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Raymond FranzPara finales de 1979 había llegado a mi encrucijada personal. Había pasado cuarenta años de mi vida como representante de tiempo cabal, sirviendo en todo nivel de la estructura de la organización. Los últimos quince años los pasé en las oficinas internacionales, y de esos, los últimos nueve los pasé como miembro del Cuerpo Gobernante mundial de los Testigos de Jehová.

Fueron esos años finales los que resultaron cruciales para mi. Fue entónces que la ilusión se encontró con la realidad. A partir de allí vine a apreciar lo acertado de una cita que leí recientemente, pronunciada por un hombre de estado, ya fallecido quien dijo:

“El gran enemigo de la verdad muy a menudo no es la mentira -deliberada, bien tramada y deshonesta- sino que es el mito, persistente, persuasivo e irreal”.

Ahora comencé a darme cuenta que gran parte de aquello sobre lo cual yo había basado mi vida entera adulta era precisamente eso, un mito -“persistente, persuasivo e irreal.” No era que mi parecer en cuanto a la Biblia hubiese cambiado. Si acaso, fue más bien que mi aprecio por ésta se realzó debido a lo que lo que experimenté. Solo ella dió sentido y significado a lo que ví ocurrir, las actitudes que ví desplegadas, los razonamientos que oí presentados, la tensión y presión que sentí. El cambio que sí vino, vino al darme cuenta de que mi manera de ver las Escrituras había sido desde un punto de vista compretamente sectario, una trampa contra la cual yo creí haber estado protegido. Al dejar que las Escrituras hablaran por sí mismas -sin ser primero canalizadas a través de una agencia humana falible como “conducto” -encontré que se hacían inmensamente más significativas. Quedé asombrado de cuánto de su mensaje me había estado privando.

La pregunta era, ¿qué debo hacer ahora? Mis años en el Cuerpo Gobernante, las cosas que oí decir en sesión y fuera de ella, el espíritu desplegado que usualmente ví, poco a poco me hicieron darme cuenta cabal de que, con relación a la organización, el ‘odre había envejecido,’ había perdido la flexibilidad que en un tiempo tuviera, y estaba endureciendo su resistencia a la corrección de las Escrituras, tanto en cuanto a creencias doctrinales, como en cuanto a su manera de tratar con aquellos que se dirigían a ella en busca de guía. (Compare las palabras de Jesús en Lucas 5:37-39). Sentí y aún siento, que había hombres buenos en el Cuerpo Gobernante. En una llamada de larga distancia una persona que antes era Testigo me dijo, “Hemos sido seguidores de seguidores.” Otra me dijo, “Hemos sido víctimas de víctimas.” Creo que ambas declaraciones son veraces. Charles Taze Russell siguió los puntos de vista de ciertos hombres de su tiempo, fue víctima de algunos de los mitos que ellos propagaron como “verdad revelada.” Cada parte sucesiva del liderato de la organización ha seguido el mismo rumbo, a veces agregando mito adicional en apoyo o en elaboración del original. En lugar de rencor, siento lástima por esos hombres a quienes conozco, porque yo también fui una “víctima de víctimas,” un “seguidor de seguidores.”

Aunque, particularmente desde 1976 en adelante, cada año en el Cuerpo Gobernante se me hacía más y más difícil, y me encontraba más lleno de tensión, me forjaba la esperanza de que las cosas mejorarían. Con el tiempo me ví obligado a reconocer que era una esperanza que la evidencia no apoyaba.

No es que me opusiera a la autoridad. Más bienme oponía a los extremos a los cuales ésta se llevó. No podía creer que Dios se hubiera propuesto el que hombres ejercieran tal grado de control autoritario y que tal control permeara todo aspecto de las vidas de los miembros compañeros de estos mismos hombres en la congregación cristiana. Mi entendimiento era que Cristo concede autoridad en su congregación sólo para servir, jamás para dominar. (Mateo 20:25-28;23:8-12; 2ª Corintios 4:5; 1ª Pedro 5:3).

De igual manera, yo no objetaba el concepto de “organización” en sí mismo, en el sentido de un arreglo ordenado, porque entendía que la misma congregación cristiana envolvía un arreglo ordenado. (1ª Corintios 12:4-11, 25; 14:40). Pero creía que fuera cual fuera el arreglo, su propósito y función, su mismísima existencia, debería ser solo para servir de ayuda a los hermanos; estaba allí para servir los intereses de ellos y no a la inversa. Cualquiera que fuera el arreglo, la intención debería ser la de edificar hombres y mujeres de manera que no fueran bebés espirituales, dependientes de hombres o de un sistema institucionalizado, sino más bien que fueran capaces de actuar como cristianos maduros completamente desarrollados. No debía ser con la intención de entrenarlos a que fueran conformistas para con un grupo de normas y reglas de organización, sino el ayudarles a que llegaran a ser personas con “sus facultades perceptivas entrenadas para distinguir tanto lo correcto como lo incorrecto.” (Hebreos 5:14; 1ª Corintios 8:9; 16:13,14. Fuera cual fuera el arreglo existente, este debería contribuir a un sentimiento genuino de hermandad, con la libertad de expresión y la mutua confianza que la verdadera hermandad trae -no una sociedad compuesta por unos pocos que son los gobernantes y los muchos que son los gobernados. Y finalmente, dentro de cualquier arreglo que fuera, la manera de ‘tomar la delantera’ allí sería por medio del ejemplo, por medio de adherirse firmemente a la Palabra de Dios, pasando a otros, e inculcando en ellos, las enseñanzas del Maestro en la manera que él las dió, no “ajustándolas” para que encajaran con lo que parece ser el interés de una organización de creación humana, ni por medio de ‘hacer que la gente sienta el peso de la autoridad de uno’ de la manera que los hombres importantes del mundo lo hacen. (Mateo 20:25). El arreglo debería resultar en la exaltación de Jesucristo como cabeza activa, nunca en exaltación de una estructura de autoridad terrenal y sus oficiales. Así fue que sentí que el papel de Jesucristo como la cabeza activa se había obscurecido, virtualmente eclipsado, por la conducta autoritaria y el continuo autoencomiarse y alabarse de la organización.

Más aún, no negué el valor ni la necesidad de enseñar. Pero no podía aceptar que interpretaciones de la organización, basadas en razonamientos humanos mutables, pudieran ser contadas con igual autoridad a las mismísimas declaraciones de Dios. La gran importancia dada a puntos de vista tradicionales, el manipular la Palabra de Dios para acomodarla a tales puntos de vista, y las inconsistencias -que daban como resultado normas dobles de conducta- eran fuente de serio trastorno emocional para mí. Lo que encontré inaceptable fue el dogmatismo, no el enseñar.

Me esforzé por actuar en armonía con mis convicciones durante los años que serví en el Cuerpo Gobernante. Desde el principio encontré que esto me traía dificultades, animosidad. Al final trajo rechazo, expulsión.

En el otoño de 1979 se me asignó que efectuara una “visita de zona” a algunos países donde el gobierno había proscrito la actividad de los Testigos de Jehová. Sabiendo cuán fácilmente algo pudiera suceder para ocasionar mi detención y encarcelamiento, concluí que era mi obligación el discutir algunas de mis preocupaciones con mi esposa. (En vista de sus problemas de salud previos, que incluían una afección de la sangre que casi causó su muerte en 1969, decidí que era mejor hacer el viaje solo.) Aunque ella no podía dejar de estar consciente de mi carga emocional, yo nunca había discutido con ella las circunstancias que habían producido tal estado, cuáles eran los asuntos que me estaban afectando. No me había sentido en libertad de hacerlo. Ahora sentía que, no sólo era lo apropiado, sino también mi obligación el considerar con ella lo que yo había percibido, particularmente a la luz de las Escrituras. ¿Cómo podía yo permitir que seres humanos me impidieran discutir con mi propia esposa las verdades que yo veía en la Palabra de Dios?

Para ese tiempo concluimos que el curso aconsejable para nosostros era el de terminar nuestra actividad en las oficinas internacionales. Sentíamos que nuestra paz de mente y corazón, como también nuestra salud física, así lo requerían. También abrigábamos la esperanza, aunque tenue, de quizás tener un hijo y habíamos, de hecho, consultado -confidencialmente- con dos médicos al respecto, incluyendo a uno de los doctores del personal de las oficinas internacionales, Dr. Carlton. (Mi esposa es trece años más joven que yo. Reconocimos los riesgos que los médicos nos presentaron, pero estábamos dispuestos a enfrentarlos). Yo tenía cincuenta y siete años y sabía que sería difícil conseguir empleo seglar debido a esto. Pero confiaba que de alguna manera todo resultaría bien.

La decisión no fue fácil. Me sentía desgarrado por dos deseos. Por un lado pensaba que al permanecer en el Cuerpo Gobernante podría hablar a favor de los intereses de otros, a favor de la verdad de las Escrituras, a favor de moderación y ecuanimidad, aunque mi voz se escuchara con irritación o simplemente se ignorara. Presentía que el período de tiempo en el cual yo iba a poder hacer tal cosa estaba rápidamente acortándose, que fuera cual fuera la voz que tuviese en las discusiones en el Cuerpo Gobernante ésta pronto sería acallada, silenciada. El deseo de sentirme libre de la atmósfera de sospecha que se estaba desarrollando, de estar libre de la participación en una estructura de autoridad que yo no podía defender bíblicamente y de las decisiones que no podía moralmente respaldar, pesaba con igual fuerza sobre mí.

Si hubieran sido mis metas la seguridad y el confort, con toda certeza hubiera optado por quedarnos Cynthia y yo donde estábamos, pues allí, como miembros de las oficinas centrales, se atenderían todas nuestras necesidades físicas. Nuestros muchos años de servicio nos permitirían ciertos privilegios como el poder escoger entre los cuartos más deseables periódicamente disponibles en los varios grandes edificios de la Sociedad. Nuestro tiempo de vacaciones aumentaría a unas séis semanas por año y, por ser miembro del Cuerpo Gobernante, siempre sería posible combinar este tiempo con compromisos para discursos que nos permitían visitar lugares en todos los Estados Unidos y Canadá, o combinarlo con visitas de zona que brindaban la oportunidad de viajar alrededor del mundo. (Los miembros del Cuerpo Gobernante pueden regularmente tomar sus vacaciones en lugares sobre los cuales la mayoría de la gente solo puede soñar.) Solamente en 1978, mi esposa y yo efectuamos unos cincuenta viajes en avión, y durante los años habíamos viajado a numerosos países en la América Central, America del Sur, Asia, Europa, Africa y el Medio Oriente.

Si prestigio y prominencia hubieran sido cosas que ambicionaba, razonablemente yo no podía pedir más. Por entónces, de cada invitación a pronunciar discursos que aceptaba, yo rehusaba otros tres o cuatro mensualmente. Al nivel internacional, si estuviera por viajar a París, Atenas, Lisboa, Ciudad de Méjico, Sao Paulo, o cualquier otra ciudad importante, solo sería necesario hacérselo saber a la oficina sucursal y una reunión a la cual miles de Testigos de Jehová asistirían se prepararía. Era cosa común el dirigirme a audiencias de entre cinco a treinta mil personas. En virtualmente cualquier lugar que va un miembro del Cuerpo Gobernante es el invitado de honor entre sus compañeros Testigos. (Todo esto trajo a mi mente las palabras de Jesús de Mateo 23:6).

Con relación al Cuerpo Gobernante mismo, me era bastante evidente que la estima de los compañeros en el Cuerpo se podía afianzar simplemente por expresar a menudo el apoyo total de uno por la organización y, con raras excepciones, por medio de percibir en qué dirección se inclinaba la mayoría de discusiones, y expresarse y votar en tal dirección. No estoy hablando con cinismo. Aquellos pocos en el Cuerpo que en ocasiones se vieron impelidos a expresar sus objeciones de conciencia en cuanto a algunas posiciones, reglas o enseñanzas tradicionales, saben -aunque no lo expresen- que esto es así.

Además de esto, se me había asignado como miembro a lo que podrían considerarse dos de los comités más influyentes del Cuerpo Gobernante, el Comité de Redacción y el Comité de Servicio. El Comité de Redacción tuvo a bien el encargarme la supervisión del desarrollo (no para que yo las escribiera) de un número de publicaciones que eventualmente se distribuyeron en muchos idiomas y en millones de ejemplares

(Estos incluían los libros ¿Es esta vida todo lo que hay? -la escritura misma hecha por Reinhard Lengtat-; La vida sí tiene propósito -por Ed Dunlap-; Cómo lograr felicidad en la vida familiar -escrito principalmente por Colin Quackenbush-; Escogiendo el mejor modo de vivir -por Reinhard Lengtat-; y Comentario sobre la Carta de Santiago -por Ed Dunlap-. Al tiempo de mi renuncia del Cuerpo Gobernante se me había asignado a supervisar el desarrollo de un libro sobre la vida de Cristo, siendo Ed Dunlap el que se había asignado a escribirlo).

La “fórmula,” si es que puede llamarse así, para mantener una posición de prominencia en la organización era fácil de discernir. Pero yo no podía en conciencia encontrarla aceptable.

Habría tenido que estar ciego para no darme cuenta que mis expresiones en relación a algunos asuntos -motivadas por lo que yo estaba convencido eran claros principios de las Escrituras- no agradaban a muchos del Cuerpo. Hubo ocasiones en que fui a las sesiones del Cuerpo Gobernante habiendo decidido simplemente no hablar a fin de no ver aumentar la animosidad. Pero cuando surgieron asuntos que podían afectar seriamente la vida de otras personas, encontré que no podía dejar de expresarme. No me hacía a la ilusión de que lo que yo dijera tendría algún peso -de hecho, sabía por experiencia, que con más probabilidad sólo haría mi posición más difícil, más precaria. Pero estimaba que si no me declarara en defensa de los principios que sentía eran cruciales al cristianismo, entónces no había ningún propósito para estar allí, en realidad, no había gran cosa de razón o propósito en la vida.

…La sesión del Cuerpo Gobernante del 14 de noviembre de 1.979 fue la precursora de los sucesos traumáticos que habían de sacudir violentamente las oficinas centrales de la Watchtower en la primavera de 1.980. Dichos sucesos resultarían en la expulsión de un número de miembros del personal bajo la acusación de ‘apostasía,’ así como en mi propia renuncia como miembro del Cuerpo Gobernante y del personal de las oficinas centrales.

…Grant Suiter dijo que deseaba mencionar un asunto con relación al cual, según él, había “considerable chismorreo.” Dijo que había informes de que algunos miembros del Cuerpo Gobernante y del Departamento de Redacción habían presentado discursos en los cuales se habían hecho comentarios que no estaban en armonía con las enseñanzas de la Sociedad y que esto estaba causando confusión. El también habia oído, según dijo, que dentro de la familia del personal de las oficinas centrales algunos estaban haciendo circular expresiones como, “Cuando muera el rey Saúl entónces las cosas van a cambiar.”

Yo nunca había oído a nadie en la familia de las oficinas centrales hacer tal comentario. Grant Suiter no dijo dónde había obtenido tal información o quién era la fuente del “chisme” al cual él hizo referencia, pero sí se expresó con vehemencia, y tanto sus palabras como su expresión facial reflejaban emoción fuerte y acalorada. Y por primera vez surgió el término “apostasía” en una sesión del Cuerpo Gobernante.

…Sin embargo, el mismo sentimiento adverso mostrado en la sesión del 14 de noviembre de 1.979, surgió en otra sesión y, como pensé, en esta ocasión la atención específica se dirigió hacia mí mismo. Durante el curso de la sesión Lloyd Barry, quien tenía a cargo la supervisión del trabajo de organizar y publicar cada número de la revista La Atalaya, expresó su fuerte preocupación con relación al hecho de que yo no había puesto mi firma en un número considerable (él mencionó el número exacto) de artículos de La Atalaya que habían circulado en el Comité de Redacción.(Cada artículo indicado para publicación primero circulaba entre los cinco miembros y la firma de los mismos en la parte superior indicaba aprobación.) Aunque no entendía sus razones para traer el asunto ante una sesión completa del Cuerpo en lugar de primero abordarme privadamente o en una reunión del Comité de Redacción, expresé mi reconocimiento de que lo que él decía era cierto. (Yo mismo quedé sorprendido del número exacto de artículos que no había firmado ya que yo no había mantenido cuenta de los mismos; él sí lo había hecho.)

Expliqué que no había puesto mi firma en tales artículos simplemente porque no podía hacerlo a conciencia. Al mismo tiempo no había hecho ningún esfuerzo por impedir la publicación de los mismos (algunos de ellos se habían escrito por el presidente y tenían que ver con la profecía de Jeremías; en éstos se daba mucho énfasis al ‘papel profético’ desempeñado por la organización y a ciertas fechas, como el 1.914 y el 1.919), ni tampoco hize esfuerzo por incitar discusión al respecto. La ausencia de mi firma representaba abstención en vez de oposición.

…tenía el fuerte presentimiento de que estaban por surgir problemas. Claro, no tenía manera de saber que en séis meses me hallaría en el mismo centro de una tormenta de intensidad que rozaba el fanatismo, con el Cuerpo Gobernante reaccionando con medidas severas a lo que éste consideraba una “conspiración” de proporciones serias y que atentaba contra el mismo corazón de la organización.

…Cualesquier dudas que yo pudiera tener, en lo relacionado a la base bíblica para las enseñanzas de la organización, las discutía solo con individuos conocidos de mucho tiempo, cada uno de ellos,en el caso de los hombres, un anciano. Hasta el año 1.980, no creo que hubiese más de cuatro o cinco personas en toda la tierra, a excepción de mi esposa, que supieran a grado considerable alguno los asuntos que me preocupaban, y ninguno de estos sabía las razones que daban origen a estas preocupaciones.

La evidencia señalaba más bien, a la conclusión de que cualquier discusión abierta de estas dificultades se consideraban como de gran peligro a la organización, como deslealtad a sus intereses. La unidad (más bien la uniformidad) era, aparentemente considerada como más importante que la verdad. Preguntas sobre las enseñanzas de la organización podían discutirse en el círculo íntimo del Cuerpo Gobernante, pero en ningún otro lugar. No importa cuán acalorado fuera el debate sobre algún punto, el Cuerpo tenía que mostrar una apariencia de unanimidad para con todos los de afuera, aún cuando esa “apariencia” en realidad disfrazara un desacuerdo serio en algún punto bajo discusión.

No encontré nada en las Escrituras que justificara tal disfraz, pues las mismas Escrituras se recomiendan a sí mismas como veraces por su franqueza, sinceridad y candor, al mostrar las diferencias que existían entre los mismos cristianos del primer siglo, incluyendo apóstoles y ancianos. Más importante aún, no encontré nada en las Escrituras que justificara la restricción de discusiones a tal o cual sociedad cerrada de hombres, cuyas decisiones formuladas en secreto por una mayoría de dos terceras partes tuvieran que aceptarse por todo cristiano como la “verdad revelada.” No creía que la verdad tuviera nada que temer de las discusiones abiertas, ninguna razón para esconderse del escrutinio cuidadoso. Cualquier enseñanza que tuviera que ser protegida de tal investigación no merecía ser sostenida.

…El 4 de marzo de 1980 sometí una petición al Comité del Personal del Cuerpo Gobernante para recibir permiso de ausentarnos desde el 14 de marzo hasta el 14 de julio. Mi esposa y yo sentimos que nuestra salud demandaba un cambio prolongado. Durante ese período también esperaba investigar cuáles eran las posibilidades de encontrar empleo y un lugar donde vivir cuando termináramos nuestro servicio en las oficinas principales. Teníamos como $600 en una cuenta de ahorros y un automóvil usado de siete años, como nuestro mayor capital.

Uno de nuestros primeros pasos fue el hacernos un exámen físico completo. El mío indicó que me estaba acercando al nivel de posible riesgo de sufrir problemas cardíacos.


Inquisición

Una inquisición, en sentido religioso, es una investigación interrogatoria de las creencias y convicciones personales abrigadas por las personas.

Históricamente su fin no ha sido el ayudar al individuo o suministrar una base para razonar con él, sino más bien para incriminarlo o declararlo culpable de herejía.

A menudo la causa que inicia la investigación no tiene nada que ver con que el individuo sea disociador, malicioso o que siquiera se exprese mucho respecto a sus ideas. La mera sospecha basta para poner en movimiento la acción inquisidora. El sospechoso se ve, en efecto, como persona sin derechos, hasta sus conversaciones privadas con amigos íntimos se tratan como algo que los inquisidores poseen pleno derecho de hurgar.

…La tortura y el castigo violentos no se permiten por la ley hoy. Pero el manejo autoritario y los métodos arrogantes de interrogatorio pueden practicarse aún con aparente impunidad. Y, aunque no física, la tortura sí existe, efectuada en forma psicológica mediante el presionar y angustiar emocionalmente.

Me viene a la memoria un artículo aparecido en el número del 8 de junio de 1981, página 17, de la revista ¡Despertad! intitulado “Buscando raíces legales.” Hacía énfasis en los magníficos precedentes de la ley Mosaica y entre otras cosas decía:

“Puesto que en Israel el tribunal local estaba situado en las puertas de la ciudad, ¡eso eliminaba toda duda en cuanto a ser público el juicio!(Deut. 16:18-20). No cabe duda de que el carácter público de los juicios hacía que los jueces obraran con cuidado y justicia, cualidades que a veces desaparecen cuando se celebran audiencias secretas a puerta cerrada”.

Este principio fue alabado en la publicación de la Sociedad. En la práctica fue rechazado. Como dijo Jesús, “Ellos dicen una cosa y hacen otra”. (Mateo 23:3,VP) Las “audiencias en aposentos secretos” se prefirieron, como la evidencia muestra claramente. Sólo el temor al poder de la verdad impulsa ese tipo de procedimientos. Esos métodos sirven, no a los intereses de la justicia o misericordia, sino a aquellos que buscan la incriminación.

…Finalmente, el 8 de mayo de 1980, oficialmente el Cuerpo Gobernante me informó que mi nombre estaba envuelto. Llegó una llamada telefónica del presidente Albert Schroeder y dijo que el Cuerpo Gobernante quería que yo fuera a Brooklyn para comparecer ante ellos. Esta fue la primera vez que me dieron indicación alguna de que yo estaba de alguna forma bajo escrutinio.

Habían pasado quince días desde nuestra conversación previa en la cual el presidente repetidas veces evadió decirme lo que en realidad estaba sucediendo. Todavía no sabía yo de la existencia de (una) entrevista grabada de dos horas, o de que ésta se había presentado ante el cuerpo gobernante en sesión plenaria. Veintitrés días habían pasado desde que se había hecho eso.

En esos veintitrés días el Comité de la Presidencia no solo había dejado escuchar esa grabación al Cuerpo Gobernante, sino también había dejado escuchar porciones de ella que incluían mi nombre y el de Ed Dunlap, a por lo menos a diecisiete personas fuera del cuerpo (quienes formaban comités investigativos judiciales). Habían expulsado a tres miembros del personal de las oficinas principales y tres personas de afuera, una de ellas un amigo mío de treinta años,…habían buscado cualquier evidencia de naturaleza incriminatoria que se pudiera obtener de miembros de la familia Betel o de otros; hasta se usó la amenaza de expulsión para extraer información de algunos.

Solo después de todo esto fue que el cuerpo gobernante por medio del Comité de la Presidencia estimó conveniente informarme que me consideraban implicado de alguna manera en lo que estaba sucediendo…

Lo que yo sabía lo había conocido por otras fuentes, no por el cuerpo gobernante del cual había sido miembro por nueve años. Los miembros de las oficinas principales de Betel a quienes se les interrogó intensamente, y a quienes se puso bajo juicio, me habían telefoneado, expresando su consternación por la actitud falta de bondad e intolerante que se mostró. Expresaron que pensaban que los que dirigían todo el proceso sencillamente estaban dando pasos para llegar a su objetivo verdadero, Edward Dunlap y yo mismo. Pensaban que proseguían con lo que consideraban el curso más estratégico, comenzando con “las personas pequeñas,” los menos conocidos y menos prominentes, estableciendo su “culpabilidad”, haciendo que pareciera como si la situación fuera de proporciones grandes y peligrosas, y luego, habiendo establecido así un fundamento lo más sólido posible, proceder a tratar con los más conocidos y prominentes…

…Cuando el presidente Schroeder me telefoneó el 8 de mayo, expresé mi sentir de cuán difícil me era comprender por qué, después de haber estado viviendo y trabajado juntos, semana tras semana, por nueve años con los miembros del cuerpo gobernante (quince años con algunos de ellos), ni uno solo había demostrado la consideración de comunicarse conmigo sobre lo que estaba sucediendo… Él no respondió.

Para cuando llegué a Brooklyn el 19 de mayo, la presión constante me había llevado al borde de una crisis nerviosa. Parecía haber algo tan irrazonable acerca de lo que estaba sucediendoy los métodos que se emplearon. Algunos lo denominaron una “pesadilla.” Otros consideraron que se necesitaba un término más fuerte, a saber, “paranoia.” Cristianos inocentes estaban siendo tratados como si fueran enemigos peligrosos…

…”El estar en desacuerdo era ser desleal”. Este es el tema que una y otra vez surgía. Parecía haber una seria carencia de la bondad de Jesucristo. Cualquier calor de amistad. Cualquier calor de amistad, y el entendimiento compasivo que le da calor a la amistad, parecía haber sido reemplazado por un trato institucional frío que asumía lo peor, que negaba el beneficio de la duda, y consideraba la longanimidad y la paciencia como debilidad, hostil a los intereses de la organización, a sus metas de uniformidad y conformidad. Era como si una enorme máquina legal se hubiera puesto en marcha y fuera abriéndose paso de una manera falta de sentimiento alguno, procediendo de modo implacable hacia su objetivo final. Hallé difícil creer que esto verdaderamente estuviera sucediendo.

En las oficinas principales, sobre mi escritorio encontré, entre otras cosas, una nota preparada por el Comité de la Presidencia allá el 28 de abril de 1980. La traducción en español era así:

(Al cuerpo gobernante) EVIDENCIAS RECIENTES DE ENSEÑANZAS INCORRECTAS QUE SE ESTÁN ESPARCIENDO

A continuación están algunas de las enseñanzas incorrectas que se están esparciendo como si emanaran de Betel. Se ha estado notificando al cuerpo gobernante sobre estas enseñanzas por informes del campo desde el 14 de abril en adelante.

1. Que Jehová no tiene una organización en la Tierra hoy día y que su cuerpo gobernante no está siendo dirigido por Jehová.

2. Que todos los bautizados desde el tiempo de Cristo (33 d. de J.C.) en adelante hasta el fin deben tener la esperanza celestial. Todos estos deben participar de los emblemas en el Memorial, y no solo los que declaran ser parte del resto ungido.

3. Que no hay un arreglo apropiado de una clase del “esclavo fiel y discreto” formado por los ungidos y su cuerpo gobernante para dirigir los asuntos del pueblo de Jehová. En Mat. 24:45 Jesús usó esta expresión solo como una ilustración de la fidelidad de individuos. No se necesitan reglas, solo es necesario seguir la Biblia.

4. Que no hay dos clases hoy día, la clase celestial y la terrestre llamada “otras ovejas” en Juan 10:16.

5. Que el número 144.000 mencionado en Rev. 7:4 y 14:1 es simbóloco y no se ha de tomar literalmente. Los de la “grande muchedumbre” mencionados en Revelación 7:9 también sirven en el cielo como se indica en el versículo 15 donde se dice que esa muchedumbre sirve “día y noche en su templo (naós)” o el K. Int. dice: “en el lugar de habitación divina de Él.”

6. Que no estamos viviendo ahora en un período de tiempo especial de los “últimos días,” sino que, más bien, los “últimos días” comenzaron hace mil novecientos años el 33 d. de J.C. como indicó Pedro en Hechos 2:17 cuando citó del profeta Joel.

7. Que 1914 no es una fecha establecida. Cristo Jesús no fue entronizado entónces sino que ha estado gobernando en su Reino desde 33 d. de J.C. Que la presencia de Cristo (parousía) no ha acontecido sino que lo será cuando “la señal del hijo del hombre aparezca en el cielo” (Mat. 24:30) en el futuro.

8. Que Abrahán, David y otros hombres fieles de la antiguedad también tendrán vida celestial, basándose ese punto de vista en Heb. 11:16. ——————————————————————————- ——————————— Notas: Los puntos bíblicos mencionados arriba se han aceptado por algunos y ahora se están pasando a otros como “nuevos entendimientos.” Tales puntos de vista son contrarios a la “estructura” bíblica básica de las creencias cristianas de la Sociedad. (Rom. “:20; 3:2) También son contrarios al modelo de “sanas palabras” que ha llegado a aceptarse bíblicamente por el pueblo de Jehová a través de los años. (2 Tim. 1:13) Tales “cambios” se condenan en Prov. 24:23, 22. Por lo tanto, las enseñanzas antes mencionadas ‘son desviaciones de la verdad que están subvirtiendo la fe de algunos.’ (2 Tim. 2:18) Habiendo considerado todo, ¿no es esto APOSTASÍA y sujeto a acción para disciplina congregacional? Véase ks, página 56.

Algunos de estos puntos me tomaron por sorpresa, pues nunca los había considerado, y mucho menos discutido con otros. Encontré repulsiva la forma dogmática en que estos puntos se enumeraban. Y pensé que las “Notas” al pie de la página expresaban la cuestión verdadera. Ya que estas notas enfocaban el énfasis repetidamente en la “‘estructura’ bíblica básica de las creencias cristianas de la Sociedad,” el “‘modelo de sanas palabras’ que ha llegado a aceptarse bíblicamente por el pueblo de Jehová a través de los años”.

Esto tenía un sonido familiar, pues era un argumento frecuentemente usado en las reuniones del cuerpo gobernante, el argumento de que debe haber una adhesión a las enseñanzas tradicionales de muchos años, como si el número de años que éstas se habían creído necesariamente diera evidencia de lo correcto de las mismas. El énfasis en esas enseñanzas tradicionales, y no en la Palabra de Dios misma, era el meollo del asunto.

…El miércoles, 21 de mayo, la sesión del cuerpo gobernante se abrió bajo la presidencia de Albert Schroeder. Primero, él declaró que el Comité de la Presidencia me había preguntado si yo estaba dispuesto a permitir que la discusión con el cuerpo gobernante se grabara y que yo había accedido, con la provisión de que se me suministrara una copia de la grabación.

El salón de conferencias del cuerpo gobernante contiene una mesa larga ovalada capaz de acomodar como veinte personas. El cuerpo completo de diecisiete miembros estaba presente. Aparte de Lyman Swingle, quien se sentó a mi izquierda, ningún miembro había conversado conmigo; el día antes, nadie (ni aún el miembro consanguineo mío) me había visitado, ni en mi oficina ni en mi habitación. Si existía en el salón de conferencia algún afecto o cariño, no pude discernirlo. Solo sentí lo que había sentido en el pasado al comparecer para ciertos casos ante tribunales seglares, con la excepción de que en esos casos me sentí con la libertad de hablar y sabía que habían personas allí que podrían servir de testigos de lo allí dicho y de las actitudes expresadas. Esta, en contraste, era una audiencia a puertas cerradas…

El presidente dijo que primeramente el cuerpo deseaba que me expresara en cuanto a cada uno de los ocho puntos que el Comité de la Presidencia había redactado como evidencia de apostasía (en el memorando de ellos del 28 de abril). Así lo hice, esforzándome por ser moderado en cada caso, no dogmático, sino conciliatorio y además cediendo a aquellos puntos en que el hacerlo no iba contra mi conciencia por constituir hipocresía o falta de honestidad. La forma absolutista en que los puntos se presentaron por el Comité de la Presidencia en el memorando-como si las alternativas fueran, o el aceptar completamente las enseñanzas de la organización en relación con estos puntos, o de otro modo ver los puntos de la misma manera dogmática en que se expresaban en el memorando- sencillamente no encajaba en mi caso. Ninguno de los ocho puntos expresaba lo que yo consideraba como los verdaderos puntos en cuestión. El asunto no era si Dios tenía una “organización” en la Tierra, sino ¿qué clase de organización- una centralizada y altamente estructurada, autoritaria, o sencillamente una congregación de hermanos entre quienes la única autoridad es la autoridad para ayudar, para guiar, para servir, jamás para dominar? Por lo tanto mi respuesta fue que yo creía que Dios tenía una organización en la Tierra en el sentido de que Él tiene una congregación en la Tierra, la congregación cristiana, una hermandad.

El asunto no era si Dios había guiado (o guiaría) a aquellos que formaban este cuerpo gobernante, sino, ¿hasta qué punto, bajo qué circunstancias? Yo no tenía dudas, o ponía en tela de juício, el que Dios diera guía a estos hombres si ésta se buscaba sinceramente (yo sentía que algunas de las decisiones tomadas, en particular en los primeros años, habían sido buenas decisiones, decisiones compasivas), pero definitivamente no creía que esto fuera automático; era siempre contingente, condicional a muchos factores. Por lo tanto, mi respuesta incluyó mi creencia de que tal guía es siempre gobernada por el grado al cual haya adherencia a la Palabra de Dios; que eso es lo que determina el grado al cual Dios da su guía o la retira. (Yo creo que eso es cierto para cualquier persona o grupo de personas, sean quienes sean.)

…Expresé mi respeto y mi confianza en las cualidades cristianas de aquellos que conocí personalmente y a quienes se les había representado y tratado como si hubieran actuado por malicia. Les relaté lo que sabía de los treinta años de servicio de René Vázquez, su devoción sincera, su registro intachable en Puerto Rico, España y los Estados Unidos. Expresé mi congoja de que, después de haber vivido y trabajado por tantos años con ellos como miembros compañeros del cuerpo gobernante, ni siquiera uno se había sentido llamado a comunicarse conmigo y transmitirme honradamente los hechos respecto a lo que estaba pasando.

…El Comité de la Presidencia, el cual incluía a Karl Klein, estuvo dispuesto a sacar tiempo para reunirse con los acusadores, para oir las acusaciones que se trajeron,…pero ellos no encontraron tiempo para hablar con uno de los acusados siquiera. Se me hace muy difícil ver en esto una expresión de amor, de fraternidad o de compasión.

La mayoría de los del cuerpo simplemente se sentaron allí sin decir nada, sin preguntar y sin comentar. Después de dos o tres horas (estaba muy afectado emocionalmente para percatarme del paso del tiempo) se me informó que podía excusarme del salón de conferencias y que ellos luego se pondrían en contacto conmigo. Fuí a la oficina y esperé. Llegó el medio día y mirando por la ventana vi a los miembros del cuerpo gobernante caminar a través del jardín en dirección al comedor. No me sentí con deseos de comer y me quedé esperando. Para las tres de la tarde me sentía tan agotado que no pude quedarme allí y me fui a mi habitación. Las pasadas semanas, la conversación telefónica con quien ejercía la presidencia del cuerpo y el choque que sentí al darme cuenta de cuán engañosa había sido esta conversación, la angustia causada por un sinúmero de llamadas telefónicas de aquellos que estaban siendo sujetos a intenso interrogatorio y presión, lo rápido e implacable de las expulsiones que siguieron, y más que nada, el contínuo silencio de parte del cuerpo gobernante en informarme de todo lo que pasaba, ahora había tenido como colmo mi experiencia de esa mañana, la frialdad mostrada, y las horas de espera que siguieron, todo resultó en que por la noche me encontré físicamente enfermo.

Esa misma noche nos llegó llamada telefónica del presidente Schroeder pidiéndome que me reuniera con el cuerpo para una sesión nocturna de más preguntas. Mi esposa contestó el teléfono por mí y le pedí que le informara al cuerpo que me sentía demasiado mal como para ir y que además ya había dicho todo lo que me interesaba decir. Ellos podían tomar su decisión en base de lo que habían oído.

Más tarde esa noche, Lyman Swingle, quien vivía en una habitación dos pisos más arriba, vino a ver cómo me sentía. Me sentí agradecido por esto y le mencioné la tensión enorme que las pasadas semanas me habían producido. Le dije que la preocupación más profunda no era en cuanto a qué acción el cuerpo pudiera tomar respecto a mí, sino más bien en que verdades hermosas de la Palabra de Dios habían sido representadas como algo feo e indeseable. Este fue mi sentir entónces, como lo es ahora, que el aspecto más serio de todo lo que sucedió entónces fue la manera en que un grupo de enseñanzas organizacionales se usaran como el parámetro contra el cual evaluar las claras e incontrovertibles declaraciones de la Biblia, y que tales declaraciones (debido a no conformarse con el “modelo” organizacional) se pintaron como enseñanzas torcidas que suministraban evidencia de “apostasía”.

Tenía en mente declaraciones a la vez sencillas y hermosas de la Palabra de Dios como:

“Uno sólo es su maestro, mientras que todos ustedes son hermanos”.

“No están bajo ley sino bajo bondad inmerecida”.

“Porque todos los que son conducidos por el espíritu de Dios, estos son hijos de Dios”.

“Un cuerpo hay y un espíritu, así como ustedes fueron llamados en la sola esperanza a la cual fueron llamados; un señor, una fe, un bautismo; un Dios y Padre de todos”.

“Porque cuantas veces coman este pan y beban esta copa, siguen proclamando la muerte del Señor hasta que él llegue”.

“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, un hombre, Cristo Jesús.”

“No les pertenece a ustedes adquirir el conocimiento de los tiempos y sazones que el Padre ha colocado en su propia jurisdicción”.

(Mateo 23:8; Romanos 6:14; 8:14; Efesios 4:4-6; 1ª Corintios 11:26; 1ª Timoteo 2:5; Hechos 1:7.)

En contraste, los ocho puntos utilizados por el Comité de la Presidencia como una “Confesión de Fe” por la cual juzgar a las personas no poseían un solo punto en el cual la enseñanza envuelta de la Sociedad pudiera respaldarse por las claras y sencillas declaraciones de las Escrituras. ¿A cuál declaración clara y evidente en las Escrituras pudo señalar cualquiera, sea miembro del cuerpo gobernante o quien sea, entonces afirmar, “Mira, aquí la Biblia claramente dice”:

1. ¿Que Dios tiene una “organización” en la tierra- una del tipo aquí en cuestión- y que usa un cuerpo gobernante para dirigirla? ¿Dónde hace la Biblia tales declaraciones?

2. ¿Que la esperanza a vida celestial no está abierta a todos, que se ha reemplazado por una esperanza terrenal (desde 1935) y que las palabras de Cristo en referencia al pan y al vino emblemáticos, “Hagan esto en memoria de mí,” no aplican a todas la personas que ponen fe en su sacrificio propiciatorio? ¿Qué textos bíblicos hacen tales declaraciones?

3. ¿Que el “esclavo fiel y discreto” es una “clase” compuesta solo de ciertos cristianos, que no puede aplicar a individuos, y que ésta clase opera por medio de un cuerpo gobernante? De nuevo, ¡dónde en la Biblia se hacen tales declaraciones?

4. ¿Que los cristianos se separan en dos clases, con relaciones diferentes para con Dios y Cristo, en base a un detino celestial o terrenal? ¿Dónde se dice eso?

5. ¿Que los 144.000 en Revelación tienen que tomarse como un número literal y que la “grande muchedumbre” no se refiere, ni puede referirse, a personas sirviendo en las cortes celestiales de Dios? Dónde dice la Biblia eso?

6. ¿Que los “últimos días” comenzaron en 1914, y que cuando el apóstol Pedro en Hechos 2:17) habló de los últimos días como aplicando desde el Pentecostés en adelante, él no se refirió a los mismos “últimos días” que Pablo mencionó (en 2ª Timoteo 3:1)? Dónde encontramos eso?

7. ¿Que el año 1914 marcó el año en que Cristo oficialmente se sentó en el trono como Rey sobre toda la Tierra y que tal fecha en el calendario marca el comienzo de su parousía? ¿Dónde??

8. ¿Que cuando la Biblia dice en Hebreos 11:16 que hombres como Abrahán, Isaac y Jacob estaban “haciendo esfuerzos por obtener un lugar mejor, es decir, uno que pertenece al cielo,” no existe posibilidad alguna de que esto quiere decir que ellos tendrían vida celestial? ¿En dónde se afirma eso?

Ni siquiera una de las enseñanzas de la Sociedad ahí discutidas puede probarse con una clara y directa referencia bíblica. Cada una de ellas exigiría explicaciones intrincadas, combinaciones complejas de textos y, en algunos casos, lo que podría considerarse como una gimnasia mental, en un intento por dar apoyo a tales ideas. Sin embargo, ¡éstas se usaron para juzgar lo genuino de la calidad cristiana de los individuos, para decidir si personas que habían derramado sus vidas al servicio de Dios eran apóstatas!

La mañana siguiente después de mi audiencia ante el cuerpo gobernante, el presidente Schroeder vino a mi cuarto con una grabadora para grabar mi respuesta sobre testimonio adicional presentado por uno de los miembros del personal, Fabio Silva, quien relató lo dicho por René Vázquez un día cuando René lo transportaba desde el aeropuerto. Le dije que no tenía nada que comentar en relación con tal evidencia de oídas.

Pasaron las horas por la mañana. Sentía gran necesidad de salir de aquel lugar y la atmósfera opresiva que lo rodeaba. Cuando calculé que el período del almuerzo había concluído, salí de mi cuarto y ascendí las escaleras y pude hablar en el pasillo con Lyman Swingle que iba desde el ascensor rumbo a su cuarto. Le pregunté que cuánto más me faltaba esperar. Él me dijo que se había tomado una decisión y que se me notificaría esa misma tarde. Sus comentarios me dieron razón para pensar que algunos miembros habían hablado vigorosamente a favor de mi expulsión y, mientras me hablaba, de repente su semblante se tornó sombrío y fatigado y dijo, “No puedo comprender cómo piensan algunos hombres. Luché, oh cuánto luché-“y entónces sus labios se comprimieron, sus hombros temblaron, y comenzó a sollozar abiertamente. Me encontré de momento tratando de consolarlo, asegurándole que realmente no me importaba mucho la decisión de ellos, que sencillamente deseaba que el asunto se terminara. Ya que sus lágimas continuaban me fui para que él pudiera entrar en su cuarto.

Sé que no hay persona en el cuerpo gobernante más dedicada a la organización de los Testigos de Jehová que Lyman Swingle. Siempre sentí afecto y admiración por él por su honestidad y valor. No tengo idea sobre cual será su actitud para conmigo hoy. Quizá sea totalmente lo opuesto. Solo sé, que aunque no hubiera otra razón, siempre guardaré afecto por él y por el sentir sincero que expresó ese día en el pasillo. En su tristeza yo encontré fortaleza.

(En los meses siguientes, Lyman Swingle, aunque continuó siendo miembro del cuerpo gobernante, fue removido de su posición de coordinador del Comité de Redacción y del Departamento de Redacción, siendo reemplazado por Lloyd Barry).

Esa tarde el presidente Schroeder me trajo la decisión del cuerpo gobernante. Evidentemente los que buscaban una expulsión no lograron una mayoría de dos terceras partes, porque él sencillamente me informó que se me estaba pidiendo que renunciara al cuerpo, así como también como miembro del personal de las oficinas centrales. El cuerpo ofreció alistarme a mí (y a mi esposa) en lo que se conoce como la lista de “precursores especiales enfermizos” (un arreglo ofrecido frecuentemente a superintendentes de circuito y distrito que tienen que descontinuar su trabajo ambulante debido a vejez o mala salud). Los que están en dicha lista rinden informe mensual a la Sociedad y reciben ayuda económica también mensualmente, pero no se les requiere que cumplan con una “cuota” fija de horas en el trabajo de predicación. Le informé que a ninguno de los dos nos gustaría estar bajo algún arreglo que impusiera una obligación, aunque se tratara de un mero formalismo. Él entónces hizo algunos comentarios sobre “que maravilla de trabajo” había sido el libro Ayuda para entender la Biblia. Luego se fue.

Escribí mi renuncia tal como sigue:

28 de mayo de 1980
cuerpo gobernante

Queridos hermanos:

Por medio de esta carta presento mi renuncia como miembro del cuerpo gobernante. También estaré concluyendo mi servicio en Betel.

Mis oraciones continuarán ofreciéndose por ustedes así como también por todos los siervos de Jehová a través de la Tierra.

Su hermano, R.V. Franz (firmado)

No he fallado hasta este momento en hacer lo que dije allí que haría.

La edición de agosto de 1980, del boletín llamado Nuestro Ministerio del Reino enviado a todas las congregaciones, llevaba en la primera plana la declaración de que un número de personas de la familia Betel habían sido expulsadas y luego habló de “apostasía contra la organización”. Pero en realidad, no hubo ninguna apostasía, ni siquiera contra la organización. El 28 de mayo de 1980, se leyó mi carta de renuncia a la familia.

…Quizá nada ilustra tan claramente las demandas que ahora se hacían para conformidad total, como lo hace esta carta que sigue, enviada a todos los representantes viajeros, superintendentes de circuito y distrito, por el Departamento de Servicio de las oficinas internacionales, con fecha 1 de septiembre de 1980, y luego traducida a otros idiomas. La copia que se presenta aquí procede de la oficina sucursal de la Watch Tower en España y lleva la fecha del 20 de diciembre de 1980.

La carta presenta la norma oficial. Esta dice en realidad que el que una persona crea -no que promueva, sino que simplemente crea algo que difiera de las enseñanzas de la organización da razón suficiente para tomar acción judicial contra tal persona como ¡un “apóstata”!

Esta carta no presenta expresiones modificantes que limiten tales diferencias en creencia a las enseñanzas fundamentales de la Palabra de Dios, como la venida del hijo del hombre, el rescate, fe enla sangre derramada de Cristo como la base para salvación, la resurrección o doctrinas básicas similares. Ni siquiera dice que la persona necesariamente esté en desacuerdo con la Biblia, la Palabra de Dios. Más bien, es que se esté en desacuerdo con “las enseñanzas de Jehová, como las presenta el esclavo fiel y discreto.” Lo que es algo así como decir que un hombre acepte y obedezca el mensaje escrito del rey no es garantía de su lealtad. ¡Es el aceptar y obedecer lo que un esclavo mensajero alega que el rey quiso decir, lo que decide esto!

…Como los hechos muestran, muchas personas fueron de hecho expulsadas y se les sigue expulsando bajo la sola base de esta norma de control de pensamiento declarada en la carta. La etiqueta denigrante de “apóstata” les es añadida a sus nombres por el solo hecho de que, en sus corazones, no pueden aceptar todas las interpretaciones de la Sociedad Watch Tower.

Es posible esta norma haya surgido como resultado de, o se haya inspirado en, algo que se desarrolló en una de las congregaciones de Nueva York. Jon Mitchell, quien… había trabajado temporalmente en la oficina del Departamento de Servicio, relata:

Alrededor de ese tiempo (refiriéndose al comienzo del verano de 1980) llegó un memorándum de Fred Franz, aparentemente en respuesta a una pregunta que había sido enviada por Harold Jackson (miembro del personal del Departamento de Servicio).

Parece que había una precursora (predicadora de tiempo completo) en una de las congregaciones de habla hispana que sentía que ella no podía enseñar a conciencia que los 144.000 de Revelación 7 y 14 era un número literal. Ella dijo que no iba a hacer proselitismo o tratar de publicar un punto de vista opuesto, pero que no quería enseñar a aquellos con los quienes ella estudiaba la Biblia que los 144.000 eran un número literal.

La pregunta del hermano Jackson era respecto de si tal persona podía, o no, considerarse un ‘apóstata.’ El memorándum confirmó que tal persona sí podía ser clasificada como apóstata y debería ser expulsada si ella no concordaba en enseñar lo que la Sociedad le daba instrucciones de enseñar. Recuerdo a alguien en el Departamento de Servicio comentar sobre el desenlace final de este caso y decir que la hermana había hecho una “retractación de sus ideas.” (En inglés la palabra empleada era recantation, término empleado comunmente en los juicios de la Inquisición.) me asombré de que se hiciera uso de tal terminología sin el menor indicio de verguenza.

…Creo que cuando piensan y se refieren a la “organización,” los hombres del Cuerpo Gobernante, del mismo modo, están pensando en el concepto más bién que en la realidad. Visualizan “la organización” como algo mucho mayor y más grandioso que ellos mismos, pensando de ella en términos de su aspecto numérico, en la amplia esfera de su control, como cosa internacional, mundial…Cuando, sin embargo ellos apremian “lealtad a la organización” tienen que saber, seguramente deben saber que no se están refiriendo a una lealtad a tal dominio o campo de acción -las miles de congregaciones y sus miembros, que la organización dirige. Están hablando de lealtad a la fuente de esa dirección o guía, a la fuente de esas enseñanzas, a la fuente de la autoridad. Reconózcanlo o no los miembros del Cuerpo Gobernante, es un hecho que en estos aspectos cruciales ellos y solo ellos, son la “organización.”

…Como mencioné, dudo que la mayoría de estos hombres piensen sobre estas realidades. De manera que para ellos “las organización” permanece como algo indefinido, abstracto, un concepto más bién que una entidad concreta. Quizás, debido a este punto de vista tan ilusorio de la “organización,” un hombre puede ser miembro de tal Cuerpo poseedor de poder y autoridad virtualmente ilimitados y, no obstante, no sentir un agudo sentido de responsabilidad personal por lo que el Cuerpo haga, por cualquier dolor o información que desoriente y el resultante proceder equivocado que ésta genere. Fue la organización quien lo hizo, no nosotros,” parece ser la forma de pensar. Y creyendo que “la organización” es el instrumento escogido de Dios, se pasa la responsabilidad a Dios. Era la voluntad de Él -aun si más tarde tal decisión particular o enseñanza autoritaria particular resulta ser errónea y se cambia. Gente puede haber sido expulsada, o en otros aspectos, lastimada por decisiones erróneas. Pero el miembro individual del Cuerpo Gobernante se siente absuelto de responsabilidad personal. Si se produce algún problema, ya se encargará Dios de limpiar “la organización”.

Expreso estos puntos, no como medio de expresar condenación, sino como medio para suministrar una explicación, un intento de entender por qué ciertos hombres que considero ser honestos, básicamente personas bondadosas, pueden ser partícipes de lo que creo que ellos -en sus propios corazones- normalmente rechazarían. Creo que el concepto anteriormente descrito es trágicamente erróneo, tan pernicioso como trágico. Es mi creencia que las acciones drásticas que se tomaron contra esas personas acusadas de “apostasía” eran, en casi todos los casos, no solamente injustificadas, sino también repugnantes, indignas no solo del cristianismo, sino también de cualquier sociedad de hombres libres. No obstante, el esfuerzo por tratar de comprender me permite estar libre de cavilaciones melancólicas o de guardar amargura hacia las personas envueltas, ya sea individual o colectivamente. La amargura es tanto contraproducente como destructora. No sé de ninguna persona entre esos hombres a quien me negaría a recibir hospitalariamente en mi hogar, si cuestionar nada, sin necesidad de disculpas. Ni yo ni ninguno de mis amigos íntimos habíamos considerado cortar la asociación con ellos, o con ninguna otra persona, por causa de una diferencia de entendimiento. Ese no fue ni nuestro pensamiento ni nuestra acción.

Algunas semanas después de mi regreso a Alabama, la Sociedad me había enviado un giro bancario por $10,000, como obsequio `para ayudar a reestablecerme en el sur.’ Yo no había hecho ninguna solicitud de dinero y la acción tomada fue tanto inesperada como apreciada. Un préstamo de otros $5,000 me permitió obtener una casa móbil y Peter Gregerson me permitió establecer ésta en su propiedad. Me sentía agradecido de poder (al mismo tiempo que económicamente obligado) hacer trabajo físico estrénuo para Peter en el mantenimiento de sus terrenos. Cada día lo empleé cortando el césped, desarraigando la maleza, podando los setos, siendo picado por avispas de varias clases, picado por hormigas, sudando durante un período de treinta días consecutivos cuando, bajo el sol, la temperatura pasaba de 35 grados centígrados. No puedo recordar ningún otro período de mi vida cuando hubiera experimentado el dolor físico constante que experimenté durante esos meses. Sin embargo, estaba agradecido por esto pues me distraía del dolor emocional que sentía.

La más grande ayuda para mi esposa y para mí, sin embargo, fue nuestra lectura diaria de las Escrituras. Cada mañana leíamos cuatro de los Salmos, haciendo esto consecutivamente hasta que los completamos. Aunque leídos muchas veces antes, ahora nos parecían casi nuevos. Podíamos relacionarlos a nuestra vida mejor. Pues si alguna parte de la Biblia hace claro la relación bien personal que puede y que debe existir entre los siervos de Dios y Él mismo, parecen selo los Salmos, de manera sobresaliente.

Mi determinación de al dejar las oficinas internacionales había tenido la mira de no precipitar problemas. Yo no iba en busca de dificultades. Las dificultades  me buscaron a mí.

EL CRIMEN Y LA SENTENCIA

Una comida era toda la evidencia necesaria. Sucedió de esta manera…

Para 1974 el Cuerpo Gobernante me asignó escribir unas artículos sobre el trato de personas expulsadas. Estos artículos, apropiadamente aprobados por el Cuerpo, moderaban grandemente la actitud que prevalecía hasta este tiempo, animando a los Testigos a manifestar una actitud más misericordiosa en muchos aspectos de su contacto con personas expulsadas, reduciendo la rigidez de la norma que gobernaba el trato con un miembro de familia expulsado.

La Atalaya del 15 de noviembre de 1981, no solo revocó esto, sino que en algunos puntos llevó el asunto marcha atrás a una posición aún más rígida que la que había existido antes de 1974. (Un ejemplo de “zizagueo” hacia atrás, en este caso a un punto detrás de la línea de partida.)

Un cambio mayor tuvo que ver con aquellos que voluntariamente se desasociaban (como Peter Gregerson había hecho unos meses atrás). Por primera vez se publicó la postura oficial de que alguien que hiciera al cosa sería tratado como si hubiese sido expulsado de la congregación.

Cuando leí el material y lo examiné con el transfondo de mi experiencia en el Cuerpo Gobernante en perspectiva (y particularmente a la luz de mis experiencias recientes con el Comité de la Presidencia) no tuve duda de hacia dónde iba a conducir todo esto. No me quedaba mucho tiempo de espera.

…Unos días después me visitó uno de los ancianos locales de la congregación Gadsden Este, Dan Gregerson, hermano menor de Peter. Él me pidió que si él y otros dos ancianos podían venir y hablar conmigo. Les dije que estaba bien. ¿De qué ibamos a hablar?…

Vinieron Dan y un anciano llamado Theotis french. La conversación empezó con Dan leyendo 2ª Corintios 13:7 al 9, y me informó que ellos estaban allí para “reajustar” mi pensar en conexión con la Atalaya del 15 de noviembre de 1981, particularmente en lo que tenía que ver con mi asociación con su hermano, Peter Gregerson, ahora desasociado. Dan había estado en un restaurante en agosto cuando Peter, nuestras esposas y yo comimos allí.

Les pregunté que si se daban cuenta que ellos estaban, allí mismo, dentro de la propiedad de Peter,que en ese sentido, él era el propietario de mi vivienda, que yo era también empleado de él. Ellos sabían esto.

Les expliqué que como en todos los asuntos, yo estaba gobernado por mi conciencia con relación a mis asociaciones, y pasé a considerar el consejo de Pablo sobre la importancia de la conciencia en Romanos capítulo catorce. Fuera lo que fuera lo que las Escrituras instruyeran, yo estaría muy contento en aplicarlo, pero yo no veía ninguna evidencia para sostener el punto de vista ahora adoptado con relación a las personas desasociadas. ¿Qué evidencia bíblica había?

La conversación ahora siguió un curso fácilmente predecible: Dan se refirió a Primera a los Corintios, capítulo cinco, para sostener su posición. Le señalé que el apóstol estaba hablando allí de no asociarse con aquellos llamados hermanos y que eran fornicadores, idólatras, injuriadores, borrachos, practicantes de extorsión. Yo no tenía ninguna persona de esa clase entre mis asociados y no los quisiera en mi casa. ¿Pero de seguro ellos no consideraban que Peter Gregerson estaba incluido en esa clase de personas? Ninguno de ellos respondió.

Dan se refirió entónces a las palabras del apóstol Juan en 1ª Juan 2:19: “Ellos salieron de entre nosotros, pero no eran de nuestra clase; porque si hubieran sido de nuestra clase, habrían permanecido con nosotros.” Cuando se les preguntó de qué clase de personas mostraba el contexto que Juan hablaba, ellos reconocieron que él estaba hablando de “anticristos.” Yo les señalé que lo mismo era cierto de 2ª Juan 7-11, que trata de la asociación con los tales. Les aseguré que nunca tendría compañerismo con anticristos, alguien que se ha revelado contra Dios y Cristo, y repetí que no tenía a ninguno de los tales entre mis conocidos. ¿Seguramente ellos no estaban diciendo que Peter Gregerson era un anticristo? Otra vez, ninguno contestó.

…Para el primero de noviembre la misma maquinaria judicial que había funcinado en Brooklyn, comenzó a funcionar en Gadsden. Llamadas telefónicas, preguntando una cosa tras otra, vinieron de parte de los ancianos. Se me notificó que un comité judicial se reuniría conmigo.

Yo había planeado escribir al Cuerpo Gobernante para presentar mi renuncia como miembro de las corporaciones de la Sociedad. (Yo había sido un miembro votante de las corporaciones de Pennsylvania y Nueva York por varios años.) El 5 de noviembre, además de la información relacionada a la renuncia como miembro de las corporaciones, escribí:

Localmente, algunos ancianos han tomado la información en La Atalaya del 15 de septiembre como autorización para pedir un cambio en relación con el hombre en cuya propiedad vivo y para quien trabajo, Peter Gregerson. Ellos expresan que debido a que él se desasoció, yo debería verlo como entre aquellos con los cuales uno no debe comer -inicuos y anticristos- y que de no conformarse uno a esta posición, se requiere expulsión. Acercándome a los 60, sin tener recursos financieros, no estoy en posición de mudarme o cambiar de empleo. Por lo tanto, apreciaría mucho que me hicieran saber si el intento de sus declaraciones en ese número de la revista es realmente como ellos lo presentan, es decir, que el aceptar yo una invitación a comer con el propietario del sitio donde vivo, que es también mi patrono, sea base para expulsión. Si por otro lado, ellos hubiesen excedido el intento de lo que ustedes publicaron, una llamada de moderación me brindaría alivio de una situación que es potencialmente opresiva. Apreciaré cualquier aclaración que puedan dar, sea directamente o a través de uno de sus departamentos.

…Aproximadamente habían pasado siete semanas desde que escribí por primera vez al Cuerpo Gobernante, pidiéndoles que se expresaran con relación al material de La Atalaya del 15 de septiembre de 1981, informándoles por qué era de suma importancia para mí. Para esta fecha, ya les había escrito en otras dos ocasiones, pidiéndoles que se expresaran al respecto. Ellos no contestaron, ni siquiera acusaron recibo de mis cartas. ¿Parece increíble que los dirigentes de una organización mundial con millones de miembros, una organización que dice ser el ejemplo sobresaliente en adherencia a los principios cristianos, pudiera comportarse de tal manera? No, no si uno está familiarizado con la actitud dominante dentro de su cuerpo administrativo. He sido testigo personalmente de esta práctica de pasar por alto cartas cuando el Cuerpo Gobernante creyó que era en su desventaja suministrar una contestación. Ellos claramente pensaron así en mi caso.

Desde el principio no había tenido dudas de la meta final a la cual iba dirigido todo lo que se estaba haciendo. Me sentía totalmente asqueado por la forma en que se condujo el asunto, lo que solo puedo describir como un modo de obrar de mente estrecha, una obvia determinación a encontrar algo -sin importar lo trivial e insignificante- que pudiera servir como base para traer una acción adversa en mi contra. Así que escribí mi última carta, fechada el 23 de diciembre de 1981, y mandé copias al Cuerpo Gobernante y al cuerpo de ancianos de la congregación Gadsden Este.

Cuerpo de ancianos de la congregación Gadsden Este. Gadsten AL

Queridos hermanos:

Por medio de esta carta hago efectivo el retiro de mi apelación de la decisión de expulsarme. Mi razón para hacer esto es la siguiente:

Sobre la base del testimonio de que yo había comido en una ocasión con Peter Gregerson después de la publicación de la Watchtower del 15 de septiembre de 1981, el comité judicial inicial decidió expulsarme. El hecho de que cuarenta años de servicio de tiempo completo pudieran ser descontados por cosa tan insignificante me indica que no hay interés real en tomar en cuenta el sentir de conciencia, lo cual se expresó en mi carta del 8 de diciembre de 1981, ni tampoco interés en mostrarme por las Escrituras en qué consistía mi falta.

Además, la selección de los miembros del comité de apelación, tal y como se hizo por el superintendente de circuito, no brinda base alguna para esperar una audiencia imparcial de mi caso. La selección que se hizo, como lo señalé en mi carta del 20 de diciembre de 1981, constó de los tres posibles miembros menos capaces de manejar mi caso de forma objetiva, libres de la influencia de sentimientos personales. No puedo pensar e nada que justifique la selección que se ha hecho y creo que ésta es una parodia de la justicia.

Parece no haber indicios de que el Cuerpo Gobernante tenga deseos de brindarme alguna ayuda o alivio, ya que mi carta del 5 de noviembre de 1981 lleva siete semanas sin recibir contestación. Mientras que el presidente del comité judicial inicial ha declarado que él llamó al Departamento de Servicio en más de una ocasión, las conversaciones no dan indicación de un gesto en mi favor ya que, de acuerdo al presidente, ellos dijeron que ‘nada ha cambiado y que prosigan.’

Finalmente, me he enterado de que se está haciendo un esfuerzo, por teléfono, y hasta por larga distancia, para tratar de encontrar algo para usarse en mi contra, en un esfuerzo por incriminarme. Esto se ha hecho en los últimos días, desde que envié mi carta del 20 de diciembre de 1981 pidiendo un comité de apelación diferente. Aunque la persona entrevistada jamás se ha quejado de mí, se le pidió que tratara de recordar algo que yo hubiera dicho que se pudiera considerar como impropio. Seguramente si yo fuera responsable por causar disturbio en la congregación, uno de verdadero carácter perverso y malicioso, no hubiera habido la necesidad de recurrir a tales métodos para verificar los cargos.

La continuación de tales métodos solo pueden resultar en mayor daño a mi buen nombre y reputación.

Siento como lo expresó el apóstol en Gálatas 6:17: “De aquí en adelante que nadie me esté causando molestias, porque llevo en mi cuerpo las marcas de un esclavo de Jesús.” Por las pasadas ocho semanas, mi esposa y yo hemos estado sujetos a gran angustia mental, no solo por las repetidas visitas y las más de doce llamadas telefónicas (al punto de que el mismo sonido del teléfono llegó a ser desagradable), sino más especialmente por la actitud manifestada. A ello se agrega el saber que hay una investigación secreta que se está llevando a cabo claramente en contra de mis justos intereses. Yo sufrí igual trato el año pasado en Nueva York, donde se hicieron esfuerzos similares durante un mes, y ni siquiera una palabra se me dijo para indicarme que mi conducta estaba, de una manera u otra, bajo acusación, esto a pesar del hecho de que les di una oportunidad a aquellos que conducían la investigación de que me lo expresaran. No tengo el menor deseo de sufrir igual maltrato otra vez, particularmente si no hay nada que indique que la verdad del asunto se dará a conocer de una manera que elimine la mancha que se ha producido de modo injustificado. Eso deberá descansar en las manos de Dios.-Mateo 10:26.

El retiro de mi apelación no debe considerarse como admisión de culpa o la aceptación de la decisión de expulsión como si ésta fuera algo propio, justo o basado en las Escrituras. Otra vez, con el apóstol puedo decir: “Pues para mí es asunto de ínfima importancia el que yo sea examinado por ustedes o por un tribunal humano. Porque no estoy consciente de nada contra mí mismo. Sin embargo, no por esto quedo probado justo, sino que el que me examina es Jehová.” (1 Corintios 4:3, 4) Mi confianza en su justo juício es implícita y mi confianza en lo recto y verdadero de su Palabra se ha fortalecido por lo que he experimentado. Y mientras tenga vida me dedicaré a hacer conocer a otros la verdad de su Palabra para la bendición de ellos y alabanza de Dios.

En lo que respecta a mis hermanos entre los Testigos de Jehová, puedo decir que la buena voluntad de mi corazón y mi súplica a Dios son para su bienestar. He laborado concienzudamente desde 1938 en el interés personal de ellos, y les aseguro, que si yo viera alguna esperanza de que el someterme a más pruebas resultaría en su beneficio, muy gustosamente las sufriría.- Compare Romanos 9:1-3.

Respetuosamente,

R. V. Franz

No me cabía duda de que quienes dirigían todo el asunto comenzaron a darse cuenta que la “evidencia” que se usó para expulsarme -una comida con Peter Gregerson- bien pudiera parecer algo débil. En vez de tratar de suministrar la evidencia de la Palabra de Dios (demostrando que mi acción era realmente pecaminosas) como yo había solicitado en mi carta de apelación, ellos procuraron edificar un “caso” más sólido buscando testimonio adverso. No vi que bien se podía lograr en seguir sometiéndome a eso.

Ocho días más tarde, recibí una llamada telefónica de Larry Johnson informándome que habían recibido mi carta y que en vista de que yo había retirado la apelación, la decisión de expulsión tomada por el primer comité quedaba vigente.

El hecho de que la llamada viniera ese día me pareció apropiado. Yo había sido bautizado el 1º de enero de 1939, y exactamente cuarenta y tres años más tarde, el 31 de diciembre de 1981, fui expulsado -el único cargo que sirvió como base para tal acción fue el testimonio de que yo había comido en compañía de una persona desasociada.

¿Es que yo creo que tal cosa fue la verdadera razón para la acción que tomaron? No. Creo que fue simplemente un tecnicismo usado como pretexto para alcanzar un objetivo. En sus mentes el fin justificó los medios. El que la organización haga uso de argucias tan insignificantes, en mi parecer denota una norma extraordinariamente baja de conducta y una gran inseguridad.

Basado en mi pasada experiencia con el Cuerpo Gobernante de los Testigos de Jehová, y en la conducta del Comité de la Presidencia durante la primavera de 1980, y además, en el material publicado desde entónces hasta el presente, es mi creencia que se consideró “ventajoso” el que yo fuera expulsado de manera que se quedara eliminado lo que ellos consideraban como una “amenaza.” Si es así, esto también revela un gran sentido de inseguridad -particularmente para una organización mundial que declara ser el instrumento escogido por Dios, respaldado por el poder Soberano del universo, y aquel nombrado por el Rey como el supervisor de todos sus asuntos en la Tierra. Esta ciertamente no sería la acción de una organización completamente en paz con sus propias enseñanzas, en calmada confianza de que lo que presenta es la verdad sólidamente basada en la Palabra de Dios. Ni es tampoco la acción de una organización que tiene confianza genuina en el cuerpo de sus adherentes, confiada serenamente en que la instrucción y entrenamiento dados han producido hombres y mujeres cristianos maduros que no necesitan algún “magisterio” maternal para prescribirles lo que han de leer, discutir o pensar, sino que en cambio son capaces ellos mismos de discernir entre error y verdad, mediante su conocimiento de la Palabra de Dios.