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Entonces los que estaban reunidos con él le preguntaron: ‘Señor, ¿es ahora cuando vas a restablecer el reino a Israel?’
—No les toca a ustedes conocer la hora ni el momento determinados por la autoridad misma del Padre —les contestó Jesús—. Pero cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán poder y serán mis testigos tanto en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”. – Hechos 1: 6 – 8,  Nueva Versión Internacional.

Estas palabras muestran con claridad que no le toca a nadie especular sobre cuándo Dios habría de hacer las cosas. No hay permiso para que se elucubre sobre el día, ni la hora, ni la generación, ni la era; ni siquiera para afirmar dogmáticamente que “estamos en los últimos días”.

Tampoco sirve esgrimir el argumento de que “el deseo de que haya justicia hace que se especule y por eso ha habido equivocaciones”. No. No vale decir que “Dios siempre ha hablado a través de sus profetas y solo es lógico esperar que ahora también tenga uno por medio del cual debe hablar”. ¿Por qué? Porque las Escrituras muestran que Dios ya ha hablado a través de Jesucristo y eso es ya más que suficiente. Como indica Hebreos:

“Dios, que muchas veces y de varias maneras habló a nuestros antepasados en otras épocas por medio de los profetas, en estos días finales nos ha hablado por medio de su Hijo. A éste lo designó heredero de todo, y por medio de él hizo el universo (Hebreos 1:1, 2).

De modo que queda claro que solo Dios, por su autoridad, sabe cuándo tiene decidido llevar a cabo lo que él quiera y como quiera, y nadie tiene el derecho de forzar la Escritura para crear expectativas que condicionen sin ningún fundamento la vida de la gente.

Los discípulos de Jesús de Nazaret creían que él establecería algo así como un reino político, ‘el reino de Israel’. Pero Jesús deja bien claro que su reino habría de ser predicado por todas partes, primero por aquellos testigos de su resurrección y después por quienes les oyeran y se sintieran impulsados a seguir su ejemplo. Había que predicar el reino de Dios, y cuando Jesús hacía eso, aquello significaba siempre que los pobres, los lisiados, los ciegos, los sordos, etc., no recibían más que bendición. De modo que ya desde entonces era el tiempo para “hacer más reino de Dios” ahora y proclamar su plena culminación solo cuando Dios lo viera oportuno en el futuro. Únicamente será entonces cuando el ser humano alcance su plena realización trascendente, y al final “Dios sea todo en todos”.

Esteban López