Joan Trumpauer, lo bueno y lo recto

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Joan-Trumpauer-MulhollandIdentificar el mal o la injusticia desde la comodidad del tiempo, cuando ya todo ha pasado y puede analizarse desde una perspectiva histórica, es fácil para todos nosotros. Otra cosa bien diferente es identificar con claridad lo que es injusto en el preciso momento en que está ocurriendo o lo estamos viviendo. Ese fue el caso de Joan Trumpauer-Mulholland (14 de septiembre de 1941), quien a pesar de su juventud mostró que había en ella una bella conciencia sensible llena de compasión y humanidad.

Joan había nacido el 14 de septiembre de 1941 en Washington D.C. pero se crió en Arlington, Virginia, coincidiendo su juventud allí con el Movimiento por los Derechos Civiles en contra de la discriminación racial de las personas de raza negra. Sus bisabuelos habían sido dueños de esclavos en Georgia y aparceros. Pero a diferencia de Joan, su madre continuaba siendo profundamente racista.

Joan asistía a la Iglesia Presbiteriana y a la Escuela Dominical cada semana desde que era niña y allí siempre había oído que a los ojos de Dios todos los niños eran iguales, y que se debería hacer a los demás lo que nos gustaría que nos hicieran a nosotros, algo que contrastaba tristemente con el entorno que le tocó vivir. Una de las canciones que allí aprendió decía:

Cristo quiere a los niños
A todos los niños del mundo
Rojos y amarillos, negros y blancos
Todos son preciosos para Él

una canción que cantaría algunas veces después mientras estaba en prisión debido a sus convicciones.

La causa de que en aquel entonces existiera discriminación racial en todo el país, sobre todo en los estados sureños de los Estados Unidos, se debía a las llamadas leyes Jim Crow (1876), así como a los códigos negros (1800-1866), que incluían segregación en las escuelas públicas, lugares públicos, transporte público, baños y restaurantes, existiendo incluso fuentes de agua potable distintas para blancos y para negros. Incluso el ejército estadounidense también había llegado a estar segregado. Hay que decir por otro lado, y para vergüenza de quienes las crearon, que aquellas leyes Jim Crow fueron las que sirvieron de base al régimen nazi para la creación de las leyes racistas de Nuremberg, cuya imposición causó tanto sufrimiento a millones de seres humanos de “raza no aria”.

Joan-Trumpauer-Mulholland2Joan empezó a abrir los ojos sobre la discriminación racial cuando tenía 10 años de edad y pudo apercibirse de las extremas diferencias económicas que había entre razas. Por entonces también empezarían las primeras manifestaciones contra la discriminación racial. Muy sensible a todo aquello, a los 18 años decidió participar en la primera ‘sentada’. Que una señorita blanca del sur participara en manifestaciones junto a personas de raza negra no se comprendía en modo alguno. La arrestaron y la declararon “mentalmente inestable”. Pero no se detendría ahí. Al año siguiente se uniría a los “Freedom Riders” (viajeros de la libertad), grupos de chicos y chicas de ambas razas que viajaban en autobús por varios estados y que entraban en bares, en piscinas segregadas y en colegios para protestar por la discriminación racial, lo que a menudo provocaba la ira de los más racistas, incluidos nazis y miembros del Ku Klux Klan, quienes hacían de ellos escarnio y toda clase de burlas. En algunos bares tanto Joan como sus valientes amigos eran a menudo rociados con azúcar, líquidos y salsas de todo tipo. ¿Quién aguantaría hoy día algo así por defender una causa justa?

En cierta ocasión, mientras Joan y otros jóvenes antisegregacionistas viajaban en uno de aquellos autobuses, fueron atacados por turbas violentas racistas quemando el autobús donde viajaban. Todos fueron apaleados, pateados y detenidos. Era junio de 1961, cuando Joan tenía 19 años. La policía de Jackson, Mississippi, en el sur profundo de los Estados Unidos, la fichó y retrató de frente y de perfil tal y como se ve en la fotografía de arriba. La encerraron durante dos meses en el pabellón de la muerte de Parchman Farm, una de las más duras prisiones de Estados Unidos, antes de dejarla en libertad a la espera de juicio.

Joan había empezado a estudiar en la prestigiosa universidad de Duke, Durham, Noth of Carolina, pero fue expulsada por negarse a formar parte de los movimientos antiracistas. Solía decir que se encontraba mucho mejor entre jóvenes de color que entre “estas yanquis ateas de Duke“. Fue injuriada y calumniada por mucha gente e incluso por medios de comunicación con toda clase de insultos por unirse después a un instituto “sólo para negros”, Tougaloo College en Jackson, donde conoció a Martin Luther King el día que vino a hacer un discurso. Mientras estuvo en ese instituto, Joan recibía multitud de cartas con amenazas. Que fuera blanca y del sur era mucho más de lo que aquella sociedad de entonces podía soportar. Se sentían mucho más provocados. Pero no era más que el resultado de sus buenas cualidades como ser humano, de su conciencia sensible y de la formación recibida en la escuela dominical.

Hay algo profundamente noble y hermoso cuando al idealismo de la juventud se unen altos principios, compasión por el sufrimiento humano y una conciencia sensible. Kant decía que ‘la ley moral que llevo dentro de mí me causa admiración’. Finalmente todo aquel ingente esfuerzo acabó dando sus frutos cuando el presidente Lyndon B. Johnson firmó en 1964 la Civil Rights Act (Ley de los Derechos Civiles) que al menos prohibía la discriminación racial oficialmente y aunque incluso al día de hoy exista en muchos sectores. Aquella victoria no fue más que el resultado de saber identificar lo que era injusto en el mismo momento en que sucedía. Y todo gracias a conciencias sensibles como fue el caso también de Rosa Paks.

Joan trabajó después como profesora de inglés para los sectores más desfavorecidos como los inmigrantes, en el Smithsonian Institution y en el Departamento de Comercio y de Justicia de los Estados Unidos. Fundó también la Joan Trumpauer Mulholland Foundation, dedicada a educar a los jóvenes en el Movimiento por los Derechos Civiles y en cómo defenderlos en sus propias comunidades. Fue madre de cinco hijos, está jubilada y siempre que le preguntan dice que de vivir otra vez, volvería a hacer exactamente lo mismo.

Esteban López