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KierkegaardLa obra de Sören Aabye Kierkegaard ha influido profundamente en la teología y filosofía modernas debido sobre todo a su preocupación por la existencia individual de la persona y de su relación con Dios.

Kierkegaard nació en Copenhague, Dinamarca, el 15 de mayo de 1813 y era hijo de un rico comerciante danés y estricto luterano. Estudió teología y filosofía en la Universidad de Copenhague donde conoció la filosofía de Hegel con la que se enfrentó decididamente debido a su exaltación de lo universal, de lo colectivo, más bien que de lo individual, de la persona única e irrepetible. No podía entender al ser humano como un número o simplemente inmerso en la multitud, pues eso podría llevarle a que evadiera completamente su responsabilidad como individuo.

Y es que Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770–1831) afirmaba en su filosofía que la historia humana es también una historia de Dios, lo que él llama ‘el espíritu absolutHegelo’, cuyo propósito es conducir al hombre a la libertad, y aunque esa misma historia humana haya estado llena de horribles calamidades, dolor y sufrimiento. Son, según Hegel, ‘el precio’ necesario a pagar para lograr la libertad de la humanidad. De nada sirve por tanto recurrir a principios morales cuando de lo que se trata aquí es del ‘implacable transcurso de la historia‘.

Sin embargo, es aquí cuando Sören Kierkegaard se rebela absolutamente. El ser humano no puede ser solo una víctima de los avatares de la historia y de sus daños colaterales. Dios no mira la cosas grosso modo. “A Dios tenemos que acercarnos uno por uno, como individuos, no en masa… La raza humana tiene el notable rasgo de que, precisamente porque cada individuo está creado a imagen de Dios, el individuo único es superior a la especie. Eso se puede tomar en vano o usarse horriblemente mal, lo concedo. Pero eso es cristianismo. Y ahí es donde hay que dar la batalla”.

En su obra O lo uno o lo otro (1843), Kierkegaard plantea su teoría de los dos estadios: el estético o entrega hedonista a los placeres de esta existencia, el cultivo de las apariencias pero al final la desesperación; o el de la responsabilidad ética o fiel compromiso con el deber. La elección depende de cada ser humano. Sin embargo, en su obra Estudios en el camino de la vida (1845), Kierkegaard percibe todavía un tercer estadio: el religioso, o entrega total a Dios en el que el hombre alcanza la verdadera libertad.

En Temor y temblor (1846) nuestro filósofo se centra en el mandamiento de Dios según el cual Abraham ha de sacrificar la vida de su hijo Isaac. Éste muestra una gran fe al someterse al mandato de Dios, incluso aunque no lo pueda comprender. Y en su obra La enfermedad mortal (1849), se refleja la idea del sufrimiento como esencia de la verdadera fe en el cristianismo.

Kierkegaard fue un pensador religioso apasionado, atormentado y angustiado. Su compromiso con Jesús de Nazaret lo convirtió en disidente de la iglesia oficial de Dinamarca. En sus escritos en los que usaba seudónimos, manifestaba su disidencia una y otra vez contra la iglesia constituida y oficial. No quería que se acomodara al mundo. Pedía al clero que reconociera que lo que predicaba nada tenía que ver con el modelo dejado por Cristo y que por eso dejaban de ser sus discípulos incondicionales. Exigió siempre que se distinguiera entre el cristianismo y la cristiandad y exhortó a las gentes a que se separaran de una iglesia que no era la del Nuevo Testamento. Si Jesús de Nazaret suscita siempre disidentes, entonces Kierkegaard resulta ser todo un fiel discípulo suyo.

En cierta ocasión escribió:

La totalidad de mi trabajo como escritor se relaciona con el cristianismo, con el problema de ‘llegar a ser cristiano’, con una polémica directa o indirecta contra la monstruosa ilusión que llamamos cristiandad, o contra la ilusión de que en un país como el nuestro todos somos cristianos”.

Desde el principio hasta el fin la auténtica pregunta de su vida fue cómo llegar a ser cristiano y cómo puede la persona concreta llegar a tener una relación personal con Dios como fue el caso de Abrahan. Pero como respuesta, lo primero que se requiere es comprender las condiciones concretas de la existencia, es decir, “comprenderme a mí mismo en la existencia” pues esa es la verdadera realidad.

Para Kierkegaard, la desesperación y angustia del hombre proviene de su no relación con el Creador. Cuando la persona rompe mediante el pecado su relación con ese mismo Poder que lo creó -porque es por supuesto libre de hacerlo-, siente la desesperación. Kierkegaard antepone el ejemplo del personaje de Don Juan, que ama lo inmediato y la búsqueda de placer (hombre estético), con el de Abrahan (hombre religioso), quien mantiene siempre una relación bipolar persona-Dios, algo que más tarde Martin Buber, influido por Kierkegaard, describirá como una relación de “yo-tú”. En su obra Temblor y Temor, Kierkegaard llama a Abrahan por eso, ‘caballero de la fe”.

La persona creyente no tiene necesidad alguna de demostrar su fe por la razón, según Kierkegaard. Para defender eso compara al cristiano con un enamorado, y dice:

“¿Crees tú que a un enamorado se le iba a ocurrir entablar una defensa de su enamoramiento? … El que está realmente enamorado no pierde el tiempo en hacer demostraciones con tres argumentos o en hacer defensas; pues él mismo es aquello que vale más que todos los argumentos y que cualquier defensa, a saber, él mismo es un enamorado”.

kierkegaard2Pero no hay que confundirse. Kierkegaard no era en absoluto un existencialista desesperado falto de esperanza. En su libro Historia de la ideas contemporáneas, el profesor Mariano Zafio (Buenos Aires, 1960) escribe algo muy importante para poder entender el verdadero sentir de Kierkegaard:

De Kierkegaard parten diversas corrientes filosóficas contemporáneas, como algunas manifestaciones del personalismo y del existencialismo…

“La lectura Kierkegaardiana de algunos representantes del existencialismo, como Heidegger y Sartre, adolecen de parcialidad. Sus análisis de la angustia y la desesperación encuentran una cierta inspiración en el pensador danés, pero ni la angustia ni la desesperación son la última palabra de Kierkegaard. Si confiamos en la sustancial sinceridad de las confesiones de este autor, tendremos que admitir el carácter religioso que Kierkegaard quiso imprimir a su obra… La lectura existencialista queda fundamentalmente como una versión trunca del pensamiento de Kierkegaard.

“Kierkegaard tiene mucho que decir al hombre contemporáneo. Su misión fue la de abrir caminos, que podrán ser transitados con provecho por los que quieren encontrar en el hombre una fundación teológica y un destino trascendente. 

Kierkegaard, enfrentándose a Hegel, volvía a colocar en el centro de la atención antropológica al individuo singular. No al individuo autónomo del liberalismo, sino al individuo que encuentra el sentido de su existencia en su fundamentación teológica, en el saberse delante de Dios”.

El nihilismo puede conducir también a lo que hoy llamamos ‘pensiero debole’ (pensamiento débil – Gianni Vattimo): no afirmar ninguna verdad absoluta, tolerar, tratar de convivir con lo poco de felicidad que esta vida sin sentido puede proveer. Los hombres deben aceptar la falta de sentido de la historia, asimilar la propia finitud, convivir con lo absurdo de la vida cotidiana… Si nada tiene sentido, es inútil establecer objetivamente el bien y el mal, prohibir o permitir.

Un pensador clave para entender… el nihilismo es Federico Nietzsche. El nihilismo nietzscheano es uno de los elementos más presentes… en las vastas masas contemporáneas cerradas a la trascendencia. Este nihilismo influirá en algunas corrientes filosóficas. Entre éstas reviste particular importancia el existencialismo de Heidegger y de Sartre. El primero constata la limitación del hombre, considerado un “ser para la muerte”; el francés sostiene que la existencia humana es un absurdo: el hombre es libertad, pero una libertad nunca satisfecha. Con su voluntad le gustaría ser Dios, pero se da cuenta de que no llegará a serlo nunca. El hombre está condenado a su libertad, es una pasión inútil. Los dos filósofos de inspiran en una lectura secularizada de Sören Kierkegaard. Esta lectura era sin lugar a dudas reductiva: se conservaban algunos conceptos como la angustia y la desesperación de la existencia humana sin incluir el remedio que Kierkegaard proponía para superarlas: la fe.

– Historia de la ideas contemporáneas, págs. 147, 274, Rialp 2006.

Su lucha por entender su existencia, por el problema de ‘llegar a ser cristiano‘ y su disidencia militante con la religión establecida le llevaron a enfermar gravemente. Un día de octubre de 1855, después de pasar por el banco para recoger sus últimos ahorros, se desvaneció en plena calle. Quedó paralítico de ambas piernas y se le diagnosticó una grave lesión en la columna. En el hospital se negó a recibir la comunión de ningún miembro de la iglesia de Dinamarca y dijo que solo la aceptaría de manos de un laico. Murió el 11 de noviembre de 1855. Había vivido solo 42 años. Pero su entierro demostró que muchos compartían su disidencia. Se había ido quien él mismo había dicho que era: ‘un poeta de la existencia’ a quien le habría gustado ser contemporáneo de Jesús de Nazaret. Quizá por eso Miguel de Unamuno lo llamó ‘el hermano Kierkegaard’.

Esteban López

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