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Pascal2Blaise Pascal (1623-1662) es conocido como uno de los más grandes matemáticos de todos los tiempos. Inventor de calculadoras mecánicas e impulsor de la teoría de la probabilidad, llegó un momento en su vida que lo abandonó todo para dedicarse al pensamiento y la teología. De hecho, no le interesaba las disputas de los filósofos y nunca quiso ser uno de ellos. Tampoco era teólogo que pudiera estar interesado en la teología natural, rama de la filosofía que pretendía probar las verdades teológicas a través de la razón. Sin embargo, su pensamiento siempre es respetado y nunca ignorado en el conjunto de la filosofía occidental. Murió antes de cumplir los cuarenta años, pero dejó su más importante obra llena de ideas originales y que era capaz de cautivar a cualquier lector: Pensamientos,  escritos al final de su vida. En ellos prevalece el estilo de quien conocía bien las Escrituras y a los Padres de la iglesia. Escribía según le venían las ideas a la cabeza y las apuntaba en trozos de papel o de tela para no olvidarlas. Los estudiosos de su obra creen que intentaba crear una gran obra, pero que no llegó a concluir. Y es que Blaise Pascal además de ser el un gran matemático y hombre de razón fue también un cristiano de fe.

Pascal consideraba las matemáticas un arte sublime para la mente humana, pero no lo más importante en la vida. Contemporáneo de Galileo, siempre se opuso a que la religión se entrometiera allí donde la razón y la ciencia mostraran la verdad. Por eso cuando la Iglesia condenó a Galileo afirmó que “vuestras diligencias no impedirán a la tierra girar alrededor del sol junto con vosotros“. Pero por otro lado también defendía la insuficiencia de la razón para ayudar al ser humano en la angustia, la desgracia, o para dar alguna luz sobre el sentido de la vida o la muerte. Solo la fe podía proveer todo eso, y la consideraba “el asunto más importante de nuestra vida“.

Por eso le sorprendía que la mayoría de la gente no pensara más en esas graves e importantes cuestiones, que solo dedicaran sus vidas a escapar de ellas centrándose solo por ejemplo en la diversión como cacerías, bailes, teatro o incluso guerras. Todo menos afrontar la realidad de la existencia. De ahí que siempre recomendara una realidad diferente a la cotidiana: la fe como amor a Dios y confianza plena en él, teniendo la seguridad de sentirse su hijo en un vínculo indisoluble. Eso no era un simple acto mental o intelectual, sino razón del corazón. No era simple sentimentalismo, sino una firme intuición, que no podía ser probada, es verdad, pero de firme seguridad interior.

Fue sobre todo en la parte final de su vida que Pascal tuvo una profunda conversión espiritual. Una vez muerto, un criado encontró casualmente cosida en el forro de su levita una estrecha tira de pergamino que Pascal llevó consigo hasta su muerte. Estaba fechada con toda precisión ‘el año de gracia de 1654, lunes, 23 de noviembre‘.

Lo que se encuentra escrito ahí, no es la visión racional de un ‘científico admirable’, sino la experiencia de una nueva certeza, la certeza del corazón. Comienza con una palabra escrita en grandes letras, ‘FUEGO,’ y es la referencia a la visión de Moisés de la zarza ardiente. En cierto momento de lo que escribe aparece una alusión significativa cuando dice: “¡Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no el de los filósofos y los sabios”.

Sobre esta última expresión, Martin Buber, en su libro Eclipse de Dios (Sígueme, 2003) escribe:

“Subyugado por la fe, ya no sabe qué hacer con el Dios de los filósofos, es decir, con un Dios que ocupa un lugar definido en un sistema de pensamiento. El Dios de Abrahán, el Dios en el que Abrahán cree, el Dios al que Abrahán ama, justamente porque es Dios, no puede ser encerrado en un sistema de pensamiento, puesto que lo trasciende precisamente porque es Dios. Lo que los filósofos llaman Dios no puede ser más que una idea; pero Dios, el “Dios de Abrahán”, no es ninguna idea. En Él se resumen todas las ideas, es decir, si lo pienso como idea, no tiene nada que ver con el Dios de Abrahán… Es evidente que Pascal no era propiamente filósofo, sino matemático, y a un matemático le es incomparablemente más fácil que a un filósofo dar la espalda al Dios de los filósofos”.

Para un filósofo, Dios es simplemente un concepto, una idea abstracta; pero para la persona de fe, Dios es una persona absolutamente real con la que tiene de hecho una relación personal. No es una relación ‘Yo-Objeto,’ sino una relación de ‘Yo-Tú.

A la anterior expresión del Dios de Abrahán, Pascal añade:

“Dios de Jesucristo: solo por los caminos que enseña el evangelio se le puede hallar… se le puede guardar”.

Hans Küng, en su libro ¿Existe Dios? (Cristiandad, 1980) comenta sobre esas palabras añadiendo:

“Ahí es donde encuentra Pascal el fundamento último de esa certeza en la que ya no cabe dudar, sobre la que se pueden alzar todas las demás certezas: no la certeza de sí mismo, no un concepto, no una cierta idea de Dios, no el Dios de los filósofos y los sabios, sino el Dios verdadero, el Dios viviente de la Biblia… Para Pascal resulta claro aquí que el hombre no conoce a Dios sino con el corazón… ‘el último paso de la razón es reconocer que hay una infinitud de cosas que la superan'”.

Y en su libro “El cristianismo. Esencia e historia” (página 769, Trotta 2007), escribe:

Pero el hombre no vive solo de la razón. Y el espíritu del hombre puede hacer algo más que calcular y medir, analizar y racionalizar. Ya acto seguido de la fundación de la filosofía moderna el matemático, físico y filósofo Blaise Pascal, contra el excesivo aprecio por la razón de Descartes y contra el afán de éste de una ciencia universal orientada por las matemáticas, advirtió que, junto con la razón, también la voluntad y el sentimiento, la fantasía y las facultades sensitivas, las emociones y las pasiones tienen su derecho propio”.

Algo de sus ‘Pensamientos

Blaise_Pascal__Lithograph_after_G__Edelinck_after_F__Quesnel_Wellcome_V0004512El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza, pero una caña pensante. No es preciso que el universo entero se arme para aplastarle: un vapor, una gota de agua basta para matarle. Pero aun cuando el universo le aplastara, el hombre sería todavía más noble que lo que le mata puesto que sabe que muere… Toda nuestra dignidad consiste por tanto en el pensamiento… trabajemos pues en pensar bien: he ahí el principio de la moral“.

“El corazón sabe de razones que la mente ignora”.

“Dos excesos: excluir la razón y no admitir más que la razón”.

Conocemos la verdad no solo por la razón sino también por el corazón. De esta última manera es como conocemos los primeros principios, y es vano que el razonamiento, que no participa en ellos, trate de combatirlos“.

Cada cual examine sus pensamientos. Los encontrará plenamente dedicados al pasado o al futuro. Casi no pensamos en el presente, y si pensamos es solo para tomar de él la luz con que disponer el porvenir. El presente nunca es nuestro fin. De este modo nunca vivimos, sino que esperamos vivir, y preparándonos siempre para ser felices resulta inevitable que no lo seamos nunca”. 

“Aquellos a quienes Dios ha dado la Religión por sentimiento del corazón son bienaventurados y están muy legítimamente convencidos; pero a quienes no la tienen, únicamente podemos dársela por razonamiento, a la espera de que Dios se la de por sentimiento del corazón”. 

“Frecuentemente he dicho que toda la desgracia de los hombres deriva de una sola cosa, que es no saber quedarse quieto en una habitación… la felicidad solo está de hecho en el reposo y no en el tumulto”. 

“Porque, en fin, ¿qué es un hombre en la naturaleza? Una nada respecto al infinito, un punto medio entre nada y todo, infinitamente alejado de comprender los extremos. el final de las cosas y sus principios están invenciblemente ocultos para él en un secreto impenetrable”. 

El silencio eterno de esos espacios infinitos me espanta“.

Es cierto que hay un infinito en número, pero no sabemos lo que es… Conocemos la existencia de lo infinito e ignoramos su naturaleza, porque tiene extensión como nosotros pero no límites como nosotros. Pero no conocemos ni la existencia ni la naturaleza de Dios, porque no tienen ni extensión ni límites“.

Jesucristo dijo las cosas grandes con tanta sencillez que parece que no las pensó, y con tanta nitidez sin embargo que sobradamente se ve lo que de ellas pensaba. Esta claridad unida a esa ingenuidad es admirable”. 

Si se somete todo a la razón, nuestra religión no tendrá ya nada de misterioso ni de sobrenatural. Si se va contra los principios de la razón, nuestra religión será absurda y ridícula”.

Blaise Pascal, Pensées (Pensamientos), Valdemar 2005.

 

Esteban López

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