Que se cite a los testigos de Jehová como ejemplo de intolerancia religiosa, puede parecer extraño a muchas personas, sobre todo cuando se tiene en cuenta que ellos mismos fueron víctimas de la intolerancia religiosa en años pasados. Muchos sufrieron prisión en campos de concentración y otros murieron durante el régimen nazi. El tribunal Supremo de los Estados Unidos sentó jurisprudencia al decidir a favor de ellos en la defensa de sus derechos como “minoría religiosa.” Y así fue en el caso de otros países, hasta que hoy día, en los países democráticos disfrutan plenamente de sus derechos como grupo religioso amparándoles la ley. Como ejemplo de esto, la Constitución española, en el Artículo 16, párrafo 1 dice: “Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la Ley”.

Pero es triste reconocer que hay otra faceta en los testigos de Jehová que muchas personas no conocen, y es que ellos están muy prestos a exigir a las sociedades democráticas su derecho a la libertad de pensamiento como grupo religioso que son, pero niegan ese mismo derecho a sus miembros de base. Eso ha causado y sigue causando un gran sufrimiento a muchas personas por el simple hecho de solo disentir en ciertos aspectos doctrinales.

Los testigos de Jehová no se limitan solo a expulsar de entre sus filas a los disidentes o a los que ellos llaman despectivamente “apóstatas” y a otras personas. La política doctrinal oficial de su cuerpo gobernante enseña a sus miembros que corten toda relación con ellos o incluso a que los odien, aunque estos sean miembros de una misma familia o no hayan perdido en absoluto la fe en Dios o en la Biblia. El adoctrinamiento interno en ese sentido es constante.

A los testigos se les enseña que no deben aceptar publicaciones llamadas por ellos “apóstatas“. Sin embargo, ellos mismos no dudan en llenar sus vecindarios con sus publicaciones y aunque en ellos vivan también personas creyentes y con fe en sus respectivas iglesias. Exigen su derecho de “predicar” y hablar de su religión a otros, pero ellos mismos no ven con buenos ojos que otros lo hagan, sobre todo si éstos han pertenecido a sus filas y tienen preguntas sinceras o simplemente disienten en algún aspecto doctrinal o de organización. Esa es la razón por la que dentro de la organización de los testigos de Jehová hay una atmósfera asfixiante de falta de libertad de expresión, y una verdadera “psicósis” en relación con todo lo que ellos llaman “apostasía”, y a los medios donde se supone que ésta aparece, como son algunos programas de televisión, Internet, etc. Como ejemplo ilustrativo de lo que se dice, su órgano oficial, la revista “La Atalaya” (1 Mayo 2000, págs.9,10) dijo:

“Los apóstatas representan otra amenaza para nuestra espiritualidad. El apóstol Pablo predijo que habría una apostasía entre los que se llamaban cristianos (Hechos 20:29, 30; 2Tesalonisences 2:3). En cumplimiento de sus palabras, después de la muerte de los apóstoles, una gran apostasía condujo a la formación de la cristiandad. Aunque hoy no se ha producido ninguna gran apostasía dentro del pueblo de Dios, algunos de los que se han separado de los testigos de Jehová los disfaman difundiendo mentiras e información errónea. También hay quienes se unen a otros grupos para oponer una resistencia organizada a la adoración pura. De este modo se colocan del lado del primer apóstata, Satanás.

“Algunos apóstatas se valen de diferentes medios de comunicación de masas, entre ellos Internet, para divulgar información falsa sobre los testigos de Jehová. Así es que las personas sinceras que desean informarse sobre nuestras creencias, en ocasiones se topan con propaganda apóstata. Incluso algunos testigos se han expuesto sin darse cuenta a esta información perjudicial. Además, los apóstatas a veces participan en programas de televisión o radio. ¿Qué proceder es prudente que sigamos en vista de lo antedicho?
“El apóstol Juan mandó a los cristianos que no aceptaran a los apóstatas en sus hogares: «Si alguno viene a ustedes y no trae esta enseñanza, nunca lo reciban en casa ni le digan un saludo. Porque el que le dice un saludo es partícipe en sus obras inicuas». (2 Juan 10, 11) Evitar todo contacto con estos opositores nos protegerá de su modo de pensar corrupto. Ahora bien, exponerse a las enseñanzas apóstatas a través de los diferentes medios modernos de comunicación es tan perjudicial como recibir al apóstata mismo en casa. Nunca debemos de permitir que la curiosidad nos haga actuar de un modo tan calamitoso. (Proverbios 22:3)”

Al testigo medio le queda poca opción de pensar que esa clase de política no tenga base bíblica, pues “tejen” los argumentos y textos bíblicos suficientes como para que se inculque un verdadero desprecio por todo aquel que haga preguntas sinceras en cuanto a ciertos asuntos doctrinales o de organización. En su actitud de sospechar de otros y en sus acciones intolerantes, mezclan el nombre de Dios con su “organización” de tal modo que los testigos de base son incapaces de ver la diferencia entre “Jehová” y “organización.” También llama la atención aquí, la facilidad con que relacionan a esos “apóstatas” con el mismo Satanás. Recuerda las mismas palabras empleadas por el obispo que dirigía la operación de quema de John Hus: “Encomendamos tu alma al Diablo“. Por otro lado, cuando citan 2 Juan 10 y 11, no dicen que aquí el apóstol habla solo de los que “niegan a Cristo” (versículo 9) y un poco antes, de los “anticristos.” Sin embargo, la realidad es que muchas personas que son expulsadas nunca negarían a Cristo ni su enseñanza. Se puede ver con claridad diáfana lo patético y triste del caso, y es el hecho de que no les importa incluso manipular hasta la aplicación del texto bíblico mismo con tal de mantener su inicua política de extremo rechazo a personas inocentes.

Además están los avisos constantes con relación a la información que aparece en Internet. Es verdad que no toda la información que aparece en Internet es digna de confianza. Sucede lo mismo con lo que se publica en la forma de libros y revistas. Pero parece que mucha de la información que compromente seriamente a la organización de los testigos sí es comprobable y hace reflexionar profundamente. Intentar demonizar un medio de libre información como es Internet es a la larga contraproducente para los intereses de una organización autoritaria como la de los testigos de Jehová, porque Internet representa libertad de información para mucha gente, no hermetismo. De hecho, cabe esperar que no se pueda frenar el crecimiento y el efecto imparable que la Red tiene en la vida de la gente.

Los testigos de Jehová niegan que sean una secta en el sentido peyorativo del término. Pero si realmente no desean que se les confunda, deberían reflexionar en el informe siguiente. En el libro Sectas y Derechos Humanos (Editorial Universidad de Córdoba), un estudio hecho por un grupo compuesto por cinco profesores de las universidades españolas de Alcalá de Henares, Cádiz, Complutense, Córdoba y Oviedo se dice:

“Lo que conduce a la secta al fanatismo es la propia inconsistencia de sus creencias, que hace que los adeptos, para defender una idea un tanto insegura, se vuelvan intolerantes y que por miedo a no tener razón, impongan sus ideas violentamente, fanáticamente, absolutizándolas. La conciencia de saberse en la verdad, genera en la secta y en sus miembros complejos de superioridad y persecución…

“El fanatismo es el mecanismo que produce en la secta la concesión de primacía total a sus principios, doctrinas e interpretaciones, por encima de las personas. Esto conlleva que aquellos adeptos que piensen de forma diferente se conviertan automáticamente en enemigos a los cuales se les silencia, se les persigue, se les expulsa, porque son un peligro para la secta, crean la duda y la inseguridad en ella.
“El fanatismo obliga a todos los miembros de la secta a que se ajusten a los moldes “sagradamente” establecidos. De hecho, entre 1975 y 1978, se persiguió a los disidentes de los testigos de Jehová, produciéndose casi un millón de expulsiones, es decir, un 25% de la secta.”

¿No debería ser eso suficiente causa de reflexión para los dirigentes de los testigos de Jehová hoy? ¿No sería mucho mejor que propiciaran cambios hacia posiciones de mayor tolerancia y respeto por la conciencia individual de sus miembros y de ese modo evitar que constantemente se haga referencia a ellos como una “secta”? El Tribunal del Santo Oficio de la Santa Inquisición, con sus juicios y quema de “herejes”, fue una de las instituciones más despiadadas e inicuas que han existido. Es triste reconocer que el sistema policial y judicial que emplean los testigos para deshacerse de los disidentes es el mismo. Es verdad que no queman el cuerpo físico de la persona porque simplemente el Estado no se lo permite. Pero sí se aseguran de “quemar” su buen nombre y su dignidad, y además de por vida.

En cierta ocasión, una mujer de Nueva Zelanda que había sido testigo de Jehová por varios años, fue acusada de “apostasía” por reconocer haber leído los libros de Raymond Franz, anterior miembro del cuerpo gobernante de los testigos de Jehova, y un comité judicial le notificó que sería expulsada. Ella apeló. Durante la sesión de apelación se vió sola ante un grupo de nueve hombres que la increpaban constantemente a ella y al autor de los libros. ¿Puede alguien imaginar cómo se debe sentir una persona que está sola ante nueve hombres arrogantes y autoritarios bajo esas circunstancias? La escena en el tiempo podría ser un poco diferente, pero es obvio que la razón de fondo seguía siendo exactamente la misma que en el caso de la ejecución en la hoguera de John Hus: extrema intolerancia religiosa.

Cuando una persona decide bautizarse como testigo de Jehová, lo hace con el sentimiento sincero de servir a Dios. Los ancianos de la congregación donde sirva, se aseguran de considerar con ella todas y cada una de las creencias de su teología para asegurarse de que las ha aceptado al cien por cien. Pero a esa persona nadie le dice que si con el tiempo, ella deja de aceptar tan solo una de esas creencias, se la tratará como alguien sospechoso, como falto de fe en Dios (o en su organización),  y como un “apóstata,” alguien a quien hay que despreciar y hasta odiar.

Cuando se ha preguntado en alguna ocasión a algunos de sus dirigentes por qué cortan toda relación con quien no comparte todo en sentido doctrinal, la respuesta es ‘¿qué sentido tiene ahora relacionarse con esa persona?’ Pero no reconocen que esa clase de política es inhumana y que hay otra manera de tratar a esas personas: como seres humanos con dignidad y derechos, y no como entes que “hay que tratar como si estuvieran muertos.” ¿No es semejante posición una vergüenza para una organización que afirma que es cristiana? ¿no es eso una afrenta descarada a las leyes morales universales y al espíritu de amor al prójimo enseñado por Jesús de Nazaret?

vivir para siempreQuizá una de las causas por las que los testigos de Jehová son tan intolerantes sea el que se les enseñe una y otra vez, como ocurre en el caso de otras religiones, que son “el único pueblo escogido de Dios.” Al resto de la gente, por no pertenecer a su religión, los llaman “mundanos”, merecedores de destrucción cuando Dios traiga el fin del mundo. Parece que olvidan el tremendo sentido exclusivista que tenían los judíos en el tiempo de Jesús. En la página 204 de su libro Usted puede vivir para siempre en el paraíso en la Tierra, ellos quieren representar los rostros de superioridad y desprecio de los judíos hacia otras personas porque no formaban parte de su pueblo. Sorprende que los testigos no vean sus rostros reflejados allí.

Para ilustrar lo que se acaba de decir. Hace ya algunos años, en una pequeña población de Andalucía, España, tuvo lugar un horrible accidente de autocar, donde muchos jóvenes testigos murieron abrasados debido a que falló el sistema de apertura de las puertas del vehículo. Casi todos los medios de información dieron la triste noticia. La sucursal española de los testigos de Jehová organizó una reunión grande para los funerales en la misma ciudad. Asistieron muchas personas, vecinos, amigos, familiares y varias autoridades de la Junta de Andalucía para dar su apoyo. Sin embargo, la pregunta que surge inmediatamente, conociendo el sentido de exclusividad que tienen los testigos es: si los accidentados hubieran sido otros vecinos del pueblo, ¿hubieran ellos asistido a los funerales? La verdad es que lo más probable es que no, pues para ellos el resto de la gente que no pertence a su religión es simplemente “mundana.”

El trato de extremo rechazo también se aplica en el caso de que una persona escriba, por razones de conciencia, una carta de renuncia como testigo de Jehová. La indiferencia y desprecio por parte de familiares y amigos testigos “de toda la vida” es exactamente el mismo que en el caso de una persona expulsada. Tanto es así que, entre muchos anteriores testigos, se dice con frecuencia que “no hay modo honorable de dejar la organización.” Para el honor y buen nombre de tantas personas que por años “derramaron” sus vidas por servir en la organización de los testigos de Jehová, ¿no es eso muy triste, sobre todo teniendo en cuenta que muchas de ellas siguen teniendo fe en Dios y en su Palabra?

 El efecto sobre la gente

Cuando se expulsa a una persona que ha pasado buena parte de su vida como testigo de Jehová, el efecto en ella dependerá de varios factores, pero según los casos, el daño emocional o hasta espiritual puede ser muy grande, sobre todo cuando esas personas tienen razones de peso y sin embargo no se las escucha. En la mayoría de los casos, lo que suele ocurrir es que las personas que habían sido amigos de toda la vida y que siguen siendo testigos, corten todo trato con ella. Incluso sucede que miembros testigos de la misma familia consideren ahora a esa persona “como si estuviera muerta” y sigan pasando los años sin que tengan la menor relación. Realmente los tratan como si estuvieran muertos y salvo alguna excepción, los olvidan para siempre. Cuando se produce la expulsión de un cónyuge, la situación es difícil y delicada en muchos casos, sobre todo cuando el cónyuge testigo sigue creyendo debido al fuerte adoctrinamiento que su esposo o esposa “ha dejado Dios”, cuando es muy posible que en absoluto sea ese el caso.

Algunos han visto cómo sus negocios han sido boicoteados por testigos clientes que han cortado toda relación comercial con ellos. Otros han sido obligados a dejar sus empleos por sus jefes testigos. Todo eso es un atentado flagrante contra los derechos humanos de las personas afectadas, pues nadie se merece que, por cierta política doctrinal desamorada e inicua, pierda su relación con miembros de su propia familia o con amigos de toda la vida. La iniquidad de esa política pretendería incluso la “muerte social” del disidente. Hay que tener en cuenta que verse expulsado después de muchos años de servicio a la organización, puede significar un duro “volver a empezar”, y eso puede ser muy difícil para alguien cuya vida giraba única y exclusivamente alrededor del servicio a la “organización”, que quizá rechazó estudios universitarios o profesionales porque así se lo enseñaban los testigos (debido a la proximidad del fin del mundo) y que además, ya no tiene amigos fuera de ese círculo cerrado.

También aquí hay que reflexionar un poco en el efecto que la intolerancia doctrinal tiene en los propios testigos. Es realmente sorprendente la reacción de indiferencia de muchos testigos cuando se expulsa a una persona que ha sido su compañero por años. Siguen con su “rutina” como si no hubiera pasado nada. Es como si miraran a otra parte. De hecho así lo hacen cuando se cruzan por la calle con algún “disidente.” Si te encuentras con ellos en la misma escalera de vecinos, evitan subir contigo en el mismo ascensor, pero si no tienen más remedio que subir en él, entonces se les nota muy tensos. Si el testigo es taxista y te reconoce, rehúsa llevarte como pasajero; si te ve por la acera, entonces correrá hasta el otro lado, o en otros casos, pasará por tu lado con aparente arrogancia. No importa que durante muchos años se hayan compartido vivencias, experiencias o hasta muchas comidas en la misma mesa. Todo se acabó. Es triste y al mismo tiempo patético. Pero el caso es que actúan con sus conciencias totalmente invalidadas, como si no quisieran meterse en líos ya que saben que ellos mismos podrían ser expulsados si se llega a saber que tienen algún trato con los que ya están estigmatizados de por vida. No importa que esas personas esgriman razones serias y de peso como para hacer reflexionar. La “lealtad” ciega del testigo medio a su “organización” se asemeja a la de los “camaradas” en los estados totalitarios, aunque en muchos casos esa supuesta “lealtad” se base más en la conveniencia de “salvar el pellejo” que en una convicción sincera. Aquí el asunto no es que una persona decide libremente no dirigir la palabra a alguien por cualquier causa. El problema, en el caso de los testigos de Jehová de base, es que actúan así por la presión coercitiva interna, producto de la política doctrinal de extremo rechazo enseñada por sus dirigentes religiosos. Debido a eso, los testigos desarrollan una mente limitada para discernir por ellos mismos lo que es una conducta ética sana. Todo está “viciado” por un adoctrinamiento constrante, sutil, pero eficaz.

Como ejemplo comparativo de lo que se pretende decir, en su libro La Democracia en España , Gregorio Peces Barba, uno de los redactores de la Constitución española de 1978 y anterior presidente del Congreso de los Diputados español, escribió con respecto al tiempo del franquismo:

“De la falta de información y de la falta de participación obtenía el franquismo las condiciones necesarias para el mantenimiento en el poder…

“Vivíamos dependiendo de la retórica y de los sofismas oficiales, que mantenían dormida, engañada y silenciosa a la sociedad.
“Bentham define el sofisma como ‘un argumento falso, disfrazado de una forma más o menos capciosa, una opinión falsa que se emplea para alcanzar algún fin’.

“El franquismo era un sofisma generalizado, cuyo fin era el simple mantenimiento en el poder y la defensa de unos intereses concretos. Cuando un régimen tiene sólo el sofisma como elemento de argumentación general se puede presumir que carece de razones, porque nadie recurre a tales medios sino faltándole argumentos. Las consecuencias que suelen derivar de una dictadura basada en el sofisma, como decía el filósofo inglés, son ‘la depravación moral e intelectual que produce la costumbre de fundar el raciocinio en principios falsos o de desentenderse de la verdad, pervirtiendo la más noble facultad del hombre.’

“…El sofisma de la autoridad, como la presentación de la opinión de alguno o algunos individuos considerada suficiente por sí misma, e independientemente de cualquier otra prueba para fundar cualquier decisión, era la clave del franquismo que había divinizado al Caudillo, que no respondía, sino ante Dios y ante la Historia, y para el que se pedía protección en una oración final de la misa.

“Otro sofisma dilatorio habitualmente usado por los hombres del franquismo era el de las personalidades injuriosas, que tachaba al que proponía cualquier reforma de persona peligrosa y poco fiable, y que afirmaba tajantemente que nada bueno podía venir de su mano. En ese sofisma se fundaban las campañas de desprestigio…

“Esa falta de autenticidad, esta simulación, esta cínica defensa del mantenimiento en el poder a cualquier precio y el uso de estas técnicas de envilecimiento en que consisten los sofismas que hemos descrito, introdujo en lo más profundo de las conciencias de nuestros conciudadanos una podredumbre de la que está resultando difícil desprenderse y que ha afectado a casi todos.”

Después de un trato tan vejatorio, todavía es loable que muchos sigan teniendo interés en las cosas espirituales. Algunos se han unido a distintas iglesias donde han encontrado más comprensión y tolerancia. Otros hacen arreglos para reunirse en hogares privados para leer las Escrituras sin la opresión dogmática de una organización autoritaria. Pero otros muchos, después de tan grande decepción, han perdido todo interés en la religión o hasta han perdido por completo la fe. O lo que es más triste, han perdido sus fuerzas y su confianza en sí mismos para rehacerse en la vida después del trauma recibido. Vienen a la memoria ciertas palabras de Jesús cuando dijo:

“Pero al que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí, mas le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar.”-Mateo 18:6.

El resultado de esa política de extremo rechazo por parte de los testigos, ha llevado a que muchos afectados lo denuncien ante los medios de comunicación. Eso, a los ojos de los testigos es todavía más grave, pues consideran que son “luchadores contra el pueblo de Dios.” Sin embargo, cuando los testigos mismos lanzan ataques y diatribas ardientes contra otras iglesias, no piensan en el efecto humillante y descorazonador que eso pudiera producir en las personas de fe que pertenecen a ellas.

Los representantes oficiales de la Watchtower, intentan paliar la mala imagen que eso produce en la opinión pública, sobre todo si ésta está acostubrada a vivir en una sociedad que respeta los derechos humanos y las libertades democráticas. Cuando se les pregunta sobre la intolerancia religiosa manifiesta de su organización, suelen decir que ellos deben obedecer lo que dice el cuerpo gobernante; que obedecen órdenes. Resulta sorprendente que sean capaces de denunciar a otros grupos sectarios por su obediencia ciega a un líder, y sin embargo, no reconozcan su obediencia ciega a otro lider “compuesto”: su cuerpo gobernante.

Reflexión

Si se recuerda la parábola del Buen Samaritano enseñada por Jesús de Nazaret, a los testigos de Jehová se les podría preguntar qué es lo que harían en caso de ver arrojada y maltrecha en el camino a una persona de otra religión, de otra ideología o lo que es más, qué harían si esa persona fuera lo que ellos llaman “un apóstata.” Parece bastante obvio que, hoy por hoy y debido sobre todo al fuerte adoctrinamiento que reciben, la mayoría “pasaría de largo.”

Lo que se ha escrito hasta ahora no es el producto de simple odio a la organización de los testigos de Jehová. Solo se pretende denunciar públicamente la conculcación de los derechos humanos de personas debido a su política de expulsión atroz y desamorada. Es un intento de reflexión que quizá pueda ayudar a comprender un poco más el espíritu de amor al prójimo que significa el cristianismo. Al fin y al cabo, en asuntos donde las Escrituras no son taxativas, ¿deben los cristianos odiarse y perseguirse unos a otros? Quizá lo que sigue podría ayudar también.

En 1762, Juan Calas, comerciante francés de religión calvinista, fue condenado y ejecutado bajo la acusación -falsa- de haber matado a su hijo porque éste quería convertirse al catolicismo. Este hecho, y la marea de fanatismo que despertó en torno suyo y que provocó tan cruel desenlace, dio pie al filósofo y pensador Voltaire a escribir su Tratado de la Tolerancia, que figura entre las obras más singulares del escritor. Algunas de las reflexiones que hace en su libro son:

“Cuanto más divina es la religión cristiana, menos le corresponde al hombre imponerla; si Dios la ha hecho, Dios la sostendrá sin vosotros. Sabéis que la intolerancia no produce más que hipócritas o rebeldes.

“Un obispo español o portugués que se circuncidase y observase el sábado sería quemado en un auto de fe. Sin embargo, la paz no se alteró por ese motivo fundamental, ni entre los apóstoles, ni entre los primeros cristianos.

“Tenemos bastante religión para odiar y perseguir, y no la tenemos suficiente para amar y socorrer.” – Tratado de la Tolerancia, por François-Marie Arouet Voltaire, autor y filósofo francés, 1694-1778.

Es verdad que Jesucristo habló de que las familias serían divididas porque unos aceptarían el cristianismo como un modo de vida y otros no, pero nunca abogó por la destrucción formal de las familias. Por otro lado, en 2ª Corintios 2:6 se deja bien claro que era la “mayoría” de la congregación la que diera reprensión al que “causara tristeza.” Eso quizá contemplaba a una minoría que libremente escogiera el no hacerlo. Mostraría que los ancianos podrían recomendar cuándo no asociarse con alguien, pero la elección final debería ser de las personas individuales.

Todos los ejemplos históricos de intolerancia religiosa, incluida la de los testigos de Jehová, deberían ser causa de profunda reflexión para todos los cristianos, pertenezcan a la iglesia que pertenezcan. Los testigos de Jehová, como cualquier otro grupo o iglesia, tienen todo el derecho del mundo de ejercer su libertad de religión. Pero, ¿tienen el derecho moral de enseñar y practicar una política intolerante de extremo rechazo a los que han dejado de pensar como ellos? ¿Era así el cristianismo primitivo? Con sinceridad, ¿dónde habla la Biblia de “comités judiciales”? ¿dónde dice que los ancianos en las congregaciones deberían tener un libro especial como el que ellos usan como si fuera un código penal para “ajusticiar” a los disidentes y a otras personas? ¿Dónde se indica que el recomendar no tener asociación con alguien debería convertirse en toda una gran maquinaria judicial, represiva y humillante para el afectado? ¿No recuerda eso más bien al Tribunal del Santo Oficio, símbolo de una de las épocas más oscuras y tristes de la humanidad?

Nadie debería extrañarse de que, mientras esa política de intolerancia no cambie, siga habiendo un clamor desesperado por parte de todos aquellos que la sufren. Pero hay que reconocer que eso también sirve de aviso para todas las personas que estén pensando en llegar a ser testigos de Jehová, porque una vez que lo lleguen a ser tendrán que renunciar a su libertad de expresión y a su derecho de decidir por ellos mismos en muchos asuntos, es decir, tendrán que entregar sus vidas completamente a una organización que en realidad les exije lealtad ciega y absoluta.

Sin embargo, una lectura sencilla del Evangelio permite llegar a la conclusión de que no es posible conciliar cristianismo y semejante política doctrinal. Las enseñanzas de Jesucristo no son un ‘cuerpo dogmático’ establecido e impuesto por hombres que se tenga que defender con métodos intolerantes o con flagrante desprecio por la dignidad del ser humano. Más bien, él mismo animó a sus seguidores a que se ganaran a otros, no con métodos coercitivos o humillantes, sino por medio del amor y las buenas obras, cuando les dijo:

“En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros. Vosotros sóis la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.”- Juan 13:34, 35; Mateo 5:14-16.

Esteban López