Etiquetas

, , , , , ,

¿Es que no soy hombre y hermano?

La ilustración que puede verse a la izquierda representa a un hombre de raza negra de rodillas, atado con grilletes y preguntando, “Am I not a man and a brother?” (“¿Es que no soy hombre y hermano?”). Corresponde al sello de la Society for the Abolition of Slavery (Sociedad para la Abolición de la Esclavitud) creado en el Reino Unido en 1780. Mucho abuso tuvo que haber todavía hasta la abolición definitiva de la esclavitud en algunos países, aunque todavía puedan encontrarse hoy día vestigios indeseables de explotación y esclavitud de niños y adultos en muchos otros lugares.

Sin embargo, el artículo Primero de la Declaración Universal del los Derechos Humanos, considerada como toda una conquista de la humanidad, dice así:

Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

ayudarse fraternalmenteEl espíritu de esa Declaración aprobada el 10 de diciembre de 1948 por la Asamblea General de las Naciones Unidas, ilustra el reconocimiento de la dignidad del ser humano al que corresponde derechos inalienables. Ese mismo carácter digno del hombre puede encontrarse también en el pensamiento o herencia religiosa de la humanidad. La sabiduría china, por ejemplo, pone una importancia primordial en la idea de ‘confortar a los demás’; el respeto a los pobres y a aquellos que sufren se encuentra en el corazón del judaísmo y el cristianismo; el Corán subraya los deberes hacia los huérfanos, los pobres, los viajeros sin cobijo, los necesitados o los reducidos a la esclavitud; y la compasión es uno de los ideales del budismo. Sorprende la unanimidad existente en ese sentido en toda clase de religiones y experiencias vitales. Incluso los parientes muertos son respetados por las personas que afirman no tener fe o que no creen en que haya vida después de la muerte.

Sin embargo, la historia humana manifiesta que ha habido y sigue habiendo un constante desprecio al ser humano y a su dignidad intrínseca. Y la experiencia muestra que una de las principales causas ha sido la existencia de ideologías perniciosas que lo excluyen totalmente.

 Identificando el problema

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, una ideología es un “conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc”. Esto en sí, solo constata una realidad social que en principio no tendría por qué ser causa de enfrentamiento u odio entre la gente siempre que se mantenga al hombre y su dignidad en el centro de todo. El aspecto negativo viene sin embargo, cuando una ideología condiciona la conducta de la gente hasta el grado en que ésta crea que su identidad (racial, nacional, religiosa, social, política, etc) es superior a la de otros, negando así los derechos de los demás. En ocasiones el motivo puede parecer inocuo o incluso excelso. Pueden ser conceptos tales como Dios, la patria, la raza, la democracia, la libertad, etc. Pero cuando una idea ignora al hombre, lo excluye o conculca sus derechos y su libertad, puede llevar a las más terribles consecuencias. Un solo ejemplo histórico lo ilustrará.

La ideología nacionalsocialista y sus excesos mostró cuán necesario era que se proclamara una Declaración Universal de los Derechos Humanos

A principio de los años treinta del siglo XX, el dictador Adolf Hitler ilusionó a buena parte del pueblo alemán, y lo arrastró con él, con un concepto muy repetido en sus discursos: lo primero era ‘Alemania’ (¡Deutschland!, ¡Deutschland!, ¡Deutschland!). Eso excluía no solo a todo el que no fuera alemán, sino a todo el que no aceptara la doctrina política nacionalsocialista; excluía a disidentes políticos por supuesto, pero también a quien no colaborara con el régimen. En la ideología nazi había además otro componente que lo hacía letal para muchas personas: en 1933 Hitler promulgó las llamadas ‘leyes de Nüremberg‘ impregnadas de un racismo extremo en el que se ensalzaba a la llamada ‘raza aria’ mientras se excluía por método a personas de origen judío o de otras etnias. Hasta se prohibieron los matrimonios ‘mixtos’. No era necesario delinquir según lo que se conoce comunmente en el Derecho de cualquier Estado democrático; ser de otra raza era ya de por sí suficiente crimen. Como se vio después, las consecuencias fueron nefastas para millones de personas inocentes. Habría que decir también que en el caso del pueblo judío, su exterminio por el régimen nazi fue en cierto modo la culminación de siglos de propaganda antisemita, incluso de parte de escritores ‘cristianos.’ Y es que el crimen contra la humanidad puede germinar primero en el corazón, en los conceptos y en las palabras, antes de pasar a los hechos concretos.

En una visita a Auschwitz en mayo de 2006, el Papa Josep Ratzinger se preguntó por el silencio de Dios durante el holocausto nazi. El filósofo italiano Umberto Galimberti, en el diario La Repubblica, preguntó por qué Benedicto XVI, en vez de su dramática pregunta sobre el silencio de Dios, no se planteó también una más modesta sobre el silencio de su predecesor, Pio XII. Y es que si se pregunta dónde estaba Dios entonces, habría también que preguntar dónde estaba el hombre. En su discurso en Auschwitz, Benedicto XVI circunscribió la responsabilidad del holocausto a “un grupo de criminales”, y absolvió al pueblo alemán, “que pudo ser usado, y se abusó de él, como instrumento” de los nazis. Sin embargo, el filósofo alemán Jürgen Habermas, lamentó esa visión del pueblo alemán cautivo de una banda de malhechores. “Quizá la visión de Joseph Ratzinger del periodo nazi procede de su ambiente familiar, de la honesta familia católica de sus padres“, pero recordó que el régimen nazi gozó de amplio apoyo entre la población.

He aquí el paradigma de cómo una ideología puede ser absolutamente destructiva para unos, pero consentida por el silencio de otros. Un simple concepto o idea, ‘Alemania’ (Deutschland), fue usado del peor modo: anulando premeditada y cruelmente los derechos básicos de millones de personas inocentes. Y es que las ideologías, cuando ensalzan el racismo o el nacionalismo exacerbado, cuando son sectarias o excluyentes ignorando por completo al ser humano y su dignidad, suelen conducir siempre a holocaustos permanentes.

Exclusivismo en el ámbito religioso

En el campo de la religión, el exclusivismo religioso es parecido al nacionalismo excluyente: ‘mi patria tenga razón o no’, o ‘gracias a Dios, solo nosotros somos el pueblo de Dios’. Peligrosa ideología que nunca admite la mínima crítica, aunque ésta sea constructiva. Si grandes males ha habido en la historia por culpa del nacionalismo, también los ha habido por culpa de la religión excluyente e intolerante, convirtiendo la idea de Dios en un mal. Pero el sentido común indicaría que Dios no puede estar de parte solo de una nación, de una denominación religiosa o de un equipo de fútbol concreto. El partidismo o el sectarismo no podrían formar nunca parte de su esencia si se le acepta como Creador y Padre de todos y la Causa de todas las cosas.

Hoy día se admite que una sociedad libre es la que respeta profundamente la dignidad del ser humano. El desprecio a sus derechos, (derecho a la vida, derecho a la libertad de expresión, de opinión o de religión), es una violación flagrante de su dignidad moral intrínseca, y eso es algo que toda comunidad política o religiosa debería entender y asumir. La religión en sí misma no es el ‘opio del pueblo’ como solían esgrimir los grandes ideólogos marxistas o hoy día, algunos cínicos recalcitrantes. Es ‘opio’ el control mental, la desinformación, el sectarismo con su idea de ‘mi patria tenga razón o no’, o el desprecio de los derechos de la persona. Y de eso ha habido no solo en el campo religioso, sino en toda clase de ideología política totalitaria. La Declaración Universal de los Derechos Humanos propugna el bienestar del ser humano en sus tres dimensiones: el material, el racional y el espiritual. Toda una conquista de la humanidad siempre que se logre llegar a buen puerto. Pero las sociedades humanas, todas, las políticas y las religiosas, deberían asumir también esos mismos valores. Una tarea ingente, es verdad, pero nada que merezca la pena se ha logrado nunca sin esfuerzo.

Nuremberg2

En ocasiones se dice que, debido a abuso espiritual o falta de honestidad, tal iglesia u organización religiosa ‘será juzgada por Dios.’ Sin embargo, muy a menudo se olvida que tras el mantenimiento de ciertas clases de políticas opresivas, hay individuos concretos con nombres y apellidos. Eso puede ilustrarse muy bien con lo que ha sucedido en la reciente historia del Derecho. Hasta la Segunda Guerra Mundial, la doctrina política aceptada desde los tiempos de Napoleón era que nunca se podría condenar a nadie por crímenes de Estado. Ni que decir tiene que semejante ideología permitía que cualquier nación pudiera arbitrariamente invadir y ocupar militarmente a otra y causar miles de víctimas inocentes sin que nadie en concreto fuese acusado como responsable. El nebuloso y ambiguo concepto de ‘Estado’ lo cubría todo. Pero esa situación cambió definitivamente a partir de 1947, en los Procesos de Nüremberg, Alemania, contra los principales líderes nazis. Por primera vez en la historia, se encausaba a los responsables directos de crímenes contra la humanidad. El nazismo había resultado ser una ideología perniciosa así como su maquinaria de opresión y destrucción, pero quienes estaban detrás eran personas concretas con nombres y apellidos. A todos se les pidió responsabilidades y el veredicto final incluyó varias penas de muerte (como fue el caso de Hermann Goering, mariscal del Reich nazi alemán), y diferentes penas de prisión. Se acababa de poner los fundamentos del Tribunal Penal Internacional.

La dignidad humana, ¿cuándo empieza realmente?

La pregunta es importante considerando sobre todo la tendencia que se observa en la sociedad actual hacia una pérdida progresiva de valores. Como dijo Marcel Conche, filósofo y profesor emérito de la Universidad de la Sorbona en París:

La conciencia común moderna está en crisis; hoy el consenso general y verbal sobre el respeto debido a todo hombre y sobre los “derechos” del Hombre oculta un profundo desorden intelectual pues no existe un acuerdo, por ejemplo, sobre si el aborto es un crimen, una acción moralmente inocente aunque lamentable, o una falta leve” (Citado por Mirelle Delmas-Marty en el diario Le Monde, 10 de noviembre 1989).

En ese sentido, Thomas De Koninck, en su libro Sobre la Dignidad Humana (Instituto de Derechos Humanos Bartolomé de las Casas, Universidad Carlos III de Madrid), escribe:

Respeto por la vida humana antes de nacer

Respeto por la vida humana antes de nacer

Actualmente el pretexto para excluir adopta incluso la forma de un himno a la persona, dentro de una cierta “bio-ética” bienpensante en la que la definición de la persona se utiliza para excluir simultáneamente a los fetos y a los embriones humanos, a los comatosos o a los dementes profundos y a los niños recién nacidos (haciendo así “moralmente aceptable” el infanticidio). Se arguye que se trata de human non persons. Es esta una categoría inédita (o eso se cree), la de los humanos que no son personas. Y como, según este razonamiento, la dignidad corresponde, por derecho, a la persona así definida, no hay que otorgar el mismo respeto a esos humanos que no son personas. ‘Las personas,’ escribe H. Tristám Engelhardt, ‘no los humanos, son especiales. Los humanos adultos competentes tienen una estatura moral intrínseca mucho más alta que los fetos humanos o las ranas adultas… Solo las personas escriben o leen libros de filosofía.’ No deja de resultar irónico que sea la moral standing -idealmente, el moral standing de unos pensadores, al menos mientras están en forma y de sus privilegiados lectores- lo que sirva esta vez como exemplum, es decir, a fin de cuentas, como criterio de exclusión de los demás a un rango inferior de humanidad, el de no-personas, con las consecuencias que ellos implica“.

Las consecuencias de semejante pensar se manifiestan en las frías estadísticas reales: según un informe de la Organización Mundial de la Salud de 1990, estarían teniendo lugar entre unos 40 a 60 millones de abortos al año en todo el mundo, casi como toda la población muerta durante la Segunda Guerra Mundial, o como la población completa de un país como Francia. Es decir, que millones de seres humanos no logran nacer debido a leyes abortistas permisivas inspiradas en ideologías que anulan totalmente su dignidad intrínseca.

Una anécdota interesante sobre este tema, que ilustra muy bien las contradicciones de la ideología abortista, tuvo lugar hace algunos años en Francia. En 1991, tres años antes de su muerte, el doctor  Jérôme Lejeune (1926-1994), médico francés y padre de la genética moderna, fue llamado a comparecer ante la Asamblea de Francia en relación al aborto. Cuando se le otorgó la palabra, preguntó qué debía hacerse con el cuarto hijo de una mujer desnutrida y tuberculosa y un hombre sifilítico y alcohólico. Rápidamente, un senador socialista replicó desde su bancada que la única fórmula posible era realizar un “aborto terapéutico”. Lejeune guardó silencio. Y antes de que los rumores de la cámara pudieran ahogarlo, proclamó solemne: “Señores, pónganse en pie, porque este caballero acaba de matar a Ludwig van Beethoven“.

Derechos humanos y conciencia

Es verdad que hoy día no existe un concepto de moral unificado; personas, organizaciones y sociedades suelen mantener a menudo sus propias valoraciones. Entonces, ¿qué referencia podría tenerse en cuenta en medio de tantas diferencias que significara una base moral común para toda la humanidad? En su obra Ética mínima, Adela Cortina, Catedrática de Ética de la Universidad de Valencia, España, escribe:

A la altura de nuestro tiempo, la base de la cultura que se va extendiendo de forma imparable, hasta el punto de poder considerarse como sustento universal para legitimar y desligitimar instituciones nacionales e internacionales, es el reconocimiento de la dignidad del hombre y sus derechos; el techo de cualquier argumentación práctica continúa siendo aquella afirmación kantiana de que:

‘El hombre, y en general todo ser racional, existe como fin en sí mismo, no solo como medio para usos cualesquiera de esta o aquella voluntad; debe en todas sus acciones, no solo las dirigidas a sí mismo, sino las dirigidas a los demás seres racionales, ser considerado siempre al mismo tiempo como fin'”. – I. Kant, Grundlegung, IV. Adela Cortina, Ética mínima, Tecnos, 1986.

La referencia aquí a Immanuel Kant se hace inevitable. En su obra Fundamentación para una metafísica de las costumbres, expresa lo que él mismo llama un “imperativo categórico”, es decir, un mandato que ordena lo que ordena sin considerar otros aspectos externos como la evitación de un castigo o el logro de una recompensa. Reza así:

Obra de tal modo que la máxima de tu voluntad siempre pueda valer al mismo tiempo como principio de una legislación universal”.

O también, “Obra solo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal.” Y además: “Obra de tal modo que tomes a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca meramente como un medio“.

– Fundamentación para una metafísica de las costumbres, Alianza Editorial, Madrid, 2002.

La sociedad occidental, tiene como referencia el tener que regirse por los valores democráticos de libertad y el respeto a los derechos humanos. La mayoría de las constituciones democráticas del mundo se aseguran de que esa sea su principal base jurídica. El verdadero meollo de todo de suma trascendencia es que se entienda que el hombre no es un simple medio, sino un fin en sí mismo debido a su dignidad intrínseca. Por eso, tanto en el ámbito seglar como en el religioso, los derechos humanos deben ser respetados por todos. Es ahí cuando el imperativo moral categórico de Inmanuel Kant debería ser recordado más que nunca. Ni los Estados políticos ni ninguna otra organización sea del carácter que sea deben violarlos; ni tampoco individuos por razones ideológicas. De modo que no hay justificación alguna para que Estados invadan militarmente a otros, o para el terrorismo atroz de índole político o religioso. Por eso, viendo al hombre como susceptible de ser defendido en su dignidad intrínseca, muchas personas han objetado en conciencia a que ese estatus se violente: se niegan por ejemplo a participar en guerras de agresión a otros Estados; a practicar abortos porque siguen entendiendo que, aunque algunos sistemas jurídicos no lo considere ‘viable’ o ‘persona’, lo que todavía no ha nacido sigue siendo humano y mantiene la firme determinación de nacer; o se niegan a formar parte de sistemas represores que anulan la libertad y dignidad de otros aunque lo diga ‘la autoridad.’ Han llegado a desarrollar una sensibilidad especial en sus conciencias a la hora de respetar profundamente al hombre, en lugar de cerrar los ojos y mirar hacia otro lado.

La conciencia debe entrenarse para que vea siempre con claridad cuándo se interponen razones espúreas que pasarían por alto la rectitud de todo lo anteriormente dicho. Como ilustración, se invita al lector a ver una secuencia del excelente film Vencedores o vencidos, del cineasta estadounidense Stanley Kramer; una cinta absolutamente recomendada y que narra cómo fueron los Juicios de Nüremberg en el caso de jueces de ideología nazi que invalidaron por completo sus conciencias al aplicar injustas leyes racistas y afirmando que solo obedecían órdenes. Se recomienda que se escuche atentamente el veredicto final del juez (interpretado el papel por el actor Spencer Tracy), y que de paso medite en qué entornos propios se pudiera pasar por alto la propia conciencia cuando la dignidad de otros está envuelta.

Recordemos una vez más el Artículo 1 de Declaración Universal de los Derechos Humanos porque merece la pena reflexionar en el espíritu excelso que transmite:

Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros“.

Inculcar en toda la humanidad esas palabras, recogidas además por todas las religiones, es absolutamente vital. Entender a plenitud la importancia de la dignidad humana y de sus derechos inalienables. Solo así se terminaría con la muerte de inocentes, con las guerras de agresión, con los terrorismos y toda clase de fundamentalismos. No hay más remedio: los humanos debemos entender eso, pues todos deseamos lo mejor para nosotros y nuestras familias y todos somos residentes en el mismo hogar terrestre donde vivimos.

Esteban López