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Paseo a orillas del marA menudo en la vida pocas cosas suceden como esperamos. Quisiéramos aprehender el control de nuestra existencia, pero las circunstancias adversas, la falta de experiencia o el suceso imprevisto nos condicionan de tal modo que siempre tenemos la sensación de no alcanzar la paz y tranquilidad que nuestra alma tanto anhela. Quizá haya sido por eso que tantas personas y filósofos de todos los tiempos, hayan encontrado en el arte la paz y el consuelo que ávidamente su espíritu siempre había estado buscando.

Por ejemplo, “Paseo a orillas del mar”, de Joaquín Sorolla (1909), es un bálsamo para el alma. Sorprende agradablemente por su luminosa elegancia, y porque capta un momento único de belleza sublime y absoluta. Dos mujeres muy queridas por Sorolla son las protagonistas: su esposa Clotilde, con pamela en la mano, y su hija mayor, María Clotilde, que pasean al atardecer por la playa mientras la brisa del mar ondea en sus blancas ropas. Con belleza singular, se exhibe en todo su esplendor la clara luz del sol del Mediterráneo y de la playa de Valencia.

El lienzo es absolutamente excelso y un verdadero deleite para los sentidos. Todo es armonía, belleza y dignidad humana femenina, transmitiendo milagrosamente una envolvente paz. Es también por supuesto un paisaje costumbrista intemporal, porque como sucede con ciertas piezas de música excelsa, esta preciosa obra cautiva desde el mismo momento en que se ve, inspirando la convicción de que así lo seguirá haciendo siempre e incluso más allá. Es lo que tiene el arte, manifestación sublime del espíritu humano, que siempre anhela lo completo, lo bello y hasta la misma eternidad. No es de extrañar que ante semejante misterio, Jorge Santayana, (1863-1952) escribiera absolutamente esperanzado:

La belleza es una garantía de la posible conformidad entre el alma y la naturaleza. Y consiguientemente una razón para tener fe en la supremacía del bien“.

Por otro lado, “Paseo a orillas del mar” invita también a recordar la importancia del amor y la bella relación de Joaquín Sorolla con su esposa Clotilde. Ella viviría varios años después de la muerte del pintor y la que se encargaría fielmente de salvaguardar su patrimonio artístico en su totalidad, lo que propiciaría finalmente la creación en 1932 del actual Museo Sorolla de Madrid. Sin ella, sin Clotilde, sin su fuerza, lealtad y amor por Joaquín, quizá toda su obra se hubiera perdido para siempre y nadie hubiera conocido jamás al gran pintor de la luz.

Joaquín y Clotilde habían estado juntos casi toda la vida y se quisieron como pocos seres humanos se han querido. Él le decía a ella: “Eres mi carne mi vida y mi cerebro”. Y ella: “No es bastante muchas veces el cariño para pasarlo bien, hay que sentir lo mismo, hay que vivir la misma vida para entenderse y pasarlo agradablemente. Menos mal que tú y yo nos entenderemos siempre y nuestro cariño podrá consolarnos de otras penas”. Amor y arte unidos para siempre en el bello y eterno mundo de lo intemporal.

Esteban López