Arnold Schönberg, ‘la emancipación de la disonancia’

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Al principio pocos creían en él. El músico Richard Strauss (1864-1949) había dicho de él que “mejor que se dedique a quitar la nieve de los caminos que a componer“. Pero pocos contaban con una de sus mayores cualidades: su determinación; eso y su profundo amor por la música. Se llamaba Arnold Schönberg (1874-1951), quien junto a Ígor Stravinsky, llegaría a ser uno de los compositores más importantes del siglo XX.

Schönberg había nacido en Viena, Austria, el 13 de septiembre de 1874 en el seno de una familia pobre de origen judío. Tanto esto como los avatares de la vida hicieron de él una persona de carácter serio y poco dado a sonreír. Pero a veces no tener una vida fácil conduce a la virtud y a la robustez del carácter. Y en el caso de Schönberg eso se tradujo en una sorprendente inventiva, y no solo en el campo de la música. Pintó también cuadros con notable éxito y amplias exposiciones, se encuadernaba sus propios libros, tallaba sus propias piezas de ajedrez e inventó una máquina para escribir música.

Schönberg había mostrado siempre interés por la filosofía, la poesía, la ética y la moral. Era autodidacta y con solo nueve años ya tocaba el violín escribiendo sus propias composiciones. Siempre reconoció la influencia musical de Johannes Brahms, Gustav Mahler, Richard Wagner, Johann Sebastian Bach y Wolfgang Amadeus Mozart. Pero al fallecer su padre, un zapatero natural de Hungría, tuvo que empezar a trabajar como aprendiz en un banco. Sin embargo no pensaba en nada más que en la música. Seguía de lejos los conciertos al aire libre en parques o a veces se gastaba todo su sueldo en sesiones de distintas óperas. La pasión lo arrastraba a no desear nada más en la vida que el disfrute y la creación de ese excelso misterio. Para ello eligió vivir en Berlín, donde obtuvo la guía y el magisterio del compositor Alexander Von Zemlinsky, y con cuya hermana Mathilde se casaría en 1901.

La obra de Schönberg no fue un camino de rosas. La razón es porque en él se produce un cambio de paradigma en la historia de la música del siglo XX. Mientras que músicos como Strauss, Mahler o Debussy procuraban adaptarse al estilo armónico de Warner, él eligió un estilo bien distinto al darse cuenta de que la evolución en el arte también ha habido cambios bruscos de dirección o saltos espectaculares, no solo un crecimiento gradual. Por eso decía que “soy esclavo de un poder interior más poderoso que mi educación“. A eso él lo llamaba “la emancipación de la disonancia“. En cierta ocasión escribió que “la música es un mensaje profético que revela la forma superior de vida hacia la que evoluciona la humanidad“.

Por eso sus primeras obras no fueron entendidas. De hecho sus primeras presentaciones públicas fueron un escándalo para la gente de su día en Viena. Su estilo era demasiado rompedor y “diferente”. Solo Mahler fue la única persona de relieve que entendía lo que él estaba buscando. El resto se extrañaba ante aquel pandemónium de sonidos, ritmos y formas. A esa difícil situación se añadió otro drama en su vida personal. Su esposa Mathilde lo abandonó por un amigo pintor, experiencia que le entristeció profundamente. Esforzándose por reponerse del trauma, no le quedó otro remedio que dedicarse de lleno a su creación musical. Nada extraña por tanto que esas primeras composiciones suyas fueran de tono triste y sombrío. Y es que la obra siempre registra de un modo u otro la experiencia vital del autor. Con el tiempo, circunstancias de la vida, el pintor por el que su mujer lo abandonó, se ahorcó, pues ya había mostrado anteriormente tendencias suicidas. Schönberg, en lugar de despreciarla, llevó a Mathilde de nuevo a su casa y, cuando le mostró la partitura de los ensayos de la orquesta, ella pudo leer la dedicatoria: “A mi esposa“.

Los problemas y el desprecio por su música de algunos tradicionalistas no cesaban. En cierta ocasión hubo tal escándalo con sonido de silbatos incluidos en el teatro, que la sesión tuvo que ser interrumpida. Sin embargo una vez más, fue la fuerza de su determinación la que hizo que siguiera hacia adelante con plena confianza en la creación de su obra innovadora. Su respuesta fue finalmente su obra Pierrot Lunaire, que se estrenaría en 1912 y que ha sido considerada el equivalente a la “E=mc2” de la música, centrándose en la decadencia y degeneración del hombre moderno. Y es que Schönberg se consideraba a sí mismo un “expresionista”, un “postimpresionista” como lo fueron también en la pintura Paul Cézanne o Vincent Van Gogh; al igual que ellos buscaba significados más profundos de la inconsciencia. Decía que “nunca fui capaz de expresar mis sentimientos o emociones en palabras. No sé si esta es la causa de por qué lo hice en la música y la pintura“. Estaba también convencido como Bertrand Russell de que la música, al igual que la matemáticas, participada también de la lógica.

El estreno de Pierrot tiene lugar a mediados de octubre de 1912 en la Chorallionsaal de Berlín. Los músicos son dirigidos por el mismo compositor. La obra está compuesta de tres partes conteniendo siete poemas y tiene una duración de media hora. Suena la música con total libertad transmitiendo infinidad de sentimientos, desde el humor más diáfano hasta el sentir más tenebroso. Los críticos se arremolinan intentando oscurecer la luz de su sol, mientras el público permanece en respetuoso silencio. Pero esta vez, a diferencia de otras ocasiones, lo impensable: explota al final una estruendosa y larga ovación hacia Schönberg. Debido al poco tiempo que dura la obra, son muchas las personas que piden volver a disfrutarla, incluidos algunos críticos. Uno de ellos llega a describir la ocasión “no como el fin de la música, sino como el principio de un nuevo modo de escucharla“. Con su firme creencia en sí mismo, en el subjetivismo, en los instintos y en el expresionismo, Schönberg había descubierto con su pasión un camino diferente al de Richard Warner.

A partir de entonces, la fama. Siguió componiendo en su estilo no siempre bien comprendido. Su experiencia ilustra, como ha ocurrido en muchos otros casos, que a los precursores al principio se les entiende poco, que sus obras revolucionarias suscitan primero la oposición, pero que luego llega el reconocimiento público y el silencio de los disidentes. Y todo por la fuerza que ha caracterizado siempre su forma de ser: ilusión, confianza plena en sí mismos, pasión y férrea determinación. Solo así se han alcanzado siempre los más grandes hitos y logros excelsos de la humanidad.

Esteban López