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A veces hay personas quRoncalli2e confunden la bondad o la cordialidad con la simple estupidez. Pero son dos cosas bien distintas como muestran tantos ejemplos en la historia. Ser una ‘persona de carácter’ no significa obrar con rudeza, altanería, gritería o mala educación. Es más bien un conjunto de cualidades, como la firmeza o la energía, que distinguen a alguien de los demás por lo que dice y por lo que hace.

Se podría decir que ese fue el caso de Angelo Giuseppe Roncalli (1881-1963). Cuando fue elegido para ser Papa (Juan XXIII), muchos pensaban  que solo sería un “Papa provisional o de transición”. Y es que al entrar en el cónclave no formaba parte de los papables. Los sastres vaticanos no habían preparado ninguna vestimenta de su talla. Se le eligió porque los cardenales no pudieron ponerse de acuerdo para elegir a otro. Todo el mundo lo consideraba una figura sin consecuencias. Pero se equivocaron completamente. Casi nadie se dio cuenta de que se había colocado en el puesto de Papa a un hombre que se tomaba el cristianismo en serio, que amaba profundamente a Cristo. Como él mismo escribió,

Éste es mi modelo, Jesucristo… ellos creen que soy un loco. Quizá lo sea, pero mi orgullo no me permite pensar otra cosa. Aquí está el lado divertido de todo el asunto”.

Fue su fe, no la teología ni la política, la que le llevó a efectuar una de las mayores transformaciones en la Iglesia Católica y en el Código de Derecho Canónico, además del primer cambio en mil años del Canon de la Misa. El que llegó a llamarse Concilio Vaticano II (1962-1965), se convirtió en la mayor renovación y apertura de la Iglesia católica después de siglos de férrea tradición medieval. Roncalli dijo que “se le había ocurrido sin previa deliberación“, pero muchos observadores opinaban que aquello era todo un “signo de los tiempos”.

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En cuanto a la firme determinación y la toma de decisiones de Juan XXIII, nadie al principio lo hubiera imaginado. Se equivocaron con él. Como escribe Hannah Arendt, “probablemente muchos pensaron que era un poco tonto -al fin y al cabo vivía en un medio de intelectuales-; no ya una persona sencilla sino un simple”. Sin embargo, obró con verdadera osadía y una firme confianza en sí mismo, la misma que hacía que se comportara con total naturalidad cuando se encontraba delante de grandes estadistas de su día. No es extraño que el propio Roncalli escribiera: “Ser cortés y humilde no es lo mismo que ser débil o acomodaticio”.

Anécdotas

Roncalli se había disciplinado a sí mismo lo suficiente como para no preocuparse de los juicios de los demás, ni siquiera de los del mundo eclesiástico. Todo su interés era parecerse lo más posible a Jesús. Cuando tenía veintiún años escribió:

Incluso si yo fuera el Papa…tendría que comparecer ante el juicio divino, ¿y entonces de qué me valdría haberlo sido? No de mucho”.

En cierta ocasión unos fontaneros se presentaron en el Vaticano para llevar a cabo algunas reparaciones, cuando Roncalli, siendo ya Papa, oyó cómo uno de ellos empezó a proferir blasfemias contra toda la Sagrada Familia. Fue a su encuentro y de forma Cortés le dijo: “¿De verdad que tiene que hacer eso? ¿Es que no puede decir ¡mierda!, como hacemos nosotros?”

En 1948, mientras servía como Nuncio Apostólico en París, mostraba su preocupación por “toda forma de desconfianza y desconsideración … hacia los humildes, hacia los pobres o socialmente inferiores (por parte de mis colegas, buenos eclesiásticos)… hace que me retuerza de dolor“, y también: “todos los sabelotodo de este mundo y todas las mentes agudas, incluidas las de la diplomacia Vaticana, hacen una figura tan pobre a la luz de la simplicidad y gracia que proyectan… Jesús y sus santos”.

Cuando el genocidio nazi no había hecho más que empezar, en 1941 se había desencadenado la guerra con Rusia. El embajador alemán Franz von Papen le pidió que usase su influencia en Roma para conseguir un apoyo inequívoco del Papa hacia Alemania. Roncalli respondió: “¿Y qué diré de los millones de judíos que sus compatriotas están asesinando en Polonia y en Alemania?” Estas palabras hacen sospechar que de haber sido entonces él mismo Papa, quizá la Iglesia Católica hubiera mostrado una mayor firmeza contra el régimen nazi.

En 1944, Roncalli fue asignado como nuncio en París y debía tener una audiencia con el Papa Pío XII. Éste empezó la audiencia indicando que sólo disponía de siete minutos. A lo que Roncalli sin dudarlo, dijo despidiéndose: “Sobran entonces los seis restantes”.

En cierta ocasión, a un joven sacerdote foráneo que se esforzaba mucho en el Vaticano por caer bien a los altos dignatarios con el fin de promover su propia carrera, Roncalli, siendo ya Papa, le dijo: “Mi querido hijo, deje de preocuparse tanto. Puede estar seguro de que en el Día del Juicio Jesús no le preguntará cómo se las arregló usted con el Santo Oficio”.

Cuando cierto día se reunió con una delegación de la Rusia comunista, al finalizar la reunión les dijo: “Y ahora, con su permiso, ha llegado el momento de una breve bendición. Al fin y al cabo, un poco de bendición no hace mal a nadie”.

En otra ocasión, cuando era nuncio apostólico el Francia asistió a un banquete ofrecido al cuerpo diplomático. Entonces, uno de los presentes quiso ponerlo en un compromiso e hizo circular por la mesa la fotografía de una mujer desnuda. Roncalli miró la foto y se la devolvió al señor N, diciendo: “La señora N., supongo”.

Al principio de su papado, solía comentar con sus amigos cómo sus nuevas y tremendas responsabilidades le preocupaban enormemente. Incluso que le producían noches de insomnio. Hasta que una mañana se dijo a sí mismo: “Giovanni, ¡no te tomes tan en serio!” y desde entonces durmió bien.

 Legado

RoncalliJesús de Nazaret dijo que Dios prefiere a los humildes para manifestar su modo de hacer las cosas. Casi sin quererlo, la Iglesia Católica se encontró con alguien que abrió una ventana de aire fresco en la milenaria institución; alguien con un saludable sentido del humor, lleno de bondad (“el Papa bueno”), humilde, que amaba la justicia y que se compadecía de los más necesitados; en definitiva, alguien que se tomaba el cristianismo en serio. Hannah Arendt lo expresa muy bien cuando escribe:

Su vida muestra la completa independencia que proviene de un auténtico desprendimiento respecto de las cosas de este mundo, de esa espléndida libertad respecto del prejuicio y la convención, que a menudo podía dar lugar a una agudeza casi volteriana, una desconcertante rapidez para volver las tornas a la situación… En el corazón de nuestro siglo este hombre había decidido tomarse al pie de la letra toda la doctrina cristiana … parecerse al buen Jesús”. – Hannah Arendt,  “Hombres en tiempo de oscuridad”, Gedisa 2008.

Testimonio conmovedor de sensibilidad frente al mal fue Juan XXIII, ‘el papa bueno’. Al contemplar, en una película, los cuerpos desfigurados de las víctimas de Auschwitz, exclamó: ‘Hoc est corpus Christi’. Y se retiró, estremecido, a rezar. Se comprende sin dificultad, que el gran rabino de Roma pasase la última noche de Juan XXIII, la dramática noche del 2 al 3 de junio de 1963, en la plaza de San Pedro, acompañado de numerosos creyentes judíos que, unidos a los cristianos, miraban hacia la habitación del papa y le acompañaban en su agonía. Judíos y cristianos habían encontrado a alguien que era de todos”. – Manuel Fraijó, “Avatares de la creencia en Dios”, Trotta 2016, 178.

Como diría el profesor Manuel Fraijó, “parece que Jesús de Nazaret se ha ido encontrando con sus amigos a lo largo del camino”.

Esteban López

  • Bibliografía:  “Hombres en tiempo de oscuridad“, Hannah Arendt, Gedisa 2008.
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