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dunlap2Desde el tiempo en que se escribió el libro de referencia, Aid to Bible Understanding (Ayuda para entender la Biblia), había tenido asociación cercana con Edward Dunlap. Le conocí en 1964 mientras yo asistía a un curso de diez meses en la Escuela de Galaad. En ese entónces él era el registrador de la escuela y uno de los cuatro instructores. Nuestra clase (la 39ª) se componía de unas cien personas, la mayoría hombres de las oficinas de la sucursal. Se puede afirmar con veracidad que la mayoría de ellos consideraba las clases de Dunlap por mucho las más instructivas en lo que tenía que ver con adquirir entendimiento de las Escrituras. (Lloyd Barry estuvo también en esta clase e hizo comentarios semejantes en más de una ocasión como miembro del Cuerpo Gobernante. Dudo que algún estudiante de Ed jamás haya dudado del amor y conocimiento profundo de él por las Escrituras). Originario de Oklahoma, de apariencia algo desbastada, y a pesar de una educación ordinaria, Ed tenía la habilidad de tomar temas muy difíciles y complejos y ponerlos en forma y lenguaje sencillos, fuera ya el tema de las funciones de la Ley Mosaica o el estudio científico de la genética. Sin embargo, lo más importante para mí era la falta de pretensión. Aparte de su preferencia por las corbatas de colores chillones, él era básicamente -en porte, habla y conducta- una persona sencilla, sin ostentación. No importaba cual responsabilidad se le asignara, él permanecía el mismo.

Él siempre había estado completamente dedicado a la organización; el registro de su servicio de tiempo cabal igualaba al mío en lo extenso. Otra circunstancia que dice algo de él se relaciona con una dolencia que se le desarrolló a finales de los 1960. Comunmente llamada tic douloureux (témino francés que quiere decir espasmo doloroso), el término médico para ésta es neuralgia trigeminal, la cual es la inflamación de un nervio facial grande, el trigémino ramificado en tres partes, y que es capaz de producir unos de los padecimientos más dolorosos humanamente conocidos. El dolor punzante y cegador puede ser provocado por cualquier cosa, una brisa suave, el tacto, que excite el nervio, y a medida que la enfermedad empeora, a la víctima se le hace cada vez más difícil el hacer cosas normales como peinarse, cepillarse los dientes, o comer, sin correr el riesgo de n ataque. Algunos así afligidos llegan hasta cometer suicidio.

Ed sufrió con esto por siete años, teniendo períodos de mejota y luego de empeoramiento. Durante ese tiempo, el presidente, Nathan Knorr, por alguna razón se hizo de la opinión (quizá basada en comentarios de otros) que esto era algo emocional de parte de Ed y no un problema físico genuino. Un día él habló con Ed respecto a su dolencia, indagando acerca de su vida matrimonial y de otros asuntos relacionados. Ed le aseguró que lo uno no tenía que ver nada con lo otro, que él podía estar disfrutando de un buen día de vacaciones y venía un ataque sin advertencia alguna. El presidente, sin embargo, no dió peso alguno a la explicación de Ed y le informó que había decidido enviarle a la fábrica por algún tiempo para que hiciera un poco de ejercicio. Iría a trabajar al departamento de encuadernación.

Ed, entónces en los sesenta, había estado tomando por algún tiempo potentes medicamentos -prescritos por el médico de las oficinas centrales para suprimir los ataque dolorosos, y en ocasiones había estado en cama por días y hasta por una semana entera, con su dolencia. Pero ahora se le envió al departamento de encuadernación y fue asignado a abastecer una máquina en la línea de encuadernación. Lo hizo por meses y se esmeró por llevar a cabo lo mejor posible esta asignación “teocrática.” Pero como me dijo él confidencialmente, esta experiencia le hizo darse cuenta por primera vez del control absoluto que la organización ejercía sobre la vida de uno. Sus intentos de explicar se pasaron por alto y en contra de todo buen sentido, se le colocó en la situación nenos deseable para alguien que sufriera de tal dolencia.

…Él no esperaba ninguna disculpa de parte de la organización por el serio error de ésta en el juicio hecho, ni por la manera en que habían considerado y manejado su problema angustioso. Ninguna se le ofreció.

Ya que nuestros lugares de trabajo, tanto durante el proyecto Ayuda como de ahí en adelante, estaban muy cerca el uno del otro, conversábamos a menudo, compartiendo puntos interesantes que encontrábamos durante nuestras investigaciones. El Comité de Redacción del Cuerpo Gobernante nos asignó a trabajar juntos en un número de proyectos, como el Comentario sobre la Carta de Santiago. En nuestras conversaciones no siempre concordábamos en todos los puntos, pero ello no afectó nuestra amistad ni el respeto mutuo.

Menciono todo esto porque Edward Dunlap era una de las pocas personas que sabían cuán profundas eran mis preocupaciones en lo relacionado con lo que veía en la organización, y en particular, lo que veía en el Cuerpo Gobernante. Él compartía tal preocupación. Al igual que yo, llegó a sentirse así porque no podía armonizar mucho de lo que veía, oía y leía con las Escrituras.

Aunque estaba asociado con la organización desde los tempranos 1930, durante la gran parte de esa asociación él no se consideró a sí mismo como parte de los “ungidos”. Conversaba con él, al respecto, un día a finales de los 1970 y me dijo que cuando comenzó a asociarse la Watch Tower entónces señalaba que había dos clases que heredarían la vida celestial: los “elegidos” (compuesto de los 144.000) y la “compañía grande” (o “gran muchedumbre” de Revelación capítulo siete). La “compañía grande” se decía que eran cristianos de una fe menor que la de los elegidos y por lo tanto, aunque igualmente destinados para vida celestial, la “gran compañía” no estaría entre aquellos que gobernarían con Cristo como reyes y sacerdotes. Dado que de las dos clases una era superior y la otra inferior, Ed típicamente asumió que pertenecía a la clase inferior, la “gran compañía”.

Vino 1935 y el Juez Rutherford, en la asamblea de Washington D.C., anunció la “verdad revelada” de que aquellos de la “compañia grande” estaban bíblicamente a vivir, no en el cielo, sino sobre la tierra. Dijo Ed que él siempre había abrigado la esperanza de vida celestial, y sentía que no podía haber nada más maravilloso que el servir en la presencia de Dios y en compañía de su hijo. Pero debido al cambio anunciado en la posición de la organización, él amortiguó esas esperanzas y aceptó lo se se le dijo de debía de ser su esperanza como parte de la “gran compañía.”

Ed Dunlap y su esposaNo fue sino hasta 1979 que él claramente llegó a la decisión de que ninguna organización humana podía cambiar la invitación encontrada en las Escrituras, en efecto fijando una fecha para un cambio en la esperanza presentada en la Biblia misma como abierta para toda persona que abrace tal esperanza, sea su nombre Pedro, Jacinto, José o Ed. Así es que, cuarenta y cinco años después de 1935 él empezó a participar de los emblemas, el pan y el vino, en la cena del Señor, algo que solo los “ungidos” de entre los testigos de Jehová hacen.

Edward Dunlap creía que el capítulo 8 de la carta a los Romanos no estaba tratando acerca de dos clases de cristianos divididos por su esperanza, una celestial y otra terrenal, sino que trata de dos clases de personas: aquellos guiados por el espíritu de Dios y los regidos por la carne pecaminosa. El contraste que el apóstol Pablo presenta no es entre vida en el cielo o vida en la tierra, sino entre la vida y la muerte mismas, entre amistad con Dios o enemistad con El. Como Ed hizo notar, el apóstol no dijo algunos, sino “TODOS los que son guiados por espíritu de Dios” son sus hijos (versículo 14).

Basta decir aquí, que Ed Dunlap compartió conmigo las mismas preocupaciones básicas, particularmente las referidas al dogmatismo y al espíritu autoritario que se estaba manifestando. Su punto de vista, como el mío, era que la autoridad humana, cuando se la lleva más allá de sus límites apropiados, inevitablemente termina en quitar mérito a la función de Cristo Jesús como Cabeza de la congregación.


 Inquisición

 …Cuatro semanas después de haber iniciado mi periodo de ausencia, mientras todavía estaba en Alabama, recibí una llamada telefónica de Ed Dunlap. Después de una conversación general me dijo que dos miembros del Cuerpo Gobernante, Lloyd Barry y Jack Barr habían venido a su oficina y lo habían interrogado por tres horas acerca de sus creencias personales. En cierto punto preguntó Ed, “¿Cuál es el propósito de este interrogatorio judical?” Le aseguraron que no era ese el caso, sino que simplemente deseaban saber cómo se sentía respecto a algunos asuntos.

No le dieron ninguna explicación sobre lo que había motivado su interrogatorio. A pesar de que pretendían hacer creer que la discusión era solo de carácter informativo, para Ed esto daba claros indicios del principio de una acción por parte de la organización que probaría ser inquisitorial y punitiva. Las preguntas inquirían sobre su punto de vista en cuanto a la organización, sobre las enseñanzas tocante al año 1914, las dos clases de cristianos, la esperanza celestial, y puntos parecidos.

Respecto a la organización, él les dijo a sus interrogadores que su mayor preocupación se refería a la falta de estudio bíblico de parte de los miembros del Cuerpo Gobernante; que él sentía que aquellos tenían como obligación hacia los hermanos el considerar como primera prioridad el estudio e investigación de las Escrituras, en vez de dejar que la preocupación por el trabajo de oficina y otros asuntos los alejase del estudio bíblico…

…Ví a Ed Dunlap parado al frente de uno de los edificios de las oficinas centrales. Tenía que reunirse ese día con uno de los comités judiciales.

Ed tenía entónces sesenta y nueve años de edad. El año anterior, en 1979, él había comentado que estaba considerando seriamente el irse de las oficinas centrales. El sabía que había sido objeto de ataques, tanto en las sesiones del Cuerpo Gobernante, como fuera de éstas. En una ocasión le pidió al Comité de Redacción que le aliviara del hostigamiento experimentado…

… Cuando a finales de 1979 le informé a Ed de nuestros pensamientos en cuanto a irnos, dijo que él había sopesado la idea pero había llegado a la conclusión de que tal paso no le era posible. Considerando su edad avanzada y su situación económica se le hacía difícil ver como pudiera razonablemente mantenerse él y su esposa. Al quedarse, tendrían al menos un sitio donde vivir, alimento y atención médica. Así es que había decidido quedarse y añadió, “Si me molestan mucho en el Departamento de Redacción pediré que me transfieran al taller de carpintería o a cualquier otro trabajo”.

Menos de un año más tarde se encontró citado para una audiencia con un comité judicial. El día que lo vi dijo, “Voy a ser bien franco con ellos. Va en contra de mi naturaleza el ser evasivo”. Agregó que tenía muy pocas dudas en cuanto a lo que el comité haría.

Después de la visita inicial de Barry y Barr con él, por casi séis semanas ninguno de los miembros del Cuerpo Gobernante fue adonde estaba Edward Dunlap para hablar del asunto, para razonar con él o discutir la Palabra de Dios con este hombre que había estado asociado por casi medio siglo, que había dedicado unos cuarenta años en el serviciocabal, que profesaba la esperanza celestial, y que ahora tenía cerca de setenta años de edad. Ellos mismos son testigos de que esto es verdad. Qué diferente al pastor que deja las noventa y nueve para ir en busca y para ayudar a la oveja “perdida.”

Se le encomendó el trabajo de juzgar a Ed Dunlap, a un comité de cinco hombres de entre el personal de las oficinas centrales. El Cuerpo Gobernante permaneció en el transfondo. Todos los cinco hombres asignados eran más jóvenes que Ed; ninguno profesaba ser de los “ungidos.” Después de deliberar por un solo día llegaron a su decisión.

Bastante típico de las actitudes demostradas son las siguientes expresiones:

Cuando se le preguntó acerca de su punto de vista en cuanto a la enseñanza organizacional de dos clases de cristianos, Ed les señaló las palabras de Romanos 8:14, que dicen: “TODOS los que son conducidos por el espíritu de Dios” son hijos de Dios… Fred Rusk, quien había servido como instructor en la Escuela de Galaad por varios años mientras Ed era el Registrador, dijo, “Oh, Ed, ésa es solo la interpretación tuya del pasaje.” Ed preguntó, “Entónces, de qué otra manera lo puedes explicar?” La contestación de Fred Rusk fue, “Mira, Ed, eres tú quien está siendo juzgado, no yo”.

Cuando se le preguntó en cuanto a las reglas de la organización, él enfatizó que el cristiano no está bajo ley, sino bajo bondad inmerecida (o gracia). Añadió que la fe y el amor eran fuerzas superiores en lo que respecta a la justicia de lo que las reglas jamás podrían ser. Robert Wallen dijo, “Pero Ed, a mí me gusta tener a alguien que me diga qué tengo que hacer.” Teniendo en mente las palabras de Hebreos 5:13, 14, que los cristianos no deberían ser como bebés sino como personas maduras, las “que por medio del uso tienes sus facultades perceptivas entrenadas para distinguir tanto lo correcto como lo incorrecto,” Ed le contestó, “Entonces tienes que leer más tu Biblia.” Robert Wallen sonrió y dijo, “Yo y dos millones más.” Ed contestó, “El hecho de que ellos no lo hagan no te excusa a ti de hacerlo”. Él enfatizó que éste era el problema mayor, los hermanos simplemente no estudiaban la Biblia; ellos dependían de las publicaciones; sus conciencias no estaban genuinamente entrenadas bíblicamente.

…El comité judicial quería saber si él hablaría en el futuro sobre estos puntos con otras personas. Él contestó que no tenía ninguna intención de hacer “campaña” entre los hermanos. Pero también dijo que si algunas personas vinieran privadamente adonde él, solicitando ayuda, él lo haría, pues sentiría la obligación de ayudarles. Con toda seguridad éste fue el factor determinante. Tal libertad para la discusión y expresión bíblica privada no era aceptable, sino vista como herética, como un peligroso atentar contra el orden de la organización.

Una de las declaraciones presentadas parecía particularmente paradójica. Ed les había dicho claramente que él no tenía ningún deseo de ser expulsado, que él disfrutaba de la compañía de los hermanos y no contemplaba ni deseaba ser separado de ellos. El comité lo estimuló a que “pusiera su confianza en la organización y tuviera paciencia,” diciendo, “¿Quién sabe? Quizás en cinco años muchas o todas las cosas que estás diciendo sean publicadas y enseñadas”.

Ellos conocían la naturaleza fluctuante de las enseñanzas de la Sociedad y sin duda alguna esto fue lo que los motivó a expresarse así. Pero, de acuerdo con esta afirmación ¿hasta dónde entonces llegaba la convicción de ellos de lo correcto de estas enseñanzas y de su sólida base bíblica? Si ellos estaban dispuestos a aceptar la posibilidad de que las enseñanzas de la organización en estos puntos en cuestión no fueran más sólidas y duraderas que lo dicho, ¿cómo era posible entonces que ellos usaran esas enseñanzas para determinar si este hombre era un siervo leal de Dios o un apóstata?

Si ellos consideraban que esas enseñanzas estaban tan sujetas a cambio al grado de que valdría la pena esperar y ver lo que los próximos cinco años trajeran, ¿por qué no sería entónces apropiado también posponer toda acción judicial contra este hombre quien había dado, no cinco años, sino medio siglo de servicio a la organización?

La lógica de tal razonamiento puede entenderse solamente si uno acepta y sostiene la premisa de que los intereses de la persona – incluyendo su buen nombre, la reputación forjada con esfuerzo, los años de vida ofrecidos en servicio – son cosas desechables si éstos interfieren con los objetivos de una organización.

Estoy seguro de que cada uno de los hombres en ese comité judicial reconocía que Edward Dunlap tenía un amor profundo por Dios, por Cristo y por la Biblia – y aún así ellos sentían que tenían que tomar acción contra este hombre. ¿Por qué? Ellos conocían el carácter prevaleciente en el Cuerpo Gobernante, expresado a través de su Comité de la Presidencia. Lealtad a la organización requería tal acción de parte de ellos, ya que este hombre no aceptaba ni podía aceptar todas las pretensiones e interpretaciónes procedentes de esa organización.

…Cuando el Comité judicial de cinco ancianos de Betel -haciendo lo que, por cualquier norma de lo que es propio, le tocaba al Cuerpo Gobernante hacer- finalmente se reunió con Ed Dunlap y le informó de su decisión de expulsarlo, Ed les dijo:

Está bien, si ésa es su decisión. Pero no digan ustedes que es por “apostasía.” Ustedes saben que apostasía quiere decir rebelión contra Dios y Cristo Jesús, y ustedes saben que eso no es cierto en cuanto a mí”.

Así pues, ellos expulsaron a Ed Dunlap, y le pidieron que abandonara lo que había sido su hogar en las oficinas centrales en Betel. Él regresó a Oklahoma City donde se había criado y donde, con unos 70 años de edad, comenzó a ganarse la vida para sí mismo y para su esposa, empapelando paredes, oficio que aprendiera antes de comenzar sus cuarenta años de servicio cabal como representante de la Sociedad Watch Tower Bible & Tract.

Se me hace difícil de comprender cómo los que fueron responsables – genuina y primeramente responsables – por todo esto pueden acercarse a Dios en oración de noche y decir, ‘Muéstranos misericordia así como hemos mostrado misericordia a otros.’

Después de su expulsión sumaria de las oficinas centrales, Edward Dunlap pasó por Alabama en su camino a Oklahoma City y a su nuevo comienzo… Al hablar con él me dijo, “Me parece que lo único que uno puede hacer es tratar de llevar una vida cristiana y ayudar a la gente dentro de cualquiera que sea la esfera de influencia que uno normalmente tenga. El resto está en las manos de Dios”.

– Raymond Franz, Crisis de Conciencia, Atlanta, Geogia, EEUU.