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“¿Acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará mucho en responderles? Les digo que sí les hará justicia, y sin demora. No obstante, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?” -Lucas 18:7,8, NVI.

oración4El juez injusto de esta parábola, harto de tener que escuchar las constantes peticiones de la viuda, finalmente cede y le hace justicia. Con esta particular lección moral, Jesús solo pretende grabar la importancia vital que tiene la oración confiada y persistente, contrastando la actitud de aquel juez con la de Dios mismo, a quien en las Escrituras se le conoce también como el “oidor de la oración.” Pero para orar así, claro está, se necesita primero tener fe, la confianza radical de que Dios está ahí y que escucha. De ahí la siguiente expresión de Jesús: “cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?”

Si hay algo que caracteriza a los siervos de Dios de tiempos bíblicos, a todos aquellos hombres y mujeres de fe, es que todos solían orar a Dios. Todos buscaban la intimidad con Él, todos le abrían completamente el corazón. Lo hacían para darle las gracias por algo, para alabarlo, para rogarle por algo que deseaban fervientemente o para suplicar perdón por algún pecado cometido.

Jesús de Nazaret mismo buscaba siempre la oportunidad de estar solo para poder orar “al Padre.” Por ejemplo, cuando recibió la triste noticia de que su primo Juan el Bautista había sido ejecutado por Herodes, dice el evangelio que abandonó a la multitud con la que estaba, cogió una barca y se fue a la otra orilla solo para poder orar a Dios en intimidad. Y su oración en Getsemaní podría ser el paradigma de la oración profunda, sentida de verdad y llena de ansiosa búsqueda. Para él siempre sería un momento íntimo:

Pero tú, cuando ores, apártate a solas, cierra la puerta detrás de ti y ora a tu Padre en privado. Entonces, tu Padre, quien todo lo ve, te recompensará. Cuando ores, no parlotees de manera interminable como hacen los seguidores de otras religiones. Piensan que sus oraciones recibirán respuesta solo por repetir las mismas palabras una y otra vez.” – Mateo 6:6-7, Nueva Traducción Viviente (NTV)

Y es que en todos esos casos, una firme relación personal con Dios incluía siempre la oración ferviente desde el corazón. Así continuó siendo en el caso de personas de fe a lo largo de veinte siglos de cristianismo y así sigue siendo hoy día. La persona de fe ora porque lo siente, porque “se lo pide el cuerpo”, porque sencillamente lo necesita. Siente a Dios no como una simple “idea”, como suele hacer la filosofía, sino como una persona absolutamente real. Por eso Jesús llegó a decir, “si pedís algo al Padre, os lo dará en mi nombre.” – Juan 16:23, LBLA.

Una prueba para la fe

Pero a veces pueden presentarse circunstancias que golpeen duramente la fe y es entonces cuando lo que primero falla es la oración. Por ejemplo, el posible mal ejemplo o abuso espiritual de distintas instituciones religiosas ha sido para muchas personas seria causa de tropiezo y de profunda desilusión. El impacto traumático y desgarrador de la decepción las ha llevado al terreno de la indiferencia religiosa y a que Dios deje de ser una persona real en sus vidas. Por eso muchas de ellas reconocen con sinceridad su incapacidad total para poder orar a Dios de nuevo.

oración2Pero si somos sinceros, tenemos que reconocer que Jesús de Nazaret nunca sugirió que se tuviera que tener fe absoluta en alguna institución o en algún ser humano concreto; la realidad objetiva es que siempre animó a que se confiara solo en Dios. De modo que, si en el pasado hubo un constante y persistente adoctrinamiento de que “Dios e institución” es lo mismo, bien pensado nada de eso se enseña en las Escrituras. Siervos de Dios en el pasado como David, Jeremías, Juan el Bautista o Jesús mismo sufrieron a manos de “instituciones” de su día. Pero siempre tuvieron bien claro que aquello nada tenía que ver con Dios, y que su fe y confianza radical siempre serían para Él. De hecho, David fue capaz de escribir los más bellos salmos mientras huía de Sául y permanecía escondido en alguna cueva del desierto de Judá; y los sufrimientos padecidos por Jesús de Nazaret, ejemplo perpetuo de confianza plena en Dios, no pudieron impedir que el cristianismo se convirtiera en uno de los acontecimientos más importantes de la historia humana y seria oferta de sentido para millones de personas en todo el mundo.

Todos aquellos hombres y mujeres de fe tenían algo en común como resultado de su confianza radical en Dios, y es que le oraban. Y siempre vieron sus desilusiones como lo que realmente eran: pruebas severas para su fe, algo que por nada del mundo estuvieron dispuestos a hipotecar. Pudieron ser perseguidos, calumniados o expulsados, pero nunca perdieron su dignidad ni la posibilidad real de poder expresarse delante de Dios.

Esteban López

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