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allenWoody Allen (1935) es un cineasta nato. Desde que empezó a hacer sus primeros filmes prácticamente no ha parado de crear nuevas historias para el deleite de sus muchos seguidores. Aunque también es verdad que no gusta a todo el mundo, es difícil sin embargo que resulte del todo indiferente.

Allen tiene un gran talento y originalidad para crear historias nuevas llenas de humor desenfadado e inteligente. Pero también la particularidad de que en medio de todo eso, a menudo introduce cuestiones filosóficas o de pensamiento trascendente. Los temas recurrentes en casi todos sus filmes han sido casi siempre el sexo, la muerte y Dios. Es rara la película donde estos tres elementos no aparezcan de algún modo. Se nota mucho cuando él se expresa que son cuestiones que siempre le han preocupado y atormentado, y a través de su obra, parece que las lanza al mundo como si esperara que algo o alguien pudiera darle alguna respuesta.

En realidad las preguntas que Allen se hace son las preguntas que en el fondo todos nos hacemos: ¿cuál es el sentido de todo? ¿por qué existe el mal? Después de la muerte, ¿todo se acaba para todos? ¿existe Dios? Si existe, ¿por qué no hace algo contra el mal? ¿debo esforzarme ahora por hacer el bien si al final solo queda la nada y el vacío? Y cuestiones como esas. Sin embargo, es fácil observar también que Allen se queda solo en esas preguntas. Las plantea, las formula, parece que las sufre. No obstante, su perspectiva, su sentir, es meramente existencial, retórico, sin que en el fondo se perciba el menor atisbo de esperanza.

Es verdad que su posición de “vive ahora que después todo se acaba” es criticada por muchos. Sin embargo, no debería extrañar demasiado porque al fin y al cabo hace ya tiempo que Allen se manifiesta como judío no creyente. De hecho son muchos los judíos que han tenido una evolución parecida. Por otro lado, y si somos sinceros, ¿qué creyente no tiene algo de agnóstico? o, ¿qué agnóstico no tiene algo de creyente? Lo único que hace Allen es mantenerse fiel a su conciencia, algo completamente personal e intransferible.

La apelación constante en sus películas a los grandes temas filosóficos, ha llegado a hacer incluso que se publiquen libros como respuesta, como por ejemplo el libro “Lo que Sócrates diría a Woody Allen“. Se trata de un tratado de ética trabado en torno a ideas de siempre (el amor, la felicidad, el azar, la voluntad, la muerte) y un buen puñado de categorías muy poco manoseadas por la Historia de la Filosofía.

Se incluyen dos enlaces representativos de dos de sus filmes. El primero profundamente filosófico. Es la escena del comienzo del film Stardust Memories, donde se muestra cómo el fin físico de los seres humanos es el mismo para todos, sea cual sea la posición existencial que adopten en la vida.

La siguiente está tomada del film Annie Hall, una historia de amor, original y llena de sentido de humor que mereció un Oscar de la Academia de Hollywood. Pero el film también está lleno de preguntas filosóficas, como por ejemplo, “¿para qué hacer los deberes si el universo se expande y llegará un día en que todo estallará?” La respuesta del doctor que aparece en la escena refleja muy bien la posición existencial de Allen y que de un modo u otro casi siempre ha transmitido en todas sus películas. Muchas de las cuestiones que se plantean son las mismas que casi todos tenemos. Sin embargo, sus respuestas muestran (y es ahí donde permanece el profundo vacío) una fría y total desesperanza. Quizá sea ese el tributo por sacrificar todo en el altar de la razón, o el resultado del simple hastío por proceder de un mundo (la religión judía) en el que las grandes preguntas existenciales se responden de un modo casi absoluto.

Es precisamente Blaise Pascal, el gran matemático y pensador, el que sin embargo, apuesta por el término medio cuando escribe:

“El corazón sabe de razones que la mente ignora”.

“Dos excesos: excluir la razón y no admitir más que la razón”.

Conocemos la verdad no solo por la razón sino también por el corazón. De esta última manera es como conocemos los primeros principios, y es vano que el razonamiento, que no participa en ellos, trate de combatirlos“.

Esteban López

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