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John Hus (1370-1415)

LDeclaración Universal de los Derechos Humanos representa toda una conquista de la humanidad. En ella se consagran los derechos a los que todo ser humano le corresponde por el simple hecho de serlo y por su propia dignidad intrínseca. Muestra a las claras, como escribe Immanuel Kant, que ‘el hombre no puede ser nunca un simple medio, sino un fin en sí mismo’.

Sin embargo, el camino hasta llegar al reconocimiento explícito de esos derechos fue largo y tortuoso. Y fueron muchos los que, sufriendo lo indecible, se quedaron en el camino. Este fue el caso, por ejemplo, del reformador protestante John Hus.

Pese a las hogueras de la Inquisición, en el seno de la iglesia católica aumentó la oposición a los abusos de la jerarquía eclesiástica, y el 5 de noviembre de 1414 se inauguró el XVI Concilio Ecuménico de Constanza. El orden del día del concilio incluyó tres puntos fundamentales: la lucha contra la herejía, restablecimiento de la unidad de la iglesia (en ese momento histórico existían tres papas rivales) y reformas eclesiásticas.

Según los cronistas, el suceso más dramático del concilio tuvo que ver con la vista de la causa del pensador y humanista John Hus (1369-1415), distinguido representante de la Reforma en Bohemia y continuador de la obra del teólogo inglés John Wyclef (1320-1384), y de su ejecución, típicos de la actividad de la Inquisición. Hus había sido excomulgado y anatematizado por la iglesia por denunciar los excesos del clero. Para ellos representaba un enemigo tremendo e intransigente. El libro Historia de la Inquisición, de I.Grigulevich, dice cuando relata su juicio:

“Todas las tentativas del procesado por probar la inconsistencia de las acusaciones fueron rechazadas brutalmente por los “jueces.” Simplemente no le dejaban hablar. Le gritaban, le escupían, lo colmaban de vilipendios, injurias y maldiciones. Los padres conciliares clamaban que era peor que un sodomita, lo trataban de Caín, Judas, turco, tártaro y judío. Lo comparaban con una “serpiente rastrera” y “víbora lúbrica.” Interrumpían sus discursos con silbidos, pataleo y gritos: “¡A la hoguera!”

“Así continuó de día en día durante un mes, sin que se lograra intimidar y doblegar al acusado. Hus exigió valiente y tesoneramente que el concilio examinara el asunto en esencia. “Prueben -dijo a sus jueces- que mis conceptos son heréticas y las abdicaré”.

“Habiéndose convencido de que no podría obtener de Hus la autoacusación ni la abjuración, el concilio lo declaró hereje impenitente; fue destituido de su dignidad sacerdotal, excomulgado y condenado a la hoguera.

“Se fijó la fecha de la ejecución: 6 de julio de 1415…estuvieron en la ceremonia todos los padres conciliares…Hus negó en voz alta su culpabilidad…”Creo en el Dios Todopoderoso, en cuyo nombre soporto con paciencia este vilipendio, creo que no me quitará el cáliz de su redención y espero firmemente beber de él en su reino”…

“Le dijeron que se callara, y como se negó, los guardias le taparon la boca con las manos… le cortaron las uñas y el pelo de la cabeza. Luego le coronaron con una tiara de payaso hecha de papel y cubierta de demonios dibujados en la que estaba escrito: “Es un hereje”.

“El obispo que dirigía esas operaciones mágicas dijo a Hus: “Encomendamos tu alma al diablo.” Pero el mártir no dejó de parar dignamente cada golpe, con una firmeza y tenacidad que infundían respeto incluso a sus enemigos. “Y yo la encomiendo -replicó- al Señor Jesucristo que perdona todo”… Se produjo un ajetreo, y cayó de la cabeza de Hus el gorro de payaso. Entonces, uno de los guardias ordenó a un sacristán: “Ponle de nuevo ese gorro, para que se le pueda quemar con los demonios, sus dueños, a los que sirvió aquí en la tierra”.

“Cuando lo ataron por el cuello con una cadena cubierta de hollín, la miró y dijo, sonriendo, a los verdugos: “El Señor Jesucristo, mi Redentor y Salvador, estaba atado con una cadena más dura y pesada. Y yo, miserable, no me avergüenzo de llevar por su santo nombre ésta”. Se puso bajo sus pies dos haces de leña (aún tenía los zapatos y un cepo en sus pies). Se amontonó leña mezclada con paja alrededor de su cuerpo, hasta la garganta… Los verdugos prendieron fuego y el maestro empezó a cantar en voz alta: “Cristo, hijo del Dios vivo, perdónalos”.

“Se levantó viento, el fuego y el humo envolvieron su rostro y se calló. Los verdugos hurgaron durante mucho tiempo en la hoguera en vías de extinción… destrozaron con estacas la cabeza del mártir y cubrieron con tizones los pedazos. Encontraron el corazón en las entrañas, lo atravesaron con un palo agudo y lo quemaron con esmero. Desgarraron con tenazas el cuerpo carbonizado para facilitar el trabajo del fuego. Se arrojaron a la hoguera también los efectos personales del magistrado de Praga. Cuando las llamas se habían apagado, los verdugos recogieron minuciosamente las cenizas e incluso la tierra del lugar de ejecución y las echaron al Rhin para que nada quedara del hereje quemado.

Jean Calas

Jean Calas (1698-1762)

En 1762, tuvo lugar otra ejecución vergonzosa, la de Jean Calas, comerciante francés de religión calvinista, que fue condenado y ejecutado bajo la acusación falsa de haber matado a su hijo porque éste quería convertirse al catolicísmo. Este hecho impulsó a Voltaire a escribir su Tratado de la tolerancia, y en el que entre otras cosas expresó:

“Tenemos bastante religión para odiar y perseguir, y no la tenemos suficiente para amar y socorrer… Cuanto más divina es la religión cristiana, menos le corresponde al hombre imponerla; si Dios la ha hecho, Dios la sostendrá sin vosotros. Sabéis que la intolerancia no produce más que hipócritas o rebeldes”. François-Marie Arouet, Voltaire (1694-1778), Tratado de la tolerancia.

Se ha dicho que la realidad supera muchas veces a la ficción. Y no cabe duda de que estos son buenos ejemplos de ello. Es difícil poder asimilar, desde una mente cuerda y racional, que algo tan inhumano y atroz pudiera llevarse a cabo. Pero mucho más difícil es entender que todo aquello fuera perpetrado por personas religiosas, ‘en el nombre de Dios o de la unidad de la Iglesia‘.

 Recordar casos como los de John Hus y Jean Calas o a otros que han sufrido por razones de conciencia es de importancia vital. Casos como esos ilustran muy bien hasta dónde pueden conducir las ideologías que invalidan o ignoran por completo al ser humano. Conceptos en principio inofensivos, como Diospatriaiglesiaraza, clase social, equipo favorito, etc, pueden tornarse en simples pretextos que creen enemistades o manifiesten desprecio por quienes piensen de modo diferente; causa, por otro lado, de infinidad de conflictos, enfrentamientos fraticidas y horrendas guerras. Y es que un gran fuego suele empezar casi siempre a partir de solo una pequeña chispa de animadversión u odio a otros.

Sin embargo, en una sociedad plural y diversa lo que se impone desde la razón y en aras de una buena convivencia es la tolerancia y el respeto por el ser humano y su dignidad intrínseca. Recordar siempre que ‘el hombre no es un simple medio, sino un fin en sí mismo’  susceptible de todo respeto. Y como miembros de la comunidad humana, es también absolutamente imprescindible conocer la historia porque ‘quien no conoce su historia está condenado a repetirla‘.

Esteban López

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