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El plan de Dios para salvación de toda la humanidad seguía su curso cuando Moisés profetizó, “El Señor tu Dios hará que surja en medio de ti, de entre tus hermanos, un profeta como yo. A él deberán escuchar” (Deuteronomio 18:15, RVC).

El apóstol Pedro, movido con energía por el Espíritu Santo de Dios en el Pentecostés, aplicó esas palabras proféticas a Jesús de Nazaret:

Es necesario que él permanezca en el cielo hasta que llegue el tiempo de la restauración de todas las cosas, como Dios lo ha anunciado desde hace siglos por medio de sus santos profetas. Moisés dijo:El Señor su Dios hará surgir para ustedes, de entre sus propios hermanos, a un profeta como yo; presten atención a todo lo que les diga“.- Hechos 3:21, 22, NVI.

Del mismo modo, también estaba predicho en el profeta Isaías, “El Señor mismo les dará la señal. ¡Miren! ¡La virgen concebirá un niño! Dará a luz un hijo y lo llamarán Emanuel (que significa “Dios está con nosotros”).- Isaías 7:14, NBV.

Un anuncio precioso

Es Lucas, el “médico amado”, el que narra el comienzo de ese precioso acontecimiento:

“Dios mandó al ángel Gabriel a Nazaret, un pueblo de la región de Galilea. El ángel llevaba un mensaje para una joven llamada María. Ella estaba comprometida para casarse con José, quien era descendiente del rey David.
 El ángel entró a donde estaba María, la saludó y le dijo: —¡Dios te ha bendecido de manera especial! El Señor está contigo. María se sorprendió mucho al oír un saludo tan extraño, y se preguntaba qué significaba eso.
 Entonces el ángel le dijo: —No tengas miedo, María, porque Dios te ha dado un gran privilegio. Vas a quedar embarazada; y tendrás un hijo, a quien le pondrás por nombre Jesús. Este niño llegará a ser muy importante, y lo llamarán “Hijo del Dios altísimo”. Dios lo hará rey, como hizo con su antepasado David; gobernará a la nación de Israel para siempre, y su reinado no terminará nunca. María le preguntó al ángel: —¿Cómo pasará esto, si aún no me he casado? El ángel le contestó: —El Espíritu Santo se acercará a ti; el Dios altísimo te cubrirá con su poder. Por eso el niño vivirá completamente dedicado a Dios, y será llamado “Hijo de Dios”. Tu prima Isabel, aunque ya es muy vieja, también va a tener un hijo. La gente pensaba que ella nunca podría tener hijos, pero hace ya seis meses que está embarazada. Eso demuestra que para Dios todo es posible. María respondió: —Yo soy la esclava del Señor. Que suceda todo tal como me lo has dicho. Y el ángel se fue. A los pocos días, María fue de prisa a un pueblo de la región montañosa de Judea. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Cuando Isabel oyó el saludo, el niño saltó de alegría dentro de ella. Isabel, llena del Espíritu Santo, dijo en voz alta a María: —¡Dios te ha bendecido más que a todas las mujeres! Y también ha bendecido al hijo que tendrás. ¿Por qué has venido a visitarme, tú que eres la madre de mi Señor? Tan pronto como oí tu saludo, el bebé saltó de alegría dentro de mí. ¡Dios te ha bendecido porque confiaste en sus promesas!”.– Lucas 1:26-2:52, Traducción en lenguaje actual (TLA)

La madre de Jesús de Nazaret

Las ocasiones o los contextos en los que se vuelve a mencionar en las Escrituras a María o a la “Madre de Jesús” son las siguientes:

“Por aquellos días Augusto César decretó que se levantara un censo en todo el Imperio romano. (Este primer censo se efectuó cuando Cirenio gobernaba en Siria). Así que iban todos a inscribirse, cada cual a su propio pueblo.

También José, que era descendiente del rey David, subió de Nazaret, ciudad de Galilea, a Judea. Fue a Belén, la Ciudad de David, para inscribirse junto con María su esposa. Ella se encontraba encinta y, mientras estaban allí, se le cumplió el tiempo.  Así que dio a luz a su hijo primogénito. Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada”.

Así fue el nacimiento de Jesucristo. Su madre, María, estaba comprometida con José. Pero antes de la boda, el Espíritu Santo hizo que quedara encinta“.- Mateo 1:8.

Mientras pensaba en esto se quedó dormido y un ángel se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas casarte con María, porque el hijo que lleva en las entrañas lo concibió ella del Espíritu Santo“. María tendrá un hijo y lo llamarán Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados… Al despertar de aquel sueño, José obedeció las palabras del ángel y se casó con María.– Mateo 1:20, 21, 24.

Entonces entraron en la casa, y al ver al niño con María, su madre, se postraron ante él para adorarlo. Luego abrieron sus alforjas y le ofrecieron como tributo oro, incienso y mirra“.- Mateo 22:11.

En Jerusalén había un hombre llamado Simeón, que era justo y devoto, y aguardaba con esperanza la redención de Israel. El Espíritu Santo estaba con él y le había revelado que no moriría sin antes ver al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, fue al templo. Cuando al niño Jesús lo llevaron sus padres para cumplir con la costumbre establecida por la ley, Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios:
 
«Según tu palabra, Soberano Señor, ya puedes despedir a tu siervo en paz. Porque han visto mis ojos tu salvación, que has preparado a la vista de todos los pueblos:
luz que ilumina a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». El padre y la madre del niño se quedaron maravillados por lo que se decía de él. Simeón les dio su bendición y le dijo a María, la madre de Jesús: «Este niño está destinado a causar la caída y el levantamiento de muchos en Israel, y a crear mucha oposición, a fin de que se manifiesten las intenciones de muchos corazones. En cuanto a ti, una espada te atravesará el alma».- Lucas 2:25-33, NVI

Aquella misma noche huyó José con María y el niño hacia Egipto“.-Mateo 2:14.

¿Será posible? —comentaban—. Este es hijo de María y del carpintero, y hermano de Jacobo, José, Simón y Judas”.- Mateo 13:55.

Jacob fue el padre de José, esposo de María, y María fue la madre de Jesús, el Mesías”.- Mateo 1:16.

Mientras Jesús hablaba a la gente, su madre y sus hermanos, que deseaban hablar con él, se tuvieron que quedar fuera“.- Mateo 12.46.

Cuando la madre y los hermanos de Jesús llegaron, se quedaron afuera y le enviaron un recado para llamarlo“.- Marcos 3:31.

Simeón los bendijo y le dijo a María, la madre de Jesús: «Este niño ha sido enviado para hacer que muchos caigan o se levanten en Israel. Él será una señal y muchos se le opondrán“.-Lucas 2:34.

La madre y los hermanos de Jesús fueron a verlo, pero no podían acercarse a él porque había mucha gente“.-Lucas 8:19.

Tres días más tarde hubo una boda en el pueblo de Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí… El vino se acabó y entonces la madre de Jesús le dijo: ―Ya no tienen vino“. Jesús le respondió:―Mujer, ¿acaso es mi problema? Todavía no ha llegado mi hora. Su madre dijo a los sirvientes: ―Hagan lo que él les ordene.-Juan 2:1, 3-5.

Los padres de Jesús subían todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Cuando cumplió doce años, fueron allá según era la costumbre. Terminada la fiesta, emprendieron el viaje de regreso, pero el niño Jesús se había quedado en Jerusalén, sin que sus padres se dieran cuenta. Ellos, pensando que él estaba entre el grupo de viajeros, hicieron un día de camino mientras lo buscaban entre los parientes y conocidos. Al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén en busca de él. Al cabo de tres días lo encontraron en el templo, sentado entre los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían se asombraban de su inteligencia y de sus respuestas. Cuando lo vieron sus padres, se quedaron admirados.
—Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? —le dijo su madre—. ¡Mira que tu padre y yo te hemos estado buscando angustiados!
 —¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que tengo que estar en la casa de mi Padre?
 Pero ellos no entendieron lo que les decía.
 Así que Jesús bajó con sus padres a Nazaret y vivió sujeto a ellos. Pero su madre conservaba todas estas cosas en el corazón. Jesús siguió creciendo en sabiduría y estatura, y cada vez más gozaba del favor de Dios y de toda la gente”.-Lucas 2:41-52, NVI. 

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la esposa de Cleofas, y María Magdalena. Cuando Jesús vio a su madre, y a su lado al discípulo a quien él amaba, dijo a su madre: —Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dijo al discípulo: —Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel momento ese discípulo la recibió en su casa.- Juan 19:25-27.

“Allí, en el aposento alto de la casa, se reunieron para orar. Estuvieron presentes: Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago el hijo de Alfeo, Simón el Zelote, Judas el hijo de Santiago y los hermanos de Jesús, además de varias mujeres, entre las que se encontraba la madre de Jesús“.- Hechos 1:13,14.

Algunas reflexiones

Esto es lo que dicen las Escrituras sobre María. Puede verse que María siguió permanentemente la trayectoria de su hijo y que siempre estuvo a su lado, hasta el mismo momento de su muerte, la cual es de imaginar que, como madre, le dolería hasta lo más profundo de su corazón.

Cuando encuentran a Jesús en el templo con doce años, enseñando a los maestros de la ley, dice el evangelio que “su madre conservaba todas estas cosas en el corazón”. Es de imaginar que a medida que iba viendo todo lo que Jesús hacía y decía, más se maravillaba y más podía ver el poder de Dios en él. Como buena madre y persona de fe, María tenía razones de sobra para sentirse muy orgullosa de él. 

En el primer milagro de Jesús, en la boda de Caná, cuando Jesús convierte el agua en vino (imaginamos que de buena calidad), puede notarse cómo María sabía que Jesús era el enviado de Dios cuando dijo, “haced todo lo que os diga“. Eso muestra su aprecio y su confianza plena en Jesús. También su discreción y humildad al mantenerse en un segundo plano, dejando que sólo fuera Jesús el centro del plan de Dios para salvación. 

Cuando Jesús agonizaba, es de suponer también su tremendo dolor. Es posible que para entonces estuviera ya viuda. Por eso la preocupación de Jesús cuando le dice a Juan: “—Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dijo al discípulo: —Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel momento ese discípulo la recibió en su casa“. 

Notamos también cómo además de Jesús, María y José habían tenido otros hijos y que eran “hermanos de Jesús”. -Mateo 13:59. 

María estuvo también presente, junto al resto de discípulos, en aquel aposento alto en Jerusalén. “Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos” (Hechos 1 y 2). Entonces, en la fiesta del Pentecostés, Espíritu Santo cayó sobre todos ellos en forma de lenguas de fuego, llenándoles de fuerza y poder. María formaría también parte a partir de entonces una gran nube de testigos que darían a conocer las “maravillas del reino de Dios” cuya semilla había plantado ya Cristo Jesús. 

En ningún lugar de las Escrituras notamos que a María se le llame “Madre de Dios”, sino siempre “Madre de Jesús“. Porque, “Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16, DHH). No se encarnó el mismo Dios Todopoderoso, sino que envió a su Hijo Unigénito, el cual tenía también naturaleza divina como su Padre (igual que un padre humano transmite naturaleza humana a su hijo). No fue Dios mismo quien murió en un madero, sino el Hijo de Dios al dar en sacrificio su vida por toda la humanidad. 

Tampoco se anima en las Escrituras a orar a nadie que no sea “el Padre”. “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pedís en mi nombre, yo lo haré” (Juan 14:13,TLA). “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mateo 6:9). De modo que “hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hombre” (1 Timoteo 2:5, LBLA). Así es que es posible orar a Dios por otros, y hacerle toda clase de ruego o mostrarle gratitud, pero sólo a través de Jesucristo. 

En toda la historia de Israel así como en la congregación cristiana primitiva una cosa queda clara: la adoración exclusiva es siempre a Dios, Creador del cielo y de la tierra, “el Dios Verdadero”, en contraste con otros dioses falsos. Cuando el apóstol Juan quedó maravillado por todos los mensajes que el ángel le reveló, dice el registro: “Yo, Juan, vi y oí estas cosas. Y después de verlas y oírlas, me arrodillé a los pies del ángel que me las había mostrado, para adorarlo. Pero él me dijo: «No hagas eso, pues yo soy siervo de Dios, lo mismo que tú y que tus hermanos los profetas y que todos los que hacen caso de lo que está escrito en este libro. Adora a Dios“.- Apocalipsis 22:8-10, DHH. 

Desarrollo histórico posterior del papel de María

Sin embargo con el tiempo, el papel de María se sobredimensionó debido al fervor emocional de muchas personas. Ya no era sólo aquella mujer discreta y privilegiada por Dios para traer a su Hijo a la tierra y que siempre había puesto la importancia no en ella, sino en el propio Jesús. El teólogo católico Hans Küng escribe:

Hubo en Oriente una antigua tradición de culto a divinidades maternas del Oriente Próximo que pudo ser utilizado para la veneración de María: en la forma de un culto a la “Virgen perpetua”, la “Madre de Dios” y excelsa “Madre del cielo”. Fue en Oriente donde se invocó primero a María en oración (“Bajo tu protección”, siglos III-IV) y se introdujo en la liturgia el recuerdo de María. Fue en Oriente donde se contaron primero leyendas sobre María y se compusieron himnos a María, donde primero se dio nombre de María a iglesias, donde se introdujeron fiestas a María y se hicieron imágenes de ella.

Sólo un concilio en Oriente pudo concebir obligar a la iglesia a creer en María como “alumbradora de Dios“. Nos referimos al concilio de Éfeso del año 431. Sabemos hoy que esta afirmación cristológica preñada de consecuencias respondía en especial a los intereses políticos de un hombre, que, en una maniobra de altos vuelos, supo manipular aquel concilio: Cirilo de Alejandría. Ya antes de que llegara de Antioquía el otro partido del Concilio, que había hablado de María como “alumbradora de Cristo” (christotókos), había logrado él imponer su definición: “alumbradora de Dios” (theotókos). Era éste un título nuevo, alejado de la Biblia, que provocaría fórmulas aún más equívocas como “madre de Dios”.

Sólo en Oriente, pues, en Éfeso, había sido posible imponer tal mariología; en una ciudad en la que el pueblo veneraba a la “Gran Madre” (originariamente la virginal diosa Artemisa, Diana) y que, por tal motivo, recibieron con entusiasmo a la “diosa” sustituta María.

En Agustín, por ejemplo, así y todo padre teológico del paradigma latino-medieval (P III), no encontramos ni himnos ni oraciones a María; tampoco se mencionan fiestas Marianas.

Era del todo lógico que desde el siglo XII se alzaran incluso voces aisladas que afirmaron de forma expresa la “preservación de María del pecado original”Tal excepción… no pudo imponerse en un primer momento debido a la oposición de los teólogos, en especial de Tomás de Aquino.

Sólo de una cosa se guardaron en la Edad Media: de proclamar algún dogma mariano nuevo. Esto quedaba reservado para los papas de los siglos XIX y XX: Pío IX y Pío XII. En especial Pío IX cargó, mediante su política, a la iglesia con dos dogmas… sin ningún fundamento bíblico, proclamara como dogma la inmaculada concepción (preservación del pecado original, 1854), y dieciséis años más tarde, con la ayuda del Concilio Vaticano I (1870), impuso también a toda la iglesia el primado y la infalibilidad del papa… Pío XII continuó en la misma línea. Tuvo la ambición – insensible en su triunfalismo a los reparos protestantes, ortodoxos e intracatólicos- de proclamar como dogma la asunción de María a la gloria celestial en el año 1950 como punto culminante de una “Época mariana” proclamada entonces por él”. – Hans Küng, “El cristianismo, Esencia e historia“, pág. 461, Trotta, 1997.

Conclusión

Es verdad que la veneración a María está muy arraigada en muchos lugares hoy día. Es una tradición que mueve el fervor de muchas personas. Pero con valentía, respeto y humildad habría que preguntar una vez vista la evidencia, si merece la pena que una tradición pese más que la verdad misma. En un contexto diferente, resuenan las palabras de Jesús: “La adoración que me brindan no les sirve de nada porque enseñan tradiciones humanas como si fueran mandamientos de Dios. Ustedes pasan por alto los mandamientos de Dios y se aferran a la tradición de los hombres” (Marcos 7:7,8, NBV). También “los verdaderos adoradores deben adorar al Padre con espíritu y con verdad” (Juan 4:24).

Por eso, con respecto a María, mi aprecio y cariño siempre serán los mismos, aunque entienda que la adoración debe ser sólo para Dios. María es alguien preciosa a los ojos de Dios, que no dudó en traer a su hijo a la tierra a través de ella por ser una persona buena y limpia de corazón, además de ser descendiente de David. Por ello toda mi gratitud profunda por su abnegación y dedicación a la causa de Dios, así como su gran ejemplo de fe y de amor.  

Esteban López