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Niño sirioCuando muera le contaré todo a Dios“. Estas fueron las ultimas palabras antes de morir de un niño sirio víctima del horrible conflicto de su país, palabras que desgarran profundamente el alma. Es un niño que no comprende nada, pero que sabe muy bien que todo ese horror provocado por los adultos es monstruoso y quiere que Dios lo sepa. A veces el mal que provocamos los humanos es tan enorme que clama al mismísimo cielo, pero parece también que solo prevalece el silencio. Otras veces, sin embargo, un aviso se produce, como si viniera de Dios mismo. En este caso de parte de los ojos inocentes de un niño, mostrando así un profundo sentido de justicia y de verdad. Un mínimo sentido de empatía y conmiseración, nos hace sentir también que ese niño podría ser cualquiera de nosotros. Como lo expresó el poeta inglés John Donne,

Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti“. – Devociones para ocasiones emergentes, 1624.

Al finalizar el año 2015, la guerra en Siria había causado 220.000 muertos, 80.000 de ellos civiles y produjo tres millones de refugiados. Hablamos de seres humanos, no de simples guarismos o de lo que los estrategas militares suelen llamar “daños colaterales“. En la guerra de Siria se usaron, además, mortíferas armas químicas. Y eso en pleno siglo XXI. No es de extrañar que la famosa Mafalda nos llamara en uno de sus famosos cómics “el bestiaplanete“.

La guerra siempre es el recurso cuando ha sido precedida de odio y propaganda malsana. Se justifica su uso en nombre de mil y una razones, pero su ira siempre alcanza a todos los implicados. Es tan diabólica que el único que pierde es el ser humano, sobre todo el más débil. No importa que oficialmente la guerra esté prohibida desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El corazón humano siempre se las arregla para justificar sus enfrentamientos y sus odios, en definitiva, para aniquilarse a sí mismo por su ciega sinrazón. Como lo expresó un hombre muy respetado del primer siglo:

 “¿De dónde vienen las guerras y las peleas entre ustedes? Pues de los malos deseos que siempre están luchando en su interior. Ustedes quieren algo, y no lo obtienen; matan, sienten envidia de alguna cosa, y como no la pueden conseguir, luchan y se hacen la guerra. No consiguen lo que quieren porque no se lo piden a Dios;  y si se lo piden, no lo reciben porque lo piden mal, pues lo quieren para gastarlo en sus placeres. ¡Oh gente infiel! ¿No saben ustedes que ser amigos del mundo es ser enemigos de Dios? Cualquiera que decide ser amigo del mundo, se vuelve enemigo de Dios“. – Santiago 4:1-4, DHH.

Muchas acciones horrendas producidas por el hombre, como es el caso de la guerra, estremecen a toda persona de buena voluntad. Santiago dice que mucho de ese mal procede “del mundo” y de sus luchas ideológicas, egoístas y fratricidas, pero no de Dios. De ahí que deba decirse con claridad que mucho de lo que impera en este mundo nada tiene que ver con el espíritu de Dios ni con las enseñanzas de Jesús de Nazaret. Pablo de Tarso lo expresa de este modo:

Es fácil ver lo que hacen quienes siguen los malos deseos: cometen inmoralidades sexuales, hacen cosas impuras y viciosas, adoran ídolos y practican la brujería. Mantienen odios, discordias y celos. Se enojan fácilmente, causan rivalidades, divisiones y partidismos.  Son envidiosos, borrachos, glotones y otras cosas parecidas. Les advierto a ustedes, como ya antes lo he hecho, que los que así se portan no tendrán parte en el reino de Dios. En cambio, lo que el Espíritu produce es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. Contra tales cosas no hay ley“. – Gálatas 5:19-21, NTV.

Descanse en paz ese niño sirio en los brazos de Dios, así como todas las víctimas inocentes de la historia. Que como deseaba encarecidamente Walter Benjamin sean todas bendecidas por la Redención.

Esteban López