; algo que también nos ocurre a nosotros los seres humanos aunque vivamos setenta u ochenta. Las comparaciones filosóficas por tanto son absolutamente inevitables.

Por ejemplo, los árboles Secoya de los bosques de California suelen tener una gran longevidad. Algunos tienen 3000 años de edad. Sin embargo, nosotros los humanos vivimos más bien poco, y no solo en comparación con ellos. Hay tortugas por ejemplo que viven 200 años y cisnes que viven incluso 90. Cabe preguntarse por qué vivimos tan poco. Es como si algo no encajara, sobre todo cuando se tiene en cuenta que el corazón humano, cuando está bien cultivado, anhela y proyecta siempre hacia la eternidad. 

En la escena final de la película Blade Runner, cuya porción se muestra más abajo, un ‘replicante‘ se pregunta por la razón de la existencia y las grandes preguntas de la vida. No entiende que toda su experiencia vital se pierda para siempre, y lo expresa de un modo absolutamente poético cuando dice: “Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…”

A veces la vida es tremendamente dura. Quizá perdamos seres queridos o nosotros mismos, sea por enfermedad o vejez, nos veamos próximos a la muerte. Muchas veces en momentos así las grandes cuestiones existenciales surgen. Las preguntas que hace el ‘replicante‘ en ese film son en realidad las mismas que nos hacemos todos nosotros. Amamos profundamente la vida y todo lo que ofrece; percibimos sus mil y una aristas que cautivan profundamente nuestra alma. Quizá por eso el compositor catalán Pau Casals estuvo componiendo música sin cansarse hasta los noventa y ocho años y nunca dijo que se aburría. Amaba absolutamente todo lo que hacía. Quizá por eso también, Frida Khalo, después de mucho sufrimiento, a la hora de morir exclamó: “¡Viva la vida!.” Quizá por eso y por muchas cosas más, a menudo resulta difícil creer que esas preguntas vitales no tengan algún día buenas respuestas; que sea difícil concebir que al final “todo tenga que perderse en el tiempo, como lágrimas en la lluvia“.

¿Existe, por tanto, alguna otra opción que abra alguna puerta a la esperanza? Julián Marías, lo expresa muy bien cuando al hacer referencia a la perspectiva cristiana, escribe:

La muerte es inevitable; el hombre desemboca en la muerte. Pero la vida no, la vida es proyecto y no hay razón para dejar de proyectar. Lo que quiere decir que la vida humana postula la perduración, postula la vida después de la muerte, y yo creo que el hombre debe seguir proyectando para después de la muerte. Se ha dicho muchas veces que el hombre no se puede llevar nada, como las riquezas o los honores. Pero sí se puede uno llevar los proyectos, lo que uno ha querido ser y no ha podido. Yo pienso en la otra vida como la realización de las trayectorias auténticas”.

Esteban López