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Renovar la menteImpresionado porque se encontraba delante de la presencia de Dios mismo, Moisés oyó una voz que le dijo: “Tenéis que ser santos (limpios) como yo soy santo”. Esa expresión resume muy bien el deseo de Dios de que quienes pretendan servirle deben ser limpios en todos los sentidos. Así no es de extrañar que en el antiguo Israel aparecieran en la Ley Mosaica muchos preceptos ceremoniales que recordaría a los israelitas una y otra vez la importancia de todo ello (Véase por ejemplo el libro del Levítico).

Hay que decir que esas normas de limpieza física y moral eran un contraste con el modo de vivir de muchas naciones de alrededor, ya que sus costumbres y prácticas eran exactamente lo opuesto a la santidad que se esperaba de todo Israel, como por ejemplo el sacrificio de niños a dioses falsos o multitud de prácticas sexuales aberrantes incluidas las relaciones sexuales con cadáveres. Pero en contraste al pueblo de Israel se le había dicho: “Porque para el Señor tu Dios tú eres un pueblo santo; él te eligió para que fueras su posesión exclusiva entre todos los pueblos de la tierra”.- Deuteronomio 7:6, NVI.

Cristianismo

Aunque con el paso del tiempo Israel perdió el favor de Dios como su pueblo escogido para que le representara debido a sus muchos casos de apostasía, el advenimiento del cristianismo significó también un contraste de limpieza moral y espiritual en medio del mundo antiguo. Su Originador y Maestro, Jesús de Nazaret había animado a sus seguidores a tener una relación personal con “el Padre” y eso incluiría el hecho de que habrían de ser “luz del mundo“. Dios escogería no sólo a judíos sino ahora también a no judíos (gentiles) para que formaran “un pueblo para su Nombre” (Hechos 15:14). Por tanto, todo el que hubiera puesto fe en Cristo Jesús formaba ahora parte de una comunidad especial apartada para servir a Dios, tal y como indicó el apóstol Pedro en su primera carta a cristianos del primer siglo:

Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; pues vosotros en otro tiempo no erais pueblo, pero ahora sois el pueblo de Dios; no habíais recibido misericordia, pero ahora habéis recibido misericordia“.- 1 Pedro 2:9-11, LBLA.

Y seguidamente, en ese mismo contexto, Pedro sigue diciendo:

Amados, os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de las pasiones carnales que combaten contra el alma. Mantened entre los gentiles una conducta irreprochable, a fin de que en aquello que os calumnian como malhechores, ellos, por razón de vuestras buenas obras, al considerarlas, glorifiquen a Dios en el día de la visitación… Andad como libres, pero no uséis la libertad como pretexto para la maldad, sino empleadla como siervos de Dios”.- 1 Pedro 2:11, 12, 16, La Biblia de las Américas (LBLA).

En oración ferviente en Getsemaní, Jesús de Nazaret ora a Dios para que cuide de quienes han puesto fe en él y dice:

Ahora saben que todo lo que me has dado viene de ti, porque les he entregado las palabras que me diste, y ellos las aceptaron; saben con certeza que salí de ti, y han creído que tú me enviaste. Ruego por ellos. No ruego por el mundo, sino por los que me has dado, porque son tuyosPadre santo, protégelos con el poder de tu nombre, el nombre que me diste, para que sean uno, lo mismo que nosotrosYo les he entregado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No te pido que los quites del mundo, sino que los protejas del maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco lo soy yo“.- Juan 17:9-16, Nueva Versión Internacional, NVI.

El apóstol Juan, uno de los apóstoles más queridos de Jesús de Nazaret, escribió ya en edad avanzada estas palabras a todos los creyentes:

“No estén amando ni al mundo ni las cosas [que están] en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él; porque todo [lo que hay] en el mundo —el deseo de la carne y el deseo de los ojos y la exhibición ostentosa del medio de vida de uno — no se origina del Padre, sino que se origina del mundo. Además, el mundo va pasando, y también su deseo, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”.– 1 Juan 2:15-17, TNM.

En una carta a los cristianos de Galacia, Asia Menor, Pablo de Tarso, apóstol de Jesucristo escribió:

Estas son las obras de la naturaleza pecaminosa: inmoralidad sexual, impureza y libertinaje; idolatría y brujería; odios, pleitos, celos, iras, rivalidades, disensiones, sectarismos y  envidia; borracheras, orgías y otras cosas como esas. Como ya les dije antes, se los repito ahora: los que llevan esa clase de vida no heredarán el reino de Dios. En cambio, este es el fruto que el Espíritu produce en nosotros: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas”.– Gálatas 5:19-23, Nueva Biblia Viva, NBV.

Otros aspectos opuestos a la elevada norma cristiana son según las Escrituras, la avaricia o el amor desmesurado al dinero, la homosexualidad y el espiritismo (1 Cor. 6:9; Deu.18; “Porque el amor al dinero es raíz de toda clase de males; y hay quienes, por codicia, se han desviado de la fe y se han causado terribles sufrimientos“- 1 Tim.6:10). Es verdad que asuntos como esos son comunes en este mundo y se aceptan como “normales”. Pero eso forma parte del camino que ha elegido “el mundo” (que según las Escrituras está bajo el control del Diablo -1 Juan 5:19), no de quienes han elegido ser luz en medio de toda esa oscuridad. Todos somos libres de elegir el modo de vida que deseemos, pero no se le puede pedir al cristianismo que cambie sus normas. Son las que son. Simplemente se toman o se dejan. ¿Por qué? Porque servir a Dios incluye limpieza moral y espiritual. Tiende hacia Dios y Dios es un Espíritu Santo (limpio). Servirle no es dar prioridad a los deseos de la carne, a satisfacer los deseos de uno, al simple “placer” carnal o a “mis derechos”, sino trabajar sinceramente por manifestar el fruto del Espíritu de Dios por muy difícil que eso sea.

Ser hijo de Dios es dar prioridad a las cosas del Espíritu de Dios,

Los que viven conforme a la naturaleza pecaminosa fijan la mente en los deseos de tal naturaleza; en cambio, los que viven conforme al Espíritu fijan la mente en los deseos del Espíritu. La mentalidad pecaminosa es muerte, mientras que la mentalidad que proviene del Espíritu es vida y paz. La mentalidad pecaminosa es enemiga de Dios, pues no se somete a la ley de Dios, ni es capaz de hacerlo. Los que viven según la naturaleza pecaminosa no pueden agradar a Dios… Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: «¡Abba! ¡Padre!» El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Y, si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, pues, si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él en su gloria“.- Romanos 8:5-8;14-17, NVI.

Sin embargo, todos erramos muchas veces, y bien sabemos que el único juez de todos es Dios. Pero no es lo mismo esforzarse enérgicamente por vivir según el Espíritu de Dios, que el que a uno le de todo igual. Jesús de Nazaret dice que el Espíritu Santo o poder de Dios, se puede pedir en oración (Lucas 11:11-14). Y para la persona de fe tal acción perseverante puede lograr lo que podría parecer imposible. La clave, en definitiva. Como escribe Pablo de Tarso,

No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta”. – Pablo de Tarso (Romanos 12:2, NVI).

Esteban López