Punto de vista equilibrado sobre el dinero

No cabe duda de que en la sociedad en que vivimos hoy día se necesita el dinero para poder cubrir nuestras necesidades básicas. Como dijo un hombre sabio de la antigüedad, «el dinero es para una protección«. Incluso para hacer el bien que beneficie a la gente, a menudo se necesita dinero para poder alcanzar buenas metas o realizar ciertos proyectos. La investigación para la curación de enfermedades, la construcción de hospitales o escuelas, la ayuda a damnificados, etc, pueden ser buenos ejemplos de «dinero bien empleado«. Como diría Aristóteles (384 a. C.–322 a. C.) en su Ética a Nicómaco, «la felicidad necesita también de los bienes exteriores; pues es imposible o no es fácil hacer el bien cuando no se cuenta con recursos«.

Sin embargo, una cosa es usar el dinero por necesidad y otra bien distinta es el amor al dinero o avaricia, que se ha definido como «el afán o deseo desordenado de poseer riquezas, bienes, posesiones u objetos de valor abstracto con la intención de atesorarlos para uno mismo, mucho más allá de las cantidades requeridas para la supervivencia básica y la comodidad personal. Se le aplica el término a un deseo excesivo por la búsqueda de riquezas, estatus y poder».– Wikipedia.

Una vez más, y como todo en la vida, lo que se necesita en todo este asunto es equilibrio, no «un deseo desordenado«. La letra de una antigua canción podría ilustrar cuál es nuestra tendencia,

«Todos queremos más.
Todos queremos más.
Todos queremos más
Y más y más y mucho más.

El pobre quiere más
Y el rico mucho más
Y nadie con su suerte
Se quiere conformar.

El que tiene un peso
Quiere tener dos.
El que tiene cinco
Quiere tener diez.
El que tiene veinte
Busca los cuarenta.
Y el de los cincuenta
Quiere tener cien.

La vida es interés.
El mundo es ambición,
Pero no hay que olvidarse
Que uno tiene un corazón».

Es decir, que lo que a menudo ocurre es que cuanto más ganamos, más gastamos, y sin refreno consciente el círculo vicioso podría ser infinito.

Por supuesto hay y ha habido excepciones a todo eso, personas que han valorado el dinero en su justa medida, que han entendido que el dinero es solo un medio, y no un fin en sí mismo. Y otras a las que el dinero no les quitaba el sueño. Por ejemplo, se dice de Eugenio Andrade (1923-2005), poeta portugués autor de Las manos y los Frutos considerado uno de los libros más importantes de la literatura portuguesa actual, que «defendió la exactitud del lenguaje y no le interesaron nunca el dinero y la fama«. Y qué decir de Francisco de Asís, que optó por vender todo lo que tenía para servir mejor a Dios. O de Mahatma Gandhi, cuyas posesiones materiales, se limitaban a unos sencillos objetos para su uso cotidiano. Y podrían citarse muchos más ejemplos de personas que trabajan honradamente para el bienestar de sus familias pero procuran trabajar en la medida que pueden para vivir, no vivir solo para trabajar. Incluso otros, aun teniendo empleos bien remunerados, lo dejaron todo para empreder obras altruistas y ayudar a los demás llevando vidas más sencillas, pero que según ellos mismos afirman, llevaban ahora «una vida más feliz«.

Maya Angelou (1928-2014), escritora y activista por los derechos civiles estadounidense, tenía muy claro en qué consistía el verdadero éxito,

Solo se puede llegar a ser verdaderamente exitoso en algo que te gusta. No hagas que el dinero sea tu meta. En lugar de eso, persigue cosas que te guste hacer y luego hazlas tan bien que la gente no te quite la mirada«.

Una perspectiva equilibrada

La expresión «tanto tienes tanto vales» ilustra cuán arraigada está la idea de que la persona que más tiene es mejor que otras. Es como si poseyera un estatus especial que hiciera que fuera admirada y venerada por la mayoría de la gente, sobre todo por multitud de «amigos» que la rodean. Como dice la letra de otra canción española, «el que dinero no tiene, nadie le mira a la cara ni las mujeres lo quieren«. Sin embargo, hay una idea en las Escrituras que rompe con todo eso, y es que «el modo en que el hombre mira, no es el modo en que mira Dios«, porque lo más importante para él no es el estatus económico de la persona, sino su corazón, sus valores y virtudes internas. Como escribía el apóstol Juan,

«No estén amando ni al mundo ni las cosas [que están] en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él; porque todo [lo que hay] en el mundo —el deseo de la carne y el deseo de los ojos y la exhibición ostentosa del medio de vida de uno — no se origina del Padre, sino que se origina del mundo. Además, el mundo va pasando, y también su deseo, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre».– 1 Juan 2:15-17, TNM.

En el afán de conseguir más dinero, algunas personas han caído en la ludopatía, enfermedad que se caracteriza por un fracaso crónico y progresivo en resistir los impulsos de jugar apostando dinero. Las consecuencias de eso, según muestran infinidad de casos, han sido nefastas para ellas mismas y sus familias, porque un ludópata siempre necesitará más dinero para satisfacer su ansia enfermiza de jugar para intentar ganar más. Otras personas pasan tanto tiempo dedicados al trabajo o a los negocios, que apenas tienen tiempo de cuidar su interior espiritual o de pasar más tiempo con sus familias. Como la vida en realidad pasa volando, llega un momento en que se dan cuenta de que apenas han podido ver crecer a sus hijos y que se han perdido lo mejor de la existencia. Como dice Pablo de Tarso,

«Los que están decididos a ser ricos caen en tentaciones y trampas, y son víctimas de muchos deseos insensatos y dañinos que los hunden en la ruina y la destrucción. Porque el amor al dinero es raíz de todo tipo de males, y, tratando de satisfacer ese amor, algunos han sido desviados de la fe y se han causado muchos dolores«.- 1 Timoteo 6:9,10, TNM.

Karl Barth dice que «cuando el cielo se vacía de Dios, la tierra se llena de ídolos«. Y no cabe duda de que el dinero es hoy día uno de ellos, ya que muchos hacen lo imposible para conseguirlo, incluso robar y matar. Siembra de corrupción el sistema y explota y daña a millones de seres humanos en la forma de tráfico de armas y de personas, prostitución, pornografía, etc. Ese deseo ávido por el dinero transforma el carácter de muchas personas y crea enfrentamientos entre miembros de una misma familia, entre socios empresariales o entre amigos de toda la vida. Personalmente he podido observar cómo en el mismo día del entierro de alguien, los herederos discutían agriamente sobre cuestiones de dinero. El ídolo «don dinero» rompe y transtorna relaciones que de otro modo hubieran sido pacíficas. Expresando su criterio sobre lo que pudiera ser «idolatría», el teólogo Hans Küng escribe,

Según la concepción cristiana y también la judía y musulmana), no es el dinero, sino Dios, quien rige o debe regir el mundo; que todo cristiano, tanto si tiene pequeños o grandes ahorros, ha de decidir si pone su corazón en Dios o en Mammón, si considera el dinero como un “medio de vida” o como un ídolo”… En nuestro tiempo, bastante politeísta,… tanto da que el hombre adore como dios al dinero, al sexo, el poder y la ciencia, la nación, la Iglesia, la Sinagoga, el partido, al Führer o al papa. La creencia de Israel en un solo Dios está en contradicción con toda pseudo religión que absolutice algo que es relativo. Necesitamos una permanente reconversión al único Dios verdadero». Esa es en realidad la clave: reconocer con claridad que Dios nuestro Creador es el único que merece la debida adoración y respeto, no algún sucedáneo que espúreamente ocupe su lugar.

Por abundar un poco más en este asunto, habría que decir que es una contradicción abyecta que líderes de distintas denominaciones religiosas animen a sus feligreses a llevar una vida sencilla y libre de amor al dinero, pero ellos mismos acumulen riquezas o bienes raíces a costa de ellos. Por otro lado, en ningún lugar de las Escrituras se indica, como defienden algunos calvinistas, que la prosperidad material o financiera es prueba de la bendición de Dios. Mucha gente reconocía en los tiempos de Jesús de Nazaret, que el templo de Jerusalén reconstruído por Herodes el Grande era bello y majestuoso, pero aquello no era prueba alguna en absoluto de la bendición de Dios, ya que no mucho tiempo después fue completamente destruido y arrasado por el ejército romano en el año 70 de nuestra era.

Las excavaciones arqueólogicas en Pompeya, ciudad de veraneo de mucha gente en la antigua Roma, ilustra muy bien cómo las posesiones materiales no sirvieron de mucho cuando el volcán Vesubio reventó en el año 79 de nuestra era, muriendo miles de personas. Se han encontrado familias enteras, muertas boca abajo, intentando proteger o salvar sus joyas y ahorros. Eran personas como nosotros, con sus sueños e ilusiones en la vida, pero como dijo Cristo Jesús, “cuídense de toda avaricia, porque la vida del hombre no depende de los muchos bienes que posea” (Lucas 12:15). Y también,

«No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen y donde ladrones minan y hurtan, sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón […] Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a Mammón (riquezas)».

Con la expresión «haceos tesoros en el cielo«, Cristo Jesús hace referencia a la importancia de llevar una vida buena, digna, sin avidez, poniendo en nuestras vidas más el acento en las cosas del espíritu (que son eternas) que en lo material, que es volatil, pasajero y que acaba desapareciendo.

Así es que, en este como en otros asuntos de la vida, el equilibrio es la clave. Ponderar cual podría ser el precio a pagar si el dinero llegara a ser un ídolo como el dios Mammon (riquezas) y el único objetivo de nuestras vidas. Como se expresó un sabio de la antiguedad,

«No me des pobreza ni riquezas sino solo el pan de cada día. Porque teniendo mucho, podría desconocerte y decir: “¿Y quién es el Señor?” Y teniendo poco, podría llegar a robar y deshonrar así el nombre de mi Dios«.- Proverbios 30:8-9, NBD.

Esteban López

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