oración4A Dios mismo, el Creador de todas las cosas, en las Escrituras se le conoce como el “Oidor de la oración” (TNM). El Salmo 65:2 (LBLA) dice:

¡Oh tú, que escuchas la oración! Hasta ti viene todo hombre”. 

Es decir alguien que escucha lo que se le dice. Sentir eso llena de paz el alma, porque uno se siente acompañado al saber que hay Alguien presto para oir. Pero para orar así, claro está, se necesita primero tener fe, la confianza radical de que Dios es una persona real, que está ahí y que escucha de verdad cuando le abrimos el corazón. Como dice el escritor de la carta a los creyentes hebreos:

“En realidad, sin fe es imposible agradar a Dios, ya que cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan”.- Hebreos 11:6, Nueva Versión Internacional (NVI).

O también el discípulo Santiago escribe en su carta:

Si necesitan sabiduría, pídansela a nuestro generoso Dios, y él se la dará; no los reprenderá por pedirla. Cuando se la pidan, asegúrense de que su fe sea solamente en Dios, y no duden, porque una persona que duda tiene la lealtad dividida y es tan inestable como una ola del mar que el viento arrastra y empuja de un lado a otro. Esas personas no deberían esperar nada del Señor; su lealtad está dividida entre Dios y el mundo, y son inestables en todo lo que hacen“.- Santiago 1:5-8, Nueva Traducción Viviente (NTV).

Si hay algo que caracterizaba a las personas de fe de tiempos bíblicos es que todas solían orar a Dios. Todos buscaban la intimidad con Él, le abrían completamente el corazón conscientes de que les escuchaba. Lo hacían, por ejemplo, para darle las gracias por algo, para alabarlo, para rogarle por algo específico que deseaban fervientemente o para suplicar perdón por algún pecado cometido.

Y es que en todos esos casos, una firme relación personal con Dios incluía siempre la oración ferviente desde el corazón. Así continuó siendo en el caso de personas de fe a lo largo de veinte siglos de cristianismo y así sigue siendo hoy día. La persona de fe ora porque lo siente, porque “se lo pide el cuerpo“, porque sencillamente lo necesita. Siente a Dios no como una simple “idea“, como suele hacer la filosofía, sino como una persona absolutamente real.

La oración es una acción espontánea y sincera de “hablar a Dios“, de abrirle el corazón con la firme convicción de que escucha, y en la que se muestra fe, esperanza, amor, agradecimiento, alabanza o súplica. Y no tiene por qué ser algo complejo. Como dice el teólogo Hans Küng, “Ni en el Antiguo testamento ni en el Nuevo… se encuentra una invitación… a analizar estados místicos… no es reconocible una escala graduada de la oración mística hasta el éxtasis (Teresa de Ávila) ni una acentuación de aquella oración con un talento religioso especial“. – Hans Küng, “El Cristianismo, Esencia e Historia“, pág. 460, Trotta, 1997.

Una prueba para la fe

Pero a veces pueden presentarse circunstancias que golpeen duramente la fe y es entonces cuando lo que primero falla es la oración. Por ejemplo, el posible mal ejemplo o abuso espiritual de distintas instituciones religiosas ha sido para muchas personas seria causa de tropiezo y de profunda desilusión. El impacto traumático y desgarrador de la decepción las ha llevado al terreno de la indiferencia religiosa y a que Dios deje de ser una persona real en sus vidas. Por eso muchas de ellas reconocen con sinceridad su incapacidad total para poder orar a Dios de nuevo.

oración2Pero si somos sinceros, tenemos que reconocer que Jesús de Nazaret nunca sugirió que se tuviera que tener fe absoluta en alguna institución o en algún ser humano concreto; la realidad objetiva es que siempre animó a que se confiara solo en Dios. De modo que, si en el pasado hubo un constante y persistente adoctrinamiento de que “Dios e institución” es lo mismo, bien pensado nada de eso se enseña en las Escrituras. Siervos de Dios en el pasado como David, Jeremías, Juan el Bautista o Jesús mismo sufrieron a manos de “instituciones” de su día. Pero siempre tuvieron bien claro que aquello nada tenía que ver con Dios, y que su fe y confianza radical siempre serían para Él.

El rey David de Israel

David fue capaz de escribir los más bellos salmos (oraciones cantadas) mientras huía del rey Sául y permanecía escondido en alguna cueva del desierto de Judá:

“Dios mío, tú eres mi Dios. Con ansias te busco desde que amanece, como quien busca una fuente en el más ardiente desierto“. – Salmo 63:1, TLA. 

David tenía un profundo aprecio por las cosas de Dios, pero también pecó contra él en varias ocasiones, y una muy seriamente (Véase 2 Samuel 11, 12). Cuando se le hizo ver la gravedad de su pecado, David oró a Dios implorando desesperadamente su perdón. Esa oración es el Salmo 51, que bien se podría tener como referencia cuando uno se sienta también con el corazón destrozado por el remordimiento:

“Ten compasión de mí, Dios, conforme a tu gran amor. Conforme a tu piedad, borra mis pecados. Lávame de toda mi culpa y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mi vergonzosa acción; día y noche me persigue. Es contra ti, sólo contra ti, que he pecado, y he hecho lo malo ante tus ojos. Tu sentencia contra mí es justa y tu juicio irreprochable.  Porque yo nací pecador; sí, lo soy desde el momento que mi madre me concibió. Tú amas la verdad en lo íntimo, y me enseñas a ser sabio en lo más profundo de mí ser.

“Purifícame con hisopo, y volveré a ser puro. Lávame, y seré más blanco que la nieve. Devuélveme mi gozo y alegría; me has quebrantado, ahora déjame gozarme.  Aparta tu rostro de mis pecados y borra toda mi maldad.  Crea en mí un corazón limpio, Dios, y renueva la rectitud de mi espíritu. No me arrojes de tu presencia. No quites de mí tu santo Espíritu. Devuélveme el gozo de tu salvación y dame anhelo de obedecerte. Entonces enseñaré tus caminos a otros pecadores, y estos volverán a ti. Perdóname por derramar sangre, Dios de mi salvación; entonces gozoso cantaré de tu perdón. Abre mis labios, Señor para que pueda alabarte.

“Tú no quieres sacrificios ni ofrendas quemadas; si así fuera, con gusto lo haría. Lo que quieres es un espíritu quebrantado. Al corazón quebrantado y contrito, Dios, no lo despreciarás tú”. -Salmo 51, NBV.

Jesús de Nazaret

Jesús de Nazaret mismo buscaba siempre la oportunidad de estar solo para poder orar “al Padre”. Por ejemplo, cuando recibe la triste noticia de que su primo Juan el Bautista había sido ejecutado por Herodes, dice el evangelio que abandonó a la multitud con la que estaba, cogió una barca y se fue a la otra orilla solo para poder orar a Dios en intimidad. Cuando sanaba a alguien, oraba antes. Al comer también daba las gracias “al Padre“. Incluso antes de elegir a sus apóstoles “oró toda la noche” (Lucas 6:12-15). Y animó a sus discípulos a que también oraran dando algunas ideas o prioridades al hacerlo:

Cuando ores, no hagas como… a quienes les encanta orar en público, en las esquinas de las calles y en las sinagogas donde todos pueden verlos… Pero tú, cuando ores, apártate a solas, cierra la puerta detrás de ti y ora a tu Padre en privado. Entonces, tu Padre, quien todo lo ve, te recompensará. Cuando ores, no parlotees de manera interminable como hacen los seguidores de otras religiones. Piensan que sus oraciones recibirán respuesta solo por repetir las mismas palabras una y otra vez. No seas como ellos, porque tu Padre sabe exactamente lo que necesitas, incluso antes de que se lo pidas. Ora de la siguiente manera:

Padre nuestro que estás en el cielo,
    que sea siempre santo tu nombre.
 Que tu reino venga pronto.
Que se cumpla tu voluntad en la tierra
    como se cumple en el cielo.
 Danos hoy el alimento que necesitamos,
y perdónanos nuestros pecados,
    así como hemos perdonado a los que pecan contra nosotros.
No permitas que cedamos ante la tentación,
    sino rescátanos del maligno.

– Mat. 6:5-7, NTV.

Animó además a pedir insistentemente Espíritu Santo a Dios para poder obrar con sabiduría y recibir luz en medio de la oscuridad de este mundo:

“Ustedes, los que son padres, si sus hijos les piden un pescado, ¿les dan una serpiente en su lugar? O si les piden un huevo, ¿les dan un escorpión? ¡Claro que no! Así que si ustedes, gente pecadora, saben dar buenos regalos a sus hijos, cuánto más su Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes lo pidan“. – Lucas 11:11-13, NTV.

También indicó con claridad quién era el único mediador entre Dios y los hombres, así como el que podía interceder en la oración:

“Si pedís algo al Padre, os lo dará en mi nombre.” – Juan 16:23, LBLA

Esto está en armonía con las palabras de Pablo a Timoteo:

“Porque hay un solo Dios, y también un solo Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús”. – 1 Timoteo 2:5, Nueva Biblia de las Américas (NBLA).

O cómo olvidar su sentida oración en Getsemaní, cuando se había quedado más solo que la una porque todos sus seguidores se durmieron y más tarde le abandonaron despavoridos; una oración que podría ser el paradigma de la oración profunda y llena de ansiosa búsqueda. Para él, el momento de orar, siempre sería un momento íntimo y necesario. Y sus sufrimientos, ejemplo perpetuo de confianza plena en Dios, no pudieron impedir que el cristianismo se convirtiera en uno de los acontecimientos más importantes de la historia humana y seria oferta de sentido para millones de personas en todo el mundo.

Todos aquellos hombres y mujeres de fe tenían algo en común como resultado de su confianza radical en Dios, y es que le oraban, le abrían su corazón y se expresaban con toda sinceridad. Y además, siempre vieron sus desilusiones como lo que realmente eran: pruebas severas para su fe, algo que por nada del mundo estuvieron dispuestos a hipotecar. Pudieron ser perseguidos, calumniados o expulsados, pero nunca perdieron su amor propio ni la posibilidad real de poder expresarse delante de Dios en oración sincera.
Esteban López