La siguiente carta fue escrita por Yakov, un hombre nacido en 1936 que como testigo de Jehová había pasado la mayor parte de su vida enfrentándose a persecución en la Unión Soviética:

(traducción del inglés)

Estimado Ray Franz,

Mi nombre es Yakov y nací el 25 de junio de 1936 en una familia de testigos de Jehová en Moldavia. En 1937, 1939 y 1941 nacieron mis hermanas Rimma, Lydia y Martha. Tenía otro hermano mayor, Iván, nacido en 1928 del primer matrimonio de mi padre.

Cuando era muy pequeño recuerdo cómo la policía venía a arrestar a nuestra familia. Aunque éramos muy niños, separaban a nuestros padres de nosotros. Iván lograba escapar a menudo y procuraba traernos comida por las  noches, pero también era arrestado muchas veces y golpeado severamente. Teníamos muy poca comida y pasábamos mucha hambre cuando Iván no podía venir. Yo aprendí a ordeñar la vaca y así teníamos por lo menos leche. Sin embargo, los vecinos se negaban a ayudarnos por temor a que la policía se enterara de que estaban ayudando a unos hijos de testigos de Jehová. Por las noches pasábamos también mucho frío debido a la falta de mantas y ropa apropiada, y la extrema suciedad producía muchos ácaros y pulgas.

Mi madre fue sentenciada a quince años de prisión y mi padre a pena de muerte (conmutada después por veinticinco años de prisión). Aunque la guerra cambió las cosas y ellos pudieron volver a nuestro lado en 1944, en total habíamos pasado dos años sin nuestra madre y tres sin nuestro padre.

Si en 1941 las autoridades rumanas acusaron a mi padre de simpatizar con los comunistas, ahora en 1946, era acusado de simpatizar con los fascistas. Entonces fue arrestado por la KGB y sentenciado a diez años de prisión, a pesar de que mi hermana Martha acababa de fallecer recientemente debido al sufrimiento y la miseria.

El 6 de junio de 1948 tanto mi madre, como Rimma, Lydia y yo mismo fuimos exiliados a Siberia. Mi hermano Iván también fue enviado allí un poco más tarde, en 1951. En 1956, a mi padre se le permitió salir de la prisión debido a la muy mala salud (tuberculosis). Me contó que en varias ocasiones lo habían enviado a la morgue porque creían que era ya cadáver; pero después se recobraba y lo enviaban de nuevo a prisión. Después de que saliera de la cárcel, fue hospitalizado y finalmente, en 1957, murió en el hospital de Kugranskaya, no lejos de donde vivía.

Me casé en 1959, pero en 1963 yo mismo fui arrestado y sentenciado a tres años de prisión.  Al salir me fue imposible encontrar trabajo o vivienda debido al estigma de haber estado en la cárcel. Contacté con las autoridades pero me dijeron que me tenían vigilado y que mis problemas se acabarían si cesaba en mi “propaganda de los testigos de Jehová.” Permanecí en la lista de la KGB hasta 1990.

Durante todo ese tiempo, los testigos en la Unión Soviética estaban muy divididos. Existían varias facciones, y desconfiaban unos de otros. Había razones para ello, pues las autoridades extendían muchos rumores falsos. Después de la guerra los testigos habían perdido contacto con las sucursales, que por aquel entonces se encontraban en Rumanía y Polonia.

En 1949, un testigo llamado Tsyba escribió una carta a Stalin diciéndole que dejara de perseguir a los testigos o Jehová lo castigaría al tener que venir en ayuda de su pueblo. Muchos hermanos hicieron copias de las cartas y las enviaron en masa a Stalin. Como resultado las autoridades los arrestaron a casi todos y más de once mil testigos fueron enviados a Siberia   entre quince y veinte años.

Durante todos esos años, algunos testigos prominentes cambiaron de mentalidad y empezaron a animar a los hermanos a que moderaran su posición ante las autoridades;  incluso que permitieran a sus hijos que se hicieran miembros del partido comunista juvenil.

En 1976, bajo presión de la KGB, mi esposa renunció a Dios y me dejó junto con mis cuatro hijos de doce, diez, ocho y seis años respectivamente. Mientras tanto, después de todos esos años y de ver el desarrollo de las cosas en la organización, llegué a la firme conclusión de que la entera organización ha llegado a ser idolátrica, porque aunque afirma que adora a Dios, sin embargo ha colocado a otros ídolos por encima de Jehová: los hombres, ‘la organización,’ ‘el esclavo fiel y discreto’ y la Watchtower.

En 1976 tuve varias reuniones judiciales donde manifesté mi deseo de hablar en un discurso directamente a los hermanos sobre lo que yo había observado: la falta de espiritualidad existente en la organización. Varios meses después, el superintendente presidente me invitó a una reunión en su casa y fui expulsado. Mi madre, que para entonces tenía unos setenta años de edad, también fue expulsada por negarse a tratarme como a un expulsado. Aunque la mayoría dejó de tratar conmigo, muchos quedaron desconcertados por todo lo ocurrido y fueron dejando la organización en gran número.

En 1990 existían en la Unión Soviética tres grandes grupos:

– Los Russelistas, que no son muchos en número (unos dos mil), que consideran a Russell el ‘esclavo fiel y discreto’ y estudian sus obras. Son tranquilos, modestos y evitan envolverse en asuntos mundanos.

– Los Rutherfordianos, quienes solo reconocen la literatura escrita por él y que en Rumanía se registraron con el nombre de ‘Verdadera Fe de los Testigos de Jehová.’ Tampoco son  muchos, unos siete mil. Usualmente son más agresivos y obstinados, además de la falta de confianza y paz existente entre ellos mismos.

– Los testigos oficiales, quienes en la actualidad llevan un estilo de vida totalmente mundano: beben, muchos frecuentan discotecas y adoran las canciones populares.

Cuando pienso en todas estas cosas, siento una gran tristeza. ¿Aguantamos toda aquella persecución, humillación y privaciones intentando ‘no ser parte del mundo’ y sacrificando nuestras vidas por nuestra fe para que ahora la organización haya caído en los caminos del mundo como cualquier otra iglesia mundana? Han llegado a ser líderes ciegos para ciegos y caerán al hoyo.

Desde 1974 había abrazado grandes dudas con respecto a la organización. Me preguntaba, ‘¿estaré en el camino correcto?’ ‘¿estaré haciendo lo justo?’ Su libro, Crisis de Conciencia, contestó muchas de las preguntas a las que yo no hubiera encontrado respuesta por mí mismo.

Le he escrito ya una larga carta y quiero darle las gracias por su fe decidida y por hablar la verdad. Doy gracias a Dios de que este despertar se haya producido dentro mismo de la organización. ‘Por amor de Sión no callaré  y por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que salga como un resplandor su justicia y su salvación se encienda como una antorcha.’ Isaías 62:1, 2.

Actualmente Iván, Rimma, Lydia y yo vivimos en Moldavia, una pequeña república de unos cuatro o cinco millones de habitantes. Nos reunimos en hogares, aunque no somos muchos.

‘Que Dios mismo, el Dios de paz, los santifique por completo, y conserve todo su ser —espíritu, alma y cuerpo— irreprochable para la venida de nuestro Señor Jesucristo. El que los llama es fiel, y así lo hará. Hermanos, oren también por nosotros.’ 1 Tesalonicenses 5:23-25.

Por favor, perdóneme si he dicho algo incorrecto. Quizá vea usted las cosas de otro modo, desde su propia perspectiva.

Deseándole lo mejor,

Yakov.