
Dicen que hay tres cosas en la vida que toda persona debería hacer antes de morir: tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Artistas y escritores de todos los tiempos han expresado a menudo su deseo de no desaparecer para siempre y que por lo menos su obra pueda permanecer a través del tiempo. Y es que la idea de esfumarse para siempre de esta existencia sin dejar rastro no suele agradar mucho. Una persona puede contar con que su hijo le recuerde, también que le recuerde su nieto y quizá incluso su bisnieto, pero en la mayoría de los casos nadie sabrá que alguna vez existió cuando llegue la cuarta generación.
Existe un tipo de medusa que se la conoce con el nombre de Turritopsis nutricula que cuando se siente en peligro es capaz de revertir su ciclo de vida, se rejuvenece a sí misma en un proceso que puede durar indefinidamente. Se la llama también la Medusa Inmortal. Algunas almejas pueden vivir 500 años; hay algunas tortugas que viven 200 años, como es el caso también de la carpa koi; y los árboles Secoya de California pueden vivir 3000 años. Aunque el ser humano vive como promedio unos 70 u 80 años, dicen las Escrituras que «Dios ha puesto la eternidad en el corazón del hombre» (Eclesiastés 3:11). Quiere decir que proyectamos hacia el futuro sin importar la edad que tengamos. La eternidad «tira» de nosotros.
El arte como un canto a la vida
El arte ha sido muy a menudo la expresión más profunda que ha tenido el ser humano para expresar su más acuciente deseo de no desaparecer para siempre. Es la impronta indeleble y a veces visceral de un canto a la vida, el más firme deseo rabioso a no querer renunciar a ella de ningún modo. Por ejemplo, la obra del pintor escocés Jack Vettriano, nacido el 17 de noviembre de 1951 y fallecido el 1 de marzo de 2025, ilustra su deseo de perdurar al crear obras llenas de vivos colores y sensualidad, como es el caso de una de las más famosas de su repertorio, «El mayordomo cantante» (2002). De orígenes humildes y habiendo ejercido toda clase de trabajos, supo encontrar su verdadera vocación expresando con la pintura su propio mundo personal como afirmación de su ávido amor por la vida.
Otro ejemplo que podría ilustrar el deseo de sacar todo el partido posible a la vida a través del arte es el caso del coreógrafo estadounidense Bob Fosse (1927-1987), quien revolucionó por completo la forma de expresión en la danza. Su trayectoria fue el reflejo de una progresiva evolución artística, pasando por ejemplo por Cabaret (1972) y culminando en su obra más original, All That Jazz (1979), una especie de autobiografía en la que la Muerte se contempla siempre como una posibilidad real. En el siguiente vídeo puede verse a una de sus principales musas, Ann Reinking (1949-2020), exhibiendo una energía y sensualidad como un canto a la vida en su más pura expresión. Y es que nos negamos a desaparecer sin más. Nuestro espíritu, que a menudo es de lo más excelso, se niega a aceptarlo absolutamente porque lo que deseamos es vivir, no «esfumarnos» para siempre. Como lo expresó Thomas Stearns Eliot (1888-1965), poeta y dramaturgo británico estadounidense, una de las cumbres de la poesía inglesa y Premio Nobel de Literatura 1948:
“No tememos a la muerte, tememos que nadie note nuestra ausencia; que desaparezcamos sin dejar rastro«.
A través de los tiempos, a alquimistas, sabios y médicos les hubiera gustado encontrar algún componente o elixir que concediera la eternidad al ser humano. Algunos científicos han planteado la posibilidad de hibernar de algún modo el cuerpo fallecido de una persona a la espera de que en el futuro se encuentre alguna clase de solución para darle vida de nuevo.
También, el deseo de permanecer aparentemente más jóvenes y lozanos, ha hecho que muchas personas solo vivan para cuidar su cuerpo físico en gimnasios o gastarse cantidades ingentes de dinero en vitaminas, lociones y cremas «milagrosas».
Esperanza acorde con el deseo de eternidad
En el cristianismo, sin embargo, la posibilidad de vivir para siempre y hasta la eternidad se contempla como una realidad. Jesús de Nazaret mismo afirmó que «el que tiene fe en mí, tiene vida eterna«. También que «yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia«(Juan 10:10, DHH). De Dios se dice que «Alaben al Señor, Dios de Israel, quien vive desde la eternidad hasta la eternidad. ¡Amén y amén!» (Salmo 41:13). Y de nuevo Jesús de Nazaret: «los que aman su vida en este mundo la perderán. Los que no le dan importancia a su vida en este mundo la conservarán por toda la eternidad» (Juan 12:25, NTV).
Es cierto, envejecemos y morimos un poco cada día, desde que nacemos. Pablo de Tarso lo reconoce también pero sin renunciar en absoluto a la esperanza:
«Es cierto que nuestro cuerpo se envejece y se debilita, pero dentro de nosotros nuestro espíritu se renueva y fortalece cada día. Nuestros sufrimientos son pasajeros y pequeños en comparación con la gloria eterna y grandiosa a la que ellos nos conducen«.- 2 Corintios 4:15-17, PDT.
Es decir, que según el Evangelio la vida humana no acaba con setenta u ochenta años, sino que aspira a perdurar mucho más allá y hasta la eternidad. De ahí que para la persona de fe en Cristo Jesús, todo lo que hace en esta existencia tiene trascendencia en el futuro. No contempla que esta vida sea todo lo que hay.
Cuando se comprende eso, se relativiza este paso nuestro por la existencia física que tenemos porque se espera una realidad superior en la que el ser humano alcanza su trascendencia plena. Julián Marías lo expresa muy bien cuando dice:
“La muerte es inevitable; el hombre desemboca en la muerte. Pero la vida no, la vida es proyecto y no hay razón para dejar de proyectar. Lo que quiere decir que la vida humana postula la perduración, postula la vida después de la muerte, y yo creo que el hombre debe seguir proyectando para después de la muerte. Se ha dicho muchas veces que el hombre no se puede llevar nada, como las riquezas o los honores. Pero sí se puede uno llevar los proyectos, lo que uno ha querido ser y no ha podido. Yo pienso en la otra vida como la realización de las trayectorias auténticas“.
– Julián Marías, “La perspectiva cristiana,” Alianza Editorial, 1999.
Nadie debería extrañarse de ese deseo de eternidad porque de un modo u otro todos lo llevamos dentro y lo deseamos, siempre que gocemos de salud y de una vida feliz. Quien lo sentía así, hasta la médula, era Miguel de Unamuno, quien escribió:
“No veo orgullo, ni sano ni insano. Yo no digo que merezcamos un más allá ni que la lógica nos lo muestre; digo que lo necesito, merézcalo o no. Y nada más. Digo que lo que me pasa no me satisface, que tengo sed de eternidad, y que sin ella me es igual todo. Yo necesito eso, ¡lo ne-ce-si-to! Y sin ella ni hay alegría de vivir, ni la alegría de vivir quiere decir nada. Es muy cómodo esto de decir: ‘¡Hay que vivir!’, ‘¡Hay que contentarse con la vida!’ ¿Y los que no nos contentamos con ella?”
Pensemos un poco: si tenemos sed es porque existe el agua; si tenemos sed de eternidad es porque también existe la eternidad. Hay personas que disfrutan de su profesión o de ejercer algún arte u oficio durante toda su vida, incluso más allá de la jubilación. Como decía Woody Allen «La jubilación es para aquellos que trabajan en algo que no les gusta«.
El compositor catalán Pau Casals estuvo componiendo música y disfrutando de ella hasta bien pasados los noventa años. Hasta el fin mismo de su larga vida (96 años) no dejó de componer y crear la música que él amaba. Todavía recientemente se han encontrado composiciones inéditas escritas por él que nadie conocía. Trabajó incansablemente hasta el mismo final de sus días y nunca dijo que se aburría. No, en condiciones normales de salud y vida, la eternidad no sería en absoluto aburrida. La música proyectaba su corazón y su vida hacia el futuro y más allá.
Algo parecido es el sentir de John Williams (1932), compositor y director de orquesta estadounidense, uno de los más prolíficos de bandas sonoras de la historia del cine. En el momento de escribir estas líneas tenía 92 años y sigue mirando hacia adelante. Inspirado por su profundo amor a la música, en cierta ocasión escribió:
«Existe un aspecto no verbal muy básico del ser humano que genera nuestra necesidad de hacer música y emplearla como parte de la expresión humana. No tiene que ver con los movimientos corporales, no tiene que ver con la articulación del lenguaje, pero sí con algo espiritual«.
Y el caso de Fred Astaire podría ilustrar también lo que se está diciendo. En este vídeo se ve que su cuerpo no es el mismo, porque tiene aquí 71 años, pero seguía «proyectando» hacia el futuro; no parece que tuviera ningún deseo de «desaparecer«. Era la eternidad la que seguía en su corazón y «tirando» de él. Y es que nuestro espíritu se niega a dejar de existir. Ama la vida con intensidad porque fuimos hechos para vivir. Y es aquí cuando la oferta de vida eterna de Jesús de Nazaret adquiere pleno sentido. Como dice Eclesiastés 3:11 (NBV), «Dios ha plantado la eternidad en el corazón de todo hombre y mujer».
Esteban López

Gracias .
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Gracias a ti, Teresa, por leer. Un abrazo muy fuerte.
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¡Muy bien! Aquí está la versión en portugués: brasileño: https://www.mentesbereanas.info/o-desejo-da-eternidade/
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Muchas gracias y un saludo afectuoso.
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