¿Quien se atreve a confesarlo?

Luz de Cristo

Son ya varios siglos de adoctrinamiento secular e imposición del laicismo, habiéndose intentado en muchos lugares y por diversos medios recluir la fe solo a la intimidad.

Es verdad que existe hoy día la necesidad de que Estado y religión se mantengan separados, ya que vivimos en una sociedad ideológicamente diversa. Pero si durante muchos siglos ya hubo coerción y adoctrinamiento por parte de las religiones organizadas, desde la llamada Ilustración se ha logrado adoctrinar a grandes masas de la humanidad haciendo que muchas personas vivan sin fe y como si Dios no existiera. Y hay que reconocer que algo así solo será posible si el creyente llega a ceder por el miedo o la misma indiferencia.

Sin embargo, hay que decir con sinceridad que el silencio no va con el espíritu de Jesús de Nazaret, ni con el que mostraron sus primeros seguidores. Tanto los evangelios como Hechos de los Apóstoles muestran que todos ellos compartían con la gente «las buenas nuevas acerca del Cristo» de ciudad en ciudad y de aldea en aldea. Hasta el extremo de que el cristianismo se extendió por todo el orbe conocido hasta entonces. Las calzadas romanas ayudaron en eso, haciendo que el Evangelio se extendiera por todo el imperio romano.

El apóstol Pablo, antes Saulo de Tarso, fue un eficaz instrumento de Dios en toda esa labor, pues gracias a su predicación se formaron comunidades cristianas por toda Asia Menor. Por eso, mostrando la importancia de no quedarse callado, en cierta ocasión escribió:

«Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo, porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación». – Romanos 10:9,10, Valera.

Y es que no es posible confesar con plena convicción y sinceridad que se cree en Jesús si no se siente eso firmemente en el corazón. Por eso se dice que «de la abundancia del corazón habla la boca«. Ocurre que a veces es difícil reconocer en voz alta que se cree en él, sobre todo cuando se vive en un entorno y en una sociedad profundamente secular e indiferente al ofrecimiento del cristianismo como seria oferta de sentido. De modo que suele ocurrir que no sea muy común oír a alguien confesar en según que medios, que cree en Cristo Jesús. Thomas Merton (1915-1968) lo expresa muy bien cuando escribe:

«No podemos llevar la esperanza y la redención a otros, a menos que nosotros mismos estemos llenos de la luz de Cristo y de su espíritu». – Thomas Merton. Vida y Santidad, Sal Terrae, 2006, págs. 40-42.

Habría que reconocer tmbien que, si se es consecuente con lo que se cree, esa confesión es importante a los ojos de Jesús mismo:

«A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también lo confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre que está en los cielos». -Mateo 10:32, 33.

Por supuesto, esa fe o creencia solo será consecuente a los ojos de Dios y de los hombres cuando vaya acompañada de buenas obras. La idea que se transmite tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo es que «todo aquel que en él cree, no será defraudado» y que «todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo«.

El apóstol  Pablo escribió a creyentes cristianos de Roma:

«¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados? Como está escrito: «¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!»  (Romanos 10: 14,15).

Cuando se cree de verdad, cuando la fe en Cristo Jesús es firme, es difícil permanecer callado. Porque algo muy poderoso impulsa desde el interior. Como lo expresa José María Mardones,

«Lo maravilloso y desconcertante es que se cree, que se siente uno impelido a creer, a afirmar el Misterio. La fe es el principio de la vida. La pasión de la fe se presenta como urgencia de ir más allá de lo dado, aunque no se sepa ni se posea lo creído. No es la dimensión cognitiva la que prima en esta experiencia creyente sino la pasión por algo que no conozco y que es cercano y me remueve todo entero«. – José María Mardones (1943-2006), filósofo y profesor de Sociología en la Universidad del País Vasco e investigador del CSIC en el Instituto de Filosofía.

Esa es la razón por la que cristianos de todos lo tiempos se han sentido siempre impulsados a compartir su fe con otros. Y es que el cristianismo no es una religión estática, pasiva o indiferente, sino activa. Toma la iniciativa en dar a conocer la fuente de su luz y de toda esperanza. Por eso son muchas las sociedades bíblicas y misioneros de muchas iglesias los que, de un modo u otro, dan a conocer «las buenas nuevas acerca del Cristo«. Sería poco honrado, por otro lado, afirmar que la exclusiva de esa predicación pertenece solo a una iglesia determinada. El siguiente ejemplo ilustra cómo son muchos los que predican y no solo unos pocos. Por eso son hermosos también sus pies: http://www.taize.fr/es_article8451.html

Esteban López

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