El concepto de ‘autoridad’ eclesiástica

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Rafael había sido bautizado como católico siendo un bebé, como en el caso de muchas otras personas. Al alcanzar la adolescencia tuvo la oportunidad de tratar con la iglesia evangélica y sus dirigentes le dijeron que debería volver a bautizarse porque el bautismo católico no fue válido al ser él un niño. Más adelante conoció la iglesia mormona y a medida que iba asociándose con ellos le decían que el bautismo realmente válido era el de su iglesia, la única que había recibido la autoridad a través de su fundador Joseph Smith. Con el tiempo, los testigos de Jehová le visitaron, empezaron un estudio bíblico con él y le dijeron que debería volver a bautizarse porque todos los anteriores bautismos no habían sido apropiados. Pero entonces Rafael, cansado ya dijo: “Por el amor de Dios, ya no puedo más“.

Esta experiencia muestra el reclamo de autoridad que hacen las distintas iglesias asignándose cada una de ellas la única autoridad para actuar en nombre de Dios. Eso incluye por supuesto decidir cómo bautizar, cómo casarse, qué es pecado y qué no, cómo conseguir el perdón de pecados, cómo nombrar obispos, pastores, ancianos, etc. Como es de imaginar, cada iglesia tiene su “librillo”.

Algunos ejemplos históricos

En su libro “El cristianismo, Esencia e Historia“, Trotta, 1997, el teólogo católico Hans Küng escribe:

Funesto para la renovación católica es el año 1536. Porque en ese año se reorganiza la Inquisición (al parecer, por instancias de Ignacio de Loyola) y se crea en Roma por Paulo III un punto central de la Inquisición para todos los países: el famoso y tristemente célebre “Sacrum Officium Sanctissimae Inquisitionis“. (pág. 489).

Quizá Iñigo de Loyola así como tantos otros intolerantes en la historia, deberían haber leído por lo menos a Lactancio, quien en el siglo IV escribió:

Aunque nuestro Dios es el Dios de todos los hombres, tanto si ello les place como si no, nos abstendremos de forzar a nadie que le adore y no nos enfurecemos contra quienes no lo hacen… Sólo en la religión anida la libertad, pues ante todo atañe al libre albedrío”. – Lucio Lactancio, 245-325, “Divinae Institutiones“.

Küng sigue diciendo:

La parte más problemática de los “Ejercicios” es el final: las 18 reglas para sentir la Iglesia, especialmente la regla 13″. (pág. 894).

¿Qué dice esa regla número 13 de los “ejercicios espirituales” de Ignacio de Loyola?

13ª regla. “Debemos siempre tener para en todo acertar, que lo blanco que yo veo, creer que es negro, si la Iglesia hierárchica así lo determina, creyendo que entre Cristo nuestro Señor, esposo, y la Iglesia su esposa, es el mismo spíritu que nos gobierna y rige para la salud de nuestras ánimas, porque por el mismo Spíritu y Señor nuestro, que dio los diez Mandamientos, es regida y gobernada nuestra sancta madre Iglesia”.

Es decir, que si uno ve que algo es blanco, pero la Iglesia dice que en realidad es negro, uno debe someterse a su autoridad y aceptar con los ojos cerrados esa premisa. Pero hay que decir que esa idea no sólo es defendida por la iglesia católica. Es exactamente la que defienden también otras iglesias. Es la habilidad para enlazar el criterio de ciertos dirigentes religiosos con la misma voluntad de Dios o de Cristo. Sin embargo, hay que reconocer que a menudo esa ha sido la causa de un gran abuso espiritual a través de la historia del cristianismo. La gente suele ser buena y entrega su corazón a cualquier causa “si es la voluntad de Dios“. Pero en demasiadas ocasiones no se ha tratado en absoluto de la voluntad de Dios, sino de la voluntad de hombres. Porque es altamente dudoso por ejemplo, que la Inquisición, la Cruzadas o las guerras de religión hayan tenido algo que ver con la voluntad de Dios. Más bien fueron intereses espúreos, de control espiritual o político y que nada tenían que ver con el espíritu del Evangelio.

Otro ejemplo de imposición de autoridad sobre los fieles creyentes tuvo lugar en 1564, con la publicación de el Índice tridentino de libros prohibidos para todos los católicos. Fueron malos años para la libertad de conciencia. En 1600 la Inquisición quema en la hoguera a Giordano Bruno. Hans Küng sigue diciendo:

En 1663 hará ponerse de rodillas a Galileo y amedrentará de tal manera a Descartes que éste no se atreve ya a publicar escrito alguno. Con ello quedaba cimentado el nefasto rechazo de las ciencias naturales empíricas por la Iglesia católica, y hasta 1835 estarán en el Índice las obras de Copérnico y de Galileo“. – Ibidem, pág. 500.

Sin embargo, Galileo Galilei había escrito: “No me siento obligado a creer que un dios que nos ha dotado de inteligencia, sentido común y raciocinio, tuviera como objetivo privarnos de su uso“. Galilei había entendido muy bien la diferencia entre Dios y lo impuesto a la fuerza por los hombres.

El Concilio Vaticano I fue otro intento de “blindar” la autoridad del papa. Fue convocado por Pío IX, quien decretó los privilegios pontificios, al proclamar, a pesar de toda la oposición, en 1870 dos dogmas sobre el papa: 1. Un primado jurisdiccional obligatorio sobre cada iglesia nacional y sobre cada cristiano. 2. El papa es infalible en todas sus decisiones solemnes propias (ex cathedra) por una asistencia especial del Espíritu Santo y no se pueden reformar. Se pretendía que las decisiones dependieran sólo del papa, no de algún Concilio ecuménico. Es decir, poder centralizado sólo en una persona tal y como se muestra aquí:

Los reformadores Martín Lutero, Juan Calvino o Ulrico Zuinglio dejaron por supuesto de reconocer la autoridad papal para poner el énfasis en la autoridad de la “Sola Scriptura“, sólo en la Biblia. Ese reclamo ha sido siempre el de las iglesias protestantes surgidas posteriormente. Sin embargo, una declaración aparentemente tan sencilla, se torna profundamente compleja cuando lo que se ve es que se acepta la autoridad sólo de la Biblia, sí, pero siempre según la interpretación de cada uno de sus diferentes fundadores, cuyos respectivos seguidores deben aceptar a pie juntillas so pena de ser amonestados, ‘apartados’, señalados o expulsados. De modo que la llamada autoridad de la Biblia se convierte en un verdadero galimatías donde lo que es incorrecto para unos es correcto para otros. De ahí la profunda división existente en el cristianismo, causa de perplejidad y confusión para mucha gente.

La verdadera autoridad

Sea que uno pertenezca a una organización religiosa o no, la verdadera autoridad es la que se inspira en el espíritu de los dichos y hechos de Jesús de Nazaret. Si algo no se hace según ese espíritu de libertad, amor y justicia, nunca podrá decirse que es verdadera autoridad. El propio Cristo Jesús dijo:

Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.- Mateo 28:18-20, LBHA.

Después de su resurrección, el Espíritu Santo de Dios guio a sus apóstoles, incluido Pedro, quien efectivamente tuvo un papel predominante en dar a conocer las Buenas Nueva acerca de Cristo Jesús mientras se fueron creando diferentes iglesias en hogares en distintas ciudades (Véase “Paul’s Idea of Community. The Early House Churches in their Historical Setting“, Robert Bamks, William B. Eerdmans Publishing Company, Grand Rapids, Michigan). Cada iglesia era autónoma y reconocía como su única cabeza a Cristo Jesús. Sin embargo, el emperador romano Constantino el Grande, después de convertirse al cristianismo declaró éste religión oficial del Imperio romano, erigiéndose como “Máximo Pontífice”, título adoptado más tarde por la papa de Roma, ciudad que acabaría con el tiempo exigiendo toda la autoridad eclesiástica. El resto es historia, una historia del cristianismo llena de claroscuros y donde a menudo el Espíritu Santo de Dios sólo hizo lo que pudo.

Es verdad que en el pasado, en Israel, Dios habló a través de profetas, hombres fieles elegidos por él. Pero después de la venida de su Hijo ya no serían necesarios más profetas o “voceros de Dios”:

En tiempos antiguos Dios habló a nuestros antepasados muchas veces y de muchas maneras por medio de los profetas. Ahora, en estos tiempos últimos, nos ha hablado por su Hijo, mediante el cual creó los mundos y al cual ha hecho heredero de todas las cosas. Él es el resplandor glorioso de Dios, la imagen misma de lo que Dios es y el que sostiene todas las cosas con su palabra poderosa. Después de limpiarnos de nuestros pecados, se ha sentado en el cielo, a la derecha del trono de Dios, y ha llegado a ser superior a los ángeles, pues ha recibido en herencia un título mucho más importante que el de ellos“.- Hebreos 1:1-4, DHH.

Si en una iglesia u organización religiosa no prevalecen los frutos del Espíritu de Dios, a saber, “amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio”, ahí no está la verdadera autoridad o Espíritu de Cristo. Porque como sigue diciendo el texto, “contra tales cosas no hay ley“, es decir, frutos que están por encima de cualquier reglamentación humana porque proceden de lo alto y que resultan siempre en bendición. – Gálatas 5:22, 23, DHH.

Esteban López