Alemania y el nazismo

Este escrito es una reflexión sobre cómo puede afectar en la gente la propaganda malsana bien dirigida, y la complejidad del carácter humano cuando tantas veces ha sido capaz de justificarlo todo según sus intereses. Y es que lo ocurrido en Alemania, «cuna de grandes músicos y filósofos«, es toda una invitación a hacer un estudio psicológico profundo de la mente humana y su versatilidad en adaptarse a las circunstancias. Pero hay que decir, sin embargo, que lo sucedido allí no es un caso singular de adherencia extrema a una ideología que resultó nefasta. En más o menos buena medida se ha repetido el patrón una y otra vez a lo largo de la historia y en diferentes entornos.

A menudo nos resistimos a aceptar la verdad objetiva de las cosas, sobre todo si conocerla pone en tela de juicio algunas de nuestras convicciones más arraigadas. Sin embargo, si la evidencia es sólida y las pruebas suficientes, entonces no habrá más remedio que aceptar los hechos con humildad.

Como escribió Aldous Huxley (1894-1963), «la eficacia de una propaganda política y religiosa depende esencialmente de los métodos empleados y no de la doctrina en sí. Las doctrinas pueden ser verdaderas o falsas, pueden ser sanas o perniciosas, eso no importa. Si el adoctrinamiento está bien conducido, prácticamente todo el mundo puede ser convertido a lo que sea”. Y no cabe duda de que el régimen nazi inculcó en la sociedad alemana de su día terribles falacias y falsedades; todo sin el menor control democrático y en medio de un mundo donde no existía Internet. El resultado: todo un apoyo tácito de la mayoría de los alemanes. Lo que sigue lo pone en evidencia.

No solo Hitler

Robert Gellately (1943), académico canadiense y respetado académico sobre la historia de la Europa moderna durante la II Guerra Mundial y la Guerra Fría, pone de relieve en su libro «No solo HitlerLa Alemania nazi entre la coacción y el consenso (Memoria Crítica, marzo 2002), cuán grande fue el apoyo del pueblo alemán al régimen de Hitler. La reseña sobre el libro dice:

«Desde hace más de cincuenta años, la imagen que tenemos de la Alemania nazi es la de una sociedad uniformizada cuya lealtad al régimen se debía a una combinación de adoctrinamiento ideológico, llevado a cabo por un formidable aparato de propaganda, y de terror organizado a cargo de una no menos formidable policía secreta. Los crímenes nazis, a su vez, se han descrito casi siempre como las aberraciones de un puñado de dirigentes enloquecidos que habían conseguido hipnotizar a las masas. Pero Robert Gellately nos muestra en este libro revelador que en realidad el régimen nazi se asentaba en un amplio consenso popular que se inició con el acceso de Hitler al poder en 1933, se mantuvo cuando se creó la Gestapo y se instalaron los campos de concentración y se prolongó hasta las últimas semanas de la guerra. Frente a la piadosa aceptación tradicional de que los alemanes «no sabían lo que pasaba», el profesor Gellately documenta inequívocamente en estas páginas cómo buena parte de la sociedad alemana aceptó y participó en el terror y muestra cómo lejos de ocultar sus campañas racistas y represivas al pueblo alemán, los nazis las airearon cumplidamente en los periódicos y en las calles. Al explicarnos, por fin, el verdadero papel que desempeñaron muchos alemanes de a pie en el aparato del terror nazi, este libro ilumina con una nueva luz unos acontecimientos horribles pero cruciales en la historia de Europa. Como dice Christopher Simpson en el Washington Post, «De los miles de libros que se han escrito sobre el holocausto y el nazismo, hay sólo un puñado imprescindible para cualquiera que desee entender el patético y sangriento siglo XX. El de Robert Gellately es uno de ellos».

Estos son solo algunos de los comentarios de Robert Gellatelly en su libro:

«Hitler logró, de un modo u otro, obtener en gran medida el apoyo de la inmensa mayoría de los cuidadanos… los alemanes estaban orgullosos y encantados de que Hitler y sus secuaces se deshicieran de ciertos tipos de personas que no encajaban, o que eran considerados elementos «marginales», «asociales», «inútiles» o «criminales»… Hitler y sus secuaces no pretendieron acobardar a la totalidad del pueblo alemán, sino que intentaron ganárselo mediante la creación de imágenes populares, ideales y fobias profundamente enraizados en la población del país.

«Mi atención se centra sobre todo en los judíos, pero además dedico bastante espacio a los trabajadores eslavos, especialmente a aquellos que fueron arrancados de sus hogares en los paises de Europa del este para realizar trabajos forzados. Además del estado alemán, fueron miles las grandes empresas privadas y cientos de miles los pequeños agricultores y empresarios que participaron en el sometimiento y la explotación de esas personas.

«Aunque Hitler y los nazis no consiguieron el apoyo de la mayoría de los alemanes en unas elecciones libres, al cabo de unos pocos meses de ser nombrado canciller, la mayoría de los ciudadanos acabaron aceptándolo y respaldándolo firmemente. 

«A partir de 1933, el consenso a favor de Hitler y por consiguiente a favor del nazismo, no se puso en duda práctimante en ningún momento.

«Un reciente estudio de Alf Lüdtke muestra basándose en cartas de los soldados enviadas a sus familiares desde el frente, que en realidad la mayoría de la gente aceptaba ‘de buena gana’ a Hitler, y que compartía en gran medida sus objetivos; a saber el ‘restablecimiento’ de la grandeza del Reich y la limpieza de los supuestos ‘extraños’ que había en la política y la sociedad.

«Una señora de clase media, casada con un destacado especialista en historia de Alemania, ninguno de los cuales, dicho sea de paso, fue miembro del partido nazi, afirmaba recientemente en una entrevista que, ‘en general, todo el mundo se sentía bien’. Recuerda que ‘quería ver solo lo bueno’ y que, ‘a lo demás simplemente le daba la espalda’. En la actualidad sigue creyendo que la mayoría de los alemanes, ‘incluso aunque no estuvieran de acuerdo al cien por cien con el Tercer Reich y el nacionalsocialismo, intentaron como mínimo adaptarse a ellos. Y desde luego, un ochenta por ciento vivió todo el tiempo de manera productiva y positiva… También vivimos unos años buenos. Fueron unos años maravillosos«.

Pueden leerse aquí las primeras páginas del libro.

El efecto en las iglesias

El efecto torticero y envenenado de la propaganda del nazismo afectó a gran parte de la población de Alemania. Pero, triste es decirlo, también a las iglesias oficiales. La historia del cristianismo está llena de grandes luces, pero también de oscuras sombras. Y esta es una más. Conocerla mejor hará que podamos verlo todo con mayor perspectiva y entendimiento. Pero no hay por qué temer a eso cuando se ama la verdad. Como escribió el historiador Paul Johnson en su obra Historia del Cristianismo, 1976,

«El cristianismo, al identificar la verdad con la fe, debe enseñar- y bien entendido, en efecto enseña- que la interferencia con la verdad es inmoral. Un cristiano dotado de fe nada tiene que temer de los hechos; un historiador cristiano, que limita en un punto cualquiera el campo de la indagación está reconociendo los límites de su fe. Y por supuesto, está destruyendo también la naturaleza de su religión, que es una revelación progresiva de la verdad. De modo que, a mi entender, el cristiano no debe privarse en lo más mínimo, de seguir la línea de la verdad. Más aún está realmente obligado a seguirla. En realidad, debe sentirse más libre que el no cristiano, que está comprometido de antemano por su propio rechazo».

El teólogo católico Hans Küng, escribió en su libro “El judaísmo, pasado, presente y futuro,” Trotta 1993:

Adolf Hitler no fue un ‘accidente laboral’ de la historia alemana ni una “jugarreta del destino». Adolf Hitler subió al poder por una amplísima mayoría del pueblo alemán, y, a pesar de todas las críticas, contó hasta el final con la aterradora lealtad de la mayor parte de la población.

“La dictadura nazi no podría haber nacido ni permanecido sin el fallo interesado del “hombre de la calle”, sin el fascismo cotidiano… ese régimen criminal no habría podido abrirse paso al poder sin la tolerancia o promoción de las élites – mayoritariamente conservadoras- que dominaban en la burocracia alemana, en la industria, en la justicia, en la medicina, en el periodismo y en el ejército…

«Esto vale igualmente para las universidades, para los estudiantes y los profesores. Los “casos” más sonados fueron el filósofo y dócil rector nazi Martin Heidegger (¡miembro del partido hasta 1945!) y Carl Schmitt, especialista en derecho público y miembro del partido. Como muchos otros que ocuparon puestos de responsabilidad, ninguno de los dos consideró necesario, una vez terminada la guerra, admitir su fracaso, decirse arrepentido y confesar su culpa.

“La discusión reciente ha sacado a la luz lo que los llamados “posmodernos” franceses, junto con algunos admiradores alemanes de Heidegger, no habían percibido: que la implicación de Martin Heidegger en el nacionalsocialismo fue mucho más seria y duradera de lo que se supuso durante largo tiempo». – Pág. 226.

Lutero y los judíos

Lutero, que un cuarto de siglo antes había escapado de la Inquisición romana y de la consiguiente hoguera por la intervención de su príncipe, exige ahora para los judíos nada más y nada menos que la quema de las sinagogas, la destrucción de las casas, la requisa de las Sagradas Escrituras; exige incluso la prohibición de la enseñanza y del culto so pena de muerte, la supresión del derecho a circular libremente, confiscación del dinero y de las joyas, trabajos físicos forzados, y si todo esto no surte efecto, la expulsión de los países cristianos… Lutero no podía ni sospechar hasta qué punto llegarían a realizarse sus exigencias.

“El viejo Reformador se convierte en el abogado de la violencia frente a los judíos. Tres años antes de su muerte, publicó -amargado por los resultados altamente ambivalentes de su Reforma, por el incremento de las conversiones al judaísmo y en la Espera del Juicio final- aquel escrito famoso y funesto, apasionado y antijudío, un escrito polémico (que no misionero), llamado a tener una repercusión terrible no tanto en sus días, sino en los de Hitler y Himmler: “De los judíos y sus mentiras». – Pág. 181.

El protestantismo

«Las iglesias protestantes de Alemania, en virtud de su tradición germano-nacional más fuerte, fueron desde el principio mucho más propensas al nacionalsocialismo que la Iglesia católica… Mientras que el catolicismo capituló ante Hitler, sobre todo a causa del ‘concordato del Reich,’ y luego asintió con bastante entusiasmo, una gran parte del protestantismo dio desde el principio un ‘sí’ manifiesto al movimiento nacionalsocialista, sobre todo porque esto significaba un ‘no’ al marxismo, al liberalismo y al ateísmo. La prometida ‘Iglesia del Reich’ fue para muchos protestantes el ‘concordato del Reich para los católicos… Esta dinámica llegaría a tener repercusiones nefastas en la cuestión judía, pues el Estado exigió muy pronto a la Iglesia adhesión total en este asunto». – Págs. 239, 240.

«Cuando la situación se hizo crítica … se fundó -a pesar de todos los intentos de coordinación de parte del Estado y a pesar de la persecución- la Iglesia Confesante, inspirada en el suizo Karl Barth, profesor de teología reformada, que enseñaba entonces en Bonn. Él y los defensores de la «teología dialéctica» querían hacer valer la «soberanía de Cristo» sobre todos los ámbitos, también el del Estado.

«Todo esto tuvo su expresión visible en el Sínodo Confesante de Barmen, celebrado en mayo de 1934, donde se pronunció una clara confesión de Jesucristo como «Señor» único de la Iglesia, lo que equivalía a un rechazo nítido del «principìo del Führer» en el sentido nacionalsocialista». Pero la Iglesia Confesante no quiso manifestarse entonces sobre la cuestión judía, sobre todo porque su elevada cristología dogmática no sabía qué hacer muy bien con el judío Jesús. Karl barth fue alejado entonces de su cátedra y vivió entonces en Basilea. Y solo en mayo del 1936, la dirección eclesiástica provisional de la Iglesia Confesante redactó un memorandum contra la política racial y contra las arbitrariedades del régimen.
Martin Niemöller fue deportado en 1937 a un campo de concentración. Y Dietrich Bonhoeffer, aladid de la lucha contra la persecución y exterminio de los judíos, a quien se le prohibió hablar y escribir, se unió en 1940, cenit del poder alemán, a un grupo de oposición política y fue ejecutado tras el atentado que sufrió Hitler el 20 de julio de 1944. Pero esa Iglesia Confesante que se apoyaba solo en el evangelio, pudo mantenerse en pie hasta el final de la guerra, a pesar de todas las tensiones cada vez más graves, entre la Iglesia y el régimen. En aquel tiempo, ella fue un apoyo no solo para muchos párrocos, sino también para innumerables creyentes. en el censo de 1940, el 95% de los alemanes declararon -para decepción de los que dominaban- su fidelidad a sus respectivas Iglesias, a la evangélica o a la católica». – Págs. 241, 242.

Carta de Konrad Adenauer

En una carta que Konrad Adenauer alcalde católico de Colonia depuesto por los nazis y futuro primer canciller de la República Federal de Alemania, escribió el 23 de febrero de 1946 al Dr. Bernhard Custodis Pastor de Bonn. Dice así:

En mi opinión, el pueblo alemán, los obispos y el clero tienen mucha culpa en los acontecimientos que han ocurrido en los campos de concentración. Es posible que luego no se pudiera hacer gran cosa, pero la culpa se contrajo con anterioridad. El pueblo alemán, también los obispos y el clero en su mayor parte, condescendieron con la agitación nacionalsocialista. Se permitió ser manipulados casi sin oponer resistencia; a veces con entusiasmo. Ahí reside su culpa. Por otro lado, aunque no se pudo tener un conocimiento preciso de lo que sucedía en los campos de concentración, que la Gestapo, nuestras SS y, en parte, también nuestras tropas procedieron contra la población civil polaca y rusa con una crueldad sin precedentes. Los pogromos judíos de 1933 y 1938 tuvieron lugar a plena luz del día. Se dieron a conocer públicamente los asesinatos de rehenes en Francia. Por consiguiente, no se puede afirmar que la opinión pública ignoraba que el Gobierno nacionalsocialista y la dirección del ejército transgredían por principio el derecho natural, la Convención de La Haya y los preceptos humanos más elementales … Opino que muchos obispos podrían haber evitado muchas cosas si todos juntos, en un día determinado, hubieran condenado públicamente, desde el púlpito todos aquellos desmanes. No se hizo eso, y la omisión no tiene disculpa posible. Si como consecuencia de una postura valiente, los obispos hubieran ido a parar en la cárcel o los campos de concentración, eso no habría sido dañoso, sino todo lo contrario. Nada de eso se hizo y por consiguiente, lo mejor es callar«. – Pág. 237.

Iglesia católica

«Pío XII, desde un principio era extremadamente reservado en cuanto a la conveniencia de hacer una condena pública del nacionalsocialismo y del antisemitismo. ¿Por qué?

1. Era declaradamente germanófilo y estaba rodeado totalmente de colaboradores alemanes.

2. Pensaba sobre todo en categorías jurídico-diplomáticas, no en términos teológico-evangélicos.

3. Tenía pánico a todo contacto físico y al comunismo, mantuvo una actitud profundamente autoritaria y antidemocrática.

4. Estaba dispuesto a una alianza pragmático-anticomunista con el nazismo totalitario… en el fondo «derechos humanos» y «democracia» fueron dos temas ajenos a este papa.

Como papa tuvo en cuenta principalmente los intereses de la institución eclesiástica y del Vaticano. Por eso se encontró en un conflicto de conciencia respecto del nacionalsocialismo y del judaísmo.

Pacelli fue el primero en firmar… el infastuo «concordato del Reich, el 20 de julio de 1933 (más tarde vendrían los concordatos con Franco en España y Salazar en Portugal). Pacelli consiguió que ese tratado reportara a Hitler el reconocimiento internacional y la integración de la parte católica del pueblo en el sistema nazi.

Es falso afirmar que Pío XII «no hizo nada por los judíos», que fue racista o antisemita o que guardó silencio por cobardía o para salvaguardar intereses del Vaticano. La verdad es que Pacelli hizo gestiones diplomáticas y prestó ayudas sobre todo al final de guerra para salvar a individuos judíos o grupos judíos… Pero la pregunta de fondo sigue siendo la de si esto sigue siendo suficiente en aquella hora histórica, si bastaba aquello para uno que dice ser el «representante de Cristo en la tierra». Indudablemente no. Pues, ¿qué es esto comparado con lo que ese mismo papa dejó de hacer? El trasfondo personal de este papa ayuda a comprender muchas cosas:

1. En todas sus tomas de postura, el papa utilizó expresiones absolutamente generales. Hablaba de «gente desdichada», pero marcado por la teología tradicionalista y antijudía habitual en Roma, nunca pronunció en publico la palabra ‘judíos’. La revista de los jesuitas de Roma, sometida a la supervisión directa de la secretaría de Estado, publicó en ese tiempo artículos antijudíos.

2. Al parecer Pacelli no consideró necesario pronunciar ni siquiera una palabra de condena de la invasión alemana de Polonia, hecho que atentaba contra los principios más elementales del derecho publico internacional y que sumía a todo un pueblo (y, además, católico) en la desgracia.

– ni una protesta contra el pogromo del Reich de la llamada «Noche de los cristales rotos del 9/10 de noviembre de 1938,

– ni una protesta conjunta con los dirigentes de otras iglesias cristianas contra el irrefrenable afán de conquistas de Hitler tras anexionarse éste Bohemia y Moravia, como el arzobispo de Canterbury Dr. Lang propuso al papa el 20 de mayo del 1939.

– ni una protesta contra el estallido de la Segunda Guerra Mundial provocado por los criminales nacionalsocialistas el 1 de septiembre de 1939.

– prefirió callar incluso durante la guerra… guardó silencio también acerca del exterminio judío, el mayor asesinato masivo de todos los tiempos y sobre el que él estaba mejor informado que cualquier otro estadista de Occidente. Y ni siquiera cambió de actitud cuando el obispo berlinés Konrad von Preysing, las organizaciones judía, incluso el presidente Roosevelt y otros estadistas occidentales, le pidieron con creciente insistencia que tomara postura públicamente.

– se abstuvo no solo de excomulgar, sino incluso de condenar públicamente a ‘católicos’ y asesinos de masas tan prominentes como Hitler, Himmler, Goebbels y Bormann (Göering, Eichmann y otros dirigentes nazis eran protestantes de nombre).

El Vaticano ignoró una gran parte de los sufrimientos de la gran masa del pueblo judío. «La diplomacia vaticana respecto de los judíos durante el holocausto fracasó por completo, pues no hizo de este terreno lo que había sido posible para ella. También fracasó ante sí misma, pues al descuidar a los judíos y al adoptar al respecto una postura de moderación en lugar de adoptar un compromiso humanitario, traicionó los ideales que ella misma se había fijado. Los nuncios, el secretario de Estado y, sobre todo, el papa mismo son los responsables de esta situación fatal.» -John F. Morley, «Vatican Diplomacy and the jews during the Holocaust 1939-1949.»

El papa guardaba silencio; a pesar de las crecientes informaciones sobre el Holocausto. Esto fue bastante más que un error político, fue todo un fracaso moral.

Polonia

«Sorprende comprobar que tampoco la jerarquía católica de Polonia manifestó durante el nazismo ninguna manifestación oficial contra el exterminio de judíos. ¿Por qué ni un solo obispo polaco levantó su voz para condenar el genocidio que los alemanes perpetraban contra los judíos en suelo polaco? ¿No hubo en el pueblo polaco mucha indiferencia, incluso secreto regocijo, por el proceder de los nazis?

En Polonia misma, donde la cuestión del antisemitismo polaco fue tabú durante toda la época de posguerra, la película «Schoah» (1985) del judío francés Claude Lazmann puso en marcha una discusión sobre una posible responsabilidad polaca en el holocausto…

La inmensa mayor participación judía (también polaco-judía) en víctimas en comparación con las polacas no se destaca suficientemente en Auschwitz ni en el museo de Varsovia.– Pág. 262.

Suiza

«Incluso la neutral Suiza… practicó una política de asilo altamente restrictiva por temor a la Cólera de Hitler o a la amenaza constante de una invasión alemana. Predominaba la opinión de que no se podía permitir la entrada a más judíos en el país. ‘El bote está lleno’, decían entonces muchos suizos, haciéndose políticamente ciegos para no ver la necesidad extrema del pueblo judío.

Todavía hoy, llena de ‘gran vergüenza’ a la Iglesia el hecho de que se rechazara en las fronteras suizas a miles de gentes que querían salir de Alemania, pero que llevaban una ‘J’ en el pasaporte: ‘y eso en un momento en el que se podía saber que se los devolvía a una muerte segura.- Pág. 265.

Hasta Eugenio Pacelli (Pío XII), la teología romana había sido claramente antijudía. Aquel papa siempre se había negado, por ejemplo, a cambiar la oración referida a los ‘pérfidos judíos’ en la liturgia del Viernes Santo. Angelo Giuseppe Roncalli, Juan XXIII, sin embargo, la cambia por otra oración más amistosa para los judíos. Además en 1960 recibe a un grupo de más de cien judíos americanos, a los que, para sorpresa de éstos saluda con las palabras del José bíblico: «Sono io, Giuseppe, il fratello vostro – Soy José vuestro hermano». Y otro día, de manera espontánea manda parar el automóvil enfrente de la sinagoga romana para saludar y bendecir a los numerosos fieles judíos que salían de ella. No fue de extrañar por tanto que la noche que Juan XXIII agonizaba, tanto el gran rabino de Roma como muchos fieles judíos acudieran a la Plaza de San Pedro para orar por él junto a los fieles católicos. Algo profundamente significativo estaba cambiando.

Véase también: Angelo Giuseppe Roncalli

«En el concilio Vaticano II, con la oposición de la tradicionalista y antijudía curia romana, se pudo sacar adelante la siguiente declaración: «Aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que es su pasión se hizo, no puede se imputado ni indistintamente a todos los judíos que vivían entonces ni a los judíos de hoy… el hecho de que la iglesia sea el nuevo pueblo de Dios no se puede concluir que los judíos,»sean réprobos de Dios y malditos».

– Bibliografía: Hans Küng, “El judaísmo, pasado, presente y futuro,” Trotta 1993

Disidencia y valentía

Pero hubo excepciones de oposición valiente a aquella barbarie además de las que ya se han citado. Se van a mencionar algunos otros, pero sin duda se podría incluir a muchos más.

Por ejemplo Sophia Magdalena Scholl (9 Mayo 1921 – 22 Febrero 1943), que fue una estudiante alemana activista en el movimiento no violento La Rosa Blanca durante la Alemania nazi. Fue condenada por alta traición después de que la encontraran junto a su hermano Hans distribuyendo panfletos en contra de la guerra en la Universidad de Munich. Ambos fueron ejecutados en la guillotina; sin embargo, la Alemania democrática nunca olvidará su firme determinación y su valentía a pesar de su juventud. Se dice que poco antes de ser ejecutada dijo delante de sus jueces y verdugos: «vuestras cabezas serán las siguientes en caer».

También el ejemplo de Helmuth Hübener (1925-1942), que vivía en Hamburgo, Alemania, cuando se unió a las Juventudes Hitlerianas. A veces ocurre que ciertas organizaciones se aprovechan del idealismo de la juventud. Sin embargo, la llamada «noche de los cristales rotos» (Kristallnacht) en la que los nazis destrozaron las propiedades de miles de judíos, hizo que Helmuth reflexionara y que finalmente abandonara el partido nazi. Entonces, junto con dos amigos más empezó a distribuir octavillas en contra de la guerra hasta que el 5 de febrero de 1942 fue arrestado por la Gestapo debido a una delación, juzgado y ejecutado en la guillotina el 27 de octubre. Ante los jueces que le juzgaron, Helmuth dijo: «Voy a morir sin haber cometido ningún crimen. Ahora será el crimen de ustedes«. Solo tenía 17 años.

También en suiza hubo héroes. Es el caso de Paul Grüninger, policía de frontera suizo que permitió ilegalmente la entrada de 3,600 judíos desesperados a Suiza que huían del régimen nazi. Para ello falsificaba los documentos para que no fueran detenidos y enviados a campos de concentración. Cuando las autoridades alemanas denunciaron el hecho, fue enjuiciado por «faltar a su deber» y obligado a pagar una multa. Fue despedido de su trabajo y además se le denegó pensión alguna. Vivió y murió en completa pobreza. A pesar de todo ello, Grüninger dijo:

«No me siento culpable por el veredicto del tribunal. Al contrario, me siento orgulloso de haber salvado la vida de cientos de personas oprimidas. Sólo era una cuestión de salvar vidas humanas que estaban amenazadas de muerte. ¿Cómo podría yo entonces dar prioridad a simples cuestiones burocráticas

Sobresaliente es el caso de Maximiliano María Kolbe. Nació el 7 de enero de 1894 en Zdunska Wola, Polonia. Hombre inteligente y con formación universitaria. La historia de su vida hubiera pasado inadvertida si no hubiera sido por un acto lleno de valor que llegó a ser la culminación de su fe radical en Dios, y que mantuvo durante toda su vida. Cuando los nazis iban a ejecutar a un prisionero padre de familia, él dijo, “Soy sacerdote católico y quiero ocupar su lugar. Yo ya soy viejo, pero él tiene mujer e hijos.” Aunque sorprendidos, los nazis aceptaron el canje. Le encerraron, dejaron a Maximiliano casi al borde de la inanición y finalmente fue ejecutado con una inyección letal.

Otro ejemplo de resistencia al nazismo fue el de los Bibelforscher (estudiantes de la Biblia-ahora se conocen como testigos de Jehová. Fue la única comunidad religiosa cristiana que se opuso firmemente y en bloque al régimen nazi, aunque la mayoría sufrió lo indecible por ello.

Franz Wohlfahrt era un Bibelforscher (escudriñador de la Biblia). Acababa de cumplir los 20 años y se negó a ser reclutado en el ejército nazi. Delante de cientos de reclutas y oficiales se negó a saludar la bandera nazi. Le arrestaron el 14 de marzo de 1940 y le encarcelaron. Posteriormente, en aquél mismo año, lo enviaron a un campo penal en Alemania. El nuevo comandante se apiadó de él y le libró tres veces de la ejecución entre 1943 y 1945. Le impresionó que prefiriera morir a transgredir el mandamiento de Dios de amar a nuestro prójimo y no matar. Franz permaneció en el Campo Rollwald Rodgau hasta el 24 de marzo de 1945. Fue liberado por el ejército de Estados Unidos y regresó a su hogar en Austria. Sin embargo, varios miembros de su familia habían sido ejecutados así como otros cientos o quizá miles de Bibelforscher.

Esteban López

3 comentarios sobre “Alemania y el nazismo

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  1. Gracias Esteban por este articulazo, nos invita a una reflexión muy profunda sobre las actitudes humanas y su respuesta a informaciones manipuladas con inteligencia, pero de forma miserable. Es lo que es esta ocurriendo en nuestro pais y parece que la sociedad se encuentra anestesiada.
    Muchas gracias Esteban por tu gran trabajo.

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