Para una persona de fe, descubrir que hay aspectos serios que comprometen la honestidad de quienes dirigen su comunidad religiosa, puede tener un efecto demoledor, sobre todo si durante años asumió el reclamo por parte de ellos de ser la “única religión verdadera.” Ante una situación así, quizá sería bueno tener en cuenta algunas consideraciones que podrían ayudar a mirar con mayor perspectiva la situación.

1. Algo a tener en cuenta sería entender que la decepción es, en primer lugar, una prueba para la fe y que bien merecería la pena empezar a ver la diferencia entre los conceptos de “Dios” por un lado, e “institución,” “iglesia” u “organización” por otro. Se trata de asuntos diferentes. Cuando eso se ve con suficiente claridad muchas cosas pueden llegar a entenderse. Como escribe Santiago:

Hermanos míos, considérense muy dichosos cuando tengan que enfrentarse con diversas pruebas, pues ya saben que la prueba de su fe produce constancia. Y la constancia debe llevar a feliz término la obra, para que sean perfectos e íntegros, sin que les falte nada”.-Santiago 1:2-4, NVI.

2. No habría que olvidar tampoco que el cristianismo es mucho más antiguo que las iglesias actuales. Veinte siglos de historia han propiciado el surgimiento de distintas iglesias todas con sus respectivos dogmas. El cristianismo se inspira en las enseñanzas de Jesús de Nazaret las cuales pueden seguir encontrándose en los evangelios; lo ideal sería que todas las comunidades de creyentes (sobre todo sus respectivos dirigentes)encontraran puntos de unión en respuesta a la oración encarecida de Jesús: “Padre, que ellos sean uno como tú y yo somos uno”. Pero si no lo hacen, se hace bastante obvio que todos pecan contra su voluntad expresa (Juan 17). La religión no debería ser debate teológico que divida, ni la Biblia un arma arrojadiza de unos contra otros, sino una oportunidad para compartir “fe, esperanza y amor”. En realidad pocas cosas más enseña Cristo.

3. Hay que ser sinceros y reconocer que sobre casi todas las iglesias actuales se podrían crear webs donde se pusieran de relieve sus deficiencias. La iglesia ‘perfecta’, como institución humana, no existe. Si alguien desea pertencer a alguna, debe contentarse con la que menos aspectos tenga que moleste a su conciencia. Sin embargo, muchos prefieren mantenerse dentro de su comunidad tradicional por aquello de que “más vale malo conocido que bueno por conocer.” Una posición que sin duda se comprende.

4. Personas felices y ejemplares las hay tanto dentro como fuera de las iglesias y esa libertad debería hacer que primara el respeto de los unos para con los otros.  Habría que dejar que fuera Dios el único juez de todos.

5. Si dejar la religión de uno fuera a significar la pérdida progresiva de fe hasta caer en una profunda desorientación y escepticismo, entonces bien pudiera ser mejor, en mi opinión, permanecer en su propia religión centrándose en lo que sea positivo. Al fin y al cabo, ya hay millones de personas así en todas las iglesias del mundo. Todas tienen deficiencias, pero también aspectos positivos que ayudan a la fe y a la esperanza. Es un derecho de cada persona el que pueda decidir en conciencia según su sentir y sus propias circunstancias. Sin embargo, es verdad que una posición bien informada podrá centrarse en lo positivo, pero nunca ignorar o pasar por alto las grandes fallas.

6. Hay que tener en cuenta también que presentar argumentación en la que se demuestre la falta de consistencia de las creencias de una determinada institución religiosa, por muy abundante que esta sea, siempre tendrá un efecto limitado y relativo. La experiencia muestra que la mayor parte de la gente llega a desarrollar una fidelidad casi fija a entidades o instituciones en los que una vez puso su confianza, apostando o votando por ejemplo por el mismo partido simplemente por tradición; suelen ser casi siempre muy pocos los que afrontan el desafío de reflexionar sobre sus propias creencias o posición, y como resultado de ello cambiar de rumbo.

Estar bien informado acerca de lo positivo o negativo de una determinada iglesia no debe hacer que se renuncie a la utopía. Para mover la historia siempre han sido necesarias personas que han creído en ella. Al fin y al cabo, hasta el cristianismo anima a ‘seguir venciendo el mal con el bien.’ Todo un reto, es verdad, pero también una puerta abierta a la esperanza.

Esteban López