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Quizá ilustre muy bien que la gente es buena, esos concursos de “cámara oculta” que aparecen en televisión, en los que muchas personas responden con buena voluntad para descubrir finalmente que son objeto de una broma.

Mucho más serio es, sin embargo, que se abuse de la buena voluntad de la gente y que se la perjudique en nombre de la religión. Y es que cuando una persona cree que una causa merece la pena y que además proviene de Dios, lo da absolutamente todo: sus fuerzas, su dedicación, su abnegación, su tiempo e incluso sus recursos materiales o económicos. De ahí el profundo respeto con que debería ser tratada la persona de fe que lo entrega todo por lo que ella cree.

Solo un ejemplo. Como religión, los testigos de Jehová llevan más de cien años anunciando la venida de Cristo y el fin de este mundo. No es que eso no sea bíblico. Lo es, sin duda. Nadie que conozca mínimamente las Escrituras puede negar que llegará un día en que eso tendrá lugar. El problema de los testigos es su atrevida insistencia en que “el fin está ya cerca, a las puertas,” condicionando adversamente la vida de miles de personas en todo el mundo. Muchos han renunciado por ejemplo a tener hijos, a formarse mejor en un mundo tan competitivo, a pensar que la muerte no va con ellos (la proximidad del fin hace que el testigo medio no se vea en el futuro envejecido o que llegue algún día a morir). Pero siendo sinceros, hay que reconocer que como humanos, no vivimos tanto, pobres de nosotros, como para que otros abusen, consciente o inconscientemente, de nuestros anhelos, de nuestras expectativas, de nuestros deseos y esperanzas. Considero que hacer eso a personas inocentes, es en el fondo  profundamente inmoral.

No hace mucho me reencontré con una amiga de la juventud. Mientras hablábamos de tantos recuerdos del pasado, en un momento de la conversación ella me dijo algo inquieta: “No me mires Esteban, no me mires por favor, que estoy ya muy mayor.” Confieso que oirle decir eso me partió el corazón. Ella fue testigo de Jehová por muchos años. Vivió la psicósis de los años anteriores a 1975, en los que se vaticinaba el fin del mundo como inmintente. No estudió ni se formó más en una profesión o en una carrera universitaria tal y como los testigos tradicionalemente siempre han recomendado debido a su creencia en la proximidad del fin. Ahora se gana la vida en un pequeño chiringuito vendiendo ropa interior para mujer. En invierno tiene que colocarse la bufanda hasta los ojos y cubrirse los dedos de las manos con guantes especiales porque el frío, temprano, es insoportable. Tiene ya hijos adultos que no viven con ella. El fin no ha venido, el paraíso tampoco. Ella ha envejecido y ya nadie parece que se acuerda de todo lo que dió por la causa en un pasado no tan lejano. Pero todavía sonríe y lucha todos los días sin rencor y con esperanza. Una vez más hay que decirlo porque es obvio: la gente es buena.

Seguir anunciando en grandes asambleas que el fin está cerca; expulsar, mancillar y olvidar a quienes tanto dieron pero que un día hicieron preguntas, es una muestra de arrogancia de quien en el fondo se ha puesto en el lugar de Dios sin importarle lo más mínimo el efecto adverso que eso puede tener en la gente; bien mirado, eso es una afrenta a Dios y a la misma dignidad del ser humano. Postergar la esperanza cristiana una y otra vez en lugar de dejar eso solo en manos de Dios, crea por un lado o personas que se cansan, que sencillamente ya no pueden más, o personas que definitivamente pierden la fe.

No es extraño que se escribiera hace mucho tiempo:

“La esperanza que se demora enferma el corazón, pero el deseo cumplido es árbol de vida.” -Proverbios 13:12, La Biblia de las Américas.

Esteban López