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decepciónExisten muchas clases de pruebas en la vida, pero la decepción religiosa suele ser una particularmente hiriente para el corazón. Muchas personas han llegado a perder todo interés por la religión organizada e incluso por el mismo hecho religioso debido al mal ejemplo de otros o a la falta de honestidad por parte de dirigentes religiosos. El resultado suele ser el abandono de la organización religiosa a la que se perteneció alguna vez durante años y se había dado casi todo por ella.

La profunda secularización existente hoy día en muchos países produce también su efecto. Como me dijeron no hace mucho unas religiosas que tenían que cerrar el colegio que dirigieron durante años, “existe una preocupante falta de vocaciones“. Yo mismo he conocido personas que durante años lo dieron todo en su servicio a la organización religiosa a la que pertenecieron, pero que ahora se declaran totalmente indiferentes o incluso viven con un profundo resentimiento. Y es que en el caso de muchos de ellos, el abuso espiritual que recibieron fue ingente y muy doloroso.

Los escándalos de abusos sexuales de menores que han salpicado a distintas comunidades religiosas, ha supuesto también un varapalo importante a la confianza que antaño se tenía, por método, en quienes las dirigían. Sobre todo cuando se ha sabido que, para no dañar la imagen de la comunidad, ha habido esfuerzos por ocultarlos. Pero la gravedad del asunto va más allá de las políticas internas eclesiásticas; por el daño que tantos jóvenes han recibido, se trata ya, no sólo de un pecado, sino también de un delito que debe encauzarse por la vía judicial.

Cuando se produce una profunda decepción religiosa, muchas cosas se desmoronan. Se la ha comparado a una decepción amorosa a la que uno se había entregado con todo el corazón. En muchos casos se pierden referencias vitales; la oración desaparece, la esperanza deja de brillar, y es posible que el resentimiento dure mucho tiempo. Tal puede llegar a ser la presión del dolor que hasta es posible que se niegue que alguna vez se conoció a Jesús y que una vez se le siguió con esperanza. Las referencias son ahora otras…

Quizá esa negación vital que se mantiene ahora pueda parecerse un poco a la misma que manifestó un buen hombre al que se le preguntó en cierto momento de su vida si conocía a Jesús de Nazaret. “Estaba, pues, Pedro en pie, calentándose, y le preguntaron: -¿No eres tú de sus discípulos? Él negó y dijo: -¡No lo soy!” (Juan 18:25, Versión Valera 1995). Y lo negó así hasta tres veces. Parece mentira, porque poco antes Pedro estaba dispuesto incluso a luchar para salvar la vida de su maestro; porque cuando iban a arrestarlo había cogido una espada y le había cortado una oreja a Malco, siervo del sumo sacerdote. Sin embargo, es curioso, ahora niega que le conozca o que alguna vez hubiera sido su discípulo. Y es que Pedro mostró ser tan humano como cualquiera de nosotros; bajo la presión del miedo, se transformó; dejó de ser él mismo. Y es que las pruebas y la presión condicionan tan profundamente el espíritu del ser humano que, incluso “el hombre sabio, cuando se encuentra bajo presión se comporta como loco“, dicen las Escrituras (Ecl. 7:7).

Sin embargo, en ocasiones no se reflexiona lo suficiente como para ver con claridad que, de la decepción religiosa de uno, poca culpa, si acaso alguna, tiene Dios. Que la piedra de tropiezo fue otra bien distinta y que el espíritu de las enseñanzas de Jesús de Nazaret sigue ofreciendo luz pese a quien pese. Ejemplos no faltan. Por ejemplo, David tuvo que huir y refugiarse en el desierto de Judá perseguido por el mismo Saúl, rey de Israel; el profeta Jeremías tuvo que sufrir persecución, encarcelamiento y humillación de parte de los dirigentes israelitas de su día; a muchos otros profetas enviados por Dios incluso se les apedreaba y mataba; John Hus ardía en la hoguera prendida por personas religiosas, pero aún así murió alabando a Dios; Teresa de Ávila, poco comprendida en cierto momento de su vida también exclamó, ‘sólo Dios basta‘; y hasta el propio Jesucristo vio cómo todos sus amigos desaparecían dejándolo ‘más solo que la una’, muriendo finalmente a manos de los líderes religiosos de su día y dejándolo clavado en un madero fuera de los muros de Jerusalén como un vil criminal despreciado por todos. Aún así, mantuvo su dignidad hasta el mismo final cuando dijo, “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen“.

Así lo entendió finalmente también Pedro el pescador, quien al final y después de tanta negación “lloró amargamente” entregando después por completo su vida a su Señor. Y es que, es verdad, la fe se puede perder por culpa de otros, pero nunca es tarde para que la esperanza vuelva a brillar en el corazón.

Esteban López