El miedo, muchas veces, nos impide que hablemos con franqueza. Es este mismo miedo el que nos atenaza y no nos deja expresarnos con sinceridad y honestidad en las congregaciones. Tenemos pavor a hablar con franqueza sobre temas espirituales y no tan espirituales –como si hay vida o no en otros planetas, o si los campos magnéticos son o no nocivos para salud–. No puedo imaginarme a los apóstoles con miedo a hablar con Jesús sobre asuntos de índole espiritual… sin importar el tema.

“Como en el caso del ciego que recobra la vista y sus padres (Juan 9), la espada de Damocles pende sobre nuestras cabezas… tenemos la amenaza paralizante de la expulsión sobre todos nosotros.

“Como es natural, en función de lo que uno pudiera perder –unos más, otros menos– el terror nos paraliza en esa misma proporción. Por este motivo, algunos dentro de las congregaciones, nos encontramos como los herejes en el tiempo de la Inquisición; haciendo las cosas secretamente, opinando libremente en nuestros conventículos clandestinos… acechándonos el miedo a ser descubiertos.

“En definitiva, el miedo nos inhibe, nos reprime, nos paraliza y finalmente nos frusta … ¡Mal bagaje para andar por la vida! ¡Qué lejos de lo que nos prometió el Señor: “Vengan a mi, todos los que están cargados y yo los refrescaré”! ¡Cuánto echamos de menos el alivio prometido!”

Contribuído por J.V.