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La cultura y la educación juegan un papel muy importante en el progreso integral del ser humano. De hecho, aprender y progresar intelectualmente es un derecho inalienable de toda persona. Tanto es así, que es objetivo primordial en el artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos:

Artículo 26  
1. Toda persona tiene derecho a la educación. La educación debe ser gratuita, al menos en lo concerniente a la instrucción elemental y fundamental. La instrucción elemental será obligatoria. La instrucción técnica y profesional habrá de ser generalizada; el acceso a los estudios superiores será igual para todos, en función de los méritos respectivos.

2. La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales; favorecerá la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todas las naciones y todos los grupos étnicos o religiosos; y promoverá el desarrollo de las actividades de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz.

3. Los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos.

No hay que temer por tanto a tener acceso al conocimiento, sea por acceder a fuentes distintas de información, como a emprender estudios universitarios. No hay por qué renunciar a potenciar más la necesidad de saber de toda persona, ni a la luz que alumbre mejor su espíritu.  Pero es que además, todo eso es posible sin tener que renunciar a la fe.

En el campo bíblico, existen multitud de comentarios que podrían enriquecer con nuevas perspectivas textos y pasajes de la Biblia. Según las Escrituras es un derecho del cristiano “pasar adelante a la madurez” y aunque hay que reconocer que el conocimiento intelectual no lo es todo para poder alcanzar ese objetivo, sí es cierto que puede ayudar.  Hasta Pablo de Tarso animó a sus amigos de Tesalónica:

“Examinadlo todo y retened lo bueno.”

1 Tesalonicenses 5:21 (Reina-Valera 1995).

Esteban López