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  • perla

Un filósofo como Emmanuel Lévinas (1906-1995) dice que “el único valor absoluto es la posibilidad humana de dar prioridad al otro sobre uno mismo“. Cuando aparece una frase como ésta en alguna red social de Internet, suele ocurrir y con razón que el número de “Me gusta” es grande. Sin embargo, y también hay que decirlo, si aparece una expresión parecida pero esta vez dicha por Jesucristo como, “nadie tiene mayor amor que el que entrega su vida a favor de sus amigos“, el resultado a menudo no suele ser el mismo. ¿Por qué es esto así si el cristianismo forma parte de nuestras más profundas raíces culturales? Porque si comparamos ambos textos, queda claro que Lévinas no está inventando la sopa de ajo. ¿A qué se debe entonces esa diferencia? ¿quizá al simple prejuicio alimentado por el discurso secular de los pasados tres siglos? ¿quizá al mal ejemplo en la historia de la religión organizada con el que Jesús de Nazaret nada tuvo que ver? Entonces, ¿tan difícil es reconocer la sabiduría venga de quien venga?

Es verdad que la filosofía abre la mente y ayuda a pensar. Como se ha dicho, “la filosofía está ahí para que no nos timen“. Pero ¿se debería buscar sabiduría como si todavía viviéramos en la antigua Grecia y no hubiera tenido lugar el advenimiento del cristianismo? Al fin y al cabo no habría que olvidar que las enseñanzas de Jesús de Nazaret, además de aportar sabiduría, y mucha, abren una puerta a la esperanza para que, como dijo Horkheimer, “la injusticia no tenga la última palabra”. Quizá por eso no sería mala idea apreciar más un acervo tan valioso para nuestras vidas.

Cuando en la vida se encuentra algo de mucho valor, lo normal es atesorarlo. El ejemplo de Zaqueo quizá podría ayudar. Este es el pasaje:

Jesús llegó a Jericó y comenzó a cruzar la ciudad. Resulta que había allí un hombre llamado Zaqueo, jefe de los recaudadores de impuestos, que era muy rico. Estaba tratando de ver quién era Jesús, pero la multitud se lo impedía, pues era de baja estatura. Por eso se adelantó corriendo y se subió a un árbol para poder verlo, ya que Jesús iba a pasar por allí.

 Llegando al lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo:

—Zaqueo, baja en seguida. Tengo que quedarme hoy en tu casa.

 Así que se apresuró a bajar y, muy contento, recibió a Jesús en su casa.

 Al ver esto, todos empezaron a murmurar: «Ha ido a hospedarse con un pecador.»

 Pero Zaqueo dijo resueltamente:

—Mira, Señor: Ahora mismo voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces la cantidad que sea.

 —Hoy ha llegado la salvación a esta casa —le dijo Jesús—, ya que éste también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”.

 – Lucas 19, NVI.

Es muy posible que Zaqueo se quedara sorprendido por el hecho de que Jesús se dirigiera a él. Al fin y al cabo, Zaqueo era despreciado por muchos por ser “el jefe de los recaudadores de impuestos,” y a éstos en aquel tiempo se les solía ver con desprecio, como a simples pecadores. Sin embargo, este pasaje muestra una vez más que el modo en que miran los hombres, a veces puede ser muy diferente al modo en que mira Dios. Y parece ser que Jesús solo vio el corazón de un hombre que al reconocer la bendición de las buenas nuevas las haría suyas para siempre, como si de “un tesoro” o  “perla de gran valor” se tratara. Y es que desde el primer momento Zaqueo actuó con plena consecuencia y un profundo aprecio por lo que tenía delante.

En la Escrituras aparecen varias personas con un aprecio como el que tenía Zaqueo. Y así ha sido a lo largo de la historia. Porque cuando se aprecia algo profundamente es como si se tuviera un tesoro de gran valor. En el caso del cristianismo el tesoro es todo lo que ello representa: fe, esperanza y amor al prójimo ahora y un proyecto de vida pleno incluso para más allá de la muerte física. Este valioso acervo espiritual se ofrece a todo el que lo aprecie de verdad y haya depositado plena confianza en Jesucristo. No lo ofrece ni la sociedad secular, ni la política, ni la filosofía. Podrá pasar el tiempo y acontecer severas pruebas, pero cuando se sabe que se tiene “una perla de gran valor”, ésta siempre se guardará en el mejor lugar del corazón. Y Zaqueo lo sabía.

Esteban López