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“Padre nuestro [que estás] en los cielos, santificado sea tu nombre.” — Mateo 6:9

Cada cristiano verdadero debe honrar, glorificar y dar a conocer el nombre del Dios del cielo y de la tierra. Los pasajes bíblicos que nos exhortan a hacer esto son numerosos, tanto en los escritos precristianos como en los cristianos.

Los Testigos de Jehová creen sinceramente que entre toda la gente de la tierra ellos son los únicos que dan a conocer el nombre de Dios. Esto se debe a la gran frecuencia con la que utilizan el nombre “Jehová”, tanto en su literatura como en su habla. Ese nombre se deriva de lo que se conoce como el “Tetragrámaton” (que significa “cuatro letras”), las letras hebreas “YHWH”.[1] El Tetragrámaton aparece unas 7.000 veces en los escritos bíblicos del Antiguo Testamento (de Génesis a Malaquías). No existe, entonces, duda alguna sobre su prominencia en los tiempos precristianos. Tampoco existe duda de que entre los grupos religiosos bien conocidos que existen hoy día, ninguno utiliza ese nombre particular, Jehová, con mayor grado de frecuencia y constancia que los Testigos de Jehová. ¿Los identifica esto en realidad en exclusiva como “el pueblo del nombre de Dios”? ¿Se les debe atribuir algún mérito por haber “restaurado el nombre divino” sobre la tierra en tiempos modernos?

¿De dónde proviene el nombre “Testigos de Jehová”?

Durante el primer medio siglo de la existencia de la Sociedad Watch Tower, a sus afiliados no se les conocía por ningún nombre confesional particular. Ellos eran, según decían, simplemente “estudiantes de la Biblia”. Tal como se ha visto en el capítulo 4, el fundador de la revista Watch Tower (conocida posteriormente en español como La Atalaya) y de la sociedad conectada con ésta, Charles Taze Russell, se opuso a la adopción de un nombre distintivo, considerando esto una forma de sectarismo.[2] El número de abril de 1882 de la revista Watch Tower (páginas 7,8) que discutía este asunto, citó en señal de aprobación las palabras de John Bunyan, que se encuentran en su conocido libro Pilgrim’s Progress (El progreso de los peregrinos):

Puesto que ustedes quisieran conocer por cuál nombre yo quisiera distinguirme de otros, les digo que quisiera ser y espero ser un cristiano; y elijo, si Dios me encuentra digno, ser llamado un cristiano, un creyente, o cualquier otro nombre aprobado por el Espíritu Santo. Y respecto de estos títulos de facciones (o de sectas) como Anabaptista, Presbiteriano, Independiente o por el estilo, concluyo que no vinieron ni de Antioquía ni de Jerusalén, sino del Infierno y de Babilonia, pues tienden a causar divisiones; ustedes los pueden conocer por sus frutos.

El recurrir al uso de nombres especializados fue desacreditado, por lo tanto, como un signo claro de sectarismo. Esta postura se repitió en la respuesta a otra pregunta que apareció en el número de marzo de 1883 (página 6). Además de rechazar la idea de desarrollar una organización visible, la respuesta afirmó:

Siempre rehusamos ser llamados por nombre diferente al de nuestra cabeza—cristianos—y continuamente proclamamos que no puede haber división entre los que son guiados continuamente por su Espíritu y ejemplo dados a conocer por medio de Su palabra.[3]

Fue en 1931 cuando Joseph F. Rutherford, el sucesor de Russell en la presidencia de la Sociedad Watch Tower, eligió el nombre “Testigos de Jehová” para los miembros de la organización. Rutherford afirmó que el nombre escogido era “el nombre que la boca de Jehová Dios ha pronunciado, y deseamos ser conocidos como y llamados por el nombre de testigos de Jehová.” Se citó Isaías 43:10-12: 62:2 y Revelación 12:17 como base para la adopción de este nombre.[4]

Sin embargo, una lectura de estos pasajes no revela de ningún modo que Dios se propusiera que con estas palabras ahí expresadas se formara un nombre distintivo para que lo llevaran los cristianos 2.600 años más tarde. Isaías 43:10-12 es el texto básico utilizado por la organización para justificar su nombre escogido. Sin embargo, este pasaje simplemente presenta la escena figurativa de un tribunal, que reúne a todas las naciones, y ante el cual Dios convoca al pueblo de Israel para que rinda testimonio de Su poder salvador ejercido en su beneficio. ¿Por qué, de entre todas las afirmaciones que Dios hace en relación con la nación de Israel, deberían convertirse estas palabras en el “nombre que la boca de Jehová Dios ha pronunciado” para colocarse sobre los cristianos hoy día?

En Hechos 11:26, leemos que “a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía” (Versión Reina-Valera). Ese fue el nombre por el cual fueron conocidos y que ellos mismos utilizaron, como se muestra en los textos de Hechos 26:28 y 1 Pedro 4:16. La Traducción del Nuevo Mundo incluso vierte Hechos 11:26 así: “fue primero en Antioquía donde a los discípulos por providencia divina se les llamó cristianos”. Independientemente de que esa versión sea exacta o no, queda la pregunta: ¿Con qué derecho un hombre o grupo de hombres decide adoptar un nombre diferente al utilizado por los cristianos del primer siglo? ¿Dónde está la autorización o la dirección divina para hacer esto? Entre las últimas palabras registradas que expresó el Hijo de Dios en la tierra a sus discípulos está el mandamiento:

Serán testigos de mí tanto en Jerusalén como en toda Judea como en Samaria y hasta la parte más distante de la tierra.[5]

¿Con qué derecho entonces, hombres que alegan ser seguidores de las huellas del Hijo de Dios escogen un nombre que ni siquiera da testimonio del Cristo? ¿Cómo justifican la elección de un nombre que data de 700 años antes de su aparición como el Mesías y que se remonta a las palabras habladas al pueblo judío bajo el pacto de la Ley?[6]

La mayor justificación a la que se recurrió en 1931 y desde entonces en adelante, fue que no hay nada distintivo en el nombre “cristiano”. Ese nombre ha sido utilizado por cientos de millones de personas por todo el mundo, divididos en cientos de diferentes confesiones y sectas. Sin embargo, ¿qué prueba o logra la adopción de un nombre diferente? Simplemente sigue el patrón establecido por esos mismos cientos de denominaciones. Cada uno de ellos ha hecho lo mismo—todos han adoptado un nombre distintivo, tal como Católicos Romanos, Católicos Ortodoxos, Católicos Marionitas, Luteranos, Metodistas, Bautistas, Iglesia de Cristo, Iglesia de Dios, Menonitas, Sociedad de Amigos y así por el estilo.

El que no todos los que adoptaron el nombre “cristianos” fueron realmente tales es evidente. Cristo Jesús advirtió sobre la apostasía en su parábola del trigo y la mala hierba. El apóstol Pablo, que fue conocido como un “cristiano” se hizo eco de esta advertencia en sus escritos.[7] En Revelación, el apóstol Juan denunció el estado adulterado impuro que ya existía en algunas congregaciones de su día.[8] Se reconoció claramente que habrían falsos cristianos, muchos de ellos. Pero ni Cristo, ni Pablo, ni Juan, ni ninguno de los escritores bíblicos indicaron que un cambio de nombre podría remediar la situación de algún modo. La única distinción significativa se podría hacer mediante el derrotero de vida que reflejase el cristianismo genuino y mediante la adherencia a la verdad tal como se encuentra en las enseñanzas del Hijo de Dios y de sus apóstoles y discípulos, no mediante la adopción de algún nombre diferente o de una nueva etiqueta, que es lo que realmente ocurrió.[9] Cuando los ángeles de Dios ejecutan la última parte de la ilustración parabólica al separar el trigo de la mala hierba en el tiempo de la cosecha, las etiquetas en forma de nombres confesionales ciertamente que no jugarán ningún papel.

“Restauración” del nombre–¿por parte de quién?

Al leer las publicaciones de la Sociedad Watch Tower, uno podría pensar que el nombre “Jehová” era virtualmente desconocido antes de su aparición en esas publicaciones, y que éstas lo han llevado a la atención del mundo. Un examen de las publicaciones de la Sociedad Watch Tower durante los primeros cuarenta años de su existencia revela, sin embargo, que el nombre “Jehová” no aparecía con mayor frecuencia en esas publicaciones que en muchas otras publicaciones religiosas de ese tiempo. Como un solo ejemplo, el número de The Watch Tower de 15 de abril de 1919, ¡contenía el nombre “Jehová” sólo una vez en toda la revista! Esto sería impensable hoy. Sin embargo para 1919, supuestamente Cristo ya había aprobado y escogido entre todas las religiones de la tierra a la organización edificada en torno a la Sociedad Watch Tower, como su único conducto de comunicación. Si eso es así, uno se sentiría obligado a decir que su elección no se basó en ninguna preeminencia especial dada al nombre “Jehová”.

El hecho es que escritores religiosos de varias fes cristianas habían empleado el nombre “Jehová” en sus escritos con considerable frecuencia durante siglos antes de la aparición de la Sociedad Watch Tower. La biblioteca del Departamento de Redacción de la Oficina Central de la Sociedad Watch Tower contiene un gran número de comentarios bíblicos y otras obras que tienen dos o más siglos de antigüedad y que ilustran claramente este punto. El nombre se encuentra en los libros de himnos de confesiones protestantes establecidas desde hace mucho tiempo. Uno de los himnos mejor conocidos del siglo XVIII se titula “Guíame, oh tú gran Jehová”. La misma revista La Atalaya ha publicado material que muestra la aparición del Tetragrámaton en siglos pasados en muchos países del mundo, en diferentes edificios e inscripciones religiosas.[10] Tan atrás como en el año 1602, la traducción española de la Biblia hecha por Cipriano de Valera, vierte el Tetragrámaton miles de veces como Jehová. En el siglo diecinueve se efectuaron traducciones de la Biblia en varios idiomas por misioneros cristianos, que ya utilizaban alguna forma del nombre “Jehová” en sus versiones del Tetragrámaton.[11] La tendencia hacia el desuso del nombre parece haber sido, hasta cierto grado, contemporánea con el desarrollo de una escuela particular de pensamiento religioso en la parte final del siglo diecinueve, que propagó una actitud más crítica hacia la Biblia en conjunto.

Notablemente, en el año 1901, la traducción de la Biblia al inglés, American Standard Version, realizada por eruditos de la cristiandad, rectificó la práctica de insertar las palabras “SEÑOR” o “DIOS” en lugar del Tetragrámaton, práctica típica de la mayoría de las versiones anteriores al inglés, incluyendo la más popular, la Versión del Rey Jaime o Versión Autorizada. Mientras que la Versión Autorizada vertía el Tetragrámaton con la palabra “Jehová” sólo cuatro veces en la totalidad de las Escrituras Hebreas, la American Standard Version lo restauró en cerca de 7.000 apariciones. Aunque se reconoce la inexactitud de vertir las letras hebreas “YHWH” por “Jehová”, esto significó, sin embargo, una mejora respecto al uso de “DIOS” y “SEÑOR”, empleados para representar el Tetragrámaton en otras versiones en lengua inglesa.[12]

No existe duda, pues, de que la Sociedad Watch Tower no “restauró” el nombre “Jehová”, porque no existía necesidad de “restauración” alguna en el tiempo en que la Sociedad apareció en escena. Este era un término definitivamente establecido, que se encontraba en muchas traducciones de la Biblia y en muchos escritos religiosos mucho antes de la aparición de esa sociedad. A pesar de esto, permanece el hecho que hoy ningún grupo religioso de cualquier tamaño utiliza el nombre “Jehová” con frecuencia tan intensa como lo hacen los Testigos de Jehová. Este nombre predomina en toda su literatura. Entre los Testigos de Jehová se ha vuelto casi extraño hablar de “Dios” sin preludiar el término diciendo “Jehová Dios”, mientras que el término “Señor” es bastante raro en sus expresiones. Ellos leen “Señor” en la Biblia, pero difícilmente lo utilizan en su propia habla extemporánea. Para ellos es casi una forma litúrgica el comenzar la mayoría de las oraciones dirigiéndolas a “Jehová” o a “Jehová Dios”, utilizando sólo ocasionalmente la expresión “Padre” o “Padre Nuestro” como un apelativo añadido. Aunque las referencias a la “organización” o al “Cuerpo Gobernante” son muy comunes en las oraciones, el nombre de Cristo Jesús a menudo no recibe mención hasta las palabras finales: “En el nombre de Cristo Jesús. Amén”.

La pregunta es: ¿Cumple de manera genuina toda esta utilización repetitiva del nombre “Jehová”, las numerosas exhortaciones bíblicas de honrar y dar a conocer el nombre de Dios? ¿Refleja realmente este énfasis intenso en el nombre “Jehová” un entendimiento claro de lo que significa verdaderamente la palabra “nombre” en muchos de esos pasajes bíblicos?

El factor crucial

Teniendo en cuenta que el nombre representado en el Tetragrámaton era muy prominente en las Escrituras Hebreas, o Antiguo Testamento, la cuestión se reduce a su utilización y prominencia en las Escrituras Cristianas, y a la actitud de los cristianos hacia el nombre representado en el Tetragrámaton. Parecería que el factor primario y más decisivo para llegar a una respuesta sería la evidencia en cuanto al grado de prominencia que le dieron a tal nombre (representado por el Tetragrámaton) el propio Hijo de Dios, sus apóstoles y otros cristianos primitivos. ¿Qué encontramos?

Aunque ellos mismos eran judíos, los autores de las Escrituras Cristianas o Nuevo Testamento escribieron en griego, el lenguaje más utilizado y más influyente de su tiempo. No existe ninguno de los escritos originales, pero existen copias antiguas del cuerpo entero de las Escrituras Cristianas que datan del cuarto siglo E.C. Algunas copias parciales son todavía más antiguas. Sin embargo, en el único lugar donde encontramos mención al nombre representado por el Tetragrámaton en estas copias antiguas, es en una forma abreviada que se encuentra en el libro de Revelación. En Revelación capítulo diecinueve, versículos 1, 3, 4 y 6 encontramos la expresión griega Allelouia, que significa “Alaben a Yah [o Jah]”, o tal como nosotros lo decimos comúnmente “Aleluya”. En esta expresión “Jah” es simplemente una forma abreviada de “Jehová”. Lo que es sobresaliente es que más allá de estas cuatro apariciones de esa forma abreviada en Revelación, no existe en las Escrituras Cristianas contenidas en esas copias antiguas ningún lugar adicional en donde encontremos una sola aparición de este nombre. Teniendo en cuenta que existen alrededor de 5.000 copias en griego de las Escrituras Cristianas, el hecho que ni una sola de estas miles de copias contenga el Tetragrámaton, es mucho más impresionante.[13] Lo mismo es cierto de las traducciones más antiguas de esas Escrituras Cristianas a otros idiomas como el sirio, armenio, sahídico, y antiguo latín.[14]

Por esta razón, en la vasta mayoría de las traducciones del Nuevo testamento, el nombre “Jehová” no se encuentra aparte de las apariciones abreviadas en el libro de Revelación. En contraste, si miramos en la Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras de la Sociedad Watch Tower encontraremos el nombre “Jehová” 237 veces desde Mateo hasta Revelación. El hecho es que cuando la Traducción del Nuevo Mundo coloca el nombre “Jehová” en cualquier parte de las Escrituras Cristianas, lo hace sin ningún apoyo de los manuscritos antiguos de esas Escrituras Cristianas. En 227 de los sitios en donde aparece “Jehová” en la traducción de la Sociedad Watch Tower, el texto griego que sirve de base a la traducción dice “el Señor” (kyrios), y en los diez casos restantes, ese texto griego contiene la palabra “Dios” (theos). Cualquier lector puede darse cuenta de este hecho simplemente tomando la Kingdom Interlinear Translation, de la Sociedad Watch Tower y comparando la traducción (en las columnas externas de las páginas) con la lectura interlineal palabra por palabra. ¿Sobre qué base entonces, inserta el nombre la Traducción del Nuevo Mundo?

Esencialmente, el argumento de la Sociedad Watch Tower es que el Tetragrámaton sí que fue utilizado por los autores de las Escrituras Cristianas, Mateo, Marcos, Lucas, Juan, Pablo, Pedro, Santiago y Judas en sus escritos originales. Obviamente esto no se puede demostrar. Ninguno de esos escritos originales está disponible hoy. Ninguna de las 5.000 copias que existen contienen el Tetragrámaton. Aún así, la Sociedad Watch Tower sostiene que el nombre debió haber sido eliminado en las copias posteriores de los escritos originales, siguiendo la práctica vigente en esos tiempos de sustituir el Tetragrámaton (YHWH) con la palabra “Señor” (kyrios) o “Dios” (theos). Esa práctica se desarrolló evidentemente en los siglos que precedieron a la aparición de Cristo. No fue debido a dejar de darle importancia al nombre representado en el Tetragrámaton. Al contrario, fue debido a considerar ese nombre como demasiado sagrado para ser pronunciado, y los escritos judíos tradicionales indican que la pronunciación se limitó al sacerdocio en el templo, y en particular al Sumo Sacerdote de ese sacerdocio aarónico.[15]

La evidencia de fuentes antiguas

En el tercer siglo a.E.C. se hizo la primera traducción de las Escrituras Hebreas al lenguaje Griego, una traducción conocida como la Versión Septuaginta. Existe evidencia clara de que los escritores de las Escrituras Cristianas citaban de la traducción Septuaginta cuando hacían referencia a las Escrituras Hebreas en sus escritos. Este punto adquiere considerable importancia en el esfuerzo por determinar si estos escritores bíblicos incluyeron en realidad el Tetragrámaton en sus escritos. Si lo hicieron, sería al menos una clave del grado de prominencia que le otorgaron al nombre de Dios representado por esas cuatro letras hebreas. La primera pregunta es entonces: ¿encontraron el Tetragrámaton en las copias de la Septuaginta griega que ellos utilizaron?

Se creyó por mucho tiempo que, para empezar, el Tetragrámaton no aparecía en esa primera traducción de las Escrituras Hebreas. Se asumió que los traductores siguieron la práctica de sustituirlo con “Señor” (kyrios) o “Dios” (theos). Las numerosas copias de la Septuaginta que se conocían entonces apoyaban esa creencia. Hoy, sin embargo, existen razones sólidas para cuestionar si los traductores de la Septuaginta hicieron esa sustitución. Una copia fragmentaria de una porción de la Septuaginta, escrita sobre papiro y encontrada en Egipto, ha sido fechada como del primer siglo a.E.C. Contiene la segunda mitad del libro de Deuteronomio, y el Tetragrámaton (escrito en caracteres Hebreos) se encuentra a lo largo de toda su extensión.[16] Ejemplos similares se encuentran en un pequeño número de otros manuscritos griegos de la Septuaginta, aunque no datan de tiempos precristianos (a.E.C.), sino de los primeros siglos (E.C.). Se encuentra evidencia adicional de la aparición del Tetragrámaton en traducciones griegas antiguas de las Escrituras Hebreas en afirmaciones hechas por Orígenes (del tercer siglo E.C.) y por Jerónimo (traductor de la Vulgata latina en el cuarto siglo E.C.), quien dijo que “encontramos el nombre de cuatro letras de Dios en ciertos volúmenes griegos, incluso hasta este día expresados en las letras antiguas”.[17]

¿Qué significado tiene todo esto? La Sociedad Watch Tower llega a la conclusión que las copias de la Septuaginta, que con frecuencia fueron leídas y citadas durante el tiempo de Cristo y sus apóstoles, contenían el Tetragrámaton. Sin embargo, la Sociedad Watch Tower va mucho más lejos. Sobre la base de la evidencia antes mencionada, sostiene que cuando se escribieron las Escrituras Cristianas, los escritores cristianos incluyeron el Tetragrámaton, y que, “por lo menos desde el tercer siglo E.C. en adelante, el nombre divino en la forma del Tetragrámaton ha sido eliminado de los textos por los copistas”, sustituyéndolo por las palabras kyrios (Señor) y theos (Dios).[18]

La Sociedad Watch Tower creyó encontrar fuerte apoyo para introducir el nombre “Jehová” en el Nuevo Testamento o Escrituras Cristianas, en las afirmaciones efectuadas en el Journal of Biblical Literature (Vol. 96, No. 1, 1977) por un profesor asociado de religión en la Universidad de Georgia, George Howard. El número de 15 de septiembre de 1978 de La Atalaya, páginas 9, 10 citó de manera extensiva al Profesor Howard, dando particular énfasis a la siguiente afirmación:

Puesto que el Tetragrámaton todavía se escribía en las copias de la Biblia Griega [la Septuaginta] que componía las Escrituras de la iglesia primitiva, es razonable creer que los escritores del N[uevo] T[estamento], al citar de la Escritura, preservaron el Tetragrámaton en el texto bíblico. Fundándonos en la analogía de la práctica judía precristiana, podemos imaginarnos que el texto del NT incorporó el Tetragrámaton en sus citas del AT.

La aparición del Tetragrámaton en las porciones antes mencionadas de manuscritos antiguos de la traducción Septuaginta precristiana de las Escrituras es definitivamente sobresaliente. Su notoriedad deriva de la ausencia del Tetragrámaton (en cualquier forma) en todas las otras copias antiguas de la Septuaginta, incluyendo los más antiguos manuscritos completos (o casi completos) de los escritos bíblicos.[19] El descubrimiento de estos fragmentos antiguos de la Septuaginta permite claramente la posibilidad de una aparición regular del Tetragrámaton en las copias de la Septuaginta vigentes en la Palestina del primer siglo E.C., aunque este hecho en sí mismo no prueba que este fuera el caso.

Es más importante con relación al asunto en consideración el hecho de que eso no demuestra que los mismos escritores cristianos incluyeran el Tetragrámaton en sus escritos, o que éste debía encontrarse en las primeras copias de sus escritos, tales como las anteriores al tercer siglo. Las publicaciones de la Sociedad Watch Tower son muy definitivas en este asunto, como al decir que estos “escritores cristianos debieron emplear el nombre divino cuando citaron de las Escrituras Hebreas”, y acerca de Mateo, que cuando efectuaba las citas “él se vería obligado a incluir fielmente el Tetragrámaton”, en su relato del Evangelio.[20] En contraste, el Profesor Howard, a quien La Atalaya ha citado con frecuencia para dar apoyo a sus afirmaciones, limita el asunto como mucho a una posibilidad o probabilidad razonable, tal como se nota en su expresión “podemos imaginarnos que el texto del N T incorporaba el Tetragrámaton en sus citas del AT.” Al citar de su artículo en el Journal of Biblical Literature, la revista La Atalaya no señala a sus lectores que el artículo de Howard está lleno de precauciones, que incorpora expresiones o adjetivos tales como “esta teoría”, “con toda probabilidad”, “es posible que”, “si nuestra teoría es correcta”, “la teoría que sugerimos”, “si asumimos”, y así por el estilo. Note también que Howard habla de que los escritores cristianos incorporaron “el Tetragrámaton”, es decir las cuatro letras Hebreas (%&%*), no alguna traducción del mismo, como “Yahvé” o “Jehová”. Aunque se hubiesen incluido esas cuatro letras en las Escrituras cristianas originales, esto no sería prueba de que al llegar a ellas el lector las pronunciaría como “Yahvé” u otra forma similar, en lugar de utilizar “Señor” o “Dios”.[21] Finalmente, sus afirmaciones apoyan la utilización del Tetragrámaton solamente en las citas del Antiguo Testamento, mientras que la Traducción del Nuevo Mundo inserta “Jehová” en lugares donde no está envuelta ninguna cita del Antiguo Testamento.

Una fuente de evidencia mucho más sólida

Sea cual sea el peso que uno crea que debe asignarse a la evidencia textual antes mencionada respecto a la traducción Septuaginta del Antiguo Testamento o Escrituras Hebreas, existe evidencia textual adicional que claramente tiene un significado mayor. Esto es porque suministra una indicación mucho más sólida respecto a la práctica real de los mismos escritores cristianos, con relación al uso del Tetragrámaton. Y esta, después de todo, es la cuestión de mayor importancia: ¿Emplearon ellos, los escritores cristianos de la Biblia, el Tetragrámaton, cuando citaron de las Escrituras Hebreas o en cualquier otro momento?

Una de las dos copias más antiguas de escritos apostólicos que se ha hallado es un códice de papiro (designado como Chester Beatty Papyrus No. 2 [P46]). Contiene, en forma fragmentaria, nueve de las cartas del apóstol Pablo: Romanos, Hebreos, Primera a los Corintios, Segunda a los Corintios, Efesios, Gálatas, Filipenses, Colosenses, y Primera a los Tesalonicenses.[22] Anteriormente se estimó que la fecha de este códice era de alrededor del año 200 E.C.[23] Sin embargo, ahora existen argumentos sólidos para afirmar que data de mucho antes. En 1988, en la publicación erudita Biblica, Volumen 69, Fasc. 2, el Dr. Y. K. Kim, un experto en manuscritos, presentó evidencia cuidadosamente desarrollada, para afirmar que la fecha correcta data de la parte final del primer siglo, tal vez antes incluso del reino del emperador Domiciano, lo que significa, antes del año 81 E.C. En cualquier caso, la evidencia disponible colocaría la colección de papiros dentro de unas pocas décadas desde el tiempo de los escritos originales de Pablo.[24]

¿Qué importancia tiene esto con relación al asunto que consideramos aquí? Si el argumento de la Sociedad Watch Tower es válido, es decir, que los escritos apostólicos originales contenían el Tetragrámaton, y que fue sólo en los siglos subsiguientes cuando los “cristianos apóstatas” lo eliminaron de tales escritos, entonces la copia más antigua de esos escritos originales debería apoyar ese argumento. Deberíamos esperar numerosas apariciones del Tetragrámaton en estas cartas. ¿Cuál es la realidad?

El hecho simple es que en estas nueve cartas apostólicas encontradas en el códice cristiano más antiguo no existe ni una sola utilización del Tetragrámaton en ninguna forma. En estas nueve cartas, el escritor apostólico hace numerosas citas de las Escrituras Hebreas, siguiendo la fraseología de la traducción Septuaginta, pero ni una de estas citas contiene el Tetragrámaton. Sus citas siguen la práctica de reemplazar el Tetragrámaton con las palabras griegas kyrios (Señor) o theos (Dios). La Sociedad Watch Tower argumenta que la aparición del Tetragrámaton en algunas de las copias más antiguas (copias fragmentarias, en realidad) de la Versión Septuaginta es prueba de que éste estaba originalmente allí. Si se aplica este principio, entonces debería aplicarse correctamente en este caso, es decir que la ausencia del Tetragrámaton en la copia más antigua de nueve de las cartas de Pablo, es prueba de que también estaba ausente en los escritos originales del apóstol.

De hecho, si el Tetragrámaton había aparecido originalmente en sus cartas, algunas de ellas escritas tan tarde como en el año 60/61 E.C., parecería inconcebible que hubiera sido eliminado tan pronto después de los escritos originales, en un tiempo en que otros apóstoles, notablemente Juan, estaban todavía vivos. Unido a esto surge el hecho que, con la sola excepción del libro de Revelación, y de la forma abreviada “Yah” o “Jah”, no se encuentra ninguna otra forma del Tetragrámaton en ningún manuscrito antiguo de ninguna de las Escrituras Cristianas, sea que fueran escritas por Pablo o por cualquier otro escritor cristiano.

El alegato de la Sociedad Watch Tower en cuanto a que cuando citaban de las Escrituras Hebreas, los apóstoles y otros escritores cristianos del primer siglo incluyeron el Tetragrámaton en sus escritos, está basado pues en pura teoría, una teoría especulativa en contra de la cual se sostiene la evidencia histórica con gran fuerza. Cuando Rud Persson de Suecia le envió al Profesor Howard una copia del material de Biblica sobre la modificación de la fecha de las copias del papiro (P46) de las cartas de Pablo, el Profesor Howard contestó:

Si la fecha dada por el Dr. Kim es correcta, demostraría que en un manuscrito Paulino del primer siglo no se utilizó el Tetragrámaton como yo sugerí. Esto debilita mi teoría, al menos con relación a las cartas Paulinas. Si los manuscritos del primer siglo correspondientes a los evangelios y a otros escritos siguieron el patrón de P46 o no, es todavía un asunto de conjetura.

En una posdata añade: “Los Testigos de Jehová han sacado demasiado de mis artículos. Yo no apoyo sus teorías.”[25]

Se busca justificación mediante el uso de algunas traducciones hebreas

Con frecuencia, la inserción del nombre “Jehová” por parte de la Sociedad Watch Tower en los textos de las Escrituras Cristianas corresponde a la cita que hace el escritor de una porción de las Escrituras Hebreas en la que aparece el Tetragrámaton. Sin embargo, esto no explica la totalidad de las 237 inserciones del nombre en la Traducción del Nuevo Mundo. Las inserciones se han hecho en muchos casos en los que no aparece involucrada ninguna cita. ¿Cómo se justifica esto?

En un esfuerzo por dar alguna autenticidad a estas (y otras) inserciones del nombre “Jehová”, inserciones que no están justificadas por ninguna de las copias antiguas, la Sociedad Watch Tower ha recurrido a alegar que tiene el respaldo de numerosas traducciones de las Escrituras Cristianas al idioma hebreo, traducciones que incluyen frecuentemente el Tetragrámaton en sus versiones. El hecho es, sin embargo, que todas estas traducciones hebreas datan del siglo catorce E.C. en adelante, y algunas son tan recientes como del siglo diecinueve.[26] Aunque el hecho que estén en hebreo puede dar la apariencia de apoyo auténtico, se trata sólo de eso—mera apariencia. Los diferentes traductores no hicieron nada más que expresar una elección personal al insertar el Tetragrámaton donde los manuscritos griegos de los cuales estaban traduciendo contenían, de hecho, la palabra “Señor” o “Dios”.[27] En realidad, estas traducciones hebreas no tienen mayor peso en este asunto que cualquier otra traducción en un idioma diferente—árabe, alemán o portugués—realizadas en el mismo período. Esas traducciones no demuestran ninguna evidencia, sino solamente la opinión del traductor particular. No prueban nada en cuanto al uso del Tetragrámaton, ni al grado de prominencia que se le daba por parte de Cristo o de sus discípulos. No sólo esto, sino que al saltarse los manuscritos más antiguos de las Escrituras Cristianas y la fraseología que se encuentra en ellos, a favor de estas traducciones hebreas que son mil años más recientes, la Traducción del Nuevo Mundo va contra un principio básico de traducción—que se debe dar mayor consideración a los manuscritos más antiguos, debido a que son los más cercanos a los originales. Así, La Atalaya de 1 de diciembre de 1982, página 19, afirma: “Mientras más antiguo sea el manuscrito bíblico, más posibilidad hay de que se atenga estrechamente a los autógrafos o escritos originales de los escritores inspirados, ninguno de los cuales autógrafos existe hoy día.” No obstante, en este punto la organización Watch Tower decide ignorar la evidencia de más de 5.000 manuscritos griegos—–ninguno de los cuales contiene el Tetragrámaton—y se deja guiar, no por los manuscritos del idioma original, sino esencialmente por traducciones modernas, que en última instancia reflejan los puntos de vista personales de los traductores.[28]

Inconsistencia de afirmaciones

La posición de la Sociedad Watch Tower es notablemente inconsistente. Por un lado, la Sociedad sostiene que los escritores de las Escrituras Cristianas incluyeron originalmente alguna forma del Tetragrámaton en sus escritos. Por otro lado, la Sociedad reconoce repetidamente que esas Escrituras Cristianas fueron preservadas con exactitud notable. Su publicación Perspicacia para comprender las Escrituras, volumen 2, página 298, cita al Profesor Kurt Aland al afirmar:

. . . el texto del Nuevo Testamento se ha transmitido de forma excelente, mejor que cualquier otro escrito de tiempos antiguos; la posibilidad de que aún se encuentren manuscritos que alteren el texto es absolutamente cero.

El número de 1 de septiembre de 1977 de La Atalaya cita al erudito en textos griegos mundialmente reconocido F. J. Hort, al decir: “la cantidad de lo que en algún sentido puede llamarse variación sustancial [en las copias antiguas de las Escrituras Cristianas] difícilmente puede formar más de una milésima parte de todo el texto completo”. Más adelante, la misma revista pasa a decir (pág. 539):

Prescindiendo de la versión de las Escrituras Cristianas que usted posea, no hay razón para dudar que el texto griego en el cual ésta se funda representa con considerable fidelidad lo que los autores inspirados de estos libros bíblicos escribieron originalmente. Aunque ahora está separado por casi 2.000 años del tiempo de su composición original, el texto griego de las Escrituras Cristianas es una maravilla de transmisión exacta.

Numerosos artículos que resaltan la pureza y la exactitud del texto bíblico atribuyen esa preservación al profundo respeto por el registro divino y a la preocupación intensa por la fidelidad de su transmisión que tenían los copistas, y a la influencia del “Autor divino de la Biblia”. Así, un artículo de la revista ¡Despertad! de 8 de mayo de 1985 (página 14) dice que, puesto que Dios inspiró los escritos originales “Es lógico pensar que Él supervisaría la transmisión fiel de su Palabra hasta nuestros días.[29]

El problema aquí es que la organización refuta su propia postura en sus alegaciones con respecto, no a alguna omisión o variación trivial, sino con relación a algo que ellos ven como uno de los aspectos más importantes de las Escrituras, el nombre representado por el Tetragrámaton. Porque ellos dicen, en efecto, que Dios, quien ejerció su influencia divina para preservar el texto griego de las Escrituras Cristianas de forma que es “una maravilla de transmisión exacta”, al mismo tiempo fracasó en hacer que se preservase el nombre “Jehová” en siquiera una de las 5.000 copias de los manuscritos antiguos de esas Escrituras Cristianas. Si la tremenda importancia que la organización le otorga al Tetragrámaton tiene base sólida, ¿cómo pudo suceder esto?

¿Por qué, también, es cierto que se puede citar a Jerónimo, a Orígenes y a otros de tiempos tan tardíos como el siglo cuarto A.D, en el sentido de que el Tetragrámaton todavía se encontraba en copias de la traducción griega Septuaginta de las Escrituras Hebreas y, sin embargo, no se aporta ni siquiera una sola afirmación por parte de los escritores cristianos primitivos que diga que el Tetragrámaton apareció en alguna de las copias de las Escrituras Cristianas o Nuevo Testamento? Si se pudo encontrar el Tetragrámaton en una traducción griega del Antiguo Testamento precristiano, ¿por qué no debería encontrarse lógicamente en alguna copia real del texto griego original de las Escrituras Cristianas, o al menos en una de las traducciones antiguas de las mismas? Si hubiese estado alguna vez en los escritos originales, ciertamente Dios, a quien se le da alabanza por asegurar la fidelidad de su transmisión hasta nuestro tiempo presente, se habría asegurado de su preservación—al menos lo hubiese hecho si le hubiese atribuido la suma importancia que la Sociedad Watch Tower le atribuye. El hecho que no fue preservado en ningún texto antiguo de las Escrituras Cristianas, ni siquiera en alguna de las traducciones más antiguas de ellas, pesa enormemente en contra de que hubiese estado alguna vez allí.

El testimonio de las propias Escrituras existentes

Suponiendo que uno se sienta inclinado a aceptar el argumento de la Sociedad Watch Tower al justificar su inserción del nombre “Jehová” en las Escrituras Cristianas o Nuevo Testamento—aún solamente en esos casos en los que se cita de las Escrituras Hebreas—uno todavía tendría que enfrentarse a preguntas serias. En primer lugar estaría el hecho que hasta en la propia traducción de la Sociedad Watch Tower, con sus inserciones específicas, existen cartas enteras escritas por los apóstoles en las que el nombre “Jehová” está completamente ausente, es decir Filipenses, Primera a Timoteo, Tito, Filemón y las tres cartas de Juan. Cualquier Testigo de Jehová debe reconocer honestamente que sería completamente impensable para cualquier individuo prominente en la organización de los Testigos escribir sobre asuntos espirituales sin emplear el nombre “Jehová” con frecuencia. El escribir cartas de la extensión y del contenido de la carta de Pablo a los Filipenses, o de su primera carta pastoral a Timoteo o de la que escribió a Tito, o el escribir tres cartas separadas de advertencia y exhortación sobre temas cruciales como los que trata el apóstol Juan—el escribir estas cartas sin hacer uso repetido del nombre “Jehová” lo haría a uno sospechoso de apostasía entre los Testigos de Jehová. Sin embargo, en su propia Traducción del Nuevo Mundo el nombre no aparece en ninguna de estas siete cartas apostólicas ni en sus discusiones de puntos espirituales vitales. Aún desde el punto de vista de la Traducción del Nuevo Mundo, uno debe decir que al escribir estas cartas los apóstoles Pablo y Juan no se amoldaron a la norma predominante dentro de la organización Watch Tower. O expresado de manera más correcta, la norma predominante dentro de la organización Watch Tower no se amolda al punto de vista apostólico del primer siglo.

La ausencia completa del nombre “Jehová” de estas siete cartas apostólicas en la Traducción del Nuevo Mundo da más evidencia de que la inserción de este nombre en las otras Escrituras Cristianas es puramente arbitraria, no algo exigido por la evidencia.

En segundo lugar, incluso si fuéramos a aceptar las numerosas inserciones del nombre “Jehová” en las Escrituras Cristianas efectuadas por los traductores (más exactamente, por el traductor Fred Franz) de la Traducción del Nuevo Mundo, tendríamos todavía que afrontar el hecho que los escritores originales de esas Escrituras Cristianas se refieren al nombre del Hijo de Dios con mucha mayor frecuencia. El nombre “Jesús” aparece 912 veces, superando ampliamente las 237 inserciones del nombre “Jehová”.[30] Esto también es sorprendentemente diferente de la práctica habitual en las publicaciones de la Sociedad Watch Tower, donde la relación es a veces justamente a la inversa. Comenzando particularmente con la presidencia de Rutherford, esas publicaciones revelan un incremento progresivo en el uso del nombre “Jehová”, acompañado al menos por una referencia disminuida al Hijo de Dios, Jesucristo. Sin embargo, Dios mismo afirmó que era Su voluntad que “todos honren al Hijo así como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo envió.”[31] Los escritores de las Escrituras Cristianas tomaron claramente esta afirmación en serio y su ejemplo debe ser seguido, en lugar de ser descartado bajo la alegación de que no se ajusta a las necesidades de nuestro tiempo.

La evidencia es, pues, que la práctica vigente en la organización de los Testigos de Jehová en relación con el uso repetitivo y el énfasis en el Tetragrámaton, en realidad refleja más la práctica existente en el pueblo de Israel en los tiempos precristianos, que la práctica dentro de la congregación de los seguidores de Cristo en el primer siglo. Si no existe justificación alguna para este “retroceso en el tiempo” ¿cómo deben cumplirse las diferentes Escrituras que nos instan a proclamar y honrar el nombre de Dios? Para determinar esto, debe considerarse la siguiente pregunta:

¿A que se debió el cambio desde los tiempos precristianos a los cristianos?

Como se ha demostrado, a pesar de todas las afirmaciones y teorías, sencillamente no existe evidencia sólida que muestre que el Tetragrámaton aparecía en cualquiera de las Escrituras Cristianas aparte de sus cuatro apariciones en forma abreviada en el libro de Revelación. La evidencia histórica, que evidentemente se remonta en parte hasta unas décadas después del tiempo de los escritos de Pablo, indica forzosamente lo contrario. En vista de la presencia abundante del Tetragrámaton en las Escrituras Pre-Cristianas (Hebreas), con sus miles de apariciones allí, el cambio es ciertamente notable. Si nos enfrentamos a la evidencia conocida, la pregunta es ahora: ¿Cómo puede entenderse ese cambio tan notable? ¿Qué efecto tiene esto en que tomemos a pechos y en que apliquemos las muchas exhortaciones bíblicas de alabar, honrar y santificar el nombre de Dios?

Para entender esto necesitamos comprender lo que significa la expresión “nombre” en las Escrituras y a lo que realmente se hace referencia por el “nombre” de Dios. A menudo limitamos en nuestro pensamiento la expresión “nombre” a una palabra o expresión que distingue a una persona o a una cosa de otra, lo que generalmente se conoce como “nombre propio” o “apelativo” tal como “Juan”, “María”, “Australia” y “Atlántico”. Este es el uso más común del término “nombre” en el habla diaria, y con frecuencia es también su sentido en las Escrituras. Sin embargo, “nombre” puede aplicarse en un número de formas diferentes. A finales de los años sesenta, cuando se estaba preparando el libro de la Sociedad Watch Tower Ayuda para entender la Biblia (hoy Perspicacia para comprender las Escrituras), se me asignó para preparar artículos sobre los temas “Jehová” y “Jesús”, “Cristo” y “Nombre”. En ese momento no encontré ninguna razón para cuestionar seriamente las enseñanzas de la Sociedad Watch Tower sobre el uso extendido del nombre “Jehová” entre los cristianos del primer siglo, e intenté sinceramente apoyar esos puntos de vista.[32] No estaba al tanto de muchos de los factores que se discuten en el presente escrito; otros factores simplemente no me pasaron por el pensamiento debido a que mi mente estaba dirigida a apoyar las enseñanzas de la organización, más bien que a evaluar y probar su validez. Pero al investigar los tres puntos mencionados, me di cuenta de algo con más claridad que nunca antes, y eso fue que la palabra “nombre” puede tener un significado mucho más amplio y vital que el que se le asigna comúnmente. Este entendimiento llegó a ser el fundamento para darme cuenta de cuán estrechamente limitado había sido mi punto de vista sobre varios pasajes bíblicos, y para reconocer eventualmente que la aplicación que hace la organización de ellos es a menudo injustificada.

“Nombre” por ejemplo, puede referirse, no a un “nombre propio” distintivo, sino a la reputación o registro personal. Cuando decimos que una persona “se ha hecho un buen nombre”, o un “mal nombre”, nos referimos no a una expresión o palabra que se utiliza para identificarlo tal como “Ricardo”, “Enrique” o “Juan Pérez”, sino a la reputación que se ha ganado. Lo bueno o malo de su “nombre” no tiene nada que ver con el nombre o apellido que se le asignó. De manera similar, cuando decimos que debido a un mal derrotero una persona “ha perdido su buen nombre”, no nos referimos a su nombre en sentido literal, sino en un sentido mucho más amplio. Así un hombre puede ser conocido como “Justo Buenhombre”, y, sin embargo, en un sentido más amplio puede tener un “mal nombre”. Este “nombre” último es, obviamente, de mayor importancia que el nombre o apelación por el que se le llama comúnmente, debido a que se refiere a lo que realmente él mismo es y a lo que ha hecho. Este sentido más amplio y profundo de la palabra “nombre” aparece con frecuencia en las Escrituras.[33]

“Nombre” puede referirse a la autoridad por la que se hace algo. Eso es lo que se quiere decir cuando decimos “en el nombre de la ley”, o “en el nombre del Rey”. La “ley” no tiene un “nombre” particular en sentido ordinario, y no se hace referencia a un nombre como “Enrique”, “Luis”, o “Juan Carlos”, cuando se dice “en el nombre del Rey”, sino a la autoridad y posición real a la que se apela como base para la solicitud efectuada. En Efesios 1:21, el apóstol habla de gobierno, autoridad, poder y señorío y “todo nombre que se nombra”. Esto muestra claramente que “nombre” representa a menudo autoridad y posición.[34] En un artículo sobre el Espíritu santo, publicado en La Atalaya de 15 de enero de 1991 (página 5), la organización se ve obligada a reconocer este sentido de la palabra “nombre” al explicar el significado de la expresión en Mateo 28:19: “bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del espíritu santo”. Puesto que no hay un “nombre” en el sentido común y ordinario que se le haya dado al Espíritu santo, es evidente que el término se utiliza aquí en un sentido distinto. Tan atrás como en La Atalaya (edición en inglés) de 15 de diciembre de 1944 (páginas 371, 372) se hizo la siguiente afirmación:

Bautismo en el nombre del Hijo significa más que en el nombre literal del Hijo, Jesucristo; al igual que nombre representa mucho más que su significado literal. El nombre lleva todo el honor, autoridad, poder y posición que el Padre ha otorgado al Hijo.

Lo que es cierto del “nombre del Hijo” en comparación con su nombre literal “Jesucristo”, es igualmente cierto del “nombre del Padre” en comparación con su nombre literal “Jehová”.

Esta misma expresión “en el nombre de”, puede, por lo tanto, significar también que quien sostiene hablar o actuar “en el nombre de” otra persona, alega tener la autoridad para representar a esa persona.[35]

En última instancia, pues, al hablar del “nombre” de uno, la verdadera referencia puede ser no sólo una palabra o expresión utilizada para designar a un individuo, sino la persona misma, su personalidad, cualidades, principios e historial, lo que él mismo es. (De modo similar, cuando apelamos a alguien “en nombre de la misericordia”, nos referimos a todo lo que representa y simboliza la misericordia). Por consiguiente, sería correcto afirmar que, aunque conozcamos el nombre con el cual se llama a una persona, si no la conocemos por lo que verdaderamente es, no conocemos en realidad su “nombre” en el sentido real y vital.

Al preparar el artículo “Jehová” para el libro Ayuda para entender la Biblia incluí la siguiente cita del erudito en hebreo, Profesor G. T. Manley:

Un estudio de la palabra “nombre” en el Antiguo Testamento revela cuánto significa esa palabra en hebreo. El nombre no es una simple etiqueta, sino que es representativo de la personalidad real de aquél a quien pertenece.[36]

El “conocer el nombre de Dios” significa, pues, mucho más que simplemente conocer la palabra que lo designa. Al escribir sobre los que sostienen que Éxodo 6:2, 3 indica que el Tetragrámaton o el nombre de “Jehová” se conoció por primera vez en el tiempo de Moisés, el Profesor de Hebreo D. H. Weir escribe:

No han estudiado [estos versículos] a la luz de otros textos; de otro modo se hubieran dado cuenta de que la palabra nombre no hace referencia a las dos sílabas que componen la voz Jehová, sino a la idea que esta expresa. Cuando leemos en Isaías cap. LII. 6, ‘Por tanto, mi pueblo sabrá mi nombre’, o en Jeremías cap. XVI. 21, ‘Sabrán que mi nombre es Jehová’, o en los Salmos, Sl. IX [10, 16], ‘Y en ti confiarán los que conocen tu nombre’, vemos en seguida que conocer el nombre de Jehová es algo muy diferente de conocer las cuatro letras que lo componen. Es conocer por experiencia que Jehová es en realidad lo que su nombre expresa que es. (Compárese también con Is. XIX. 20, 21; Eze. XX. 5, 9; XXXIX. 6, 7; Sl LXXXIII. [18]; LXXXIX. [16]; 2 Cr. VI. 33.)”. (The Imperial Bible-Dictionary, vol. 1, págs. 856, 857.)[37]

Debido a que llegué a reconocer este significado mucho más profundo del término “nombre” en la Biblia, cuando escribí el artículo “Jehová” para el libro Ayuda para entender la Biblia, incluí la siguiente afirmación: (pág. 1206)

Conocer el nombre de Dios significa más que un simple conocimiento de la palabra. (2 Cr 6:33.) En realidad, significa conocer a la Persona: sus propósitos, actividades y cualidades según se revelan en su Palabra. (Compárese con 1 Re 8:41-43; 9:3, 7; Ne 9:10.) Puede ilustrarse con el caso de Moisés, un hombre a quien Jehová ‘conoció por nombre’, esto es, conoció íntimamente. (Éx 33:12.) Moisés tuvo el privilegio de ver una manifestación de la gloria de Jehová y también ‘oír declarado el nombre de Jehová’. (Éx 34:5.) Aquella declaración no fue simplemente una repetición del nombre Jehová, sino una exposición de los atributos y actividades de Dios, en la que se decía: “Jehová, Jehová, un Dios misericordioso y benévolo, tardo para la cólera y abundante en bondad amorosa y verdad, que conserva bondad amorosa para miles, que perdona error y transgresión y pecado, pero de ninguna manera dará exención de castigo, que hace venir el castigo por el error de padres sobre hijos y sobre nietos, sobre la tercera generación y sobre la cuarta generación”. (Éx 34:6, 7.) De manera similar, la canción de Moisés que incluye las palabras: “Porque yo declararé el nombre de Jehová”, cuenta los tratos de Dios con Israel y describe su personalidad. (Dt 32:3-44.)

Cuando Jesucristo estuvo en la Tierra, ‘puso el nombre de su Padre de manifiesto’ a sus discípulos. (Jn 17:6, 26.) Aunque ya conocían el nombre de Dios y estaban familiarizados con sus actividades, registradas en las Escrituras Hebreas, estos discípulos llegaron a conocer a Jehová de un modo mejor y mucho más amplio a través de aquel que está “en la posición del seno para con el Padre”. (Jn 1:18.) Cristo Jesús representó perfectamente a su Padre, pues hizo las obras de Él y habló, no de su propia iniciativa, sino las palabras de su Padre. (Jn 10:37, 38; 12:50; 14:10, 11, 24.) Por eso pudo decir: “El que me ha visto a mí ha visto al Padre también”. (Jn 14:9)

Estos hechos dejan claro que los únicos que de verdad conocen el nombre de Dios son sus siervos obedientes. (Compárese con 1Jn 4:8; 5:2, 3.) De modo que la promesa de Jehová registrada en el Salmo 91:14 aplica a tales personas: “Lo protegeré porque ha llegado a conocer mi nombre”. El nombre en sí mismo no tiene poder mágico; sin embargo, Aquel que posee ese nombre puede dar protección a su pueblo dedicado. De modo que el nombre representa a Dios mismo. Por esta razón el proverbio dice: “El nombre de Jehová es una torre fuerte. A ella corre el justo y se le da protección”. (Pr 18:10.) Esta es la acción que toman las personas que arrojan su carga sobre Jehová. (Sl 55:22.) De igual modo, amar el nombre (Sl 5:11), celebrarlo con melodía (Sl 7:17), invocarlo (Gé 12:8), darle gracias (1Cr 16:35), jurar por él (Dt 6:13), recordarlo (Sl 119:55), temerlo (Sl 61:5), buscarlo (Sl 83:16), confiar en él (Sl 33:21), ensalzarlo (Sl 34:3) y esperar en él (Sl 52:9) es hacer estas cosas con referencia a Jehová mismo. Hablar abusivamente del nombre de Dios es blasfemar contra Dios. (Le 24:11, 15, 16.)[38]

Podemos entender esto por el hecho de que el término “nombre” se utiliza de manera idéntica con referencia al Hijo de Dios. Cuando el apóstol Juan escribe “a cuantos sí lo recibieron, a ellos dio autoridad de llegar a ser hijos de Dios, porque ejercieron fe en su nombre”, Juan no se está refiriendo simplemente al nombre “Jesús”.[39] Se refiere a la persona del Hijo de Dios, a lo que Él es como el “Cordero de Dios”, a su posición divinamente asignada, como Redentor, Salvador y Mediador en favor de la humanidad. Reconociendo esto, en lugar de “ejercieron fe en su nombre”, algunas traducciones leen “creyeron en él” (Versión Popular, Traducción Interconfesional).[40]

¿Probaría que uno es un creyente genuino en Cristo, o su seguidor verdadero, el mero uso del nombre “Jesús”, o incluso el pronunciar frecuentemente ese nombre, o el llamar permanentemente la atención sobre este nombre literal? Obviamente, ninguna de estas cosas por sí misma probaría que uno es verdaderamente un cristiano. Ni tampoco significarían que verdaderamente se está “dando a conocer el nombre” del Hijo de Dios en el sentido real del texto bíblico. Millones de personas hoy día emplean y pronuncian regularmente el nombre “Jesús”. Sin embargo, muchos de ellos representan de forma errónea, y de hecho oscurecen, el “nombre” verdadero y vital del Hijo de Dios, porque su conducta y derrotero están muy lejos de reflejar sus enseñanzas, su personalidad o la clase de vida que Él ejemplificó. Sus vidas no demuestran una conducta consistente con fe la en su poder para proveer redención. Eso, y no el empleo de una palabra particular o un nombre propio, es lo que está involucrado en “creer en su nombre”.[41]

Lo mismo es cierto con relación al empleo del nombre “Jehová”. No importa cuán frecuentemente algunas personas, o una organización de gente, puedan pronunciar ese nombre literal (alegando una rectitud especial en virtud del uso repetido de ese nombre), si no reflejan genuinamente en actitud, conducta y práctica lo que la Persona misma es—Sus cualidades, caminos y normas—entonces no han llegado verdaderamente a “conocer su nombre” en el sentido bíblico. No conocen realmente a la persona o a la personalidad representada por el Tetragrámaton.[42] El uso de tal nombre no pasaría de ser un mero servicio de labios.[43] Si afirman hablar “en su nombre” pero representan incorrectamente lo que Él mismo declara en su propia Palabra, o hacen falsas predicciones en “su nombre”, o idean e imponen “en su nombre” leyes y normas sin base bíblica, o dictan “en su nombre” juicios y condenas injustas, entonces, de hecho, “han tomado su nombre en vano”. Ellos han actuado de un modo que ni tiene su autorización ni refleja sus cualidades y, normas ni lo que Él mismo es como persona.[44]

Lo mismo es igualmente cierto respecto a utilizar algunas formas del Tetragrámaton con propósitos sectarios, empleándolo como medio de distinguir un grupo religioso de otros grupos religiosos. La evidencia muestra que el nombre “Testigos de Jehová” se desarrolló como respuesta a un interés de ese tipo. De manera similar, el “alabar su santo nombre” o “santificar su nombre” no significa simplemente alabar una palabra o expresión particular, pues ¿cómo puede uno ‘alabar una palabra’ o ‘alabar un título’? Más bien, significa claramente alabar a la Persona misma, hablar con reverencia y admiración de Él y de sus cualidades y caminos, verlo y respetarlo a Él como Santo en sentido superlativo.

El modo concluyente de identificar al Dios verdadero

Obviamente, es necesario identificar a la Persona a quien se alaba. Pero para hacerlo, uno no está limitado al empleo de sólo una designación específica. Los apóstoles y discípulos de Cristo Jesús, que escribieron las Escrituras Cristianas, se refirieron normalmente a Dios como “Dios” en la gran mayoría de los casos. Mientras que en unas 22 ocasiones utilizaron el término “Señor” en combinación con “Dios”, y en unos 40 casos acompañaron el término “Dios” con referencia al “Padre”, en otros 1275 casos simplemente dijeron “Dios”. Es evidente que no sintieron necesidad ni obligación de añadir a ese término otro nombre como prefijo, tal como “Jehová”. El entero contexto en el que escribieron deja claro sobre quién estaban escribiendo.

Así, mientras reconocen el hecho de que hay “muchos ‘dioses’ y muchos ‘señores’” a los que se adora, el apóstol pasa a decir “para nosotros hay un solo Dios el Padre, procedente de quien son todas las cosas, y nosotros para él; y hay un solo Señor, Jesucristo, mediante quien son todas las cosas, y nosotros mediante él.”[45] Hasta en la versión de la Traducción del Nuevo Mundo podemos notar que el apóstol Pablo no sintió en este momento la necesidad de utilizar el Tetragrámaton para identificar al Dios verdadero entre los diferentes dioses de las naciones. (En esto, nuevamente, el apóstol no refleja el punto de vista y la práctica de la organización Watch Tower hoy día.) Algunos, de hecho, podrían haber entendido que el Tetragrámaton correspondía solamente al “Dios de los judíos”. Las palabras de Pablo en Romanos 3:29 muestran que algunas veces él sintió la necesidad de clarificar que el Dios del cual estaba hablando no estaba limitado de ese modo. Cuando habló a los atenienses, quienes adoraban muchas deidades, él les identificó claramente el Dios verdadero, pero no mediante el uso del nombre “Jehová” o de otra forma similar del Tetragrámaton.[46] Si existe la preocupación por evitar cualquier confusión de identidad, es innegable que ninguna designación identifica más claramente al Dios verdadero que la de “Padre de nuestro Señor Jesucristo”, que se encuentra con frecuencia en los escritos apostólicos.[47]

La revelación del nombre verdadero de Dios a través de Su Hijo

Cuando nosotros como humanos damos a conocer nuestro nombre personal a otros, a ese grado nos revelamos a ellos—dejamos de ser anónimos. Tal revelación también tiene el efecto de producir una relación personal más íntima entre las personas, eliminando hasta cierto grado la sensación de ser extraños entre sí. Sin embargo, como se ha mostrado, , cuando esas personas llegan a conocernos por lo que somos, por lo que creemos, por las cualidades que poseemos, por lo que hemos hecho o estamos haciendo, es entonces solamente cuando llegan a conocer nuestro “nombre” en el sentido más importante. El nombre personal que llevamos es en realidad poco más que un símbolo; no es el “nombre” de verdadera importancia.

Al revelarse a sus siervos y a otros en los tiempos precristianos, Dios utilizó predominantemente, aunque no de forma exclusiva, el nombre representado en el Tetragrámaton (YHWH). Pero la revelación de su “nombre” en el sentido veraz, crucial y vital llegó a través de Su revelación a ellos como Persona suprema, todopoderosa, santa, justa, misericordiosa, compasiva, veraz, con propósito, que cumple sus promesas. Y, sin embargo, la revelación efectuada en ese tiempo fue menor comparada con la que habría de venir.

Es con la venida del Mesías, el Hijo de Dios, que la revelación majestuosa del “nombre” de Dios llega en sentido completo. Como lo dice el apóstol Juan:

Nadie ha visto jamás a Dios; su Hijo único, que vive en íntima comunión con el Padre, es el que nos lo ha dado a conocer.[48]

A través de su Hijo, Dios se revela a sí mismo—Su realeza y personalidad—como nunca antes. Por medio de esta revelación Él también nos abre el camino para que entremos en una relación singularmente íntima con Él, la de hijos con un padre, no sólo hijos de Dios, sino herederos, coherederos con su Hijo unigénito. Así, Juan dice también de los que ponen fe en el Mesías de Dios, Jesucristo: “No obstante, a cuantos sí lo recibieron, a ellos dio autoridad de llegar a ser hijos de Dios, porque ejercieron fe en su nombre”.[49]

Unos pocos años después de que se completase el libro Ayuda para entender la Biblia, la investigación que efectué en conexión con el sentido de la palabra “nombre” sirvió de base para el artículo que apareció en el número de 15 julio de 1973 de La Atalaya, titulado “¿Por qué trae vida la ‘fe en el nombre’ de Cristo?” y otro en La Atalaya de 15 de septiembre de 1973, titulado “¿Qué significa el nombre de Dios para usted?” En esos artículos se presentaron virtualmente todos los puntos relacionados con un significado más profundo de la palabra “nombre” que han sido considerados. Entre otras cosas, el segundo articulo citado comentó la oración de Jesús en la noche anterior a su muerte, en la que le dijo a su Padre:

He puesto tu nombre de manifiesto a los hombres que me diste del mundo…vigílalos por causa de tu propio nombre que me has dado…Y yo les he dado a conocer tu nombre y lo daré a conocer.[50]

Después de preguntar de qué forma dio Jesús a ‘conocer el nombre de Dios’ a sus apóstoles, se citó el siguiente comentario efectuado por Albert Barnes en Notes, Explanatory and Practical, on the Gospels (1846):

La palabra nombre [en Juan 17] incluye los atributos, o carácter de Dios. Jesús había dado a conocer su carácter, su ley, su voluntad, su plan de misericordia. O en otras palabras, les había revelado Dios a ellos. La palabra nombre se usa a menudo para designar a la persona. [51]

Después de esa cita, el artículo de La Atalaya continúa con los siguientes comentarios:

Por lo tanto, a medida que Jesús ‘explicaba al Padre’ por su propio proceder de vida en la Tierra, perfecto en todo detalle, realmente estaba ‘dando a conocer el nombre de Dios.’ Demostró que hablaba con el pleno apoyo y autoridad de Dios. Por eso pudo decir: “El que me ha visto a mí ha visto al Padre también.” Así el “nombre” de Dios adquirió mayor significado para sus seguidores primitivos.

Aunque el artículo de 15 de septiembre de 1973 de La Atalaya contiene varias afirmaciones que reflejan muchos puntos de vista básicos de la organización Watch Tower y que son en realidad de naturaleza sectaria, creo, sin embargo, que es cierto afirmar que en conjunto señala de manera precisa al sentido bíblico de la palabra “nombre”. El artículo resalta de manera regular que hacer cosas “en el nombre de Dios” significa mucho más que meramente emplear o pronunciar el nombre “Jehová”. Puede ser interesante para las personas revisar hoy ese material. Aunque lo que escribí en el artículo fue aprobado por la organización para que se publicase, y, hasta donde llega mi conocimiento, no ha sido refutado, la revista La Atalaya no ha incluido desde entonces información de esta clase. Sus artículos manifiestan casi una desconsideración total por el principio que se presentó allí con apoyo bíblico.[52]

Al condenar a los que clasificaría como “apóstatas”, la revista La Atalaya cita como una “prueba” de su “apostasía” el que ellos no le dan la misma importancia al uso del nombre “Jehová” que le da la organización de los Testigos. Además de lo que ya se ha presentado aquí, existe mucha más evidencia que muestra que, si fuese correcta la utilización que hace la organización Watch Tower de ese término, y ejemplificase el modo apropiado de honrar del “nombre” de Dios, entonces esto mismo convertiría a Cristo y sus apóstoles en “apóstatas”.

La designación preferida por Cristo

En comparación con las 6.800 o más referencias a “Jehová”, las Escrituras Hebreas precristianas contienen solamente unos doce casos donde se hace referencia a Dios como “Padre”. Aun en esos casos, se utiliza ese término principalmente con referencia a la relación de Dios con Israel como pueblo, y no a su relación con los individuos.[53]

Es, pues, solamente con la venida del Hijo de Dios y la revelación que hizo de su Padre, que se manifiesta esta relación íntima. La Traducción del Nuevo Mundo de las Escrituras Cristianas inserta el nombre “Jehová” 237 veces en esos escritos, haciéndolo sin base sólida. No obstante, incluso con esta introducción esencialmente arbitraria de algo que no se encuentra en los manuscritos antiguos de las Escrituras Cristianas, la referencia a Dios como “Padre” es todavía mucho más prominente, pues se hace mención a Él como “Padre” unas 260 veces en esos escritos cristianos—sin necesidad alguna de una introducción arbitraria de ese término por parte de los traductores.

En contraste con la práctica común entre los Testigos de Jehová cuando se dirigen a Dios en oración, Jesús no se dirigió a Él nunca como “Jehová”, sino siempre como “Padre” (empleando esta expresión seis veces en tan solo su oración final con sus discípulos). Incluso en la Traducción del Nuevo Mundo, en ninguna de sus oraciones Jesús se dirige a su padre como Jehová”.[54] Por consiguiente, cuando ora a su Padre y le dice: “Padre, glorifica tu nombre”, es evidente que el término “nombre” se utiliza aquí en un sentido más completo y profundo, como representando a la Persona misma. De otro modo, sería inexplicable la ausencia total de un apelativo específico como “Jehová” en las oraciones de Jesús.[55] Cuando estaba con sus discípulos en la noche anterior a su muerte, tanto al hablar con ellos como en una larga oración Jesús se refirió al “nombre” de Dios cuatro veces.[56] Sin embargo, durante toda esa noche, llena de consejos y exhortaciones a sus discípulos, y en oración, no se encuentra referencia alguna a que Él hubiese utilizado el nombre “Jehová”. Más bien, empleó de manera consistente la designación “Padre”, ¡haciéndolo alrededor de cincuenta veces! Cuando murió al día siguiente, el no exclamó el nombre  “Jehová”, sino que dijo: “Dios mío, Dios mío”, y en sus palabras finales dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.[57] Como cristianos, ¿el ejemplo de quién debemos seguir? ¿El de una confesión religiosa del siglo veinte, o el que manifestó el Hijo de Dios en un momento tan crucial?

Cuando Jesús enseñó a sus discípulos a orar, si hubiese seguido la práctica que ha desarrollado la organización Watch Tower entre los Testigos de Jehová, les hubiese enseñado a dirigir su oración a “Jehová Dios” o a incluir ese nombre en algún momento en sus oraciones. En lugar de eso, les enseñó a seguir su propio ejemplo y a dirigir sus oraciones diciendo “Padre Nuestro que estás en los cielos.”[58]

En nuestras relaciones de familia, normalmente no nos referimos o nos dirigimos a nuestro padre como “Juan”, “Ricardo”, “Germán”, o cualquiera que sea su nombre. El hacer esto no indicaría la clase de relación que disfrutamos con nuestro padre. Nos dirigimos a él como “padre”, o de manera más íntima, como “papá”, o “papi”. Quienes están fuera de esa relación no pueden utilizar ese término. Ellos deben limitarse a emplear un apelativo más formal que envuelve un nombre particular.

Así, a los que junto con él llegan a ser hijos de Dios a través de Jesucristo, el apóstol dice: “Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba [una expresión aramea que significa “papá”], Padre!”[59] Este hecho juega indudablemente un papel principal al explicar por qué llegó el cambio innegable, pasando del énfasis precristiano en el nombre “Jehová” al énfasis cristiano en el “Padre” celestial, pues no fue sólo en oración que Jesús convirtió ese término en su expresión predilecta. Tal como revela la lectura de los evangelios, en todas sus conversaciones con sus discípulos, Jesucristo se refiere principal y consistentemente a Dios como “Padre”. Sólo si entramos en la relación íntima con el Padre que el Hijo nos abrió, y si la apreciamos profundamente, podremos decir verdaderamente que conocemos el “nombre” de Dios en un sentido completo y genuino.[60]

El Tetragrámaton se cumple a través del hijo de Dios

Sin embargo, existe otro aspecto que puede arrojar luz sobre este cambio definitivo de énfasis. El nombre representado por el Tetragrámaton (YHWH = Yahvé, Jehová) proviene de la forma del verbo “ser” (hayah’). Algunos eruditos piensan que se corresponde con la forma causativa de este verbo. De ser así, significaría literalmente “El que causa que sea, el que trae a la existencia”[61] Esto armonizaría con la respuesta de Dios a la pregunta de Moisés acerca de Su nombre, que dice de acuerdo con algunas traducciones, “Seré lo que seré”[62] Mientras varias traducciones leen, “Yo soy el que soy”, The International Standard Bible Encyclopedia (Vol. 2, pág. 507) afirma sobre la versión:

“Seré quien / lo que seré”…es preferible porque el verbo haya [ser] tiene un sentido más dinámico de ser—no pura existencia, sino llegar a ser, suceder, estar presente—y porque el contexto histórico y teológico de esos primeros capítulos de Éxodo muestra que Dios revela a Moisés, y seguidamente a todo el pueblo, no la naturaleza interna de Su ser [o existencia], sino Sus intenciones activas, redentoras en favor de ellos. Él “será” para ellos “lo que” Sus acciones demuestren que “es”.[63]

Sobre esta base, sería apropiado decir que el nombre representado en el Tetragrámaton (Yahvé o Jehová), con el énfasis en los propósitos de Dios para su pueblo, encuentra su cumplimiento verdadero en y a través del Hijo de Dios. El mismo nombre “Jesús” (en hebreo Yeshua) significa “Yah [o Jah] salva”. En él y a través de él todos los propósitos de Dios para la humanidad encuentran su realización completa. Todas las profecías señalan finalmente a este Hijo Mesiánico, convirtiéndolo en su punto focal. En Revelación 19:10, el ángel le dice a Juan que “el testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía”.[64] El cumplimiento de esas profecías emana de él. Así pues, el apóstol puede decir:

Porque no importa cuántas sean las promesas de Dios, han llegado a ser Sí mediante él. Por eso también mediante él [se dice] el “Amén” a Dios, para gloria por medio de nosotros.[65]

La culminación de todas las promesas de Dios y de sus propósitos redentores en y a través de Jesucristo puede, entonces, dar una explicación adicional sobre el cambio que es evidente en las Escrituras Cristianas, en comparación con las Escrituras Hebreas, en cuanto a su modo de referirse a Dios. Esto explicaría por qué Dios hace intencionadamente que la atención se centre abundantemente en el nombre de su Hijo, y por qué su espíritu Santo inspiró a los escritores cristianos de la Biblia a hacerlo así. Ese Hijo es “el Amén”, la “Palabra de Dios”, Aquel que puede decir “Yo he venido en el nombre de mi Padre”, en el sentido pleno y más importante de la palabra “nombre”.[66]

Atrás en el tiempo en que los israelitas estaban viajando hacia Canaán, Jehová afirmó que enviaría su ángel delante de ellos para guiarles. Él dijo que debían obedecer esa guía angelical: “Porque mi nombre está dentro de él”.[67] En un sentido mucho más grande, Dios causó que su “nombre” estuviese en Jesucristo durante su vida terrenal. Así pues, algunos textos de las Escrituras Hebreas que contienen afirmaciones relativas a “Jehová” fueron aplicados en las Escrituras Cristianas al Hijo, siendo evidentemente la base para hacer eso el hecho que el Padre lo había investido con pleno poder y autoridad para hablar y actuar en Su nombre, porque este Hijo dio una revelación de la personalidad y el propósito del Padre en todas las formas, y porque el Hijo es el Heredero real y justo de su Padre.[68]

En todas estas formas pues—por su revelación única e insuperable de Dios, por dar a conocer como nunca antes la personalidad, el propósito y los tratos de su Padre, y por abrir el camino a la relación de hijos con Dios—Jesucristo dio a conocer y glorificó el nombre verdadero y vital de su Padre en los cielos. En oración a su Padre, la noche antes de morir, habiendo dicho con veracidad “Yo te he glorificado sobre la tierra, y he terminado la obra que me has dado que hiciera”, pudo decir apropiadamente: “He puesto tu nombre de manifiesto a los hombres que me diste del mundo. . . . Padre Santo vigílalos por causa de tu propio nombre que me has dado, para que sean uno así como lo somos nosotros”.[69]

La inserción arbitraria oscurece las enseñanzas bíblicas

Uno de los aspectos más serios de este asunto es que, por la inserción arbitraria del nombre “Jehová” en los numerosos casos en los que los manuscritos leen “Señor” (en griego kyrios), la Traducción del Nuevo Mundo a menudo desacredita seriamente el papel y la posición gloriosa que el Padre le ha asignado al Hijo. Considere la discusión que hace el apóstol en Romanos 10:1-17. El argumento de esta sección de la carta de Pablo es la fe en Cristo, que Cristo es “el fin de la ley, para todo el que ejerza fe tenga justicia,” y Pablo discute “la ‘palabra’ de fe que predicamos”, al decir “si declaras públicamente aquella ‘palabra en tu propia boca’, que Jesús es Señor y en tu corazón ejerces fe en que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo”. A pesar del énfasis completo en la fe en Cristo como Señor en todo el contexto, cuando la Traducción del Nuevo Mundo llega al versículo 13, poniendo a un lado el hecho que el texto griego emplea la palabra para “Señor”, el traductor inserta aquí el nombre “Jehová”, de modo que el texto lee: “Porque todo el que invoque el nombre de Jehová será salvo”. Es verdad que en Joel 2:32 se encuentra una expresión idéntica, y allí se habla de invocar el nombre de “Jehová”. Pero ¿exige este hecho que un traductor pase por alto la evidencia textual de los manuscritos antiguos de los escritos de los apóstoles, o le da esto el derecho de hacerlo, sustituyendo el término “Señor” por “Jehová”? La pregunta debería ser: ¿qué muestran el contexto y el resto de las Escrituras?

Las Escrituras Cristianas hacen obvio que “invocar el nombre” del Hijo con fe, e “invocar el nombre” del Padre no son de ningún modo acciones mutuamente excluyentes. Tanto antes como después de la afirmación citada de Pablo, el apóstol discute que el propósito y la voluntad de Dios son que la salvación provenga a través de su Hijo, el Cristo. Puesto que el Hijo vino “en el nombre de su Padre”, “invocar el nombre” del Hijo para salvación es simultáneamente una invocación del nombre del Padre quien lo envió.[70] Dios se reveló a sí mismo a través de su Hijo, de modo que cualquiera que viera al Hijo, estaba en efecto viendo al Padre.[71] Vez tras vez los discípulos de Cristo hablaron de poner fe en el “nombre” de Jesús, en un sentido más profundo y vital del término.[72] En Pentecostés, después de citar la misma expresión de la profecía de Joel que citó Pablo, Pedro le dijo a la muchedumbre que deberían bautizarse “en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados”.[73] Él declaró después ante el Sanedrín: “no hay salvación en ningún otro, porque no hay otro nombre debajo del cielo que se haya dado entre los hombres mediante el cual tengamos que ser salvos”.[74] Al hablar a Cornelio y a otros, Pedro dijo de Cristo “de él dan testimonio todos los profetas, que todo el que pone fe en él consigue perdón de pecados mediante su nombre”.[75] En el momento de la conversión de Saulo de Tarso, Ananías le habló en visión a Cristo de “los que invocan tu nombre”, y cuando Saulo (o Pablo) relató más tarde lo sucedido, citó a Ananías diciendo que Dios quería que Pablo viera “al Justo” y oyera “la voz de su boca”, de modo que había “de serle testigo a todos los hombres acerca de cosas que has visto y oído”. Él afirma que Ananías a continuación le dijo, “Levántate, bautízate y lava tus pecados mediante invocar su nombre [el de Cristo]”.[76]

A la vista de esta evidencia, ¿por qué debería algún traductor moderno pasar por alto la evidencia de los textos más antiguos, y se atrevería a insertar “Jehová” en lugar de “el Señor” en la afirmación del apóstol en Romanos 10:13? En muchos casos el contexto indica claramente que el “Señor” del que se habla es Dios, el Padre. Pero en otros casos, el contexto señala más directamente a su Hijo, el Señor Jesucristo. La alteración del texto de Romanos capítulo diez no es un caso aislado. Las 237 inserciones de “Jehová” en el texto de la Traducción del Nuevo Mundo (en el lugar en donde el lenguaje original del manuscrito dice “el Señor”) tienen el efecto de eliminar la aplicación a Cristo cuando el contexto lo indica o lo permite claramente.[77] Si es la voluntad del Padre glorificar a su Hijo, darle un nombre exaltado y hacer que ese “nombre” sea objeto de fe, ¿por qué debería discrepar cualquiera de nosotros con Su modo de actuar? De modo similar, si los escritores cristianos que fueron apóstoles y discípulos de Jesús, la mayoría de los cuales habían estado con él, habían escuchado sus palabras directamente y conocían de primera mano el modo como se refirió a Dios, no utilizaron el Tetragrámaton en sus escritos, ¿por qué deberíamos nosotros asumir que deberían haber actuado así, y otorgarnos el derecho de editar sus escritos inspirados para incluirlo? Si lo hacemos, ¿estaríamos verdaderamente mostrando respeto al “nombre” de Dios, y sometiéndonos a su soberanía y voluntad? ¿O estaríamos, por el contrario, mostrando un deseo voluntarioso de actuar al margen de esa autoridad, tomando los asuntos en nuestras propias manos, al mismo tiempo que alegamos hacerlo “en su nombre”?

Viendo los símbolos en su perspectiva correcta

En vista de toda la evidencia bíblica, y particularmente del ejemplo de Jesús y sus apóstoles, parece claro que poner la atención y enfatizar intensamente el nombre “Jehová” prueba muy poco respecto a la validez de la afirmación de cualquier religión en cuanto a dar a conocer y santificar el “nombre de Dios” en su sentido más importante. Las Escrituras Cristianas, tal como Dios tuvo a bien preservarlas para nosotros por medio de miles de manuscritos antiguos, no le dan importancia en ninguna parte al Tetragrámaton, en ninguna de sus formas. Muestran que el Hijo de Dios tampoco le dio importancia a esa designación, ni en su habla ni en oración, revelando, por el contrario, que la designación preferida por él era “Padre”. También muestran que los apóstoles y discípulos siguieron el mismo modelo en sus escritos. El negarse a seguir sus ejemplos, tal vez incluso el temor de hacerlo, puede ser el resultado de otro punto de vista erróneo, un error en un juicio de valor.

Los humanos a menudo cometen el error de fijarse en un símbolo y dejan de ver y de dar importancia a la entidad mayor de la cual el símbolo es meramente una representación. Por ejemplo, se respeta apropiadamente la bandera de una nación. El respeto se le debe, no por la tela de la que está hecha, ni por la imagen particular que contiene, sino porque es el símbolo de un gobierno y de una nación y de los ideales que representa. Sin embargo, algunos cometen el error de olvidar que ese emblema nacional no es más que un símbolo; no se puede equiparar de ninguna forma a lo que simboliza. Estos profesan quizás gran reverencia al símbolo, mientras que con su conducta degradan lo que representa, “se arropan con la bandera” a la vez que participan en habla y actos que violan, o que no están en armonía con las leyes y principios sobre los cuales se fundamenta esa nación particular. Como saben los Testigos de Jehová, debido a sus escrúpulos contra saludar cualquier bandera de cualquier nación, algunas personas en Estados Unidos durante los años cuarenta formaron chusmas violentas contra ellos, golpeándolos de manera viciosa, destruyendo sus propiedades. Al hacer esto, esas personas traicionaron las mismas leyes y principios de la nación simbolizada por la bandera, mostrando oposición a los principios de su Constitución y de su sistema judicial. En la nación africana de Malawi, la misma importancia irracional se le atribuyó a la tarjeta del partido nacional, y cuando los Testigos, acatando sumisamente la política y enseñanzas organizacionales, rechazaron adquirirla, fueron golpeados, sus hogares quemados, y forzados a huir del país. En todos estos casos, la importancia extrema y desequilibrada que se le otorgó al símbolo contribuyó a actos que no honraban sino que degradaban lo que el símbolo representaba. El símbolo puede modificarse o hasta sustituirse por otro, sin embargo lo que representa puede continuar igual.

En el campo de la religión, algunos muestran el punto de vista desequilibrado hacia los símbolos. Los israelitas cometieron ese error repetidamente.[78] Por siglos Jehová utilizó el arca del pacto como símbolo de su propia presencia. La nube que aparecía encima de la cubierta del arca (proveyendo evidentemente una luz milagrosa) en el Santísimo del templo simbolizaba de manera similar su presencia.[79] El sugerir que estas cosas podrían cesar un día habría parecido sacrílego a los Israelitas, algo impensable. Sin embargo llegó el tiempo en que Dios permitió que tanto el arca del pacto como el templo mismo fueran destruidos, y que la nube en el Santísimo cesara para siempre. La desaparición de estos símbolos de ninguna manera rebajó su Persona ni su gloria. Más bien, demostró Su superioridad sobre los símbolos mismos. Estos no eran sino una sombra de cosas mejores y mayores, las realidades.[80]

Debido a la forma en que murió el Hijo de Dios, a lo largo de la historia las religiones cristianas en general han utilizado la cruz como símbolo de su muerte y de lo que significa para la humanidad.[81] El apóstol Pablo habló de ese instrumento (llamado “madero de tormento” en la Traducción del Nuevo Mundo) como representativo de la misma esencia de las buenas nuevas que él proclamó.[82] Sin embargo, algunos hacen de ese símbolo algo sagrado en sí mismo, aún hasta el punto de atribuirle prácticamente poderes mágicos, como si ese símbolo fuese un amuleto capaz de protegerlos de la calamidad y de la maldad, de los poderes demoníacos. De ese modo, al pervertir el símbolo supersticiosamente, se muestran falsos al Hijo de Dios, cuyo propósito sobre la tierra está resumido en ese símbolo.[83]

Lo que es cierto de tales símbolos puede ser también cierto de la palabra que se utiliza para simbolizar una persona, incluyendo la persona de Dios. El nombre representado por las cuatro letras del Tetragrámaton (Yahvé o Jehová) es merecedor de nuestro profundo respeto, debido a que figura con gran prominencia en la larga historia de los tratos de Dios con la humanidad, y particularmente con su pueblo escogido de Israel durante el período precristiano. Pero el Tetragrámaton, sea cual sea su pronunciación, es solamente un símbolo de la Persona. Cometemos un grave error si le atribuimos a una palabra—aunque se emplee como un nombre de Dios—importancia equivalente a lo que Él representa, y es mucho peor si consideramos esa palabra misma como una especie de fetiche verbal, talismán o amuleto, capaz de protegernos del daño o del mal, de los poderes demoníacos. Al actuar así, demostramos en realidad que hemos perdido de vista el significado vital y verdadero del “nombre” de Dios. Podemos exhibirlo de manera prominente, como se exhibe una bandera o un crucifijo, pero no probamos nada en cuanto a nuestra reverencia por el Dios verdadero.[84]

Algunos Testigos de Jehová que se han dado cuenta de cuán alejados de las enseñanzas de las Escrituras están muchas de las posiciones de la organización, e incluso algunos que han salido de esa organización, expresan, sin embargo, el sentimiento de que Dios debe hacer algo para corregir la situación. Como ella se autodenomina la “organización de Jehová”, éstos consideran que va a recibir atención especial de Dios. En vista de la evidencia bíblica que se ha discutido, no existe razón para creer que el Dios Todopoderoso, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, tenga un interés mayor por un movimiento religioso llamado “Testigos de Jehová” que el que tiene por otras religiones del mundo que indiscutiblemente alegan hablar “en su nombre”, incluyendo los movimientos de la “Iglesia de Dios”, los movimientos de “la Iglesia de Cristo”, o hasta incluso la Iglesia Católica Romana con sus millones de creyentes. El pensar que Dios está obligado a tomar alguna acción especial para limpiar la organización Watch Tower, mientras permite que existan todo tipo de problemas y fallos en las miles de otras religiones, no está, creo yo, basado en ninguna razón bíblica sólida. Ningún pueblo sobre la tierra estuvo más íntimamente conectado con el nombre representado por el Tetragrámaton (Yahvé o Jehová) que la nación israelita, aquellos a quienes se dirigieron originalmente las palabras: “Vosotros sois mis testigos”. Sin embargo, Dios no “enderezó” esa nación, ni lo hizo su Hijo. No tenían el deseo de cambiar (particularmente los líderes nacionales). La evidencia muestra que esa es análogamente la posición de la organización Watch Tower como organización.

El que Dios “escoja un pueblo para su nombre” tiene entonces una profundidad de significado mucho mayor que la mera aplicación de una palabra nominativa, y el que demostremos estar entre los que santifican y proclaman el nombre de Dios exige mucho más de nosotros que el simple uso repetitivo de Yahvé o Jehová, o cualquier otro término en particular.[85] Del mismo que es fácil exhibir o mover una bandera, llevar o besar una cruz, pero mucho más difícil vivir de acuerdo con los principios que se cree que estos símbolos representan, también es relativamente fácil llevar a nuestros labios cierta palabra como un nombre, pero mucho más difícil honrar aquello de lo cual ese nombre o palabra no es más que un símbolo. Honramos y damos a conocer genuinamente el nombre de nuestro Padre en el sentido verdadero sólo si vivimos vidas que demuestran que somos sus hijos, imitándolo a Él en todo lo que hacemos, teniendo a Su Hijo como nuestro ejemplo.[86]


[1] Los eruditos reconocen que “Jehová” no es una versión exacta del Tetragrámaton; muchos creen que “Yahvé” es una versión más cercana a la pronunciación del hebreo. En el “Prólogo” original, la New World Translation de la Sociedad Watch Tower afirmó: “Aunque nos inclinamos a considerar la pronunciación “Yahvé” como la manera más correcta, hemos mantenido la forma “Jehová” debido a la familiaridad de la gente con ella desde el siglo XIV”. Vea New World Translation of the Christian Greek Scriptures, pág. 25.

[2] Vea el capítulo 4, (páginas 71-73, 75 de la edición en inglés).

[3] Vea la fotocopia del capítulo 4, (página 73 de la edición en inglés).

[4] Vea Los testigos de Jehová en el propósito divino, página 127.

[5] Hechos 1:8.

[6] Hace algunos años la revista La Atalaya de manera ocasional modificaba el nombre en sus artículos, al utilizar la expresión “Testigos Cristianos de Jehová” (Vea también el libro de 1971, “Las naciones sabrán que yo soy Jehová”… ¿cómo?, que con frecuencia utiliza este término en las páginas 51-54, 76, 82 y siguientes) Se supo en ese entonces que un grupo de anteriores Testigos habían adoptado y registrado ese nombre. De ahí en adelante La Atalaya desistió generalmente de utilizar esa expresión.

[7] Mateo 13:24-30; Hechos 20:29,30; 2Timoteo 4:3,4.

[8] Revelación, capítulos 2 y 3.

[9] Mateo 5:16, 44, 45; Juan 13:35; 17:17-19; Romanos 6:4, 8-10; Gálatas 2:20; 1 Juan 2:5, 6; 2 Juan 6. Además del grupo antes mencionado, conocido oficialmente como “Testigos Cristianos de Jehová”, existe también un número considerable de movimientos con “Nombre Sagrado”, entre los cuales destaca el que se denomina “Asambleas de Yahvé”. Ninguna de estas muestra conexión alguna, en su origen o en alguno aspecto, con la organización Watch Tower. Estos movimientos utilizan el nombre del Tetragrámaton con una frecuencia que es ciertamente igual a la de los Testigos de Jehová, y sus traducciones de la Biblia, como la Holy Name Bible (Biblia del nombre sagrado), emplean ese nombre con frecuencia aún mayor en los pasajes del Nuevo Testamento. Se encuentra más información sobre esto en un tratado de Rud Persson, que se menciona más adelante en este capítulo.

[10] Vea por ejemplo La Atalaya de 1 de julio de 1988, página 14, y de 1 de abril de 1988, página 31; ¡Despertad!, de 22 de abril de 1988, página 19; La Atalaya de 15 de mayo de 1987, página 23; el folleto El nombre divino que durará para siempre, páginas 10 y 11.

[11] Vea el “Prólogo” de New World Translation of the Christian Greek Scriptures, páginas 24, 25.

[12] Aunque la American Standard Version, que contiene el nombre “Jehová” miles de veces, se hizo disponible desde 1901 en adelante, la revista The Watch Tower no adoptó esta traducción en su traducción original, sino que utilizó primeramente la Versión del Rey Jaime o Versión Autorizada, que sustituye el Tetragrámaton con las palabras “SEÑOR” y “DIOS”. Aun después de la muerte de Russell en 1916, y durante la presidencia de Rutherford, esto continuó siendo así. Después de la muerte de Rutherford, en 1944, la Sociedad Watch Tower consiguió los derechos para imprimir una edición de la American Standard Version en su propia imprenta. Sin embargo, aunque citaba de manera frecuente de esta traducción y de otras, continuaron utilizando la Versión Autorizada como su versión básica en todas sus publicaciones hasta el año 1950, cuando publicaron su propia Traducción del Nuevo Mundo de la Biblia. (Vea Los testigos de Jehová en el propósito divino, páginas 217, 258, 259)

[13] Vea Perspicacia para comprender las Escrituras, vol. 2, página 299.

[14] Esta información y otros puntos que se enfatizan en este capítulo fueron tomados de un tratado que va a ser publicado, titulado Early Christianity and the Divine Name (El cristianismo primitivo y el nombre divino), escrito por Rud Persson, un investigador de Suecia, y con su permiso.

[15] Vea, por ejemplo, Perspicacia para comprender las Escrituras, vol. 2, página 36.

[16] Este se llama Papyrus Fouad Inventory No. 266, y se encuentran copias de algunas porciones del mismo en el apéndice de la Kingdom Interlinear Translation de la Sociedad Watch Tower, páginas 1135, 1136.

[17] Vea Kingdom Interlinear Translation, páginas 10, 11, 1134-1136; vea también el número de 1 de agosto de 1988 de La Atalaya, página 30; Perspicacia para comprender las Escrituras, tomo. 2, página 299. La Sociedad Watch Tower también acude a la versión griega de Aquila, de las Escrituras Hebreas como apoyo al punto que las copias de la Versión Septuaginta de los días de Jesús y los apóstoles pudieron haber contenido el Tetragrámaton. El doctor Robert Countess en su libro The Jehovah’s Witness New World Translation (La Traducción del Nuevo Mundo del Testigo de Jehová), página 28, 29 muestra que éste es un argumento mal fundado. Por un lado, la traducción de Aquila se remonta hacia los años 130 E.C., décadas después de que se escribieron las Escrituras Cristianas. En segundo lugar, la traducción de Aquila se conoce como “esclavizada literalmente” al texto hebreo, hasta el “punto absurdo donde la inteligibilidad del texto sufre”, muy diferente en muchos aspectos a las versiones de la Septuaginta, tal como lo han señalado eruditos versados en manuscritos griegos. La obra de Aquila, difícilmente puede sostenerse como ejemplo de lo que la Septuaginta contenía en su forma original o en sus copias.

[18] Vea New World Translation of the Christian Greek Scriptures, páginas 11, 12, 18; The Kingdom Interlinear Translation of the Greek Scriptures (1985), páginas 1137, 1138.

[19] Esto incluye el Manuscrito Sinaítico, el Alejandrino, el Vaticano 1209, todos ellos de los siglos IV y V E.C.

[20] Vea Perspicacia para comprender las Escrituras, vol. 1, páginas 840, 841; New World Translation (edición de 1984 con referencias), página 1564. Aquí, la organización muestra una inconsistencia. En el número de 1 de febrero de 1988 de La Atalaya (pág. 5), en un artículo titulado “¿Se contradice la Biblia?” la revista dice de los autores de las Escrituras Cristianas: “Puede que se alteren levemente citas de escritos anteriores según lo que precise y el propósito que tenga el nuevo escritor, mientras todavía se retiene el sentido y pensamiento fundamental. . . También habría omisiones según el punto de vista del escritor y por su condensación del relato.” Así, por un lado, la Sociedad Watch Tower dice que al efectuar sus citas, los autores de las Escrituras Cristianas “se habrían visto  obligados” a incluir el Tetragrámaton, si éste hubiera estado en la copia de las Escrituras Hebreas que utilizaban, y, por otro lado, dice que “puede que se alteren” apropiadamente las afirmaciones originales, y que “habría omisiones”, al mismo tiempo que se retiene el “sentido y pensamiento fundamental”.

[21] Tal como se señaló en el tratado mencionado anteriormente, Early Christianity and the Divine Name, esto debe considerarse de manera similar, cuando se sopesa la importancia de la aparición del Tetragrámaton hebreo en unas pocas copias de la traducción griega Septuaginta. Los copistas que produjeron tales manuscritos estaban copiando un texto griego. Sin embargo, incluyeron el Tetragrámaton en ese texto griego en letras hebreas. Ellos no lo tradujeron a una expresión o forma griega que corresponda a “Yahvé” o “Jehová”, o ni siquiera transliteraron las letras hebreas en las letras griegas correspondientes. Lo dejaron en hebreo [%&%*], y sólo si el lector conocía ese idioma podría intentar su pronunciación. De otro modo, no sabría como convertir esos caracteres hebreos en su propio alfabeto e idioma, tal como afirmó Jerónimo, que algunos en su día, cuando llegaban a esas cuatro letras hebreas [%&%*], trataron de leerla como si fuesen letras griegas, y por ello las pronunciaban “Pi Pi” (griego pipi). Así, cuando se trata de traducciones al inglés o a cualquier otro idioma moderno, esas pocas copias de la Septuaginta no harían más que dar alguna base, aunque frágil, para insertar el Tetragrámaton—en caracteres hebreos—en las citas que efectuaron los escritores cristianos de las Escrituras Hebreas. No proveen base alguna para insertar alguna traducción de tales caracteres, como lo son los nombres “Jehová” o “Yahvé”.

[22] Algunos eruditos han puesto en duda el que Pablo sea el autor de la carta a los Hebreos. Su inclusión aquí se constituye en un argumento en contra de esa teoría.

[23] Vea Perspicacia para comprender las Escrituras, vol. 2, página 300.

[24] Debe notarse que la evidencia paleográfica utilizada por el Dr. Kim se considera como el medio más fiable para adjudicar fechas a los manuscritos antiguos. (Vea también Despertad, 22 de septiembre de 1972, página 8). Quiero expresar mi gratitud a Carl Olof Jonsson de Suecia por su información respecto a este cambio de fecha. Desde la publicación de la evidencia del Dr. Kim, un número de eruditos cualificados ha reconocido la solidez de este trabajo.

[25] Vea en el Apéndice una fotocopia de la carta completa del Profesor Howard, entregada por Rud Persson.

[26] Vea The Kingdom Interlinear Translation of the Greek Scriptures (1985), páginas 13, 14.

[27] Vea la lista en la versión Kingdom Interlinear edición 1969, página 28-30.

[28] Vea también Despertad, de 22 de septiembre de 1972, páginas 5-8; 22 de junio de 1971, página 22. La revista La Atalaya de 1 de marzo de 1991, página 28, en su esfuerzo por justificar la inserción del Tetragrámaton en las Escrituras Cristianas, ¡va hasta tan lejos como a referirse a ciertas traducciones alemanas que contienen el nombre en notas de pie de página y en comentarios! Con seguridad, ningún traductor responsable vería esto como una base para ignorar o pasar por alto la misma evidencia del manuscrito antiguo, en favor de una versión diferente.

[29] Vea también Ayuda para entender la Biblia, página 1073 (o Perspicacia para comprender las Escrituras, vol. 2, página 302); Toda Escritura es inspirada de Dios y provechosa, páginas 318, 319.

[30] “Cristo” aparece adicionalmente unas 530 veces (aunque a veces en combinación con el nombre “Jesús”). Respecto a la composición del Comité de la Traducción del Nuevo Mundo vea Crisis de Conciencia, página 57, nota 15 de pie de página.

[31] Juan 5:23.

[32] Estos mismos artículos aparecen en el libro posterior Perspicacia para comprender las Escrituras, virtualmente sin cambio alguno.

[33] Proverbios 10:7; 22:1; Eclesiastés 7:1, son unos pocos ejemplos.

[34] Compare con Mateo 10:41, donde el griego literalmente dice, “en el nombre de un profeta”; (Vea la Kingdom Interlinear Translation), vea también Filipenses 2:9-11; Hebreos 1:3, 4. El número de La Atalaya de 15 de mayo de 1985 (página 17) cita Isaías 62:2, y las palabras dirigidas a Israel, “Y realmente se te llamará por un nombre nuevo”, y entonces dice: “Este “nombre” se refiere a la condición bendita en que se ha congregado a estos discípulos ungidos del día moderno”.

[35] Compare Exodo 5:23; Deuteronomio 10:8; 18:5,7, 19-22; 1 Samuel 17:45; Esther 3:12; 8:8,10; Hechos 3:16; 4:5-10; 2 Tesalonicenses 3: 6.

[36] Ayuda para entender la Biblia (edición en inglés), página 885. Al discutir el nombre de Dios en las Escrituras Hebreas, Geerhardus Vos, afirma de manera similar en Biblical Theology (1959, páginas 76 y siguientes): “En la Biblia, el nombre siempre es más que un signo convencional. Expresa carácter o historia.” En armonía con esto, la revista La Atalaya (edición en inglés) de 1 de febrero de 1945, (página 41) revisó primero la posición y autoridad del Padre, y afirmó después: “Uno no puede bautizarse con validez, a menos que tenga y que haga un reconocimiento de estos hechos en relación con el nombre de Jehová, cuyo nombre representa lo que Él es.”

[37] Vea también Ayuda para entender la Biblia (edición en inglés), páginas 888, 889; el mismo material aparece en Perspicacia para comprender las Escrituras, vol. 2, páginas 42, 43.

[38] El mismo material se encuentra en Perspicacia para comprender las Escrituras, vol. 2, páginas 500, 501.

[39] Juan 1: 12.

[40] De manera similar, la publicación de la Sociedad Watch Tower de 1988, Apocalipsis… ¡se acerca su magnífica culminación!, página 280, al discutir Revelación capítulo 19, versículo 12, y su referencia al ‘nombre’ escrito asignado a Cristo, el cual “nadie conoce sino él mismo”, reconoce que este “parece representar el puesto y los privilegios de que disfruta Jesús durante el día del Señor,” sin embargo no un nombre cualquiera, en el sentido común y cotidiano del término.

[41] Compare con Mateo 7:21-23; vea también el artículo sobre “Jesucristo” en el libro Ayuda para entender la Biblia, bajo el encabezamiento “El pleno significado de su nombre”, página 892; el mismo material aparece en el libro Perspicacia para comprender las Escrituras, Vol. 2, página 88.

[42] Compare con Ezequiel 36:20.

[43] Compare con Oseas 8:1,2; Mateo 15:8.

[44] Para una discusión más amplia de este aspecto, vea el capítulo 11 (páginas 385-387 de la edición en inglés).

[45] 1 Corintios 8:5, 6.

[46] Hechos 17:16-34

[47] Romanos 15:6; 2 Corintios 1:3; 11:31; Efesios 1:3; Colosenses 1:3; 1 Pedro 1:3; 2 Juan 3.

[48] Juan 1:18, Versión Popular; la Versión Reina-Valera lo vierte de modo similar.

[49] Juan 1:12; vea también Romanos 8:14-17; Gálatas 4:4-7.

[50] Juan 17:6, 11, 26.

[51] Varias traducciones muestran un reconocimiento de esto, de modo que al verter los versículos arriba citados, en lugar de “He puesto tu nombre de manifiesto”, dicen: “les he hecho saber quién eres tú” (Versión Popular); “He procurado que te conociesen” (Versión Interconfesional).

[52] También escribí el artículo en ese número titulado “El papel superlativo de Cristo Jesús en los propósitos de Dios”, que, de manera similar, discute la evidencia bíblica respecto al modo en que el Hijo de Dios, “dio a conocer” al Padre (páginas 549-551).

[53] Compare con Deuteronomio 32:6, 18; 1 Crónicas 28:6; 29:10; Salmos 2:7; 89:26; Isaías 63:16; 64:8; Jeremías 3:4; 3:19.

[54] Mateo 11:25, 26; 26:39, 42; Marcos 14:36; Lucas 10:21; 22:42; 23:34, 46; Juan 11:41, 42; 12:28; 17:1, 5, 11, 21, 24, 25.

[55] Juan 12:28

[56] Juan 17:6, 11, 12, 26.

[57] Mateo 27:46; Lucas 23:46.

[58] Mateo 6:6-9; compare Juan 15:16; 16:26,27.

[59] Gálatas 4:6, Versión Reina-Valera; Marcos 14:36; Romanos 8:15.

[60] Compare con Mateo 11:27. En su tratado, Rud Persson demuestra la utilización abundante de palabras “subrogadas” o sustitutivas para referirse a Dios por parte del pueblo judío, incluyendo a Jesús mismo y a aquellos que con posterioridad se convirtieron en cristianos. Así que encontramos regularmente la expresión “el reino de Dios” vertido como “el reino de los cielos”, en donde “cielos” toma el lugar de “Dios”. (No encontramos la expresión el “reino de Jehová”, ni siquiera en la Traducción del Nuevo Mundo). Su tratado presenta una multitud de ejemplos en donde, si los puntos de vista señalados por la organización Watch Tower fueran correctos, deberíamos esperar ciertamente que los que hablan o escriben se refirieran al nombre “Jehová”, pero en su lugar utilizan un término diferente.

[61] Perspicacia para comprender las Escrituras, vol. 2 página 42; The International Standard Bible Encyclopedia, Vol. 2, página 507.

[62] Éxodo 3:14, The New International Version, nota de pie de página; American Standard Version, nota de pie de página.

[63] En conexión con la versión que hace la Traducción del Nuevo Mundo “Yo resultaré ser lo que resultaré ser”, el libro Perspicacia para comprender las Escrituras, volumen 2, página 42, dice: “Este significado presenta a Jehová como Aquel que, con acción progresiva, hace que Él mismo llegue a ser el Cumplidor de promesas. De este modo siempre hace que sus propósitos se realicen. Solo el Dios verdadero podría llevar tal nombre de manera apropiada y legítima.”

[64] Versión Reina-Valera. Vea también 1 Pedro 1:10-12.

[65] 2 Corintios 1:20.

[66] Juan 5:43.

[67] Éxodo 23:21. Al reconocer el sentido bíblico de la palabra “nombre” en lugar de “mi nombre está dentro de él”, la New English Bible dice allí, “mi autoridad descansa en él”, y An American Translation vierte la misma frase con “yo me manifestaré en él”.

[68] Compare Hebreos 1:10-12 con Salmos 102:1, 25-27; Romanos 10:13 con Joel 2:32. Vea Mateo 23:29; Juan 1:14, 18; 5:43; 10:25; 16:27; 17:1-4; Colosenses1:15; Hebreos 1:1-3. No es que Jesús llegara a ser o fuera Jehová, pues Cristo mismo citó textos de las Escrituras Hebreas en los que ese nombre aplica claramente al Padre, como cuando aplicó Isaías 61:1, 2 y Salmo 110:1. (Vea Lucas 4:16-21; Mateo 22:41-45) Si Cristo fuera Jehová, entonces nos  enfrentaríamos a una imagen sin sentido de Jehová “ungiéndose” a sí mismo, y “enviándose” a sí mismo a predicar, o de “Jehová” hablándose a sí mismo y diciéndose a sí mismo que se “siente” a su propia mano derecha, tal como se relata en esos textos.

[69] Juan 17:4, 6, 11; vea también el artículo antes mencionado de La Atalaya de 15 de septiembre de 1973, sobre el tema “El papel superlativo de Cristo Jesús en los propósitos de Dios”.

[70] Mateo 21:9, 23:39; Juan 5:43; note también la forma como los escritores cristianos manifiestan que el honrar el “nombre” del Hijo manifiesta simultáneamente honor a su Padre, Dios, como sucede en Colosenses 3:17; 2 Tesalonicenses 1:12; 1 Pedro 4:14, 16; 1 Juan 3:23.

[71] Juan 1:14-18; 14:9.

[72] Compare Lucas 24:46, 47 con Juan 1:12; 2:23; 3:18; 20:31; 1 Corintios 1:2; 1 Juan 3:23; 5:13.

[73] Hechos 2:38.

[74] Hechos 4:12.

[75] Hechos 10:42,43.

[76] Hechos 9:14, 17, 21; 22:14-16.

[77] Compare con 1 Corintios 7:17-23; 16:10; 2 Corintios 3:14-18; Efesios 2:19-22; 6:5-9; Colosenses 3:22-24; 2 Tesalonicenses 2:2; Santiago 5:14, 15. En estos versículos el contexto se refiere a Cristo, o al menos permite claramente que él sea el “Señor” del que se habla, sin embargo, la Traducción del Nuevo Mundo niega tal aplicación o hasta la posibilidad de que sea así, al sustituir “el Señor” con “Jehová”.

[78] Vea, por ejemplo, Números 21:9; 2 Reyes 18:4.

[79] Exodo 25:17-22; Levítico 16:2.

[80] Hebreos 9:1-5; 10:1.

[81] Creo que el debate de la Sociedad Watch Tower en cuanto a si “madero” o “cruz” es el término adecuado para el instrumento utilizado en la ejecución de Jesús, es de poco significado. Sabemos que los romanos con frecuencia utilizaron una cruz (tal como nosotros la conocemos comúnmente hoy) para propósitos de ejecución. Y aunque en otros contextos una cruz pudo haber tenido connotaciones sexuales en esos tiempos antiguos, es perfectamente obvio que cuando se utilizaba para ejecutar gente, no había nada sexual implicado. En su insistencia en el término griego stauros como referencia a “madero” o “poste”, irónicamente la Sociedad Watch Tower no menciona nunca en esta conexión que los palos eran un símbolo fálico muy común y, por lo tanto, no eran menos un símbolo sexual de lo que jamás fue la cruz. Vea ¡Despertad! 8 de noviembre de 1964, páginas 8-11; La Atalaya de 15 de diciembre de 1974, página 745.

[82] 1 Corintios 1:17; Gálatas 6:14; Efesios 2:16; Filipenses 3:18.

[83] Compare con Mateo 7:21-23. La persona que lleva una bandera en su solapa no prueba nada respecto a la autenticidad de su patriotismo. De modo similar, la persona que exhibe de manera prominente un crucifijo en su persona no prueba nada en cuanto a su cristianismo, y manifestaría la misma actitud mental de quien lleva la bandera. Muchos que actúan así tienen que admitir honestamente que se sentirían incómodos, y hasta inseguros, si no llevaran un crucifijo sobre su persona. Cualquier persona que vea que esto es cierto de ella, debería afrontar la cuestión de si esa dependencia de un símbolo no menoscaba lo que se simboliza, quitándole una medida de su importancia.

[84] Textos tales como Salmo 33:21; 118:10, 11; Proverbios 18:10 y otros, que hablan de cifrar confianza en el nombre de Dios, de mantener a distancia a los enemigos en ese nombre, y de correr a ese nombre para protección, ciertamente quieren decir poner fe en la persona de la cual el nombre particular es solamente un símbolo.

[85] Hechos 15:14.

[86] Mateo 5:43-48

Raymond Franz