“Así pues, ustedes han anulado el mandato de Dios para seguir sus propias tradiciones. . . . sus enseñanzas son mandatos de hombres”.

-Mateo 15:6,9, Versión Popular.

LA MAYORIA de los testigos de Jehová perciben las sesiones del cuerpo gobernante como reuniones de hombres que dedican grandes cantidades de tiempo al estudio intensivo de la Palabra de Dios. Ellos piensan que éstos se reúnen para considerar con humildad cómo pueden ayudar mejor a sus hermanos a entender las Escrituras, para discutir maneras constructivas y positivas de edificarlos en la fe y el amor, las cualidades que motivan las obras cristianas genuinas, haciendo todo esto en sesiones donde las Escrituras siempre se consultan como la única autoridad válida y suprema.

Como se ha señalado, los miembros del cuerpo gobernante, mejor que nadie, sabían que los artículos de La Atalaya, donde se describía la relación entre la corporación y el cuerpo gobernante, presentaban un cuadro que no se ajustaba a la realidad. Igualmente, los miembros del Cuerpo Gobernante saben, mejor que nadie, que el cuadro descrito en el párrafo anterior difiere bastante de la realidad. 1

Revisando el registro de reunión tras reunión, el rasgo más prominente, el más constante y consumidor de tiempo encontrado, es el de la discusión de asuntos que se podían resumir con la pregunta: “¿Es esto un asunto digno de expulsión?”

Yo compararía al Cuerpo Gobernante (y en mi mente a menudo lo hice) a un grupo de hombres acorralados con sus espaldas contra

 

l Debido a que las sesiones del Cuerpo Gobernante son completamente privadas sólo los miembros mismos son testigos de lo que ocurre en éstas.

 

 

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una pared con numerosas personas lanzándoles bolas para que ellos las atrapen y las lancen de vuelta. Las bolas vienen tan frecuentemente y en tan gran número que hay muy poco tiempo libre para otras cosas. De hecho, parecía ser que cada decisión judicial tomada y transmitida sólo resultaba en preguntas adicionales disparadas hacia nosotros desde diferentes ángulos, dejando muy escaso tiempo para meditación, estudio, discusión y acción verdaderamente positivos y constructivos.

A través de los años participé en muchas, muchas reuniones donde asuntos que podían seriamente afectar las vidas de las personas se discutieron, pero en las cuales la Biblia no se usó, ni siquiera se mencionó, por prácticamente nadie de los que estaban participando. Había razones para esto, una combinación de razones.

 

Muchos miembros del Cuerpo Gobernante admitían que se encontraban tan ocupados con una variedad de asuntos que disponían de poco tiempo para el estudio de la Biblia. No es una exageración decir que el miembro promedio no dedica más tiempo, y algunas veces hasta menos, en tal estudio que muchos Testigos entre los llamados “miembros comunes.” Algunos en el Comité de Publicación (que incluía a los oficiales y directores de la madre corporación, la que fue establecida oficialmente en Pennsylvania) eran notables en este respecto, debido al volumen de papeleo que les llegaba y que ellos, evidentemente, consideraban que no podían o no debían delegar a otros para revisar y presentar conclusiones o recomendaciones.

En las pocas ocasiones cuando alguna discusión puramente bíblica se programaba, generalmente ésta era para discutir un artículo o artículos de La Atalaya que alguien había preparado y sobre el cual había alguna objeción. En estos casos regularmente sucedía que, aunque se les había notificado con una o dos semanas por adelantado, Milton Henschel, Grant Suiter o algún otro miembro de este Comité mencionado se sentía obligado a decir, “He estado tan ocupado que sólo tuve tiempo para mirarlo por encima.” No había razón para dudar que ellos en verdad estaban bien ocupados. La pregunta que venía a la mente era, ¿Cómo entonces podían ellos votar a conciencia en la aprobación de un material si ellos no habían podido meditar sobre esto, ni examinar las Escrituras para corroborarlo? Una vez publicado había de ser visto como verdad” por millones de personas. ¿Qué trabajo de papeleo podría igualar a esto en importancia?

Pero estos hermanos no eran de manera alguna los únicos, pues las discusiones mismas claramente mostraban que la gran mayoría

 

 

 

 

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del Cuerpo no había hecho casi nada salvo leer el material escrito. A menudo el tema era uno originado y desarrollado en la mente del escritor sin haber consultado con el Cuerpo, aun cuando el tema envolviera algún “entendimiento nuevo” de las Escrituras, y no era raro que el escritor hubiera pulido sus argumentos y puesto el material en forma final sin haber discutido los asuntos, o puesto a prueba su razonamiento, con otra persona alguna.2 La argumentación a menudo era compleja, intrincada, de la clase que una lectura superficial nunca suministraría análisis suficiente para poner a prueba su validez y determinar si tenía base en las Escrituras o si era sólo un caso de lógica acrobática, un talentoso malabarismo de textos que les hacía decir algo que no era lo que ellos realmente decían. Aquellos que sólo habían leído el material usualmente votaban a favor; aquellos que habían hecho estudio adicional e investigación eran quienes con más probabilidad presentaban objeciones serias.

De esta manera, como ejemplo, después de una discusión de un artículo que presentaba el punto de vista de que “la fiesta de la recolección” (celebrada, según indica la Biblia, en el cierre de la estación de la cosecha) representaba una circunstancia en la historia de los Testigos al comienzo de su cosecha espiritual, suficientes miembros votaron a favor de aceptarlo.3 Lyman Swingle, quien servía entonces como coordinador del Comité de Redacción, dijo: “Bien, si eso es lo que ustedes quieren hacer, lo mandaré a la fábrica para que se imprima. Pero eso no quiere decir que yo lo crea. Es sólo otra piedra amontonada en el enorme monumento que da testimonio de que La Atalaya no es infalible.”

 

Una segunda razón para la falta de verdadera discusión bíblica, es resultado obvio, me parece, de la primera. Y ésta es que la mayor parte del Cuerpo no estaba realmente bien versado en las Escrituras, pues su ‘estar muy ocupado con papeles’ no era cosa reciente. En mi propio caso, todo el tiempo hasta el 1965 estuve envuelto en un continuo torbellino de actividad que me permitía muy poco tiempo para el estudio verdaderamente serio. Pero creo que el asunto va más

 

 

2 Aún durante la vida de Nathan Knorr éste fue el procedimiento normal que siguió el escritor principal de la Sociedad, Fred Franz. Sólo cuando el material estaba en su forma final tenía oportunidad alguna otra persona-a veces sólo el presidente-<le considerar y discutir las ideas o interpretaciones desarrolladas.

 

3 Vea La Atalaya del 10 de septiembre de 1980, pp. 8-24.

 

 

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allá de eso. Creo que el sentir que prevalecía era que tal estudio e investigación no eran realmente esenciales, que las normas y la enseñanza de la organización-desarrolladas a través de muchas décadas–eran guías confiables en sí mismas, de manera que, cual­quier moción presentada al Cuerpo se consideraba correcta si ésta se conformaba satisfactoriamente con la enseñanza o norma tradicional.

Los hechos apuntan a esta conclusión. En ocasiones, una discusión prolongada sobre algún asunto relacionado a “expulsión” se resolvía súbitamente como resultado de que uno de los miembros había encontrado alguna declaración pertinente en el libro Organización de la Sociedad, o más probablemente en el libro “Ayuda para contestar la correspondencia de la sucursal,” un compendio de normas organizadas en orden alfabético abarcando una extensa variedad de temas empleo, matrimonio, divorcio, la política, asuntos militares, sindicatos, sangre y veintenas más. Cuando tal declaración se hallaba, aunque no se presentaba evidencia bíblica alguna para apoyar tal norma, esto parecía decidir terminantemente el asunto para la mayoría de los miembros del Cuerpo y por lo general ellos votaban a favor de cualquier moción que se conformara a la norma impresa. Vi suceder esto varias veces y nunca dejó de impresionarme la manera en que una norma escrita podía efectuar una transformación tan súbita en el progreso y resolución de una discusión.

 

Una razón final para que la Biblia ocupara una mínima parte en estas discusiones, es que en caso tras caso los asuntos se relacionaban con puntos en los cuales las Escrituras mismas guardan silencio.

Para mencionar ejemplos específicos, la discusión pudiera tratar de si la inyección de suero debería verse como lo mismo que una transfusión de sangre, o si las plaquetas serían tan objetables como el aceptar glóbulos rojos de la sangre. O quizás la discusión fuese en cuanto a la norma de que una esposa que cometió un acto de infidelidad estaba obligada a confesar esto a su esposo (aunque se sabía que él tenía una naturaleza extremadamente violenta) o de otro modo su declaración de arrepentimiento no sería considerada válida, dejándole a ella expuesta a ser expulsada. ¿Qué versículos en la Biblia discuten estos asuntos?

Consideren este caso que se presentó ante el Cuerpo Gobernante para discusión y decisión. Un Testigo de Jehová, conductor de camión para la compañía Coca-Cola, tenía en su ruta una base militar grande en la cual tenía que hacer varias entregas. La pregunta era: ¿Podía él hacer esto y continuar como miembro aprobado de la congregación?

 

 

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o ¿es ésta una ofensa digna de expulsión? (El punto crucial era que propiedad militar y personal militar estaban envueltos.)

De nuevo, ¿qué textos discuten tales asuntos–de una manera que pueda verse clara y razonablemente, de una manera que obvie la necesidad de razonamientos envueltos e interpretaciones? Ninguno se presentó, sin embargo la mayoría del Cuerpo decidió que el trabajo del hombre no era aceptable y que él tendría que obtener otra ruta si quería permanecer como miembro aprobado. Un caso similar surgió con relación a un Testigo músico que tocaba en un “combo” en el club de oficiales en una base militar. Esto también se consideró no aceptable por la mayoría del Cuerpo. Ya que las Escrituras guardan silencio en estos aspectos, el razonamiento humano suplió las respuestas.

Por lo general, en discusiones de este tipo, si aquellos que estaban a favor de que se condenara el acto o conducta en verdad sí apelaban a las Escrituras, esta apelación se basaba en declaraciones muy generales como, “Ustedes no son parte del mundo,” encontrada en Juan 15:19. Si un miembro del Cuerpo Gobernante, por escrúpulos personales, condenaba la acción o conducta bajo discusión y no podía pensar en ningún otro argumento en contra, a menudo se asía de este texto, extendiéndolo y aplicándolo para ajustado a las circunstancias que fueran. La necesidad de dejar que el resto de las Escrituras definiera lo que tal declaración general quería decir y cómo debía aplicarse parecía a menudo ser considerada innecesaria o no pertinente.

 

Un factor mayor en las decisiones del Cuerpo Gobernante era la regla de una mayoría de dos terceras partes. En ocasiones esto pro­dujo resultados extraños.

La regla era que se necesitaba una mayoría de dos terceras partes (de la membresía activa) para que pasara una moción. Personalmente yo apreciaba la oportunidad que esta regla brindaba al permitir a un miembro “abstenerse” sin sentir que estuviera ejerciendo “el poder del veto.” En asuntos menores, aun cuando no estaba en completo acuerdo, generalmente voté con la mayoría. Pero cuando surgían temas que genuinamente afectaban mi conciencia me encontraba entonces frecuentemente en la minoría-rara vez sólo, pero a menudo con solamente uno, dos o tres otros miembros expresando objeción de conciencia al abstenerse en votar la moción.4 Esto no era tanto el

 

4 Puedo recordar, y mis registros indican solo un par de ocasiones en más de ocho años donde fui el único en abstenerse.

 

 

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caso durante los primeros dos años después del cambio radical efectuado en la estructura de autoridad (oficialmente puesto a funcionar ello de enero de 1976). En los dos años finales de mi asociación en el cuerpo, sin embargo, una fuerte tendencia hacia un proceder de severidad inflexible me obligó a abstenerme con mayor frecuencia.

Pero considere ahora lo que a veces sucedía cuando el Cuerpo estaba bastante dividido en su punto de vista, una situación no tan poco común como algunos pudieran pensar. Un asunto bajo discusión tal vez se relacionara con conducta que, en algún momento en la historia pasada de la Sociedad, se había considerado como “ofensa digna de expulsión,” quizás el caso de una persona que aceptó una inyección de algún componente sanguíneo para controlar una dolencia potencialmente fatal; o posiblemente el caso de una esposa que tenía un marido no Testigo en servicio militar y quien trabajaba en el supermercado de la base militar donde estaba estacionado el esposo.

En algunas ocasiones, en discusiones de este tipo, el Cuerpo podía estar bastante dividido, a veces divido por la misma mitad. O quizás hubiera una mayoría que favorecía el remover la acción, conducta o tipo de empleo particular de la categoría de “ofensa digna de expulsión.” Considere lo que pudiera pasar por causa de la regla de una mayoría de dos terceras partes:

Si de catorce miembros presentes nueve favorecieron el remover la ofensa y sólo cinco favorecieron retenerla, la mayoría no sería suficiente para removerla. Aunque una mayoría obvia, nueve no era mayoría de dos terceras partes. (Aún si hubiera diez favoreciendo el que se removiera la ofensa de la categoría de las dignas de expulsión, éstos no serían suficiente, pues aunque sería una mayoría de dos terceras partes de los catorce presentes, la regla establecía que tenía que ser una mayoría de dos terceras partes de la membresía total activa, la cual era, la mayor parte del tiempo, diecisiete o dieciocho.) Si alguno de los nueve que favorecían el remover la ofensa presentara una moción, ésta no pasaría ya que se necesitaban doce votos para que pasara. Si alguno de los cinco que favorecían que se mantuviera la ofensa en la categoría digna de expulsión, presentara la moción de que la política se mantuviera vigente, esta moción, por supuesto, tampoco pasaría. No obstante, el que la moción de mantenerla no pasara no resultaría en que se removiera la remoción de esa categoría de expulsión. ¿Por qué? Porque la regla era que una moción tenía que pasar para que cualquiera norma. previa fuera alterada. En uno de los

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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primeros de estos casos de voto dividido mencionados, Milton Henschel había expresado el punto de vista de que donde no hubiera una mayoría de dos terceras partes, “el statu qua debería permanecer,” nada debería cambiar. En estos casos era poco común que un miembro alterara su voto, y por lo tanto, un estancamiento usualmente resultaba.

Esto quería decir que el Testigo que tomara la acción particular en cuestión o que se ocupara del tipo de empleo envuelto en la controversia quedaría sujeto a expulsión ¡aunque la mayoría del Cuerpo había hecho claro que la persona envuelta no debía ser expulsada!

En más de una ocasión en que una minoría considerable o hasta una mayoría (aunque no de dos terceras partes) pensó que no debería haberse considerado digna de expulsión cierta ofensa, expresé mi sentir al efecto de que nuestra posición era irrazonable, hasta incomprensible. ¿Cómo podíamos permitir que las cosas siguieran como antes, con la resultante expulsión de personas por tales cosas, cuando aún dentro del mismo Cuerpo Gobernante había algunos de nosotros, a veces una mayoría, que pensaba que la acción envuelta no ameritaba juicio tan severo? ¿Cómo se sentirían los hermanos y las hermanas al saber que tal era el caso y que aún así personas estaban siendo expulsadas?5

Para ilustrar, si cinco ancianos de congregación que forman un “comité judicial” escucharan un caso y tres de los cinco no pensaran que la acción de la persona o su conducta mereciera expulsión, ¿haría inválida su posición el hecho de que fueran una mayoría de tres quintos y no una de dos tercios?6 ¿Se expulsaría entonces la persona? Claro que no. ¿Cómo podíamos, entonces, permitir que una mera regla de votación hiciera permanecer vigente una postura tradicional en cuanto a expulsión, una postura tradicional que la mayoría de los miembros del Cuerpo pensaba que debería ser eliminada? ¿No deberíamos, al menos, tomar la posición de que, en todo asunto de expulsión, cuando aun una minoría considerable (y especialmente una mayoría, aun cuando pequeña) considerara que no había suficiente base para expulsión, ninguna decisión de expulsión se sostuviera?

Estas preguntas presentadas al Cuerpo no produjeron respuesta alguna. Pero una y otra vez, en casos de esta clase, la norma

 

5 La naturaleza secreta de las sesiones del Cuerpo Gobernante por supuesto permiten escasa posibilidad de que alguien llegara a enterarse de esto. Las minutas de las reuniones no están abiertas para la vista de otros Testigos.

 

6 Tres de cinco es sólo 60% no 66 2/3 0/0 como en una mayoría de dos terceras partes.

 

 

 

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previamente establecida se mantuvo vigente, y esto se hizo como de costumbre, como algo normal. Por alguna razón, el efecto en la vida de la gente no parecía importar lo suficiente como para que los miembros se sintieran movidos a dejar a un lado su norma “establecida” en tales casos. En algún momento, en la historia pasada de la organización, una norma de expulsión se había formulado (a veces el producto del pensamiento de un solo hombre, muy a menudo un hombre patéticamente aislado de las circunstancias relacionadas con el caso) y esa norma se había puesto en vigor; una regla se había adoptado y esa regla controlaba, a menos que una mayoría de dos terceras partes pudiera cancelarla.

Quizás ningún caso ilustra este modo extraño de abordar tales temas como lo hace el asunto del servicio alternativo.

“Servicio alternativo” describe el servicio civil ofrecido por un gobierno como alternativa para aquellos que tienen objeciones de conciencia a participación en el servicio militar. Un número bastante grande de países ilustrados ofrecen esta alternativa a tales personas entre sus ciudadanos.

La posición oficial de la Sociedad Watch Tower, que se desarrolló durante la Segunda Guerra Mundial, es que si un Testigo de Jehová acepta tal servicio alternativo él ha “transigido,” ha quebrantado su integridad para con Dios. El razonamiento detrás de esto es que este servicio es un “substituto,” por lo tanto toma el lugar de lo que substituye y (de acuerdo al razonamiento seguido) representa lo mismo. Como es ofrecido en lugar del servicio militar y como el servicio militar envuelve (potencialmente, al menos) el derramar sangre, entonces, cualquiera que acepte el substituto pasa a ser “derramador de sangre.” Esta notable norma se desarrolló antes de que el Cuerpo Gobernante fuera realidad y evidentemente se decidió entre Fred Franz y Nathan Knorr durante el período durante el cual ellos produjeron las principales decisiones en cuanto a las normas de la organización.

A través de los años, en obediencia a esta norma, literalmente miles de Testigos de Jehová en diferentes países alrededor del mundo han ido a prisión en lugar de aceptar el servicio alternativo. Hay centenares de Testigos en prisión ahora mismo, debido a esto. El no adherirse a la norma de la Sociedad resultaría en que se les considerara automáticamente como “desasociados” y tratados como “expulsados. ”

En noviembre del 1977, una carta de un Testigo en Bélgica hizo surgir preguntas en cuanto al razonamiento sobre el cual esta norma

 

 

 

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estaba basada. Esto llevó a que el asunto se considerara por el Cuerpo Gobernante, primero el 28 enero del 1978 y luego ello de marzo, nuevamente el 26 de septiembre, el 11 de octubre, el 18 de octubre y el 15 de noviembre. Se hizo una encuesta a nivel mundial y se recibieron cartas al respecto de parte de unas noventa oficinas de sucursal. Un número considerable indicó que los Testigos en sus respectivos países tenían dificultad en ver las razones bíblicas de la posición asumida por la Sociedad. Considere lo que sucedió en el Cuerpo Gobernante.

En la reunión del 11 de octubre del 1978, de trece miembros presentes, nueve votaron a favor de cambiar la norma tradicional con el fin de que la decisión de aceptar o no el servicio alternativo se dejara a la conciencia del individuo; cuatro no votaron a favor. ¿El resultado? Debido a que en aquel entonces el total de miembros del Cuerpo era de dieciséis, y nueve no era una mayoría de dos terceras partes, no se hizo cambio alguno.

En el 15 de noviembre, todos los dieciséis miembros estuvieron presentes y once votaron por un cambio en la norma, de manera que el Testigo que a conciencia aceptara tal servicio no sería automática­mente catalogado como infiel a Dios y desasociado de la congre­gación. Esto sí era una mayoría de dos terceras partes. ¿Se efectuó el cambio?

No, pues después de una breve intermisión, uno de los miembros del Cuerpo Gobernante anunció que había cambiado de parecer. Esto destruyó la mayoría de dos terceras partes. Una nueva votación se tomó, con quince miembros presentes, de los cuales nueve favorecieron el cambio, cinco votaron en contra y hubo una abstención.7

Aunque en todas estas votaciones, una clara mayoría del Cuerpo Gobernante favorecía el remover la norma existente, esta norma permaneció vigente y como resultado se esperaba que los Testigos varones siguieran arriesgándose a ir a la cárcel más bien que aceptar el servicio alternativo aun cuando ellos mismos pensaran a conciencia que tal cosa no era impropia a los ojos de Dios. Increíble como parezca ser, ésta fue la posición que se asumió, y la mayor parte de los miembros del Cuerpo parecieron aceptarlo como algo por lo cual no perturbarse. Ellos estaban, después de todo, siguiendo las reglas vigentes.

 

7 De acuerdo con mis registros. aquellos votando a favor fueron: John Booth, Ewart Chitty, Ray Franz, George Gangas, Leo Greenlees, Albert Schroeder, Grant Suiter, Lyman Swingle, Dan Sydlik. Aquellos votando en contra fueron: Carey Barber, Fred Franz, Milton Henschel, William Jackson, Karl Klein. Ted Jaracz se abstuvo.

 

 

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En todos estos casos controversiales, la “ofensa digna de expulsión” no era algo claramente identificado en las Escrituras como pecaminoso. Era sólo el resultado de una norma organiza­cional. Una vez publicada, esa norma quedaba fijada como carga que la hermandad mundial tenía que llevar, junto con las consecuencias de la tal norma. ¿Sería incorrecto pensar que en tales circunstancias las siguientes palabras de Jesús aplican: “Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los otros, pero ellos mismos ni con un dedo hacen por moverlas”? 8 Dejo esto para que lo decida el lector. Sólo sé lo que mi conciencia me indicó y la posición que me sentí compelido a tomar.

Aun así, pienso que los miembros del Cuerpo Gobernante en general pensaban que estaban haciendo lo correcto. ¿Qué modo de pensar podía impulsarles a sostener una postura de expulsión ante la objeción de una minoría considerable, o posiblemente ante la objeción de la mitad o más de sus compañeros en el Cuerpo?

En un caso donde una consideración prolongada había hecho tal situación una que se podía esperar, Ted Jaracz expresó un punto de vista que quizás refleja el pensar de otros. De descendencia eslava (polaco) como Dan Sydlik, Jaracz era diferente, tanto en lo físico como en el temperamento. Mientras que Sydlik a menudo se dejaba guiar por un “sentir interno” en cuanto a lo correcto o incorrecto de un asunto, Jaracz era de una naturaleza más desapasionada, impasiva. En esta sesión en particular, él admitió que la norma existente quizás resultara en algún grado de sufrimiento para aquellos envueltos en la situación bajo consideración y dijo, “No es que nosotros no sintamos por ellos en el asunto, pero tenemos siempre que mantener en mente que no estamos tratando con sólo dos o tres personas ­tenemos una organización mundial grande que mantener en mente y tenemos que pensar en el efecto que tuviera sobre esa organización mundial. 9

Este punto de vista, de que lo que es bueno para la organización es bueno para las personas en ella, y que los intereses del individuo, en efecto, “no importan” cuando los intereses de la organización en general aparentaban requerido, parecía ser aceptada como la posición válida por muchos de los miembros.

 

 

8 Mateo 23:4, NC.

 

9 Estos puntos quizás eran, en sustancia, lo que frecuentemente quiso decir Milton Henschel al comentar sobre la necesidad de “ser prácticos” al abordar nosotros tales asuntos, pues su voto y el de Ted Jaracz coincidían con regularidad.

 

 

 

 

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En adición a esto, algunos presentaban el argumento de que cualquier paso hacia el ablandar una posición oficial podría “abrir las puertas” a una inundación de conducta impropia. Si se sabía de uno o más ejemplos muy extremados de mala conducta, a éstos se les relacionaba con el asunto bajo discusión, y se presentaban como evidencia del posible peligro. El espectro siniestro de tal peligro usualmente se señalaba en aquellos casos donde, aun antes de que se ofreciera una moción, era evidente que un número considerable del Cuerpo se inclinaba hacia un cambio. En uno de tales casos, Milton Henschel seriamente urgió precaución, señalando que, “Si dejamos que los hermanos hagan esto, quién sabe hasta dónde llegarán.”

Creo que él, y otros que hicieron el mismo tipo de comentario en otras ocasiones, sin duda sentían con toda sinceridad que era necesario sostener firmemente las normas del pasado para ‘poder mantener a la gente en línea,’ para guardarla dentro de un “cercado” de manera que no se extraviara.

Si el “cercado” protector de estas normas hubiera sido uno claramente delineado en la Palabra de Dios, yo habría tenido que concordar, y con gusto así lo habría hecho. Pero muy a menudo ése no era el caso, y el que esto era así se indica por el hecho de que ancianos, (a menudo miembros de Comité de Sucursal) que habían escrito sobre el asunto, no habían encontrado nada en las Escrituras que tratara con éste, y además por el hecho de que el mismo Cuerpo no había hallado nada tampoco. Así resultaba que los miembros tenían que recurrir a sus propios razonamientos en discusiones prolongadas, en muchos respectos, un debate.

En la ocasión antes mencionada, después del comentario de Henschel, mi propio comentario fue que yo no creía que dependiera de nosotros el “dejar” que los hermanos hicieran cosa alguna. Más bien, yo creía que Dios es Aquel que “deja” que ellos hagan ciertas cosas, ya sea porque su Palabra lo aprueba o porque guarda silencio al respecto, y que es El aquel que prohíbe, cuando su Palabra claramente condena la acción, ya sea explícitamente o por medio de un principio claro. Que, siendo nosotros imperfectos y propensos a errar, yo no creía que estuviéramos autorizados por Dios para decidir qué se le podría permitir o no permitir a otros. Mi pregunta ante el Cuerpo fue, “Cuando el asunto no está claro en las Escrituras, ¿por qué hemos de asumir el papel de Dios? Nosotros desempeñamos muy mal tal papel. ¿Por qué no dejarle a El ser el Juez de las personas en esos casos?” Repetí ese punto de vista en otras ocasiones cuando se estaba usando la misma línea de argumentación, pero no creo que la

 

 

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mayoría lo viera bajo esa luz y sus decisiones indican que no lo vieron así.

El presentar un cuadro ominoso de un posible comportamiento pecaminoso desenfrenado por parte de los hermanos simplemente porque nosotros, como Cuerpo Gobernante, removiéramos una regla existente, me parecía igual que decir en efecto que sospechábamos que nuestros hermanos carecían del verdadero amor por lo recto, que en sus adentro s querían pecar y eran restringidos solamente por las reglas institucionales.

Un artículo publicado unos años atrás en la revista de la Sociedad, ¡Despertad!, viene al caso. Este describía una huelga de la policía en Montreal, Canadá, y mostraba que la ausencia de la fuerza policíaca por unos días condujo a toda suerte de delitos por parte de ciudadanos que en circunstancias normales obedecían las leyes.

El artículo de ¡Despertad! señaló que el cristiano genuino no tenía que estar bajo el rigor de la ley para actuar de manera correcta. 10

¿Por qué, entonces, me preguntaba, se asumió la posición por el Cuerpo Gobernante de que era peligroso quitar una regla tradicional, en la creencia de que esto podría “abrir las puertas” a una ola de conducta inmoral e impropia de parte de los hermanos? ¿Qué decía esto de nuestra actitud y confianza en nuestros hermanos? ¿Qué tan diferente creíamos eran nuestros hermanos de aquellos individuos que violaron las leyes durante la huelga de policía en Montreal y qué tan profundo y genuino creíamos que era el amor que los hermanos tenían por la rectitud? A veces parecía que el sentir prevaleciente dentro del Cuerpo era, no confíe en nadie salvo en nosotros mismos. Eso, tampoco, en mi opinión, parecía reflejar modestia digna de encomio.

Otra clave para entender el pensar empleado en tales ocasiones nos viene del énfasis a menudo puesto en los muchos años de existencia de una norma en vigor. Así que, a través de los años miles habían vivido en armonía con la norma de la Sociedad aún cuando ésta creaba cargas severas para ellos, quizás resultando en prisión u otra clase de sufrimiento. El argumento era: si se cambiara ahora podría hacer que éstos sintieran que el dolor sufrido fue innecesario y, mientras que ellos habían encontrado satisfacción personal en haber sufrido por tal causa, viéndolo como’ sufrir por lo que es correcto, ‘ ahora se sentirían desilusionados, quizás hasta pensarían que fuera injusto que mientras ellos habían sufrido una forma de martirio, otros pudieran escapar del mismo.

 

 

10 Vea la ¡Despertad! del 8 de marzo de 1970, pp. 21-23.

 

 

 

 

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Se me hizo difícil armonizar este pensar con el espíritu que las Escrituras promueven. Parecía que tales personas deberían más bien regocijarse en saber que otros no tendrían que sobrellevar esas cargas para mantener su buena reputación en la organización. A manera de ilustración: Si una persona hubiera perdido un terreno debido a fuertes impuestos, ¿no debería él regocijarse por sus amigos que enfrentaron igual posibilidad si él supiera que aquel impuesto fue derogado? ¿No debería un minero, sufriendo de enfermedad de los pulmones, alegrarse si las condiciones en las minas mejoraran, aun cuando él ya no pudiera beneficiarse de esto? Me parece que un cristiano genuino se alegraría.

La actitud sobre la cual los miembros del Cuerpo mostraron mayor preocupación parece reflejar más bien el espíritu de los hombres del relato de Jesús sobre el viñedo, aquellos hombres que habían sufrido del calor y el trabajo duro por largas horas y quienes pensaron que era injusto que los obreros que comenzaron a trabajar casi al final de la faena, y que no habían sufrido los rigores del trabajo como ellos, recibieran la misma paga que ellos. O, la actitud del hermano mayor del hijo pródigo quien le dijo al padre, “He aquí, tantos años ha que te sirvo como esclavo, sin haber nunca traspasado tu mandamiento,” y quien pensó que era injusto que el hermano menor no tuviera que hacer 1o mismo para ganar la aprobación de su padre. 11 De nuevo, me parecía que el esperar que los hermanos fuesen a sentir otra cosa salvo alegría al ver que los demás hermanos no tendrían que sufrir 1o que ellos sufrieron, sería imputarles motivos malos a ellos. Me parecía a mí que necesitábamos preguntamos hasta qué grado la preocupación expresada por varios miembros podría ser indicio de una preocu­pación del Cuerpo Gobernante por su propia “buena imagen,” su credibilidad, la confianza que la gente había depositado en ellos, afectados por el temor de que el admitir error debilitase todo eso.

 

Los resultados de estas decisiones divididas no fueron de ninguna manera inconsecuentes. El faltar en adherirse a las decisiones del Cuerpo Gobernante, una vez publicadas o dadas a conocer, podría resultar, y de hecho sí resultaba, en expulsiones, en ser cortados de la congregación, de amigos y familia. El adherirse, por otro lado, pudiera resultar en la pérdida de un empleo, aún en tiempos cuando los empleos estaban escasos y el costo de mantener una familia era grande. Podría resultar, también, en insistir en mantener una posición

 

11 Mateo 20:1-15; Lucas 15:25-32, VM.

 

 

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que fuera en contra de los deseos del cónyuge, una posición que podría resultar, y que a veces sí resultaba, en divorcio, en destruir el matrimonio, el hogar y la familia, separando los niños de su padre o de su madre. Podría resultar, también, en rehusar obedecer una ley, ser arrestado y separado de la familia y el hogar y enviado a un lugar de reclusión. Podría, de hecho, resultar en la pérdida de la vida, o 1o que sería aún más doloroso, el ver los seres queridos perder la de ellos.

Para ilustrar las dificultades que podrían surgir, aun en los casos donde se hubiera hecho un cambio de una antigua norma, considere la posición asumida por la organización con relación a los hemofílicos y el uso de partes del tejido sanguíneo (generalmente el Factor VIII, partículas con poder coagulador) para controlar hemorragias que atentan contra la vida del paciente.

Por muchos años las preguntas enviadas por hemofílicos a las oficinas centrales de la organización (o a sus oficinas sucursales) se contestaron al efecto de que el aceptar tal parte de la sangre una sola vez podía verse como no objetable, como si fuera una “medicación.” Pero el hacerlo más de una vez constituiría un “alimentarse” con esta parte de la sangre y por lo tanto se consideraría una violación del mandato de las Escrituras contra el comer sangre. 12

Años más tarde esta regla cambió. Aquellos miembros de las oficinas centrales que trabajaban contestando la correspondencia sabían que en el pasado ellos habían enviado cartas con el punto de vista opuesto y que los hemofílicos que habían tomado su “única inyección” estaban aún bajo la impresión de que el hacerlo otra vez sería violar las Escrituras. Ellos podrían morir de una hemorragia mortal por mantener ese punto de vista.

La administración no estaba a favor de publicar de manera impresa la nueva posición debido a que la posición anterior nunca se había hecho pública de esa manera, se había comunicado directamente a los individuos que habían indagado. El publicar algo requeriría primero mencionar la posición anterior y entonces explicar que ahora no aplicaba. Esto no pareció deseable. Así pues, los del personal hicieron una búsqueda minuciosa en sus archivos para tratar de encontrar los nombres y direcciones de aquellas personas y una nueva carta se les envió informándoles del cambio. Los encargados de la correspondencia se sintieron mejor en cuanto a esto.

Luego, se dieron cuenta de que muchas de las indagaciones recibidas se habían hecho por teléfono y no había ningún registro de

 

12 Los textos generalmente citados eran Génesis 9:3, 4; Levítico 17: 10-12; Hechos 15:28, 29.

 

 

 

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tales llamadas y absolutamente ningún modo de averiguar quiénes eran estos hemofílicos. Si en el ínterin, entre la antigua norma y el nuevo reglamento, algunos murieron, ellos no lo sabían; si algunos de los que ellos no pudieran alcanzar morirían por adherirse a la posición anterior, ellos tampoco lo sabían. Ellos sólo sabían que habían seguido las instrucciones, siendo lealmente obedientes a sus superiores en la organización.

Este cambio en las reglas relacionadas a los hemofílicos se hizo oficial en la sesión del 11 de junio de 1975 del Cuerpo Gobernante. No fue sino hasta tres años después, en el 1978 (en la edición del 15 de junio de 1978 de la Watchtower [en La Atalaya del 10 de noviembre de 1978]), que finalmente se puso en forma impresa el cambio, aunque presentado allí en forma algo obscura, y, por alguna razón extraña, alistado como parte de la cuestión de lo aceptable de utilizar inyecciones de fracciones sanguíneas para combatir enfermedades (mientras que la hemofilia no es enfermedad sino un defecto hereditario). Aún así no hubo admisión de que esto representaba un cambio en la norma anterior referente al uso múltiple de fracciones sanguíneas por hemofílicos.

 

Al escuchar algunos de los argumentos presentados en las sesiones del Cuerpo Gobernante venían a la mente los muchos casos que los Testigos de Jehová habían ganado en la Corte Suprema de los Estados Unidos. Los abogados del bando opuesto habían usado argumentos similares en muchos aspectos a aquellos usados por el Cuerpo Gobernante. Aquellos abogados habían enfatizado los peligros potenciales. Ellos alegaban que había grave peligro de que las visitas de casa en casa pudieran convertirse en una molestia o en un escudo para robos y otras actividades criminales y que esto, por lo tanto, justificaba el que se pusieran restricciones a la libertad de los Testigos de llevar a cabo esta actividad. Ellos decían que el permitir a los Testigos la libertad de llevar a cabo su actividad pública o el presentar discursos en parques en algunas comuni­dades podría conducir a violencia de parte de chusmas debido a la actitud adversa y hostil de la comunidad en general, y que por lo tanto se debieran imponer restricciones. Alegaban que el permitir a los Testigos expresar sus puntos de vista en asuntos como el saludar la bandera, o su actitud para con los gobiernos mundanos como que eran “parte de la organización del Diablo,” podría resultar en daño a la comunidad en general, podría tender a crear y esparcir deslealtad y por lo tanto sedición; así que era preciso imponer restricciones.

 

122 CRISIS DE CONCIENCIA

 

Los jueces de la Corte Suprema mostraron un discernimiento y claridad de mente notables en numerosas ocasiones al examinar tales argumentos y demostrar que eran engañosos. Ellos no concordaron con que los derechos de un individuo o los de una minoría impopular podían ser restringidos sobre la base del temor a un posible o imaginario peligro o el que los alegados intereses de una gran mayoría hicieran ver como deseable tal restricción. Ellos sostuvieron que antes de que restricciones legales se pudieran aplicar para restringir tales libel1ades, el peligro debía ser más que sólo “temor,” más que sólo algo que se presumía que iba a efectuarse. Debía ser algo que se había probado que era un “peligro claro y presente,” uno realmente existente.13

¿Cuántas decisiones favorables habrían recibido los Testigos si los jueces de la Corte Suprema no hubieran mostrado tal sabiduría, tal habilidad para ver dónde en realidad yacía el problema, tal preocupación por los derechos del individuo? Sus decisiones fueron aplaudidas en las publicaciones de la Sociedad. Tristemente, sin embargo, aquellas altas normas de juicio, y su modo de tratar asuntos cargados de emoción, a menudo mostraron estar en un más alto nivel que aquel manifestado en muchas sesiones del Cuerpo Gobernante. La expresión de uno de los jueces de la Corte Suprema en un caso particular de los Testigos viene a la mente. El declaró:

 

El caso se hace difícil no porque los principios de su decisión sean nebulosos sino porque la bandera envuelta es la nuestra. Aun así aplicamos las limitaciones de la Constitución sin temor a que el ser inteligente y espiritualmente diversos o hasta contrarios des integre la organización social. . . . la libertad para diferir no se limita a aquellas cosas que no importan mucho. Eso sería una mera sombra de libertad. La prueba de su sustancia es el derecho a diferir en cuanto a cosas que tocan el corazón del orden existente. 14

 

La confianza que el juez expresó en el “orden social existente,” y las libertades que éste abrazaba, parecía ser mayor que la confianza expresada por algunos miembros del Cuerpo Gobernante en sus consiervos Testigos y el efecto que su libertad de conciencia, si fuese ejercida, pudiera tener en el existente “orden Teocrático.” Si los ­jueces de la Corte Suprema hubieran razonado como razonaron

 

13 Vea la publicación de la Sociedad Defending and Legally Establishing the Good News [Defendiendo y legalmente estableciendo las buenas nuevas], p. 58.

 

14 Ibid., p. 62.

 

 

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algunos de los miembros del Cuerpo Gobernante, los Testigos habrían perdido, con toda seguridad, un caso tras otro.

Las decisiones judiciales son juzgadas por la historia. La declaración de las Escrituras al efecto de que, un día–que de seguro vendrá–cada anciano cristiano “rendirá cuentas” al Juez Supremo con relación a sus tratos para con las ovejas de Dios, debería dar a aquellos que ejercen gran autoridad entre los cristianos razones serias para vigilar cuidadosamente lo que hacen.15

Debido al poder que la organización ejerce sobre sus miembros a través de sus decisiones, y debido al efecto enorme que éstas pueden tener en la vida de la gente, parece propio repasar aquí lo que yo considero uno de los ejemplos mayores de inconsistencia en mi experiencia durante los nueve años que pasé en el Cuerpo. Aún parece difícil creer que hombres que expresaron abiertamente tremenda preocupación por “una postura no comprometedora de fe,” “el mantener la organización limpia,” y el evitar toda mancha “mundanal,” pudieran al mismo tiempo encubrir una circunstancia que sólo puede ser descrita como chocante. Puede usted juzgar lo apropiado del adjetivo por lo que sigue.

15 Hebreos 13:17.