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Conoció los fascismos del siglo XX, los campos de exterminio y el sufrimiento ingente del ser humano, incluso el de los niños. Sin embargo, nunca renunció a la esperanza. Pero, ¿se puede ser un ser esperanzado ante tanta negatividad siendo además filósofo marxista y ateo? Por mucho que pueda extrañar, ese fue precisamente el caso de Ernst Bloch.

Ernst Bloch nace en 1885 en el seno de una familia judía en Ludwigshafen, Alemania. Tuvo una gran formación y ya en el bachillerato se decantó por la filosofía y la música. Pero a medida que su obra va avanzando puede verse desde el mismo principio cómo el tema principal de toda su inquietud es la utopía en todas sus manifestaciones. No en vano su primer libro escrito en 1918 va a titularse, “El espíritu de la utopía“.

Se ilusiona con la revolución leninista y escribe en 1921 “Thomas Münzer, teólogo de la revolución“, donde muestra su gran interés por la dimensión religiosa del ser humano. Y al llegar los nazis al poder escribe en 1935 su denuncia personal contra aquel régimen nefasto, “Herencia de esta época“, que le obliga a refugiarse en Suiza.

Entre los años 1938 y 1945 se exilia en Estados Unidos donde, mientras tiene que fregar platos por la noches en los hoteles, redacta sus obras más importantes: “Sujeto-objeto” (1949), que trataría sobre Hegel, y “El principio de esperanza” (1954-1959), su obra más ingente y trascendente como defensa de un futuro mejor para el ser humano y en un mundo transformado, algo que en principio y según Bloch podría alcanzarse a través del socialismo y el comunismo.

Su fidelidad a sus propias ideas hicieron de él un exiliado y disidente permanente. En Suiza entre 1919 y 1921 por no compartir la agresividad expansionista de Alemania; por diversos países europeos durante el régimen nazi; y en Estados Unidos desde 1938 a 1945. Y aunque después se establece en la República Democrática de Alemania y le otorgan un premio, los acontecimientos de la llamada revolución de Hungría en 1956 así como la construcción del muro de Berlín, desilusionan profundamente al comunista convencido que había sido hasta entonces. Por resumir, en su largo caminar había vivido en Berlín, Heidelberg, Zúrich, Viena, París, Praga, Nueva York, Cambridge, Leipzig y Tubinga.

El principio esperanza

Su obra El principio esperanza es el meollo de su pensamiento. Pedro Laín Entralgo la llama “la catedral laica de la esperanza“, aunque ‘demasiado laica y enlutada’.  Muestra a un ser humano consciente del mal que rodea esta existencia pero profundamente esperanzado. A diferencia del dramatismo de Heidegger para quien el hombre es un ser para la muerte y lleno de angustia, Bloch dice que “lo importante es aprender a esperar“. Se niega a resignarse en la negatividad. Sueña con un mundo digno donde vivir, cálido, que sea nuestro verdadero hogar y donde incluso nunca más haya hambre. Para ello propone que se ayude al hombre a que muestre lo mejor de sí mismo.

Sin embargo Bloch no se engaña. Comprende que aunque las necesidades básicas del hombre quedaran cubiertas, aunque ciertos males se pudieran erradicar, todavía quedaría la muerte como fin absurdo del hombre. Y es que él la conoció bien de cerca: su primera mujer había muerto con sólo veinticuatro años. Por eso llama a la muerte el “hacha de la nada“. Bloch dice que “por dignidad personal me niego a que el hombre acabe igual que el ganado“, que “la desesperanza es en sí, tanto en sentido temporal como objetivo, lo insostenible, lo insoportable en todos los sentidos”, o que “no me resigno a que la última melodía que escuche sean las paletadas de tierra que alguien arroje sobre mis despojos”.

Busca desesperadamente un modo de eludir la muerte sin contar con el hecho religioso pues él es ateo, aunque había dicho que “donde hay esperanza, hay religión“, que lo importante es leer la Biblia con los ojos del Manifiesto comunista, o que Jesús de Nazaret era “un hombre que obra aquí como un hombre bueno, algo que todavía no había sucedido”. La solución entonces no puede venir de arriba, del cielo. Hay que encontrar aquí mismo en la tierra una forma de afirmar la vida frente a la muerte. Y él la encuentra a su manera: la sonrisa de un niño, la alegría de ayudar a un necesitado, las artes, la música, la entrada de un buque en un puerto, incluso toda la herencia de esperanza contenida en las religiones.

Bloch sabe que estas experiencias no garantizan que perduremos más allá de la muerte, pero por lo menos le dan al asunto una gran fuerza esperanzada. Quiere arrancar a la vida lo mejor de sí misma. Por dignidad personal quiere mantenerse erguido. Encontramos aquí a un ser humano que prescinde de la religión, pero que hace todo el esfuerzo del mundo por dar sentido a su vida porque vislumbra mil y un destellos vivenciales que no hacen más que alumbrar esperanza. Incluso poco antes de morir, en su lecho de muerte, se le pregunta cómo iba a encarar ese reto. Su respuesta llena de vigor fue: “la muerte, todavía me queda esa experiencia“. Nada de temor, entonces. La muerte era sólo una “experiencia” más. Bloch muere finalmente a la edad de noventa y dos años, pero sin dejar de intuir luz al final del túnel. Se podrá estar o no de acuerdo con su posición existencial, pero sin duda su legado lleno de dignidad nos llena de admiración e invita seriamente a la reflexión.

Esteban López