Etiquetas

, , , , , ,

José Ignacio González Faus nace en Valencia en 1933. Es licenciado en Filosofía por la Universidad de Barcelona (1960) y doctor en Teología por la Universidad de Insbruck (1967). Es profesor de Teología Sistemática en la Facultad de Teología de Barcelona. Ha impartido cursos en América Latina, sobre todo en la Universidad Centroamericana de San Salvador. Es responsable académico y director del centro Cristianismo y Justicia de Barcelona. Entre sus obra destacan,  La humanidad nueva. Ensayo y cristología (1984);  Acceso a Jesús (1996);  Vicarios de Cristo. Los pobres en le teología y la espiritualidad cristiana (1991); La autoridad de la verdad. Momentos oscuros del magisterio eclesiástico (1996).

El 25 de octubre de 2004 escribió en siguiente artículo en el diario La Vanguardia:

A mis hermanos obispos

Estas líneas intentan deciros, desde dentro y desde la fraternidad, lo que otras muchas voces dicen desde fuera y desde la desconsideración. He procurado contar hasta cien antes de hablar (y no cien segundos, sino cien días) para hacerlo con calma y sin resquemor. Quiero ser cristiano y hacerlo con la máxima fidelidad al Evangelio. Pero debo confesaros que la institución eclesiástica es la cruz de mi fe. En el corto espacio de que dispongo me gustaría deciros por qué.

1. No somos testigos de un Dios vivo sino de un pasado muerto. Como seguidores de Jesús parece que nuestra tarea debería ser: ‘Anunciar al hombre de hoy el Misterio más profundo, más santo y liberador de su existencia que lo redime del miedo y de la autoalienación, y al que llamamos Dios… Mostrar al hombre de hoy el camino que conduce de forma creíble y concreta hacia la libertad de Dios’. En lugar de eso moralizamos precipitadamente contra todo lo que nos incomoda. Olvidamos que ‘la tradición solo puede mantenerse allí donde se buscan honradamente nuevos caminos y medios de vida’. (Ambas citas y las demás que aparecen sin otra referencia son de Karl Rahner.)

2. La imagen que damos de la iglesia no es la de un ‘sacramento de salvación’ (señal de que Dios se ha identificado gratuita y definitivamente con este mundo empecatado), sino la de una institutriz gruñona y provecta que, a base de riñas, trata de afirmarse a sí misma más que de educar. No pocas veces, y en cuanto a contenidos concretos, quizá estaría yo más cerca de vosotros que de la cultura en que me muevo. Pero lo que la sociedad adulta no soporta es ese tono de que nosotros somos los únicos buenos y todo lo demás es maldad. Por eso:

3. No damos en absoluto la sensación de amar de veras a este mundo, al que dice el evangelio que Dios amó tanto que le envió a su Hijo, no para condenarlo sino para salvarlo. Por mal que esté, el objeto del amor de Dios es este mundo, no la iglesia. Ésta debe ser sólo señal y cauce de ese amor; y no puede mirar al mundo como el campo del mal al que ella debe dirigir y controlar, o del que debe apartarse para vivir en otra órbita, pero siempre sin tener que aprender nada de él. ‘¿Por qué no nos atrevemos a decir con humildad y sosiego, variando un poco un dicho de Agustín: muchos que Dios tiene no los tiene la iglesia, y muchos que tiene la Iglesia no los tiene Dios?'”

A mis hermanos obispos, por José Ignacio González Faus, teólogo católico. Artículo escrito en el diario La Vanguardia, 25 de octubre de 2004.