Cuando se intenta hacer crítica constructiva, es difícil a veces encontrar el equilibrio apropiado, sobre todo porque a menudo la realidad evidente te supera. En este caso me refiero a la constante opresión eclesiástica existente dentro de la religión de los testigos de Jehová con quienes disienten, aunque eso sea por aspectos mínimos. Y la verdad es que no se llega a conocer bien el profundo carácter autoritario de esa organización hasta que te toca personalmente. Mientras colabores sin rechistar, no hay ningún problema: es fácil que uno siga viendo aspectos positivos dentro de la organización porque en realidad los hay. Otra cosa bien diferente es objertar a algo o simplemente disentir en conciencia abiertamente. Cuando el ‘aparato policial y judicial’ se te echa encima, sientes perfectamente los efectos del ‘fascismo teocrático‘ existente. Por cierto, esa expresión no es mía. La usa el profesor de la Universidad de Yale, Harold Bloom, al tratar sobre la religión de los testigos de Jehová en su libro La religión americana (Taurus, 2009. El título de la primera edición del libro era más apropiado, La religión de los Estados Unidos). Reconozco que esa expresión podrá quizá herir la sensibilidad del testigo más ortodoxo, pero quien ha pasado por su sistema inquisitorial alguna vez sabe muy bien que no es desmesurada ni mucho menos.

Personalmente respeto a todas las personas de fe, estén éstas en la religión en que estén. Pero otra cosa bien diferente son las políticas opresivas en sentido espiritual impuestas por sus líderes. El resultado muy a menudo ha sido la conversión de creyentes en ateos o personas con una completa desorientación religiosa.

En cierta ocasión escribí a un anterior superintendente de circuito interesándome por su situación, ya que sabía que había recibido mucha presión por exponer algunas razones de conciencia. Lo hice en los siguientes términos:

“Un saludo afectuoso para un hombre bueno que tiene partido el corazón”.

Con su permiso, reproduzco algunas expresiones de su respuesta (no todas, para salvaguardar su intimidad) :

“Me ha alegrado tener noticias tuyas. Buena frase. ¡Apuntado al blanco! Sí, tienes razón, la herida es muy profunda. He perdido mi rumbo religioso…Cuánta hipocresía. Se cometen fallos a punta pala y ¡siempre llevan la razón! Ninguna palabra de disculpas o admitir un error. Y esto después de haber dedicado media vida a esta organización. ¡Duele un montón! Pero tú lo sabes. Lo has vivido también….y me da mucha pena que tantos testigos sigan con una fe ciega en esa organización”.

Por la parte humana, no deja de entristecerme profundamente que casos como esos se produzcan una y otra vez. Por la parte eclesial, no entiendo cómo los dirigentes de los testigos no reflexionan sobre el daño espiritual que produce esa clase de política inquisitorial. ¿Es que acaso no conocen la historia ni tan siquiera un poco? ¿Es que no saben que las dictaduras, sean del carácter que sean, nunca perduran para siempre y que del daño que propicien sus dirigentes a otros, a ellos mismos se les pedirá cuentas?

Esteban López