“Si os mantenéis firmes en lo que os digo, sois de veras mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os dará libertad. . . . si el Hijo os da libertad, seréis verdaderamente libres”.

– Juan 8:31, 32, 36 Versión Popular

“Donde está el espíritu del Señor, allí hay libertad”.

– 2 Corintios 3:17 Versión Popular

LOS SEGUIDORES del Hijo de Dios deberían ser amadores de la libertad que él da, deberían atesorarla, defenderla, sacrificar lo que fuese necesario para retenerla. Esa libertad es mucho más que la libertad política. Nos libera de la frustración que trae la sumisión a la decadencia, del sentimiento de culpa ante Dios, del miedo a la muerte y del temor a hombres o demonios, pues lleva consigo la esperanza “de que la creación misma también será libertada de la esclavitud a la corrupción y tendrá la gloriosa libertad de los hijos de Dios”.[1]

También es la libertad para ser la clase de persona que realmente deseamos ser, que nos esforzamos por ser, una persona que refleja la vida de Aquél a quien cada uno de nosotros sigue, aunque expresada individualmente como personalidades únicas que somos. Pablo no era un Pedro, ni Pedro era un Juan, ni María era una Priscila, ni Priscila una Dorcas. No obstante, todos reflejaban en sus vidas las enseñanzas, las cualidades y el espíritu del único a quien seguían, el único en quien ponían fe como el Hijo de Dios. Esa individualidad manifiesta belleza, una belleza que es asfixiada y suprimida por la conformidad impuesta y la uniformidad rígida, con su efecto despersonalizador – y a veces deshumanizador. En lugar de ser como “guisantes en la vaina”, las personas pueden ser como flores en un jardín, distintas, abigarradas, incluso discordantes, pero no deben ser como mala hierba, ni feas, ni pestilentes, y todas deben estar combinadas para contribuir a la hermosura del jardín como un todo.

El control totalitario, sea político o religioso, teme al individualismo, lo ve como una amenaza. Ese temor es una señal de debilidad, no de fortaleza. De modo similar, la falsedad empequeñece ante la verdad, se aparta de su luz, intenta esconderse de ella.[2] Puede intentar eclipsar esa luz, sea agresivamente o de modo solapado, pero siempre procura evadir el encuentro cara a cara con la verdad en un debate honesto. La unidad que se basa en la uniformidad forzada, aunque sólida en apariencia exterior, es en realidad frágil. A diferencia de la unidad basada en la verdad y en el amor, el vínculo perfecto de unión, tal unidad impuesta no tiene fortaleza interna, natural, sobrevive solamente a base de la manipulación, la coerción y el temor.[3]

Recuerdo una carta de una mujer en California, que, junto con sus hijas, había estudiado con los Testigos, y que comenzó a asistir a las reuniones y a participar en el servicio del campo yendo de puerta en puerta. Ella escribió:

He estado estudiando con los Testigos durante un año aproximadamente, y he estado bajo presión creciente para someterme a todos los puntos de vista de la organización. Lo que comenzó siendo un estudio de la Biblia agradable e informal, se ha convertido en algo asfixiante de nuestra propia identidad espiritual. Es interesante que mientras se siente esta clase de presión, se vuelve difícil pensar claramente. Se nos ha implantado el temor de que estaríamos siguiendo el sistema de Satanás y alejándonos de la organización “inspirada por Dios”.

Es fácil alabar el ejemplo de personas del pasado que no se dejaron intimidar en su búsqueda de la verdad y en darla a conocer, debiendo pagar por ello a menudo un precio elevado. Con frecuencia, las publicaciones de la Watch Tower presentan artículos alabando la integridad a la verdad y a la conciencia que mostraron antiguos mártires y reformadores – hombres como Wycliffe, Tindale, Miguel Servet o Juan Hus, que resistieron la fuerza asfixiante de la censura religiosa y anduvieron libres de la presión y la condena coercitivas de la autoridad religiosa. Otros artículos hablan positivamente de algunos grupos minoritarios disidentes e inconformistas, como los valdenses, los lollardos, los anabaptistas, los cuales declararon que ponían la lealtad a la verdad bíblica por encima de la lealtad a la autoridad y a la enseñanza de cualquier organización.[4] En todo esto, uno no puede evitar sentirse impresionado por el paralelo con las autoridades religiosas del día de Jesús, que, como él dijo, ‘edificaban los sepulcros de los profetas y adornaban las tumbas conmemorativas de los justos’ y decían, “Si hubiéramos estado en los días de nuestros antepasados, no hubiéramos sido partícipes con ellos en la sangre de los profetas”. A pesar de sus declaraciones, el proceder de aquellos líderes religiosos mostraba que tenían el mismo espíritu que sus antepasados, que causaron la muerte de los profetas rechazados por la organización.[5] De modo paralelo, a la vez que enaltece a aquellas personas disidentes y a aquellos grupos inconformistas del pasado, la organización Watch Tower emplea las mismas armas que se emplearon contra ellos – censura, intimidación, presión, coerción y excomunión por parte de la organización – con el fin de silenciar cualquier intento de discusión libre y abierta sobre la validez de sus enseñanzas y su ejercicio de autoridad. Aquellos a los que la organización califica de herejes, deben ser considerados por todos sus miembros como si estuvieran muertos. La organización alaba el valor de hombres y mujeres del pasado que se aferraron a sus convicciones, pero condena el mismo proceder ahora como motivado por un espíritu sedicioso y orgulloso, como evidencia de rebelión contra Dios, y al hacerlo emplea un lenguaje fuertemente reminiscente de las condenas eclesiásticas del pasado. Sin embargo, la historia de la humanidad se enriquece con el ejemplo que pusieron esos hombres y mujeres de conciencia, en su posición a favor de la libertad.

Alcanzando madurez espiritual como personas libres

Hermanos, no penséis como niños. Sed como niños en cuanto a lo malo, pero como adultos en vuestro modo de pensar.

1 Corintios 14:20, Versión Popular

 El propósito de la enseñanza cristiana es llevarnos a la madurez espiritual, a la condición de personas adultas cristianas, “desarrolladas conforme a la estatura completa de Cristo”.[6] Como vierte una traducción las palabras de Pablo a los cristianos en Éfeso:

Dejemos, pues, de ser niños zarandeados por las olas y arrastrados a la deriva por todo viento de doctrina, a merced siempre de esa gente embaucadora, maestra en el arte de llevar por los caminos del error. Y viviendo, en cambio, con autenticidad en el amor, esforcémonos por crecer en todo, puesta la mira en aquel que es la cabeza: Cristo..[7]

La niñez es un tiempo de pocas responsabilidades, de relativamente pocas opciones y decisiones personales. El niño deja que sus padres u otros ejerzan esa responsabilidad, que pongan las normas. Particularmente cuando es pequeño, se siente dependiente de ellos, teme ser abandonado, se siente inseguro sin su presencia. La condición de adulto, por lo general, trae alivio de esa dependencia y, por tanto, trae a la vez responsabilidad y una multitud de elecciones y decisiones personales, La transición no es fácil. No obstante, es un paso que todos debemos dar, o permanecemos atrofiados en nuestro desarrollo. El apegarnos a un estado de niñez nos afectará negativamente en nuestro éxito como adultos. Nuestra felicidad y cualquier meta de valor que alcancemos en la vida están ligadas inseparablemente a nuestra voluntad de asumir la responsabilidad de ser hombres y mujeres adultos. Lo que a menudo es excusable en un niño, no lo es en un adulto. Como el apóstol Pablo lo expresa:

Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño.[8]

Solamente un sistema que quisiera ejercer un control exagerado sobre otros, y dominarlos a ellos y a su pensamiento, querría que la gente continuase en un estado de niñez, impediría o incluso bloquearía su crecimiento hacia una menor dependencia de ese sistema y hacia una mayor fuerza personal y habilidad para tomar decisiones correctas por ellos mismos. El apóstol afirma que Cristo dio “dádivas en hombres” a sus seguidores, pero todos éstos, fuesen apóstoles, profetas, evangelizadores, pastores o maestros, fueron dados precisamente para que las personas “creciesen”, para que cada uno de ellos llegase a ser, como su Cabeza, capaz de estar de pié por sí mismo, como adultos espiritualmente maduros, no para que permaneciesen como niños dependientes de tales hombres.[9] Aquellos hombres no debían hacer que las personas se sintiesen en deuda con ellos, diciendo, como hace la organización Watch Tower: “¿Cómo? ¿Dónde aprendieron lo que han aprendido? ¿No fue de nosotros?” Tampoco debían pretender que la gente se sintiese bajo obligación de seguir su guía sobre esa base, y que se sintiesen desagradecidos o irrespetuosos si no actuaban así. Al contrario, junto con el apóstol, ellos debían decir:

¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el Señor. Yo planté, Apolos regó, pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que da el crecimiento.[10]

No ser “algo” es lo mismo que no ser nada. El verdadero siervo de Dios sentiría rechazo ante la idea de hacer que otros se sintiesen bajo obligación hacia él, ya que reconocería su propia insignificancia e incapacidad relativas, y la importancia prevaleciente del poder y de la sabiduría de Dios, en todo lo que se consigue.[11] Como lo expresa Pablo:

Pues, ¿quién es el que te distingue? [¿quién te hace a ti mejor que los demás? Versión Interconfesional] ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido? [¿a qué viene presumir como si fuera tuyo? Versión Interconfesional ] ¡Ya estáis hartos! ¡Ya sois ricos! ¡Os habéis hecho reyes sin nosotros! . . . Nosotros, necios por seguir a Cristo; vosotros, sabios en Cristo. Débiles nosotros; mas vosotros, fuertes. Vosotros llenos de gloria; mas nosotros despreciados.[12]

Todo lo que cualquiera de esos siervos cristianos pudiera tener en forma de conocimiento, sabiduría o capacidad en el servicio cristiano, había sido recibido de Dios como dádiva Suya. Sin importar quiénes eran y qué servicio rendían, todos aquellos hombres eran “dádivas” para sus compañeros cristianos, no gobernantes colocados sobre ellos. El reconocimiento y el sentido de obligación que produce la gratitud son para el Dador de dádivas, no para la cosa o persona que se ha dado. Así, el apóstol dice a sus compañeros cristianos:

Por eso, que nadie se jacte en los hombres; porque todas las cosas les pertenecen a ustedes, sea Pablo, o Apolos, o Cefas [Pedro], o el mundo, o la vida, o la muerte, o las cosas presentes, o las cosas venideras, todas las cosas les pertenecen; a su vez, ustedes pertenecen a Cristo; Cristo, a su vez, pertenece a Dios..[13]

Sí, quienes quiera que sean, ellos son, en efecto, la posesión de aquellos a quienes les son dados, no sus poseedores; ellos pertenecen a la comunidad de creyentes, no es la comunidad de creyentes la que les pertenece; ellos se ponen al servicio de la hermandad, más bien que hacer que la hermandad se sienta bajo obligación de servirles o de cumplir sus mandatos.

Confianza infantil – ¿hacia quien?

En las Escrituras no se censura el ser como niños, el tener un sentido de dependencia, o el buscar dirección en una fuente superior. El factor clave es: ¿Hacia quiénse dirige esa actitud como de niño? Al responder a una pregunta de sus discípulos, Jesús llamó a un niño pequeño hacia sí, y lo puso delante de sus discípulos, diciendo:

De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos. Y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe. Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar. . . . porque es necesario que vengan tropiezos, pero ¡ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo![14]

Note, por favor, que la confianza y la fe como de niños, no debería ponerse en hombres o en un sistema religioso, sino en Cristo – “fe en mí”. Y la fe en Él es también fe en su Padre, en cuyos hijos nos convertimos también. En ninguna parte de las Escrituras se nos anima a poner fe en hombres. Es cierto, en las Escrituras encontramos pasajes donde algunos de los apóstoles usaron las expresiones “hijos”, “hijitos”, “hijos míos” cuando escribían a otros, o cuando hablaban de ellos mismos en posición como de padres a hijos. Sin embargo, la evidencia muestra que esto se hacía, o bien para expresar una relación personal, en el caso de que el apóstol hubiera sido el primero en anunciar las buenas nuevas, el mensaje de vida, a aquellas personas, como era el caso entre Pablo y aquellos en Corinto, Galacia, Tesalónica, o bien como la expresión de afecto de un maestro de edad hacia aquéllos más jóvenes en la fe, como era el caso del apóstol Juan.[15] Ellos manifestaban interés paternal, no el control autoritario de un padre. Tenían cuidado de no ir más allá de este sentido limitado, personal, y de ese modo no eran culpables de llevar a las personas a violar el mandato de Cristo: “Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno solo es vuestro Padre, el que está en los cielos”.[16] Nuestra confianza en hombres que rinden servicio sagrado, o que alegan hacerlo, nunca puede ser absoluta, sino que siempre debe estar condicionada a la medida en la que ellos reflejen fielmente la voluntad y sabiduría de nuestro Dador de vida. Si esa confianza alcanzase alguna vez el punto de convertirse en fe en tales hombres, habría ido demasiado lejos.

Tampoco deberíamos permitir que nuestra responsabilidad personal como cristianos sea invadida o conquistada por un intento de ejercer una “paternidad” espiritual por otro método, eludiendo ingeniosamente el mandado de Cristo, al alegar no ser nuestro Padre espiritual, pero ocupando el lugar de una “Madre” espiritual. Un padre les da la vida a sus hijos a través de una madre; por tanto, ella es también fuente de vida para los hijos. Dios no ha asignado nunca ese papel a ningún arreglo humano, a ninguna organización de ningún tipo. Su Hijo solo es el Mediador entre Dios y los hombres, y él solo es “el camino, la verdad y la vida”, ya que nadie llega al Padre si no es a través de él.[17] Cualquier organización que alegue que la obtención de vida eterna está condicionada a la subordinación a ella, está negando esa verdad y usurpando el papel de Cristo.

Copia del encabezamiento del artículo: “MUESTRE RESPETO POR LA ORGANIZACIÓN DE JEHOVA”, publicado en The Watchtower de 1 de mayo de 1957, pág. 273 (edición en inglés), apoyado por el texto temático de Proverbios 6:20, 23 (RS):”Hijo mío, guarda el mandamiento de tu padre, y no abandones la enseñanza de tu madre. Porque el mandamiento es una lámpara y la enseñanza una luz, y las censuras de la disciplina son el camino de la vida”

En la ausencia de un padre, la madre de la familia puede ser la fuente de dirección para los hijos, pudiendo ejercer incluso autoridad matriarcal sobre la familia. Ya hemos visto (Capítulo 4) que la organización Watch Tower, cuando argumenta a favor de la existencia de una “madre” celestial, llamada “organización universal de Dios”, alega que actúa como un “conducto” terrestre para esa “madre”, por medio de dispensar las instrucciones de ella y de alimentar a sus “hijos”. En realidad, las alegaciones que se hacen en relación con la “madre celestial” y el respeto y la deferencia que se le deben “a ella”, se aplican en la práctica para beneficio de la organización terrestre, que se convierte así en una especie de madre sustituta.[18]

Recuerdo como durante el período de considerable tumulto en la central internacional en 1980, un conocido habló por teléfono con un superintendente viajante (superintendente de circuito) en el centro-oeste del país y mencionó su sentimiento de preocupación por las acciones que había tomado la organización. La respuesta del superintendente viajante fue: “Bueno, sabemos esto: Mamá puede tener razón o puede estar equivocada. Pero ella sigue siendo mamá”. Para él “mamá” era la central de la organización situada en Brooklyn, no alguna entidad celestial. Y esta es la realidad del punto de vista de la mayoría de los Testigos de Jehová. En otras religiones se promueve un punto de vista similar, con el fin de aumentar su autoridad. Pero éste es un concepto ajeno a la enseñanza cristiana. De hecho, le resta fuerza a la realidad que, aunque en el pasado Dios habló a los hombres por diversos medios, incluyendo mensajeros angélicos de la esfera celestial, Él nos ha hablado ahora a través de su Hijo, y continúa guiándonos por medio de ese Hijo y por la dirección del Espíritu santo.[19] En ningún lugar de las Escrituras se nos ordena buscar nuestra fuente de entendimiento en una “organización celestial” y en su “conducto terrestre”, sino que se nos dirige a nuestro Padre celestial y a su Hijo en busca de  ayuda para entender y aplicar el mensaje que ellos han dado a la humanidad..[20]

En tiempos antiguos, a los hijos se les ponía a menudo bajo el cuidado de un “tutor”, quien, a diferencia de los llamados “tutores” de nuestro día, no enseñaban a los niños, sino que los conducían a los maestros o a la escuela, además de administrarles disciplina.[21] Empleando esto como ilustración, Pablo escribe:

Sin embargo, antes que llegara la fe, estábamos guardados bajo ley, entregados juntos en custodia, esperando la fe que estaba destinada a ser revelada. Por consiguiente, la Ley ha llegado a ser nuestro tutor que nos conduce a Cristo, para que se nos declarara justos debido a fe. Pero ahora que ha llegado la fe, ya no estamos bajo tutor. Todos ustedes, de hecho, son hijos de Dios mediante su fe en Cristo Jesús..[22]

Si ahora nos permitimos estar en sujeción a algún sistema terrestre y a sus leyes, dejando que éstas definan y regulen nuestra adoración y nuestra conducta ante Dios, estaríamos retrasando el reloj hasta el tiempo anterior a la venida de Cristo. De hecho, eso anularía lo que Cristo cumplió, anularía la libertad que nos trajo su acción. Regresaríamos a la condición de niñito, que no es mucho mejor que la de un esclavo, tal como el apóstol lo describe:

Lo que quiero decir es esto: Mientras un hijo que ha de recibir una herencia es niño, en nada es diferente a un esclavo de la familia, aunque en realidad es el dueño de todo. Hay personas que lo cuidan y se encargan de sus asuntos, hasta el tiempo que su padre señale. Y así pasa con nosotros. Durante nuestra niñez, por decirlo así, estábamos sometidos a las ideas humanas respecto a las cosas. Pero cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a su Hijo, que nació de una mujer y vino como judío bajo la ley. Vino así para darnos libertad a los que estábamos bajo esa ley, para que Dios nos recibiera como hijos suyos. [23]

Cristo Jesús estableció una congregación sobre el fundamento de sus apóstoles, sin embargo, nunca se nos exhorta a considerar esa congregación como si fuera nuestra cabeza. “La cabeza de todo varón es”, no la congregación o los que la componen o los que actúan como pastores dentro de ella, sino “Cristo”.[24] Eso significa aceptarlo como la fuente de guía divinamente escogida para nuestras vidas, como el único a quien debemos acudir para conseguir guía segura, por medio del Espíritu santo, en las decisiones y elecciones que hagamos en la senda que andemos. Cualquier exhortación para expresar respeto, confianza o sumisión a hombres dentro del cuerpo de creyentes en Cristo – quienesquiera que sean – debe verse siempre como algo relativo, nunca absoluto. Si Cristo es, de hecho, nuestro Cabeza, debemos confrontar en conciencia cualquier supervisión, consejo y exhortación de fuente humana, con sus palabras y enseñanzas, su ejemplo y las cualidades que manifestó. Acatar sin discriminación no sólo sería infantilmente tonto, sino también peligroso.[25] Sería también una negación de su jefatura. La obediencia o la sumisión ciegas a líderes religiosos no es una señal de fe en Cristo, no es evidencia de profundidad de devoción o de respeto por su posición divina. La aceptación de la jefatura de Cristo conlleva la responsabilidad de discernir lo que realmente representa e implica esa jefatura, y lo que no. Y no podemos pasar esa responsabilidad a nadie, debemos cargar con ella nosotros mismos..[26]

La llamada a la libertad está implícita en la Palabra de Dios. ¿Por qué, entonces, hay muchos que vacilan o dejan de buscar esa libertad?

Miedo a la libertad

. . . el miedo lleva castigo en sí mismo. Por eso, si alguien tiene miedo, es que no ha llegado a amar perfectamente.

1 Juan 4:18, Versión Popular

Como se ha indicado, la libertad cristiana no es simplemente una libertad negativa – la libertad de no creer, de no hacer – sino primordialmente una libertad positiva, la libertad de creer, de hacer, de ser.

Aunque parezca extraño, a muchos les atemoriza esa libertad positiva, o simplemente su búsqueda. Porque esa libertad significa asumir la responsabilidad de llegar a conclusiones basadas en entendimiento y en convicciones que se han asentado personalmente en la propia mente y en el propio corazón, no en la mente y el corazón de otros, ni basadas en las interpretaciones y razonamientos de otros. Significa, además, la responsabilidad de hacer elecciones y tomar decisiones, y de aceptar sus consecuencias. Por esa misma razón, una gran parte de la humanidad intenta escapar de esa libertad. El modo de escapar pasa con demasiada frecuencia por la sumisión a alguna fuente que asume la autoridad de tomar decisiones para la propia persona, de ser su conciencia, de ser su guía en las decisiones de la vida. Si no fuera por esa prontitud de dar libertad a cambio de sumisión, nunca hubieran podido alcanzar tal poder las formas de gobierno totalitarias que emergieron después de la 1ª Guerra Mundial. El sociólogo Erich Fromm escribe lo siguiente sobre estas fuerzas y la increíble atracción que ejercieron sobre las masas:

. . . la esencia de estos nuevos sistemas, que efectivamente tomaron el control sobre la entera vida social y personal de los hombres, fue la sumisión de todos, excepto un puñado de hombres sobre los que no tenían control. . . . [Millones] estuvieron tan dispuestos a someter su libertad como sus padres lo estuvieron a luchar por ella.[27]

Mostrando cuán evasiva es esta tendencia humana, y señalando una de sus causas, otra fuente afirma:

Cuando queremos eludir la responsabilidad de nuestra propia conducta, lo hacemos intentando arrojar esa responsabilidad a alguna otra persona, organización o entidad. Pero esto significa que le damos nuestro poder a esa entidad, sea el “destino”, o la “sociedad”, o el gobierno, o la empresa, o el patrón. . . .  Al intentar evitar la incomodidad de la responsabilidad, millones, e incluso billones, intentan escapar diariamente de la libertad.[28]

En religión, como en otros campos, muchas personas encuentran más fácil permitir que otros piensen por ellos, que escojan por ellos, que tomen decisiones por ellos. Sin lugar a dudas, estas personas no estarían tan dispuestas a permitir esto en asuntos materiales, pero lo hacen en cuestiones espirituales y éticas. Su fe es una “fe prestada”. Estas personas creen principalmente porque otros han creído y porque aceptan sus alegaciones confiadas de estar en lo cierto. Buscan seguridad por medio de pertenecer, por medio de formar parte de una organización. Buscan refugio de los problemas morales por medio de la sumisión a un sistema que les ofrece el relevo de su propia responsabilidad al dirigir sus vidas y al tomar decisiones por ellos en asuntos de conciencia. El apóstol se dirigió a personas de Galacia como “los que queréis estar bajo ley”.[29] De modo similar, hoy día muchos quieren que se les diga lo que tienen que hacer, que se les guíe mediante reglas, de modo que puedan sentirse libres de la responsabilidad de tomar decisiones. En palabras del escritor de la carta a los Hebreos, ellos simplemente no han llegado a ser ‘personas maduras’ como cristianos.[30]

Una de las verdades básicas de la vida es que la propia vida es difícil. En muchos aspectos, esto es así porque el enfrentarse a los problemas y el trabajar a favor de su solución es un proceso agobiante. Nadie tiene una vida libre de problemas, y el dolor que éstos pueden causar emocionalmente es capaz de superar al dolor físico. La tendencia es intentar evitar el dolor ignorando los problemas, rehusando enfrentarse a ellos, o procurando escapar de ellos por cualquier método. Personas expertas en el cuidado de la salud mental reconocen que esto no es solamente común, sino incluso perjudicial. Como lo expresa la última fuente citada:

La tendencia de evitar problemas y el sufrimiento emocional inherente a ellos es la base primaria de todas las enfermedades mentales humanas. . . . Algunos de nosotros iremos muy lejos para evitar los problemas y el sufrimiento que causan, actuando de modo contrario a lo que es bueno y sensato, con el fin de encontrar una salida fácil, creando las fantasías más complejas en las que vivir, a veces con una exclusión total de la realidad. En palabras sucintamente elegantes de Carl Jung, “La neurosis siempre es un sustituto del auténtico sufrimiento.”.[31]

El “alimento” mental que suministra la organización Watch Tower no anima solamente a arrojar la responsabilidad personal en un sistema y en sus líderes. Como hemos visto en capítulos anteriores, la organización Watch Tower también alimenta un punto de vista ilusorio sobre la vida, estimulando una propensión a creer – a pesar de la evidencia de lo contrario – de que se está disfrutando un ambiente espiritual ideal, supuestamente libre de problemas, de que sólo se necesita ‘seguir la guía de la organización’ y que todo irá bien. Muchos, quizás la mayoría, prefieren creer esto. Lo encuentran más cómodo. Sin embargo, la escapatoria que parece que encuentran se muestra al final más gravosa que el sufrimiento legítimo que se ha eludido. Esa ficción sólo se puede mantener por medio de una sujeción continua al adoctrinamiento y por una rutina constante de acciones que alivian, temporalmente, el sentimiento de culpa que se percibe si se dejan de cumplir las demandas de la organización. Es preciso permitir que las propias facultades mentales sean encadenadas y encauzadas, que se limite la compasión y la franqueza de corazón. A largo plazo las pérdidas son más gravosas que la disciplina y el esfuerzo que se tendría que haber invertido en afrontar y asumir la realidad.

Una carta que me envió un hombre desde el estado de Nueva York en 1985 decía:

Yo también he estado “en la Verdad” durante cuarenta y ocho años y he servido con todo mi corazón. También he sufrido todas las indignidades y encarcelamientos que la mayoría de los testigos de nuestra edad han sufrido. El ver ahora a la organización que aprendimos a amar, como indiferente y desapasionada es demasiado traumático. Lo que me molesta incluso más es que lo he sabido durante algún tiempo, pero he albergado estos sentimientos en privado. Creo que el temor a expresar mi conciencia me ha hecho menos persona que cuando entré “en la Verdad”. Por eso creo que no me gusto a mí mismo. Por lo menos su libro me ha forzado a enfrentarme a ello. Cuán vívidamente llamó a nuestra atención Juan que el temor actúa como una restricción y que mientras el temor esté presente, no podemos ejercer el amor perfecto. – 1 Juan 4:18.

Creo que lo que este hombre dice ha sido en mayor o menor medida cierto de todos nosotros – que todos fuimos empequeñecidos de algún modo – en el libre uso de nuestras facultades mentales que Dios nos dio, en nuestra libre expresión de amor, compasión y misericordia, en nuestra facultad para hablar la verdad siempre que sea necesario y en cualquier circunstancia. Es cierto que no todos han sido afectados al mismo grado. Algunos se las arreglan para mantener un grado razonable de integridad personal, para soportar hasta cierto punto la presión que los encaja en un molde rígido. Pero en mi mente no hay duda que, incluso en esos casos, todos sufren alguna pérdida, que, empleando palabras de la carta citada, todos se convierten inevitablemente en “menos que la persona” que podrían ser de otro modo – y su reflejo de Cristo es menor de lo que podría llegar a ser. En las palabras del apóstol, hay un velo que permanece sobre ellos, con un nuevo legalismo y su “código escrito” que sustituye al código de la Ley. Ese velo “está puesto sobre su corazón”, nublando y entorpeciendo su visión del esplendor de su nueva posición ante Dios, hecha posible por su Hijo.[32] El temor de afrontar el significado pleno de esa posición dificulta su “libertad de expresión”, conduce a menudo a sentimientos escondidos, a expresiones veladas, disfrazadas, en lugar de a la franqueza, sinceridad y candor que caracterizan a la libertad cristiana. Como afirma el apóstol:

Y el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Por eso todos nosotros, como ya no tenemos la cara tapada con un velo, somos como un espejo que refleja la gloria del Señor; y así nosotros mismos vamos llegando a ser más y más como Cristo, porque cada vez tenemos más de su gloria. Esto es lo que hace el Señor, que es Espíritu.[33]

Algunas de las pérdidas más serias que resultan de esta sujeción a un sistema son de naturaleza sutil, gradual, acumulativa. Otras no lo son, y los efectos de permitir a otras personas que piensen por nosotros son más claramente manifiestos.

Pienso en una mujer de la zona este de los EE.UU. cuyo marido provenía de una familia cuyos miembros estaban entre los asociados más antiguos de la Watch Tower de esa zona. Él llegó a ser “superintendente de congregación” y era uno de los “pilares” en la comunidad de Testigos. Este hombre murió de repente a una mediana edad. Había confiado siempre en las aseveraciones de la organización sobre la cercanía del fin y no había permitido que los intereses materiales recibiesen una importancia muy seria. A su muerte, no quedaba esencialmente nada con lo que su esposa se pudiera mantener a sí misma, y ahora, a los cincuenta, ella se vio obligada a buscar empleo, prácticamente como una cuestión de supervivencia. Como el trabajo que obtuvo en una residencia requería que vistiese un uniforme, y sus turnos de trabajo eran próximos a algunas reuniones, ella llevaba puesto el uniforme en esas reuniones. Ella notaba que, aunque levantaba la mano para comentar regularmente, por alguna razón no se le daba la oportunidad de expresar su comentario. Cuando preguntó, los ancianos le informaron de que era debido a que ella llevaba el uniforme (que se consideraba como ‘vestimenta no apropiada’). Sus muchos años de servicio y los de su esposo, la dificultad que afrontaba como viuda, parecían no contar.

Recientemente hablé por teléfono con un hombre que, cuando era joven, tuvo un historial académico excelente. Él rechazó oportunidades académicas al dejar la escuela secundaria, se hizo precursor y más tarde sirvió varios años en la central internacional. Después de dejar la oficina central, llegó a ser superintendente de circuito y, más tarde, superintendente de distrito. Estaba casado, y con el tiempo tuvo hijos. Pronto encontró empleo en una empresa nacional y le fue bien. Recientemente, sin embargo, cambios de personal en la dirección pusieron su empleo en peligro. Según dijo, ahora a los cincuenta, sin titulación – lo que se ha convertido en algo necesario en muchas empresas en su  campo de trabajo –  se da cuenta más seriamente que nunca de las consecuencias de poner confianza implícita en un sistema religioso y de someterse a sus presiones, de haber llevado puestas anteojeras, y de haber mirado sólo a lo que ese sistema ponía delante de él.

Recuerdo los comentarios que, siendo yo todavía miembro del Cuerpo Gobernante, me hizo un miembro del personal de la oficina central, Ken Pulcifer, quien había sido superintendente viajante antes de entrar a formar parte de la organización de la oficina central. Vino a mi oficina un día, preguntó si yo disponía de unos minutos, y entonces expresó su preocupación por los jóvenes en la organización. En esencia dijo: “Apremiamos a nuestros hombres jóvenes a que emprendan el precursorado o que vengan a Betel tan pronto como terminan la escuela secundaria. Muchos lo hacen. Más tarde se casan y viene un embarazo. Abandonan el precursorado o dejan Betel. Tienen que encontrar empleo, pero no están equipados para un trabajo bien remunerado y se ven obligados a trabajar por lo que quieran ofrecerles. Además de otros gastos, deben pagar las facturas de hospital. Las circunstancias severas ponen tensiones severas en el matrimonio, que a menudo esta todavía en su proceso ajuste. A veces esto termina siendo destructivo para el matrimonio.” Dijo que sentía que no hacíamos bien con los jóvenes al desanimarles para que se preparasen genuinamente para afrontar la vida en el mundo de hoy. Yo sólo pude concordar con él, pero no veía ninguna esperanza realista de que cambiase el punto de vista de la organización.

Durante una gira en relación con una serie de asambleas de la Watch Tower en Oriente en 1971, uno de los participantes en la gira era una mujer muy atractiva a quien mi esposa y yo habíamos conocido hacía unos años. Me di cuenta de que ella caminaba con una notable cojera, y cuando le pregunté a un amigo, me dijo que era debido a una enfermedad que sufrió que le afectó a la cadera. Cuando pregunté si no hubiera sido posible alguna solución médica, el amigo dijo que sí, que los médicos querían practicarle una intervención quirúrgica, pero que ella la pospuso. A mi pregunta de por qué, la respuesta fue: “Bueno, ya sabes – 1975”. Su pierna afectada era ya algunos centímetros más corta que la otra. El año 1975 llegó y pasó, pero el estado de esta mujer permaneció, ahora sin solución.

Estos no son más que muestras de miles de casos similares. Incluso aunque actualmente la organización no está anunciando una fecha especifica para la “solución final” a todos los problemas, la afirmación continua de estar perpetuamente “al mismo umbral del nuevo orden”, afecta la actitud de uno hacia el modo de resolver los problemas, ofrece una visión distorsionada de la realidad. Se podrían presentar numerosos relatos de los efectos de cerrar los ojos a la realidad, con el fin de mantener la creencia en esperanzas ilusorias. Por lo general sentimos repugnancia hacia las personas que inducen a otras con recursos limitados, a entrar en negocios arriesgados que se basan solo en el terreno de la especulación y que resultan en pérdidas financieras devastadoras. Pero hay cosas incluso más importantes, más valiosas, y ciertamente más irremplazables que el dinero. Nuestro tiempo – las horas, días, meses y años implicados – es la “moneda” de la propia vida. Esos recursos son limitados. Quizá haríamos bien en reconocer que, incluso si vivimos más allá de los 80 años de edad, cuando nacemos tenemos un capital de unos 30.000 días a nuestra disposición. A los 40, la mitad de esos 30.000 días se han gastado; cuando tenemos 50 años, sólo nos quedan 11.000 días de capital; a los 60, unos 7.000 días y nuestra “cuenta bancaria” mengua dramáticamente a partir de ahí. Hace mucho tiempo, el salmista escribió:

Porque todos nuestros días han llegado a su declinación en tu furor; hemos terminado nuestros años lo mismo que un susurro. En sí mismos los días de nuestros años son setenta años; y si debido a poderío especial son ochenta años, sin embargo su insistencia está en penoso afán y cosas perjudiciales; porque tiene que pasar rápidamente, y volamos. Muéstra[nos] precisamente cómo contar nuestros días de tal manera que hagamos entrar un corazón de sabiduría.[34]

En vista de lo precioso que es el tiempo, ¿cómo podemos dar por sentado el imponer sobre otros nuestra visión de cómo deberían invertirlo, o intentar guiar y controlar esa inversión? Al grado que nos hemos beneficiado de la sabiduría divina expresada en la Palabra de Dios, podemos estimular a otros, podemos incluso aconsejarles en contra de invertir el tiempo estérilmente y a favor de invertirlo apropiadamente.[35] Pero esto es muy diferente de apremiar, de presionar a las personas para que lo inviertan solamente en aquellas actividades e intereses específicos que nosotros promovemos personalmente, sugiriendo que si no lo hacen, están desperdiciando el tiempo tontamente.

Por la misma razón, mientras podemos sentirnos agradecidos por los pensamientos, experiencia y relativa sabiduría de otros, nunca podemos permitirnos que alguien asuma el control de nuestro tiempo, y que, de hecho, dicte el uso del capital limitado de nuestra vida. Quizá lo hayamos hecho en el pasado, y la tendencia natural es la de resistirnos a reconocer que haciéndolo así, hemos hecho una mala inversión. Reconocer y admitir que se han dedicado años, incluso décadas, a seguir un camino ilusorio es algo penoso. La angustia de tan sólo imaginar esa posibilidad puede ser tan fuerte que prefiramos rechazar considerarla, negar la dura realidad y continuar con lo que se estaba haciendo. Pero no podemos rescatar nuestra inversión “añadiendo fondos a los que ya se han perdido”.

De nuevo, el miedo a la libertad gravita pesadamente sobre muchos, y el mero pensamiento de no estar vinculado a una organización particular les hace sentirse débiles. La obra sobre salud mental citada anteriormente da esta explicación de por qué muchos vacilan en liberarse a sí mismos:

Una de las raíces de este “sentimiento de impotencia” en la mayoría de pacientes es algún deseo de escapar parcial o totalmente del agobio de la libertad, y, por lo tanto, algún fallo, parcial o total, de aceptar responsabilidad para sus problemas y sus vidas. Se sienten impotentes porque, de hecho, han entregado sus poderes. Si deben ser sanados, tarde o temprano tienen que aprender que la entera vida de un adulto es una serie de elecciones y decisiones personales. Si pueden aceptar esto totalmente, se convierten en personas libres. Al grado que no acepten esto, se sentirán víctimas por siempre.[36]

Otros temores que inhiben el crecimiento espiritual

Una vez tuve el privilegio de estar presente en la parte final de un alumbramiento. Cuando le cortaron el cordón umbilical al bebé y lo colocaron sobre el vientre de la madre, ella dijo: “Bueno, pequeño, ¡ahora estás por tu cuenta!” Era el comienzo de una nueva vida – la vida de una persona única – y todavía recuerdo la emoción que experimenté oyendo esas palabras dirigidas al niño. Sin embargo, el estar “por tu cuenta” que trae el nacimiento no llega muy lejos al principio. Se ha cortado el cordón umbilical, pero en la infancia se es todavía crucialmente, inevitablemente dependiente del cuidado de otros. Un bebé, o incluso un niño pequeño, tiene un miedo innato a quedarse solo, un sentido interno de vulnerabilidad. Como niñito, el ser abandonado por mucho tiempo significa morir.

El proceso de crecer, de madurar, implica aprender a enfrentarse con el concepto de independencia, prepararse gradualmente para asumir responsabilidad por sí mismo como persona. No es un proceso sencillo, como bien sabe cualquier padre que haya intentado guiar a un niño a través del mismo. La adolescencia es el tiempo en el que el joven o la joven se aproxima al punto de transición desde la dependencia a la independencia, y para el niño puede ser un tiempo penoso, perturbador, a menudo desconcertante. El éxito o el fracaso de esa transición tiene efectos duraderos en nuestro modo de vida posterior. Lo mismo es cierto de nuestro crecimiento espiritual.

Tanto en el crecimiento emocional y espiritual, como en nuestra aceptación de la responsabilidad que da la libertad, los factores obstaculizadores pueden incluir el miedo de estar solos, un sentimiento de inseguridad e impotencia. Aunque ya no seamos niños pequeños, aún sentimos una necesidad innata de otros, y no sin razón. Incluso como adultos, generalmente dependemos de otras personas para muchos aspectos de la vida – nos proveen protección contra diversos peligros, cultivan los alimentos que necesitamos o nos los hacen accesibles, cuidan de nosotros en tiempo de enfermedad o de vejez, y satisfacen muchas otras necesidades. Junto al crecimiento también se adquiere la conciencia eventual de nuestra pequeñez e insignificancia relativa, comparados con el mundo en que vivimos. Una sensación de estar solos, de aislamiento puede producir sentimientos de inseguridad, vulnerabilidad, falta de vigor e incertidumbre, y puede crear una exigencia de sumergirnos en algo más grande, con el fin de escapar de esos sentimientos. Algunas personas no tienen sentido de identidad personal, sentido de seguridad, sentido de fuerza – ni siquiera sentido de significado en la vida – si no es relación con su pertenencia a algún sistema estructurado, sometiéndose a la autoridad externa que el sistema representa. Incluso acallarán cualquier sentimiento de duda e incertidumbre que pueda surgir, aumentando su sumisión y, en efecto, forzando a sus mentes a aceptar las alegaciones de certidumbre que hace el sistema. Como uno suprime o excluye la consciencia de los problemas, es como si éstos no existiesen. Lo que resulta es más el embotamiento de los sentimientos que un alivio genuino, una sedación en vez de una curación.

La libertad cristiana no promueve el aislamiento. Pero tampoco nos mueve a buscar refugio del aislamiento por medio de sacrificar nuestro individualismo e integridad personales a algún sistema u organización, a cambio de un mero sentimiento de “pertenencia”. En lugar de eso exhorta a tener con otros relaciones motivadas por amor y con expresiones espontáneas en acciones de cooperación útil y productiva.

Cuando uno ha estado sumergido en una organización de cualquier tamaño, la idea de abandonarla pude ser perturbadora. La persona que ha vivido en una sociedad cerrada, en la que los vínculos dan un sentido de seguridad y el sentimiento de pertenencia, ahora se enfrenta al desafío de la vida fuera de esa sociedad cerrada. Esa perspectiva puede provocar una recaída en la ansiedad y en el sentimiento de impotencia. Las organizaciones a menudo explotan esos sentimientos, haciendo que la persona sienta que al traspasar sus confines se sentirá sola y débil en medio de un mundo hostil. La pregunta que se plantea comúnmente entre los Testigos de Jehová es: “Si te marchas, ¿a dónde vas a ir?”

Pienso que podríamos aclarar nuestros pensamientos si considerásemos las condiciones que prevalecían en los primeros siglos y el problema que en aquel entonces afrontaban los cristianos. Los hombres ya estaban cumpliendo la advertencia del apóstol sobre aquellos que intentarían conseguir que los discípulos se hiciesen sus seguidores.[37] A algunas personas que no se amoldaban a las reglas de hombres como Diótrefes, se les amenazaba con la expulsión de la congregación.[38] Los mensajes de Jesús a siete congregaciones que se encuentran en los capítulos 2 y 3 de Revelación revelan claramente que el campo del mundo, tal y como estaba predicho, había sido “sobresembrado” con semillas entre el trigo.[39] Sus mensajes denunciaron desviaciones de la fe, del amor y de la verdad, que requerían una corrección urgente, ya que de lo contrario resultarían en la revocación de su favor y apoyo.

¿Qué haría una persona, digamos en el tercer siglo, si sintiese que los asuntos habían llegado al punto de que la jefatura de Cristo hubiera sido usurpada seriamente por hombres, de que la conformidad exigida sólo pudiese alcanzarse sacrificando la conciencia, si sintiese que la verdad, el espíritu y el amor cristianos estaban siendo sutilmente pervertidos, todo esto al grado de que se estaba desacreditando el cristianismo? Esta persona quizá viviese en uno de los lugares donde el apóstol Pablo había trabajado personalmente, como Éfeso o Tesalónica. Cualquier expresión que evidenciara que se pensaba en abandonar podría ser revocada por otros con expresiones como “¿Cómo serías capaz de irte? ¿No te das cuenta que Pablo, el propio apóstol de Cristo, trajo personalmente las buenas nuevas a esta zona, y comenzó la asociación cristiana que continúa hasta este día? De seguro que si algo está equivocado, Cristo lo corregirá y nosotros sólo debemos esperar en Él hasta que lo haga. ¿Dónde aprendiste lo que has aprendido – no ha sido en esta asociación, y a través de ella? Si te marchases, ¿a dónde irías? Afuera solo hay herejes y paganos. ¿Dónde encontrarías otra asociación del tamaño de ésta? Estarías en peligro de encontrarte totalmente solo o de formar parte de algún pequeño grupo disidente”.

¿Cuál habría sido el resultado si esta persona del tercer siglo hubiera sido convencida por esa argumentación, hubiera suprimido sus sentimientos de conciencia, hubiera cerrado los ojos a los males serios, y hubiera creído deseosamente que éstos cambiarían, a pesar de toda la evidencia en contra? ¿Hubiera dado un derrotero de conformidad pasiva la seguridad de no ser contado entre los que Cristo describió al escribir a personas de Laodicea “Conozco tu conducta: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca”?[40] El derrotero que emprendieron muchos líderes que profesaban ser cristianos no cambió, continuó hasta que se desarrolló un sistema jerárquico. En caso de que la supuesta persona del tercer siglo hubiera tomado un derrotero de pasividad y hubiera animado a sus hijos y nietos a hacer lo mismo, ellos se hubieran vuelto súbditos sumisos de ese sistema jerárquico. ¿Hubiéramos encontrado esas condiciones aceptables, si hubiéramos vivido en esa época? Solamente si nuestra respuesta es afirmativa, podríamos encontrar aceptable y persuasiva la argumentación que anima la conformidad pasiva hoy día.

De seguro que las personas de aquellos tiempos tenían necesidad de poner fe en la promesa de que “Si alguien me ama, observará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos nuestra morada con él”.[41] La necesidad de fe no es menor hoy día que en tiempos pasados. Con fe podemos afrontar circunstancias como las del asediado David, y junto con él decir a Dios:

No me desampares y no me dejes, oh mi Dios de salvación. En caso de que mi propio padre y mi propia madre de veras me dejaran, aun Jehová mismo me acogería.[42]
Examinando nuestra motivación

La verdad nos plantea una prueba, y sólo nos haremos daño a nosotros mismos si nos apartamos, si nos escondemos de ella, si cerramos los ojos. La verdad prueba nuestra fe. ¿Cuánta confianza tenemos en Dios y en su poder para sostenernos y mantenernos en pie? Un auto-examen puede ser penoso, pero es necesario. El apóstol escribe:

Vosotros sois los que tenéis que poneros a prueba y someteros a examen, a ver si estáis en la fe. Y si llegáis a la conclusión de que Cristo no vive en vosotros, será tanto como no superar la prueba.[43]

No tengo ningún deseo personal de presionar a nadie para que tome un derrotero particular hacia alguna religión en la cual pudiera haber estado afiliado. He mantenido correspondencia con cientos de personas que se asociaban todavía con la organización Watch Tower, algunos de los cuales incluso servían como ancianos. Ninguno de ellos puede decir que yo haya expresado jamás falta de respeto hacia su posición o que haya intentado de algún modo inducirles a desafiliarse. Creo que ese paso, si se toma, debe estar basado en una decisión completamente personal. En muchos casos las consecuencias son lo bastante serias para dejar claro que solamente la persona involucrada debería llevar la responsabilidad por ese paso. La existencia del error por sí mismo no hace que la desasociación sea una obligación moral. No creo que haya algún sistema religioso que esté libre de error. Algo más que meramente un número de enseñanzas erróneas, fue la causa de las decisiones que tomé que condujeron a mi cese como parte de la religión de los Testigos. Muchos que permanecen lo hacen, no porque estén satisfechos con la rectitud de todo el cuerpo de enseñanzas, sino porque no ven, o creen que no ven “nada mejor en otra parte”. Esto mismo es cierto, por supuesto, de la gente que pertenece a muchas de las otras religiones. Soy consciente de que no todas las personas afiliadas a una religión sienten que han entregado su libertad a su comunidad religiosa, y que, por tanto, deben liberarse de ella, para tener libertad en Cristo. Sin embargo, sea cual sea nuestra afiliación, es aconsejable el escrutinio personal.

También hay personas que, aunque disciernen los defectos en varias enseñanzas y en el énfasis y en la falsa importancia que se da a los puntos de vista de la organización, son cautelosas en su habla y acciones con el fin de evitar una rotura con la religión, debido a su preocupación por las relaciones familiares. Sé de algunos que tienen un padre o una madre en edad avanzada que ha estado en la religión durante toda su vida. Estas personas sienten que si se les expulsase de la organización, el choque podría incluso poner en peligro la vida de su progenitor, o se les apartaría de la ayuda y apoyo que ahora les dan personalmente. Otros ejercen cautela por la convicción de que una ruptura oficial con la religión ciertamente produciría una ruptura idéntica en su matrimonio, debido al profundo adoctrinamiento que ha sufrido su cónyuge. El aguante de ciertas restricciones y sufrimientos puede verse como un sacrificio genuino por parte de ellos, cuando está motivado por el interés en otros. Esto, obviamente, puede tener sus limitaciones, e incluso las relaciones familiares no pueden justificar el apoyo activo a enseñanzas y prácticas que uno cree que son desfiguraciones del cristianismo.[44]

Pero la gente que ha conseguido algún grado de éxito en el mundo seglar podría ser simplemente reacia a separarse de una organización bastante extensa, poderosa y numerosa. Algunas personas quizá sientan el deseo de emplear en un contexto religioso las mismas habilidades seglares que les han dado éxito en el mundo, o quizás donen o presten fondos y, como resultado, experimentan una relación más íntima y privilegiada con los hombres de autoridad. Creo que la religión de los Testigos, al igual que algunas otras, se presta notablemente para los que tienen semejante inclinación. Esto no fue así durante los primeros tiempos de su historia, pero hoy lo es. El enfoque intenso de la organización en obras, en expansión, en grandes reuniones, grandes proyectos, crea un ambiente en el cual destacan los que tienen experiencia y preferencia por las labores administrativas seglares. En una religión mayor serían como gotas de agua en el mar. La organización Watch Tower es suficientemente pequeña para que éstos hombres puedan destacar y ganar prominencia, y, sin embargo, es lo bastante grande para que su preeminencia les dé un sentimiento añadido de importancia personal. Pueden ser hombres perspicaces, capaces de apreciar la naturaleza defectuosa de las enseñanzas y normas de la organización y la diferencia entre éstas y las enseñanzas de Cristo en las Escrituras. Es posible que también sientan preocupación a ese respecto, y que la expresen con cautela. A menudo pueden decir más que otros, y dar a conocer sus pensamientos a hombres de autoridad, como a los miembros del Cuerpo Gobernante, particularmente si se sabe que dan un fuerte apoyo económico a la organización. Conozco hombres que han hecho esto. En general han experimentado decepción al ver que sus palabras a menudo no han tenido efecto, y que no han sido recibidas del mismo modo que sus donaciones de dinero. Estos hombres reconocen sin duda que en caso de suspender su apoyo económico, se desvanecería el grado de intimidad que disfrutan, y sus expresiones de preocupación les podrían poner en peligro. Sin embargo, al no encontrar otro sistema religioso de tamaño y fuerza comparables, al cual se pudieran cambiar para satisfacción propia, siguen donde están. Quizá no reconozcan voluntariamente la razón de la aversión que sienten, o incluso no sean conscientes de ella. Sin embargo, su derrotero, como poco, tiene relación con la observación en Juan 12:42, 43:

Sin embargo, muchos de los judíos creyeron en Jesús, hasta algunos de los más importantes; pero no lo decían en público por miedo a los fariseos, para que no los expulsaran de la sinagoga. Es que les gustaba más el honor que da la gente, que el honor que da Dios.[45]

Aunque sin duda tuvo una preeminencia igual o superior que estos hombres, Saulo de Tarso estuvo dispuesto a perder su prominencia en el sistema por el que había trabajado afanosamente, estuvo dispuesto a abandonar una importante institución religiosa de su pueblo y a asociarse con personas cuyo único “gran” acontecimiento fue un bautismo de miles de creyentes al comienzo de su historia religiosa, pero sin nada similar durante el resto de sus vidas. Ellos no tenían asambleas nacionales ni internacionales, ni proyectos de construcción, de hecho no tenían edificios de su propiedad dedicados a fines religiosos, no se envolvían en grandes producciones, no ponían énfasis en cifras y no tenían ningún arreglo administrativo centralizado ni extensivo – como testifican tanto las Escrituras como la historia.[46] En fuerte contraste con el derrotero de muchos, Pablo dice:

Porque ¿busco yo ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O es que intento agradar a los hombres? Si todavía tratara de agradar a los hombres, ya no sería siervo de Cristo.

Mas, cuando Aquél . . . tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, . . . sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre, sin subir a Jerusalén donde los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde nuevamente volví a Damasco. Luego de allí a tres años, subí a Jerusalén  para conocer a Cefas y permanecí quince días en su compañía. Y no vi a ningún otro apóstol, y sí a Santiago, el hermano del Señor. Y en lo que os escribo, Dios me es testigo de que no miento.[47]

Él nunca llegó a ser como aquéllos de los que escribe Judas, que están “adulando a las personas para sacar provecho”.[48] Sin embargo, esa adulación y esos esfuerzos para impresionar a hombres de autoridad son notablemente comunes en la organización de los Testigos, y el interés por conseguir o mantener el favor y la posición en la organización es a menudo evidente en la conducta de un porcentaje considerable de ancianos y de representantes viajantes. En gran escala, es ese interés por una posición lo que le da a la organización el grado de poder y de control que tiene sobre ellos. Por esa causa, y con el fin de mantener el favor de la organización, algunos hombres incluso pondrán en vigor normas que ellos mismos consideran incorrectas. Esto lo hacen a costa de su libertad e integridad moral.

Estos factores motivadores no son exclusivos de hombres con habilidad y éxito seglares. A menudo aplican con igual intensidad a los que tienen unos antecedentes mucho más humildes, incluso a los menos privilegiados. El arreglo de organización de la Watch Tower les permite alcanzar una destacada elevación en el status social, en virtud de su diligencia para cumplir los objetivos de la organización, de su celo en el programa de actividad, de la simple fuerza de las horas que informan. Todo esto puede allanar el camino a una eventual posición de anciano. Ahora pueden presentar largos discursos ante audiencias de cien personas o más, mientras que sin la posición oficial a la que se aferran, les sería difícil reunir a una docena de personas dispuestas a escucharles por un corto período de tiempo. Igual que aquéllos con antecedentes más impresionantes, éstos pueden sentirse renuentes a decir o hacer algo que pudiera poner en peligro el status que disfrutan ahora. El cristianismo debiera atraer a los humildes, debiera darles un sentido de valía – pero su atractivo no debería basarse en lo que se acaba de describir, ni debería medirse su sentido de valía personal con esas normas de hechura humana. Si meditan seriamente sobre este asunto, estos hombres se ven obligados a reconocer que el aprecio aparente que se les muestra, se debe esencialmente a lo que ellos pueden aportar en la consecución de los objetivos de la organización, no por lo que ellos mismos son como personas espirituales. Hay una gran diferencia en esto, aunque muchos prefieren ignorar este extremo a cambio de los beneficios aparentes que reciben. Esto, también es – no libertad cristiana – sino una forma de esclavitud autoimpuesta.

En cualquier auto-examen, una cuestión de importancia, por tanto, es si hemos estado dispuestos a afrontar la realidad, aunque sea dolorosa, respecto a nuestra situación, y a tomar una decisión en conciencia, una que sea auténticamente nuestra. Eludir la decisión no es la solución. Charles Davis, citado en un capítulo anterior, hace un análisis preciso diciendo:

La felicidad no es la pasividad alcanzada por un estrechamiento de la conciencia; exige que un hombre acepte la autonomía que le corresponde como persona libre. . . . El simplemente seguir lo que otros hacen o dicen y esperar pasivamente a los acontecimientos es vivir una existencia personal disminuida.

. . .  Para pensar con honestidad se deben afrontar dudas y preguntas que calan hondo y que afectan a los fundamentos. . . . La tentación en esta situación es simplemente virar – renunciar a una elección personal y deliberada, y permitirse ser arrastrado por lo que otros piensan, hacen y dicen.

Después de afirmar que, mientras que algunos simplemente viran hacia fuera de su religión junto con otros que la abandonan, muchos permanecen en su religión a causa de la misma falta de auto-determinación y de capacidad de tomar decisiones en conciencia, él dice:

La sumisión continuada a la autoridad externa es más cómoda que el tomar personalmente una decisión radical. . . . Pero la incapacidad o el rechazo a ser libre produce con el tiempo decaimiento en la vida, y excluye la verdadera felicidad. Aguantar la molestia y la incomodidad de tomar solamente decisiones personales es a la larga mejor.

No me estoy poniendo como modelo. . . . Ni pienso que yo sea más valiente que otros hombres. La cuestión de la valentía nunca entró en mi mente hasta que la gente me escribió sobre este tema después de que anuncié mi decisión. Lo que dominaba mis pensamientos en esa época era la pura y simple necesidad de tomar una elección personal. Tuve que enfrentarme a mis dudas, preguntarme a mí mismo lo que creía de verdad, y entonces actuar en armonía con mis convicciones auténticas, independientemente de las consecuencias. Si hubiese dejado correr los asuntos, hubiese eludido la cuestión y hubiese rehusado actuar con decisión, con la vaga esperanza de que con el tiempo todas mis dificultades se resolverían por sí solas, habría destruido mi yo real y habría caído por defecto en un estado disminuido.[49]

Su experiencia y sentimientos se parecen no sólo a los míos, sino a los de muchas otras personas que conozco.

Relación personal – el factor clave

La clave para afrontar con éxito el desafío de la libertad cristiana es el reconocimiento de que nuestra relación con Dios y Cristo es básicamente una relación personal. Debe de haber un profundo sentido de responsabilidad personal hacia el Único que nos redimió de la esclavitud al pecado y la muerte. Como escribe el apóstol:

Dios os ha comprado a gran precio; no dejéis que los hombres os hagan esclavos.[50]

El precio que el Hijo de dios pagó por nosotros fue su propia vida, derramada cuando fue sacrificado, llevando “nuestros pecados en su propio cuerpo” para que “acabáramos con los pecados y viviéramos a la justicia”.[51] El precio fue pagado “con sangre preciosa”.[52] Ese precio fue demasiado elevado para que tomemos a la ligera lo que le debemos en gratitud y devoción a Aquel que lo pagó. En virtud de ese precio, de acuerdo con el propósito y la voluntad de su Padre, el Hijo de Dios, y sólo él, se convirtió en nuestro Amo, y nosotros en sus siervos. Si el precio pagado tiene significado para nosotros, no podemos permitir que ningún hombre o grupo de hombres se coloque entre nosotros y Aquél a quien servimos. Ningún siervo verdadero de Dios querría interponerse de ese modo. Cuando Pablo vio que los cristianos de Corinto tenían serias diferencias como consecuencia de ver a los hombres, incluso a él mismo, con un prisma equivocado, les dijo lo siguiente:

Me refiero a que cada uno de vosotros dice: “Yo soy de Pablo”, “Yo de Apolo”, “Yo de Cefas”, “Yo de Cristo”. ¿Está dividido Cristo?. ¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros? ¿O habéis sido bautizados en el nombre de Pablo? ¡Doy gracias a Dios por no haber bautizado a ninguno de vosotros fuera de Crispo y Gayo! Así nadie puede decir que habéis sido bautizados en mi nombre.[53]

Cuando algunos hombres que profesan ser seguidores de Cristo se colocan a sí mismos como gobernantes sobre otros, cuando les conminan a que se adhieran leal y escrupulosamente a cualquier directiva que ellos quieran dar, cuando incluso incluyen el concepto de lealtad a una organización en las preguntas hechas en el bautismo, de modo que el bautismo se efectúa no sólo en el “nombre” o “autoridad” de Dios y Cristo, sino en el “nombre” de la organización que ellos dirigen – cuando los hombres hacen esto, deben afrontar la pregunta que formuló Pablo: ¿Fuisteis vosotros crucificados por nosotros? ¿Pagasteis vosotros el precio de vuestra propia vida y nos comprasteis por ella de modo que podáis exigir tal sumisión? Si no pueden responder “Sí” a esas preguntas – y claramente no pueden hacerlo – entonces es posible que nosotros no podamos concederles la sumisión prácticamente total que nos exigen y seguir permaneciendo leales al único que murió por nosotros. No podemos ser esclavos de dos amos.[54]

Dado que el Hijo de Dios nos introdujo en una relación personal consigo mismo y con su Padre, el juicio de nuestra fidelidad no le corresponde a ningún hombre ni grupo de hombres. Nuestra relación con el Hijo de Dios trasciende a toda otra relación. Pablo era consciente de ese hecho y permitió que le guiase en todas sus acciones. Como hemos visto, su preocupación no era conseguir la aprobación de los hombres. Por lo tanto pudo decir a los cristianos en Corinto:

Aunque a mí lo que menos me importa es ser juzgado por vosotros o por un tribunal humano. ¡Ni siquiera me juzgo a mí mismo! Cierto que mi conciencia nada me reprocha; mas no por eso quedo justificado. Mi juez es el Señor. Así que no juzguéis nada antes de tiempo hasta que venga el Señor. Él iluminará los secretos de las tinieblas y pondrá de manifiesto los designios de los corazones. Entonces recibirá cada cual del Señor la alabanza que le corresponda.[55]

A aquellos que no han reconocido el pleno impacto de la relación individual de cada persona con Dios y Cristo, Pablo escribió:

¿Quién eres tú para juzgar al sirviente de casa ajeno? Para su propio amo está en pie o cae. En verdad, se le hará estar en pie, porque Jehová puede hacer que esté en pie. . . Pues todos estaremos de pie ante el tribunal de Dios. . . . De manera que cada uno de nosotros rendirá cuenta de sí mismo a Dios.[56]

En ese tiempo de juicio, nosotros, como Pablo, estamos ante el tribunal de Dios como personas individuales – no como miembros colectivos de alguna asociación u organización religiosa. Nuestro juicio no se basará en si creímos lo que creyeron otros en un grupo particular, ni en si manifestamos lealtad de grupo al seguir los mandatos de los que dirigían ese grupo, sino en lo que somos y hacemos individualmente. Somos responsables, “cada uno de nosotros”, por nosotros como individuos, y nuestro único Abogado y Mediador ante el Padre es Cristo – no el cuerpo directivo de alguna organización.[57]

El que la afiliación a una organización no nos puede procurar un juicio favorable, se comprueba por el hecho de que somos juzgados no por la adherencia a las reglas y directivas de una organización, sino “por la Ley de la libertad”.[58] Esa ley de la libertad es la “ley real”, la “ley suprema”, “la ley regia”, y es la ley del amor.[59] Tenemos necesidad de preguntarnos continuamente si lo que hacemos, si las mismas actitudes que adoptamos, están fundadas genuinamente en el amor.

Si adoptamos una actitud de auto-rectitud, basada en la puesta en práctica de actividades específicas, ejecutadas rutinariamente semana tras semana, o nos consideramos superiores a todos los que están fuera de nuestra comunidad religiosa particular, sobre la base de ciertas cosas de las que nos abstenemos, ¿cómo podemos sentirnos diferentes del fariseo de la palabra de Jesús, en cuanto a su autosuficiencia basada en el cumplimiento regular de las acciones prescritas por la Ley?[60] Jesús no condenó las acciones del hombre ni censuró su abstención de diversos males. Lo que condenó fue su actitud subyacente, su espíritu de auto-aprobación, y su punto de vista desamorado de los demás, lo cual le robaba todo valor a sus acciones. Como esa actitud era típica de los fariseos, Jesús les dijo a sus discípulos que “si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”.[61] Los escribas y los fariseos de ese tiempo ya no están entre nosotros, pero la actitud legalista y exclusivista que los caracterizó sí que permanece, y es incompatible con el amor al prójimo.

Cuando nos vemos libres de un entorno que induce y promueve esa actitud, libres de un sistema que intenta controlar, dominar y sistematizar nuestras actividades y nuestro servicio a Dios a la vez que nos hace sentir que somos “especiales” por nuestra sumisión obediente a todo esto, y que somos superiores a los demás que no actúan así – cuando nos libramos de todo eso es cuando nos enfrentamos al desafío real del cristianismo. Entonces somos libres para permitir que nos motiven nuestro corazón y nuestra fe personal. ¿Cuán profundo es nuestro amor? ¿Qué nos mueve ese amor a hacer? ¿Hasta dónde se extiende nuestro interés en los demás, nuestra preocupación por serles útiles, ayudarles y servirles? ¿Hasta qué punto nos ha llegado al corazón, nos ha elevado, ha expandido nuestra visión, ha profundizado nuestro aprecio y ha extendido nuestros pensamientos, la vida que vivió el Hijo de Dios? La oración del apóstol es:

. . . para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de la plenitud de Dios.[62]

Lo queramos o no, todos ejercemos influencia, para bien o para mal, sobre otros. No sólo lo que decimos y hacemos en nuestra vida cotidiana, sino también el espíritu con el que decimos y hacemos cosas, el modo en que evidenciamos lo que nos importa, los valores que nos guían, los intereses y las metas que nos mueven – todo esto es un ejercicio continuo de influencia. Si, como lo expresa el escritor de Eclesiastés, “un solo pecador puede destruir mucho bien”, es también cierto que una persona con un espíritu correcto puede traer gran beneficio a los que le rodean.[63] Aunque aparentemente pequeña, esa influencia puede ser como una piedra que cae en el agua y produce pequeñas ondas que se expanden continuamente. Su efecto inmediato afecta necesariamente a los más allegados – cónyuge, hijos, padres, familiares, amigos. Tanto a través de ellos, como de nuestros contactos más allá del círculo familiar y de amigos, esa influencia se extiende hacia el exterior y de formas que nos pasan desapercibidas.

El hecho de no ser parte de algo “grande”, de no ser parte de un movimiento religioso que aporta evidencia visible de tamaño y de poder, no debería debilitar nuestra fe, ni debería hacernos sentir demasiado pequeños, demasiado débiles para cumplir algo de auténtico valor en la vida. El tener algún tipo de “impacto” visible y notable en la escena del mundo no es ningún criterio para determinar el valor de la fe de uno o de sus actos de fe, del mismo modo que no es prueba de que el sistema de creencias de una religión sea correcto. La influencia cristiana puede ser de naturaleza humilde, modesta, puede actuar en silencio, como la levadura en la masa, y, sin embargo, puede producir el bien genuino, aunque sin propaganda ni aclamaciones.[64] De nuevo, nuestra naturaleza humana pudiera preferir aquello que aparenta poder y fuerza desde un punto de vista humano, pero la fe no necesita eso.

De acuerdo con el Hijo de Dios, servimos como una luz para la gente por medio de nuestras obras, obras que promueven alabanza a nuestro Padre.[65] Esas obras no deben ser el producto de presiones externas o la consecuencia de algo programado, sino que deben ser el resultado de nuestra mente y nuestro corazón, y deben indicar que hemos sido iluminados por las buenas nuevas, que nuestras vidas están llenas, que hemos cambiado nuestro modo de vivir. El cumplimiento con esta comisión no se inicia por medio de meramente hablar durante ciertos períodos en una “obra de predicación” programada, empleando temas y expresiones asignados de antemano en publicaciones religiosas. Como lo expresó Juan, el discípulo de Jesús, “no amemos de palabra ni con la lengua, sino en hecho y verdad”.[66] Solamente podemos ser como una luz para el mundo si reflejamos el efecto iluminador de las buenas nuevas por lo que somos y hacemos en nuestras vidas, todos los días y durante todo el día.

Haciendo frente a la incertudumbre

Nuestra tendencia humana es la de querer resolver todas las cuestiones sobre creencia, de liberarnos de cualquier incertidumbre. ¿Qué es “la verdad”? ¿En qué creemos exactamente? Deseando escapar de la angustia que produce la incertidumbre, la mayoría de nosotros sería feliz si hubiese alguien que nos dijese eso, que nos liberase de tener que luchar por nosotros mismos respecto a esas cuestiones, que marcase con precisión un camino delante de nosotros. Una organización que alega tener la respuesta a todas las preguntas es atractiva para muchos. Como personas maduras necesitamos reconocer que ningún humano tiene todas las respuestas, y que la ausencia de ellas no debe impedir nuestro crecimiento espiritual. Como acertadamente dice el autor de The Road Less Traveled:

Hay muchos que, en virtud de su pasividad, dependencia, miedo y pereza, intentan conseguir que se les indique el camino al centímetro, y que se les demuestre que cada paso será seguro y que valdrá la pena. Esto no puede ser así. El viaje de crecimiento espiritual requiere valentía, iniciativa e independencia de pensamiento y de acción. [67]

El cristianismo representa un viaje que dura toda nuestra vida. No es realista pensar que se puede hacer ese viaje completamente libre de preguntas y de toda incertidumbre. Sin embargo, nunca debe de ponerse en duda ni la meta, ni la seguridad de que estamos yendo hacia ella. A Abraham se le llama el “padre” de los que comparten esta clase de fe.[68] En Mesopotamia vivía entre personas conocidas desde mucho tiempo, en un ambiente familiar, donde la vida seguía un modelo sencillo, donde todo contribuía a minimizar las dudas y la incertidumbre. Pero entonces la llamada de Dios le hizo abandonar su tierra y su gente e ir a un país extranjero y vivir entre gente que hasta entonces no conocía.[69] Desde este punto en adelante, Abraham se enfrentó a muchas preguntas e incertidumbres, y muchas de éstas no fueron contestadas completamente durante su vida. Sin embargo, lo que se escribió de él en relación con el nacimiento de su hijo Isaac es cierto de su vida entera:

Pero, a causa de la promesa de Dios, no titubeó con falta de fe, sino que se hizo poderoso por su fe, dando gloria a Dios y estando plenamente convencido de que lo que él había prometido también lo podía hacer.[70]

Abraham se nos pone como ejemplo y se nos llama a hacer un viaje similar al suyo, caminando en la fe, confiando en Dios y en su guía dada a medida que surja la necesidad, sin temer la angustia de la incertidumbre que pueda traer alguna etapa de nuestro viaje. Nuestra naturaleza humana pudiera preferir que fuese de otro modo, y podemos tomar la decisión de simplemente “asentarnos”, de adoptar algún conjunto de creencias pre-decidido, pre-empaquetado, y de relajarnos ante el esfuerzo que supone el moverse hacia delante. La mayoría de los llamados cristianos parece haber tomado esa elección, prefiriendo sentirse “cómodos” en su religión y en su aparente – y conveniente – cobertura de sus necesidades, en lugar de esforzarse hacia el crecimiento en el conocimiento, en el entendimiento, y en la habilidad de hacer frente a los problemas. Pero es ese esfuerzo personal lo que contribuye significativamente a la fortaleza en la fe y el amor. Uno quizá no se dé cuenta, tal como yo mismo no me di cuenta, de que por sí misma la actividad intensa no descarta el estancamiento – no si está restringida a los confines de un “sistema cerrado”. Aunque se hace mucho ejercicio, toda la intensa actividad que se invierte en hacer rodar una noria, al final lo deja a uno en el punto de partida. Es posible que la realidad de la situación de uno mismo se perciba solamente cuando uno comienza genuinamente a moverse, cuando avanza en el viaje cristiano, y entonces, quizás por primera vez, una persona se dé cuenta de la naturaleza coartadora y limitadora de su afiliación religiosa, perciba a qué grado la inercia y la inanición realmente caracterizaban y definían su vida religiosa.

Reflejando una tendencia similar, al desasociarse de un sistema que ofrecía certitud y al liberarse de su imposición de creencias, la persona quizás sienta un deseo de resolver rápidamente todas las cuestiones bíblicas, de sustituir cada una de las creencias rechazadas por otra nueva, la “correcta”. Pero la precipitación no es sabia en ningún ámbito, lleva las más de las veces al error, a salirse por la tangente. Los antiguos errores pudieran simplemente ser sustituidos por otros nuevos, y cuando se detecta esto, debe de volverse hacia atrás, habiéndose perdido tiempo valioso. Lo que se precisa no es la celeridad, sino la constancia y la determinación de corazón. El autocontrol, un fruto del Espíritu de Dios, puede capacitarnos para ejercer paciencia, calma y aguante en nuestro viaje de fe, percibiendo que estas cualidades harán más a favor de nuestro progreso en entendimiento y sabiduría, de lo que jamás podría hacer la precipitación.

La falsa libertad del egocentrismo

La libertad cristiana nos libera de la futilidad de la observancia de leyes como manera de agradar a Dios o como medio para dar significado y validez a la vida, un sentido de valía y satisfacción personales. La libertad nos libera igualmente de la esclavitud que produce la vida ególatra. Al urgir a compañeros creyentes a defender su libertad, el apóstol dijo que su vida debería ser de “fe que opera mediante el amor”. (Gálatas 5:6) La libertad cristiana está fundamentada en el amor, preservada por el amor, no puede existir sin el amor, y el “amor no busca sus propios intereses” ni es egoísta.[71] El amor tiene que manifestarse hacia otros; se marchita y se reseca sin esa manifestación. Cuando nos interesamos de buena gana en otros, nos abrimos a ellos, intentamos serles de provecho (independientemente de que recibamos algún provecho de ellos o no), no se contraen la extensión y el alcance de nuestra libertad. Nuestra libertad se expande hasta sus mayores dimensiones, su máximo potencial. En un mundo imperfecto hace falta fe para creer y actuar sobre la base de ese hecho. Los que se han liberado de alguna forma de esclavitud religiosa para simplemente tener una existencia basada en la auto-complacencia diaria, sólo han pasado de un una forma de esclavitud a otra. El dejar de emplear la libertad para expresar amor y fe es llevar una vida menguada, sufrir una forma de “visión en un túnel”, donde no se puede ver un horizonte amplio, sino solamente nuestros propios intereses, anhelos y aspiraciones. Nos deja sujetos a fuerzas internas y externas que dominan sutilmente y constriñen lentamente tanto nuestra personalidad como su potencial. Más bien que mejorar la vida, en última instancia nuestra auto-complacencia sólo la despoja y la vacía de su valor y significado genuinos.

Una vez que hemos abrazado la libertad cristiana, ya no estamos atados a un sistema rígido que dicta reglas específicas sobre cómo se debe expresar nuestro amor. Nuestra expresión de amor es un fruto del Espíritu de Dios, que puede ser dado libre y espontáneamente, pues “no hay ninguna ley en contra de cosas como éstas”.[72]

La huidiza cualidad del equilibrio

Pórtate en todo con prudencia.

Conserva siempre el buen juicio.

Sé sobrio en todo.

– 2 Timoteo 4:5, Biblia de Jerusalén, Versión Reina-Valera y Versión Popular respectivamente

El equilibrio es señal de firmeza y de sosiego emocional, de habilidad para resistir presiones que zarandean, para evitar los extremos tanto en el pensamiento como en al conducta. El término “equilibrio” raramente aparece en las traducciones de la Biblia.[73] No obstante, está implícito en las muchas exhortaciones bíblicas hacia el entendimiento, la perspicacia, la perceptividad, pues es un producto de esas cualidades. Creo que el equilibrio se nos ejemplifica óptimamente en la vida del Hijo de Dios, en lo que dijo, lo que hizo y sobre todo, en lo que era como persona. Sus apóstoles reflejan la influencia del equilibrio que vieron en su Amo y que aprendieron de él.

Como se discutió anteriormente, hay muchas cosas que dependen del grado al que se realicen. ¿Qué hace que una actitud apropiada hacia la comida se convierta en glotonería, o que una actitud apropiada hacia el dinero y hacia el ganarlo por medio del trabajo, se transforme en codicia? Es el grado al cual enfocamos nuestra atención en tales cosas. Obviamente es mucho más fácil distinguir los extremos, como entre la pereza y la adicción al trabajo, o entre un abstemio y un alcohólico. Sin embargo, a la vez que es difícil establecer la línea divisoria que indica dónde comienzan los extremos, es cierto que existe una zona razonablemente amplia entre ellos. El equilibrio envuelve llevar un derrotero que evite los extremos en todos los aspectos de la vida; envuelve el discernir cuándo se sobrepasa esa línea divisoria, en cualquiera de ambas direcciones.

Esa cualidad parece sumamente necesaria si queremos tener una visión sana de la libertad cristiana y de su ejercicio, y si se trata de conseguir la meta de la vida eterna que esperamos. Particularmente cuando se han pasado años en un sistema religiosos absolutista – que alega poseer la verdad absoluta en todos los temas importantes de creencia y de vida – y se ha abandonado ese sistema, se puede sentir no sólo incertidumbre, sino también un sentimiento de falta de estabilidad y de guía. Es fácil pasar del extremo de creer que se tiene “la Verdad” sobre todo, a sentir que no se tiene la verdad sobre nada, de aceptar casi automáticamente todo lo que se enseña, a ser crítico con todo, a dudar de todo lo que se ha creído – casi una forma de paranoia intelectual.

Somos libres de leer lo que queramos. Pero si no aplicamos nuestras facultades de juicio crítico a lo que leemos ahora, podemos simplemente caer presas de la misma clase de argumentación defectuosa que en el pasado nos condujo al error. Los temas a favor de los que se argumenta pueden ser muy diferentes, incluso opuestos, pero si la argumentación esta contaminada con meras aserciones, con hipótesis no demostradas, con un atractivo basado sólo en la verosímilitud, con el uso sesgado de la evidencia, con intimidación intelectual y con la tiranía de la autoridad (incluyendo la autoridad académica o intelectual), puede ser que nos conduzca simplemente de una esclavitud mental a otra, de ser discípulos de un grupo de hombres, a serlo de otro grupo diferente. Me ha impresionado ver entre anteriores Testigos a personas claramente inteligentes que fueron capaces de discernir el error y la falsificación en las publicaciones de la Watch Tower, pero que parecen no poder discernir la mima forma de error y de falsificación en el material que leen ahora. En algunos casos esto ha llevado a que ellos mismos desarrollen un tipo de argumentación que es totalmente igual de sesgada y de desviada como lo que publica la Watch Tower.

De modo similar, pudiera existir la tendencia de ir a los extremos en el ejercicio de la libertad, al convertirla en mera irresponsabilidad o libertinaje. En el primer siglo, Pablo trabajó entre gente que a menudo caía en dos campos extremos – algunos abogaban por la estrechez y la rigidez del legalismo, mientras otros empleaban la libertad cristiana como excusa para el libertinaje, sustituyendo la aspereza del legalismo por la insipidez de la licenciosa perspectiva del “todo vale”. Hacía falta equilibrio espiritual para evitar esos extremos en aquel tiempo, igual que hace falta hoy.

Algunos que se apartaron de una religión autoritaria – y existe un buen número de esas religiones – reaccionan como jóvenes que se han emancipado del control paterno y que proceden impulsivamente a hacer todo lo que no pudieron hacer durante su dependencia. Las personas que salen de esos sistemas religiosos pudieran a continuación hacer ostentación de su libertad e independencia por envolverse impulsivamente en alguna conducta o práctica que prohibía la religión, incluso cuando la práctica por sí misma, sin estar condenada específicamente por las Escrituras, pueda tener aspectos negativos. No hay ningún mérito en ese proceder; demuestra puerilidad, incapacidad de percibir que la libertad se debe ejercer responsablemente para que no conduzca a una nueva esclavitud o adicción.[74]

El desencanto con una religión muy doctrinal puede crear la actitud de que la doctrina por sí misma se debe considerar negativamente o como de mínima importancia, de que solamente cuenta el amor. Se devalúa el conocimiento, la lectura y la meditación en las Escrituras, por lo menos a un cierto grado. Esto puede ser debido a que “doctrina” suscita en la mente de muchos la idea de un dogma oficial, quizás de naturaleza compleja e interpretativa, aunque el término tiene el significado básico de “enseñanza”. En las Escrituras, incluye no simplemente las enseñanzas relacionadas a creencias o conceptos, sino a enseñanzas sobre conducta, sobre el modo de vida de uno mismo.[75] El “amar al prójimo como a uno mismo” es en sí mismo una doctrina o enseñanza del Hijo de Dios.

Alguien también pudiera ir en la dirección opuesta y enfatizar la doctrina depreciando la importancia del amor. Hacer eso es dejar de reconocer que la doctrina o la enseñanza es un medio, no un fin, no el fin en sí misma. La afirmación de Jesús de que el empeño de las Escrituras hebreas era inculcar y promover el amor a Dios y al prójimo, parece justificar la creencia de que esto es también el fin último, en vista de todas las doctrinas o enseñanzas cristianas.[76] Las enseñanzas de Jesús sobre el modo de vida que deberíamos vivir, sobre nuestra actitud hacia nuestro semejante y nuestros tratos con él, son “doctrina sana”, aunque no son lo que muchos comúnmente llaman “doctrina”.

El conocimiento puede ser, debería ser, de gran valor. La enseñanza tiene como fin el aumentar y expandir nuestro conocimiento. Pero el conocimiento tampoco es un fin en sí mismo. A las Escrituras se las describe como provechosas “para enseñar, para censurar, para rectificar las cosas, para disciplinar en justicia, para que el hombre de Dios sea enteramente competente [y esté] completamente equipado para toda buena obra“.[77] El conocimiento puede aumentar grandemente nuestra habilidad para beneficio, no sólo de nosotros mismos, sino de otros. Y es el empleo que se hace del conocimiento lo que determina el valor de poseerlo. Como el apóstol lo expresa:

Y si tengo el don de profetizar y estoy enterado de todos los secretos sagrados y de todo el conocimiento, y si tengo toda la fe como para trasladar montañas, pero no tengo amor, nada soy.[78]

De algunos que usaban mal su conocimiento, él afirmó:

Es verdad que todos tenemos conocimiento sobre esto; pero el conocimiento nos hace crecer en vanidad, mientras que el amor nos hace crecer espiritualmente. Si alguien cree que sabe algo, es que todavía no sabe nada como debe saberlo. Pero si alguien ama a Dios, Dios lo conoce a él.[79]

Pablo avisó que el mal uso del conocimiento podría tener incluso un efecto destructivo en aquellos que son débiles.[80] En el capítulo catorce de su carta a los Romanos, el apóstol discutió varias creencias entre los cristianos, creencias discrepantes sobre alimentos y días sagrados que estaban llevando a algunos a juzgar a sus hermanos. Obviamente en estas disputas o una parte tenía la razón y la otra estaba equivocada, o ambas estaban equivocadas. Sin embargo, Pablo mostró que Dios había “recibido” tanto a los que estaban de una parte como a los de la otra y que ellos eran Sus siervos, y que Dios podía mantenerlos en una relación favorable con Él a pesar de sus diferentes escrúpulos y puntos de vista. Lo que cada uno estaba haciendo, sea que comiese o se abstuviese, celebrase o no celebrase, lo estaba haciendo como para Dios y, por tanto, esos asuntos no suministraban base alguna para una actitud crítica de ninguna de las partes.[81] Otros textos bíblicos indican que en realidad una parte tenía razón y la otra estaba equivocada en su entendimiento.[82] Sin embargo, la exhortación del apóstol no era a que continuaran discutiendo el asunto hasta que la parte equivocada reconociese el error. Más bien apremió:

Por eso, ya no debemos criticarnos unos a otros. Al contrario, haceos el propósito de no hacer nada que haga tropezar a vuestro hermano, o que lo haga caer en pecado. . . .Porque el reino de Dios no es cuestión de lo que se come o se bebe, sino que es cuestión de una vida de rectitud, paz y alegría que tenemos por medio del Espíritu Santo.[83]

Algunos asuntos son cruciales por el efecto que tienen. El mismo apóstol luchó tenazmente no contra los que aún se sentían movidos por su conciencia a observar ciertos aspectos de la Ley, sino contra los que intentaban imponer la observancia de la ley en otros como algo esencial para la salvación, sabiendo cuán destructivo sería eso para la libertad cristiana y cómo anularía esencialmente el efecto del sacrificio de Cristo.[84] Él luchó, no simplemente contra lo que estaba equivocado sino contra lo que era lesivo, dañino, esclavizador. Para comprender las Escrituras siempre es importante lo que es correcto y lo que es incorrecto, pues eso determina el grado de beneficio que obtenemos de nuestro entendimiento. Pero esa importancia siempre es relativa, y en algunos casos simplemente no justifica una disputa, y mucho menos una división. El simplemente demostrar con argumentos que algo es correcto o incorrecto, no cumple por sí mismo lo que pretende el cristianismo. Tenemos la necesidad de buscar, pues, no meramente el conocimiento, sino la sabiduría, la perspicacia, el juicio sano, y así conseguir la habilidad de usar el conocimiento de modo efectivo y para buen fin. Santiago pregunta: “¿Quién es sabio y entendido entre vosotros?” Y dice que quienes lo sean, deberían demostrado, no simplemente manifestando su sabiduría de forma intelectual, sino por “su buena conducta, con la humildad que su sabiduría le da”.[85]
Resistiendo el poder paralizante de la amargura

Nuestra libertad nunca estará completa si dejamos que el resentimiento por nuestras experiencias pasadas en un sistema esclavizador arraigue en nuestro corazón y cree un espíritu de amargura que impregne nuestros pensamientos, habla y acciones.

Por otro lado, esos sentimientos son comprensibles. Algunos de los que han sido afectados de ese modo tenían padres que no eran Testigos, que posiblemente eran miembros de otra religión. A causa del adoctrinamiento de la organización Watch Tower y del desinterés o rechazo de sus padres hacia “la Verdad”, quizás hayan tenido durante años relativamente poco contacto con sus padres, hayan sido distantes hacia ellos, o les hayan tratado fríamente. El proceso alienante a menudo comenzó desde el principio, cuando se les dijo que al hacerse Testigos, sufrirían la “oposición del adversario de Dios”, y se citó a los miembros de su familia como posibles instrumentos de esa oposición satánica, que cuanto menos haría esfuerzos para desanimarles en su progreso.[86] El ver las cosas bajo esa luz no pudo sino deformar sus sentimientos hacia sus padres que no “entraron” en su nueva religión junto con ellos. Ahora se han dado cuenta de que el sistema de creencias que ellos identificaban con “la Verdad” es un sistema que aparte de cierta medida de verdad, también contiene errores muy serios y fundamentales, y que fueron precisamente las enseñanzas edificadas sobre esos errores las que les hicieron expresar esa frialdad hacia otros, incluidos sus padres. En algunos casos estas personas han podido renovar la expresión de cariño natural que se les debe a los que les dieron la vida, los alimentaron, les proveyeron lo necesario, los cuidaron, los amaron con amor paternal. En otros casos eso no ha sido posible – sus padres ya habían muerto. La reafirmación de su amor hacia ellos ya no está a su alcance. El sentimiento de remordimiento que esto puede provocar es difícil de medir.

Aquellos que tenían cónyuge han podido pasar por experiencias similares. Muchos tenían básicamente buenos matrimonios, pero cuando se hicieron parte de la organización Watch Tower y su cónyuge no lo hizo, a veces la tensión – una tensión no atribuible a su manifestación más completa de las cualidades ejemplificadas por el Hijo de Dios, sino debida a la lucha por responder a presiones organizacionales y por someterse a las reglas y normas de una organización – resultó en el debilitamiento o en la disolución del matrimonio. En este último caso, la rotura de la familia puede haber afectado adversamente también a los hijos. El darse cuenta de que “no era necesario que hubiera ocurrido de ese modo” no es algo fácil de sobrellevar. Lo que se rompió en esos casos rara vez se puede reconstruir.

Pienso en una mujer que, durante sus muchos años de matrimonio, aunque era una esposa leal a su marido no Testigo, lo veía como “uno del mundo” y se abstenía de tener hijos con él, ya que “el fin” estaba tan cerca. Poco después de darse cuenta de que las alegaciones de la organización de hablar en nombre de Dios no eran legítimas, y en un tiempo en que se había renovado y enaltecido su aprecio por las buenas cualidades de su esposo, éste murió repentinamente en un accidente de automóvil. El pensamiento de lo que pudiera haber sido y haber producido su matrimonio, si ella no hubiese estado controlada por conceptos equivocados, aumentó su pena más allá de su alcance normal, y fue demoledoramente depresivo.[87]

Otros criaron a sus hijos en el marco de la organización e inculcaron en ellos el concepto de que la organización era el “conducto” terrestre de Dios y que tenía el derecho exclusivo de Su guía y favor. Cuando con el tiempo la integridad a la verdad bíblica les hizo tomar una postura basada en su conciencia, ellos mismos se vieron apartados de sus hijos, y vivieron la experiencia devastadora de ver cómo sus hijos aceptaban la etiqueta de “apóstatas” que la organización les colocaba a ellos, sus padres, convirtiéndolos en personas que debían ser rechazadas. El ver que un hijo o hija se casaba, y que se les había excluido de los invitados a la boda, el saber del nacimiento de un nieto y no ser invitados, ni siquiera autorizados, para ver al bebé, puede producir un dolor de corazón enorme. Cientos, incluso miles, de padres y abuelos han experimentado o están experimentando todavía ese dolor. Otros se han dado cuenta del tiempo perdido, de los años de vida pasados persiguiendo metas que, aunque adornadas con términos tales como “metas teocráticas” y “carreras teocráticas” y relacionadas con “poner los intereses del Reino en primer lugar” y con “hacer uso sabio del tiempo que queda”, eran en última instancia metas sin sustancia real, sin valor real, sin significado real. Ellos pensaban, al igual que yo mismo, que estaban trabajando para llevar personas a Dios y a Cristo, y por eso eran felices al dar todo lo que tenían. Al final se dieron cuenta de que la organización se apropiaba de las personas, las subordinaba a ella misma, las consideraba obligadas a ella por lo que habían recibido. Esto ha dejado a los que trabajaron celosamente con un sentimiento de haber sido “utilizados”, inducidos a hacer sacrificios de tiempo, energías, recursos y talentos en un altar organizacional, todo por el adelanto de esa organización y de sus intereses. Puede surgir entre ellos el sentimiento de que se les han “estafado” recursos irrecuperables, recursos bastante más valiosos que el dinero.

Felizmente, hay muchas personas, incluyendo a algunas que han perdido el máximo, que no permiten que la amargura haga mella en sus corazones. Si aman la libertad, no pueden permitírselo. La amargura, el rencor, la vengatividad son emociones paralizantes, no liberadoras. Además de fomentar empeño constante por la represalia, estas emociones son evidencia de que todavía se es un prisionero, de que aún se está encadenado al pasado. Hace años un amigo me dio una copia de cierto material que apareció en un artículo de la revista Time. Entre otras cosas, contenía estos pensamientos penetrantes y bellamente expresados sobre el poder del perdón:

La visión del perdón en el Antiguo Testamento estaba contenida en un verbo que domina su literatura penitente, la palabra hebrea shuv, que significa girar, volverse. La doctrina sugiere que el hombre tiene el poder de girar desde el mal hacia el bien, de cambiar, y que el mismo acto de girar traerá el perdón de Dios. Aquellos que no perdonan son los menos capaces de cambiar las circunstancias de sus vidas. . . .

El caso psicológico para el perdón es predominantemente persuasivo. No perdonar es ser prisionero del pasado, de antiguos agravios que no permiten que la vida prosiga con nuevos asuntos. No perdonar es entregarse a la dominación de otro. Si uno no perdona está controlado por las iniciativas de otra persona y está encerrado en una secuencia siempre creciente de acción y respuesta, de ultraje y venganza, de toma y daca. El pasado predomina y devora al presente. El perdón libera al que perdona. Arranca al que perdona de la pesadilla de otra persona. “A menos que exista una brecha con respecto al pasado malo” dice Donald Shriver, “todo lo que conseguimos es esta repetición tartamudeante del mal”. . . .

El perdón no es un impulso. . . . Es una idea misteriosa y sublime en muchos aspectos. . . . El perdón no parece que sea una herramienta para la supervivencia en un mundo malo. Sin embargo, eso es lo que es.[88]

Allá en el año 1982, empecé a tener correspondencia personal con Carl Olof Jonsson, de Suecia.[89] En una de las primeras cartas, después de mencionar a algunos entre los anteriores Testigos que parecen “sentirse obligados a adoptar un punto de vista opuesto a todo” lo que antes habían defendido o creído, él añadió:

No han dejado realmente el movimiento de la Watch Tower. Todavía están sujetos a él como siempre – sujetos inversamente a él. A menudo pasan el resto de sus vidas atacándolo. Podría entender si amablemente intentasen ayudar a los Testigos – pero muy a menudo están llenos de amargura.

Puedo comprender el sentimiento de indignación, motivado a menudo por la compasión por otros, que sienten muchos ante el daño destructivo que han producido ciertas normas organizacionales, incluso el deseo ardiente de poner fin a ese daño. También creo, sin embargo, que es un grave error pensar que el fin justifica los medios. No hay nada innoble ni odioso en refutar la falsedad. Tampoco es evidencia de animosidad hacia alguien el discrepar con él o el colocar ante él la evidencia de la naturaleza equivocada de creencias o prácticas que éste pueda mantener. Puede ser un acto amoroso. Pero el factor determinante es el modo como se hace, el espíritu con el que se hace. En algunos de los métodos empleados no veo el reflejo del espíritu del Hijo de Dios y el tono de su mensaje a sus discípulos.

Algunos que han roto su afiliación con la organización de los Testigos, han formado piquetes en los Salones del Reino o en asambleas de los Testigos de Jehová, se han envuelto en tácticas inusuales diseñadas evidentemente para atraer la atención de los medios de comunicación. Esto no es nada nuevo. Personas opuestas a la organización Watch Tower han estado haciendo esto desde que yo era un niño hace medio siglo. En el caso de algunos de los implicados, yo sé que su única motivación es sacar a la luz ciertas injusticias y falsedades. No puedo responder sobre la motivación de otros. En cualquier caso no trato de emitir un juicio sobre ellos al decir que personalmente veo esos métodos no solo improductivos, sino también como que reflejan desfavorablemente a aquél a quien estamos comprometidos a servir, Cristo Jesús. Puede haber diferencia entre la difusión y la publicidad. Siempre es bueno difundir la verdad. Pero la busca de la publicidad en sí misma tiene poco o ningún efecto en lo que concierne a la difusión de la verdad. Con frecuencia sólo se publican las necedades inusuales, los eslóganes más extremos y sensacionalistas y la disidencia existente, mientras que cualquier mensaje que valga la pena pasa generalmente desapercibido.

Las entrevistas en los medios de comunicación tienen el potencial de ser de considerable ayuda al llamar la atención de un gran número de personas sobre los hechos. En el pasado he accedido a entrevistas solicitadas por los medios de comunicación. Al mismo tiempo, nunca he pedido que me hicieran ni una sola entrevista, y he denegado más peticiones de las que he aceptado. Mi experiencia personal ha sido que los resultados rara vez son satisfactorios. Con demasiada frecuencia lo que se busca es algo de naturaleza sensacional – lo que hace poco por el avance de las buenas nuevas. En una entrevista de radio que acepté (realizada en Florida) el entrevistador hablaba siempre de modo sarcástico y exagerado cuando se refería a los Testigos de Jehová y a sus creencias y conducta. Yo me pasé casi todo el programa defendiéndolos, expresando mi convicción sobre su sinceridad y decencia, y haciendo ver al entrevistador cómo sus comentarios distorsionaban la realidad y los presentaban injustamente con un aspecto falso. Me sentí contento de hacer esas declaraciones, y sentí que esa fue la única parte satisfactoria de la experiencia.

Así pues, en principio simpatizo con la inquietud, incluso con la indignación, que algunos sienten, y yo mismo siento una inquietud similar. Pero no simpatizo necesariamente con los métodos que se emplean a veces para expresar esos sentimientos. Estoy convencido de la rectitud del consejo del apóstol:

Todo hombre tiene que ser presto en cuanto a oír, lento en cuanto a hablar, lento en cuanto a ira; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios. [90]

Con demasiada frecuencia, el camino fácil no es el mejor camino. En las relaciones humanas, cuando se está indignado por una injusticia, lo más sencillo del mundo es vilipendiar la fuente de ese agravio. También es señal de debilidad más bien que de fuerza. Ejercer autocontrol, mantener una medida de calma, tomarse el tiempo y el esfuerzo para identificar la verdadera causa del problema y los medios más efectivos para tratar con él, requiere más fuerza y resolución que simplemente airear los sentimientos propios.

Anteriores Testigos y otras personas han publicado una gran cantidad de material sobre la organización Watch Tower. No pongo en tela de juicio que muchos de los implicados están motivados sinceramente, que sienten que no deberían ser simplemente pasivos, sino que deberían “hacer algo”. Pero creo honestamente que una gran parte, quizás la mayoría, de lo que se publica hace mas daño que bien. La libertad cristiana no significa licencia para decir cualquier cosa que se quiera decir. Se nos exhorta a seguir de cerca los pasos de Cristo, de quien leemos:

Cuando lo estaban injuriando, no se puso a injuriar en cambio. Cuando estaba sufriendo, no se puso a amenazar, sino que siguió encomendándose al que juzga con justicia.[91]

El habla vindicativa y ridiculizante, los insultos, la exageración de faltas menores, el rechazo a conceder el beneficio de la duda, la admisión de la posibilidad de estar sinceramente, aunque equivocadamente motivado, el excluir que las acciones equivocadas sean el producto de conceptos equivocados – nada de esto hace algo por la causa de la verdad. Desdichadamente, en la literatura “anti Watch Tower” que se publica, se encuentra mucho de esto. También se encuentra en la literatura de la Watch Tower, en sus declaraciones sobre cualquiera que no concuerde con sus pronunciamientos, sobre los que ella etiqueta como “apóstatas”. Así, el asunto a menudo se convierte en un circulo con la misma triste repetición de responder al error con otro error. Al contrario, se nos estimula:

Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis. . . . No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. Así que, si tu enemigo tuviera hambre, dale de comer; si tuviera sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza. No seas vencido de lo malo, sino vence el mal con el bien.[92]

En esto el apóstol estaba reflejando fielmente la enseñanza del Hijo de Dios:

Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced el bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen así también los gentiles? Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.[93]

La dirección de los Testigos hace el esfuerzo para hacer creer que cualquier declaración de desacuerdo con ellos que se hace pública y cualquier presentación de evidencia que refute sus enseñanzas y normas, es una “persecución” hacia ellos. Si eso fuese realmente así, no habría duda de que su propio derrotero los colocaría entre los mayores perseguidores de hoy día, ya que ellos publican constante y regularmente su desacuerdo con otras religiones y se empeñan en demostrar que sus enseñanzas son falsas. Están prestos a recoger noticias que exponen negativamente a otras religiones y a publicarlas. Ellos deben esperar ser juzgados con la misma regla con la que juzgan a otros.[94] Pero por medio de esta deformación de la realidad, ellos pueden justificar el uso que hacen de expresiones ásperas respecto de cualquiera que cuestione sus alegaciones y opiniones.

Mis propias experiencias con los hombres que dirigen la organización de los Testigos fueron en última instancia desagradables. No creía que fuera posible que los hombres que conocí y con quienes trabajé durante años, ante quienes expresé mis convicciones y preocupaciones en cientos de discusiones colectivas, llegasen a tomar el tipo de acciones que tomaron, o que empleasen la clase de métodos que emplearon. Sin embargo, puedo decir honestamente que no guardo, ni en el pasado he guardado, ningún sentido de rencor. Al principio sufrí obviamente un choque, pero desde entonces no he desperdiciado nada de tiempo en revisiones airadas de aquellos acontecimientos, ni en darle vueltas al pasado. El cambio abrupto que se produjo, las dificultades de comenzar una nueva vida al acercarme a los sesenta, no han dejado cicatrices de las que sea consciente, ni razón alguna para sentir autocompasión. Siento y creo que la experiencia ha tenido un efecto perfeccionador para mí; confío en ello sinceramente. Más aun, puedo decir que no hay uno solo de esos hombres con quien no estaría dispuesto a hablar calmada y desapasionadamente, a suministrarle alimento, alojamiento o cualquier cosa que necesitase. Si hay enemistad, no es por parte mía. Incluso puedo creer que por lo menos alguno de ellos podría expresar una actitud similar hacia mí – aunque se sienta compelido a no hacerlo a causa de la organización a la cual pertenecen.

Resumiendo el avance libertador que trajo el cristianismo, una fuente hace esta adecuada presentación:

. . . hay una nueva libertad hacia Dios, la cual disipa el temor y conduce a la libertad en su presencia de la clase más íntima (Rom. 8:15-18; Gal. 4:1-7). . . . Esto resulta en un servicio a Dios que es de carácter libre (Rom. 1:9). También conduce a una nueva libertad hacia otros. Esto incluye libertad del temor de los juicios de otros, así como de los propios intentos de uno para manipular a otros. También incluye la libertad para comunicar los propios pensamientos, para expresar las propias emociones, para abrir uno su vida y compartir sus posesiones. De hecho, en el mismo corazón de este concepto de libertad están el servir gratis a otros y el dar voluntariamente de sí mismo por amor a los demás (1 Cor. 9:19; 1 Tes. 2:8). . . .

Así, esta libertad garantizada por Dios no sólo traslada a hombres y mujeres desde una relación rota con Dios y desde una solidaridad defectuosa con los hombres, hasta una nueva comunidad con ambos, sino que también les inclina a vivir el tipo de vida que extenderá y profundizará esa nueva comunidad.[95]

Los modos en que estos beneficios de la libertad se pueden compartir y disfrutar en comunión con otros, merecen ciertamente nuestra seria meditación y consideración.

Raymond V. Franz, A la búsqueda de la libertad cristiana, capítulo 17.

Notas:


[1] Romanos 8:21

[2] Juan 3:19-21

[3] Colosenses 3:14

[4] La revista La Atalaya de 1 de diciembre de 1981, páginas 12-15, por ejemplo, habla de los “grupos disidentes” que formaban los valdenses, de su intrepidez al manifestarse contra diversas enseñanzas de la iglesia y al sostener que “la Biblia es la única fuente de la verdad en lo que tiene que ver con la religión”, y de que “consideraban a Jesús como el único mediador entre Dios y el hombre”.

[5] Mateo 23:29-35

[6] Efesios 4:13, Versión Popular

[7] Efesios 4:14, 15, Traducción interconfesional

[8] 1 Corintios 13:11, Versión Reina-Valera

[9] Efesios 4:8, 11-16

[10] 1 Corintios 3:5-7, Versión Reina-Valera

[11] Compare con Gálatas 2:6; 6:3

[12] 1 Corintios 4:7, 8, 10, Biblia de Jerusalén

[13] 1 Corintios 3:21-23

[14] Mateo 18:1-7, Versión Reina-Valera

[15] 1 Corintios 4:14; 2 Corintios 6:13; Gálatas 4:19; 1 Tesalonicenses 2:7-11; 1 Juan 2:1

[16]  Mateo 23:9, Versión Reina-Valera

[17] 1 Timoteo 2:5, 6; Juan 14:6

[18] Una “Pregunta de los lectores” en La Atalaya de 15 de octubre de 1985 (páginas 30 y 31) dice que: “Los del resto ungido que están en la Tierra no forman aún, literalmente, parte de la ‘Jerusalén de arriba’. Pero debido a su posición única como hijos espirituales con la perspectiva de vida celestial, y debido a que representan a la “esposa” celestial de Dios, Jehová a veces los incluye de manera reflexiva en las instrucciones, profecías, promesas y palabras de consuelo que dirige a su organización semejante a esposa en el cielo”.

[19] Hebreos 1:1, 2

[20] El texto en Gálatas 4:21-31 se emplea para apoyar las alegaciones a favor del concepto de dirección de parte de una madre celestial a través de una organización terrestre visible. El relato habla de dos mujeres, Sara y Agar, y las utiliza simbólicamente. Pero el escritor, Pablo, no dice que éstas representan a “dos organizaciones”, sino que ellas tipifican “dos pactos”. El asunto que estaba discutiendo era el de no seguir “estando bajo ley” (versículo 21). Pablo discute la relación de pacto con Dios, primero la del antiguo pacto, dado en Sinaí, que él compara con Agar, una esclava, y luego el nuevo pacto, efectuado desde el cielo, y que él compara con Sara, la mujer libre. Pablo describe a los hijos de un pacto y a los hijos del otro pacto, mostrando que por medio del nuevo pacto, y sólo a través de él, las personas pueden conseguir la reconciliación con Dios y, por tanto, la vida como hijos suyos, “hijos de la promesa” (versículo 28), no “hijos de una organización”. Todo el concepto de “organización” está ausente en el relato. La discusión es sobre pactos. ¿Por qué, pues, debiéramos poner el énfasis en otro aspecto distinto de aquél en el cual lo puso Pablo?

[21] Vea Ayuda para entender la Biblia, página 1643, o el material correspondiente en  Perspicacia a partir de las Escrituras Vol. II, página 1166, u otros diccionarios bíblicos.

[22] Gálatas 3:23-26

[23] Gálatas 4:1-5 Versión Popular

[24] 1 Corintios 11:3

[25] Compare con Gálatas 1:6-8; 3:1-3; 5:7-9; 1 Juan 4:1

[26] 2 Corintios 13:5; Efesios 4:14, 15; Gálatas 6:4, 5; 1 Tesalonicenses 5:21, 22.

[27] Escape from Freedom, Erich Fromm, Avon Books (edición de 1965), página 18.

[28] The Road Less Traveled, (Simon & Schuster, Nueva York, 1978), página 42, escrito por el psiquiatra Dr. M. Scott Peck.

[29] Gálatas 4:2, Versión Reina-Valera

[30] Hebreos 5:12-14

[31] The Road Less Traveled, página 17

[32] 2 Corintios 3:14-16

[33] 2 Corintios 3:17-18, Versión Popular

[34] Salmos 90: 9, 10, 12

[35] 1 Corintios 7:29-31; Gálatas 6:9, 10; Efesios 5:15-17.

[36] The Road Less Traveled, páginas 43, 44.

[37] Hechos 20: 29, 30.

[38] 3 Juan 9, 10

[39] Mateo 13:25, 38, 39

[40] Revelación 3:15, 16 Biblia de Jerusalén

[41] Juan 14:23.

[42] Salmo 27:9, 10; vea también Juan 10:28, 29.

[43] 2 Corintios 13:5, Traducción interconfesional.

[44]  Mateo 10:37.

[45] Según lo vierte la Versión Popular

[46] Es de destacar que sólo encontramos cifras relativas al número de cristianos en ciertos momentos o lugares, en el libro de Hechos de los Apóstoles, y éstas cifras siempre son aproximadas. Compare con Hechos 1:15; 2:41; 4:4; 19:7.

[47] Gálatas 1:10, 15-20, Biblia de Jerusalén.

[48] Judas versículo 16, Versión Reina-Valera.

[49] A Question of Conscience (Una cuestión de conciencia), por Charles Davis, 1967, páginas 23, 24.

[50] 1 Corintios 7:23, Versión Popular

[51] 1 Pedro 2:24

[52] 1 Pedro 1:19

[53] 1 Corintios 1:12-15, Biblia de Jerusalén.

[54] Mateo 6:24

[55] 1 Corintios 4:3-5, Biblia de Jerusalén

[56] Romanos 14:4, 10, 12

[57] 1 Timoteo 2:5, 6: Hebreos 4:14-16; 7:25; 1 Juan 2:1, 2

[58] Santiago 2:12, Biblia de Jerusalén

[59] Santiago 2:8, según vierten la Versión Reina-Valera, la Versión Popular y la Biblia de Jerusalén.

[60] Lucas 18:9-14

[61] Mateo 5:20, Versión Reina-Valera

[62] Efesios 3:17-19, Versión Reina-Valera

[63] Eclesiastés 9:18

[64] Lucas 13:20, 21

[65] Mateo 5:14-16. El término griego erga se vierte como “trabajos” en algunas traducciones, “obras” en otras, pero en ningún caso transmite la idea de participación en algún tipo de actividad “organizada”. Tanto el contexto precedente como el subsiguiente muestran, en cambio, que Jesús estaba hablando de aquello que los que le escuchaban harían en sus vidas y en sus tratos cotidianos con otros.

[66] 1 Juan 3:18; Aquí “hecho” se traduce del término griego ergon, singular de erga.

[67] The Road Less Traveled, páginas 310, 311.

[68] Romanos 4:16.

[69] Hebreos 11:9-11.

[70] Romanos 4:20, 21.

[71] 1Corintios 13:5

[72] Gálatas 5:23, Versión Popular; compare con 2 Corintios 1:23, 24

[73] El término griego (nepho) que se vierte “sobrio” o “buen juicio” en 2 Timoteo 4:5 se relaciona literalmente con la sobriedad frente a la embriaguez, pero figurativamente tiene el sentido de lo que “está opuesto a todo tipo de borrosidad. El juicio sobrio se valora altamente tanto en la vida pública como en la privada”. (Theological Dictionary of the New Testament, Abridged Edition, páginas 633, 634)

[74] Compare con 2 Pedro 2:17-20.

[75] Los términos “doctrina” y “enseñanza” a menudo se intercambian entre una traducción y otra. Después de describir la conducta errónea – incluyendo el asesinato, la mentira, el perjurio, la inmoralidad, la sodomía – el apóstol habla de todo esto como algo que se opone a “la sana doctrina [del griego didaskalía]” (Versión Reina-Valera, Biblia de Jersualén) o, en otras traducciones, como conducta que está en contra de “la enseñanza sana”(Versión Popular) de las buenas nuevas. (1 Timoteo 1:8-11; compare con 1 Timoteo 4:1-6)

[76] Mateo 22:35-40

[77] 2 Timoteo 3:16, 17.

[78] 1 Corintios 13:2, 3

[79] 1 Corintios 8:1-3, Versión Popular

[80] 1 Corintios 8:10, 11

[81] Romanos 14:1-12

[82] Compare con Marcos 7:19; Colosenses 2:16, 17.

[83] Romanos 14:13, 17, Versión Popular

[84] Gálatas 5:1-4

[85] Santiago 3:13, Versión Reina-Valera, Versión Popular

[86] Compare las afirmaciones en los libros de estudio de la Watch Tower La Verdad que lleva a vida eterna, páginas 15 y 16, y Usted puede vivir para siempre en el paraíso en la tierra, páginas 23 y 24.

[87] Aunque había dejado de asociarse, ella consiguió que un anciano local condujese un “funeral de Testigo”. Muchos de los amigos y socios de su esposo, que como él no eran Testigos, estuvieron presentes. El discurso de funeral del anciano consistió enteramente en una argumentación en apoyo de las enseñanzas de la organización sobre el tema de la muerte. De su esposo, de la persona que era, de lo que se podía aprender de su vida, de las cualidades que manifestó – no se dijo nada. Ese fue el toque final, que confirmó su decisión de abandonar e hizo que se desbordase su sentimiento de remordimiento.

[88] Cursivas mías. Citado de la edición de 9 de enero de 1984 de la revista Time. Reproducido con su autorización. Copyright 1984 Time Inc.

[89] Se hace referencia a él en Crisis de Conciencia (página 161) por haber enviado al Cuerpo Gobernante el material que más tarde se publicó en The Gentile Times Reconsidered (Los tiempos de los gentiles reconsiderados). También es el coautor del libro más reciente The Sign of the Last Days – When? (La señal de los últimos días – ¿cuándo?).

[90] Santiago 1:19, 20

[91] 1 Pedro 2:23

[92] Romanos 12:14, 17-21, Versión Reina-Valera.

[93] Mateo 5:43-48, Versión Reina-Valera

[94] Mateo 7:1, 2

[95] Paul’s Idea of Community (La idea de Pablo sobre la comunidad) Eerdmans-Anzea Publishers, reedición de 1988), página 27.