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músicaLa música es misterio porque nos envuelve y nos eleva. Es misterio porque puede cambiar nuestro estado de ánimo y hasta nuestra visión de las cosas. Es misterio porque a menudo, lo que antes veíamos solo en blanco y negro, lo transforma milagrosamente a todo color. Como dijo Arthur Schopenhauer,  “en la música todos los sentimientos vuelven a su estado puro y el mundo no es sino música hecha realidad”.

El cometido moral de la música y del arte en general es la búsqueda de la felicidad, el encuentro del ser humano consigo mismo y con sus íntimas aspiraciones. Y es la sensibilidad artística, no la inteligencia ni la cultura, lo que produce la belleza en el arte. Lo que Beethoven ve, por ejemplo, en una escena campestre, un arroyo, una tormenta, etc., lo convierte en una genial y estimulante obra sonora, la Sexta Sinfonía (Pastoral). Para el resto, sin embargo, todo lo que Beethoven es capaz de ver pasa absolutamente desapercibido. Quizá por eso él mismo dice que “la música constituye una revelación más alta que ninguna filosofía.”

El lenguaje de la música es universal en el tiempo y en el espacio. Hasta los pueblos primitivos han sentido siempre el impulso de mostrar sus estados de ánimo a través del canto y la danza. Kant dice que la música es inalterable, absoluta, que causa un efecto bienhechor en el espíritu humano y “un placer desinteresado”. De hecho, es sorprendente la capacidad que la música tiene para mover emociones y los más recónditos sentimientos del ser humano. Como suele decirse, llega bien hondo, hasta lo más profundo del corazón. Theodor W. Adorno lo expresa muy bien también cuando dice:

Cuando escucho la música magna, creo saber que lo que tal música dice no puede ser lo contrario a la verdad“.- T.W. Adorno y E. Kogon, “Offenbarung oder autonome Vernunft“: Frankfurter Hefte 13 (1958), p. 498.

Mstislav RostropóvichMstislav Rostropóvich (1927-2007), músico formado en la Unión Soviética considerado el máximo violonchelista de su generación y que recibió el Premio Lenin, máximo galardón soviético, había dedicado su vida a la música y sabía muy bien que era capaz de elevar al ser humano hasta los sentimientos más sublimes. Hombre culto y sensible, en 1974 junto a su esposa se vio obligado a abandonar la URSS por defender de forma pública al escritor Alexander Solzhenitsyn en una carta enviada al diario Pravda en 1970. El 11 de noviembre de 1989, dos días después de la apertura del Muro de Berlin, Rostropóvich interpretaba delante de sus ruinas la suite número dos para violonchelo de Johann Sebastian Bach. Para millones de personas, el comunismo soviético se había convertido en la historia de una gran decepción. Entristecido por la división del mundo escribió:

Dios nos ha dado un sólo idioma, la música, para la que no hace falta traductores, pero no hemos sido capaces de usarla para unificar el mundo”.

Arthur Schopenhauer (1788-1860) es el filósofo pesimista por antonomasia, más que ningún otro pensador de la filosofía moderna. En su obra “El mundo como voluntad y representación” manifiesta que todo se mueve por una “voluntad” ciega e irracional, carente de sentido y sin ningún propósito. No es buena ni mala, afirma. Simplemente está ahí. Un entorno donde el ser humano se limita a subsistir y a una lucha permanente con sus congéneres. Sin embargo, Schopenhauer rechaza el suicidio como solución. Es inútil, dice, porque la voluntad de la vida es imposible de matar. El único que pierde con el suicidio es uno mismo. ¿Hay por tanto alguna forma de escapar de esta situación que no sea el suicidio? Schopenhauer lo tiene claro: el arte, la contemplación estética y el contacto con el espíritu sublime de todo arte. Y de todas las manifestaciones artísticas que existen, la principal de todas ellas es la música, más incluso que la pintura o la escultura. Por eso escribió,

En la música todos los sentimientos vuelven a su estado puro y el mundo no es sino música hecha realidad”. – Arthur Schopenhauer, Parábolas, aforismos y comparaciones, Andrés Sánchez Pascual, Barcelona, Edhasa, 1995).

Pero según Schopenhauer la naturaleza es terrible, y no deja muy claro cómo la música podría servir de consuelo. Y sin embargo el caso es que sirve. El caso es que funciona. Llega hasta lo más profundo y eleva el espíritu. ¿No podría ser entonces la música una manifestación de que en realidad esta existencia, lejos de ser un terrible absurdo, sí tiene sentido y propósito?

Los siguientes ejemplos podrían ilustrar muy bien hasta dónde puede llegar la creatividad y la sensibilidad del espíritu humano. Son diferentes y variados e intentan ser solo una pequeña muestra de ese precioso universo.

Wolfgang Amadeus Mozart

mozartMozart fue un ser con un don privilegiado para componer música y ejecutarla. Nació en Salzburgo, Austria, en 1756. Fue todo un niño prodigio alentado por su padre al observar las dotes naturales de su hijo. Entre los séis y los once años ya dio varias giras de concierto por Europa tocando al clave, el violín y el órgano. Y los éxitos continuaron así por los siguientes años. Sorprende el gran número de obras producidas en tan pocos años: cerca de 750, no habiendo género alguno que no tocase. Mozart crea con sorprendente naturalidad y espontaneidad. Su música es sencilla, ingenua y tierna como lo es él, lo que hace que el resultado sea algo exquisito, amable y galante. Sus constantes viajes demuestran su cosmopolitismo y su sorprendente poder de asimilación de estilos. Sus 49 sinfonías resplandecen por la riqueza de ideas, amplia sonoridad y cristalina transparencia.

Sin embargo, Mozart no tuvo una vida fácil. De hecho las envidias y las intrigas contra su persona fueron constantes, lo que minó su espíritu y muy probablemente acortó su vida. Falleció en 1791 a la edad de 35 años de fiebre reumática aguda, cargado de deudas y mientras todavía trabajaba en su famoso Requiem. Tuvo un entierro sencillo en una fosa común, y solo fue después de su muerte que su prestigió se incrementó. Como a veces ha ocurrido en la historia, algunos grandes hombres se fueron del modo más humilde y absurdo.

Oficialmente Mozart era católico, aunque no un católico conservador. Sin embargo en mucho de su obra se muestra una sensibilidad profundamente trascendente. Son varios los analistas que suelen hablar del “misterio de Mozart”. Por ejemplo, su concierto para clarinete KV622 compuesto solo dos meses antes de fallecer, es una pieza de insuperable belleza, intensidad y fuerza interior. Es una composición que renueva, fortalece y consuela. En el adagio del concierto para clarinete, cualquier persona sensible puede percibir algo completamente diferente: el sonido de lo bello en su infinitud, el sonido del Infinito que nos trasciende y que no puede ser definido solo en palabras. No es extraño que Bernard Shaw calificara su obra como “la única música del mundo hasta el momento compuesta que no sonaría fuera de lugar en la boca de Dios“.- R. Taruskin, “Consumer Mozart: From God-Child to Musical Yuppi“, en International Herald Tribune, 14 de septiembre de 1990.

Pero la música no lo era todo para Mozart. Lo prueba una carta dirigida a su padre Leopoldo, con fecha de 4 de abril de 1787, mientras éste yacía ya moribundo, y solo cuatro años antes de su propia muerte. Mozart escribe:

Puesto que la muerte es, a decir verdad, la auténtica finalidad de nuestra vida, desde hace un par de años me he familiarizado hasta tal punto con esta sincera amiga del ser humano, su mejor amiga, que su imagen no tiene ya para mí nada de aterradora, sino bastante de tranquilizadora y consoladora. Y doy gracias a mi Dios por haberme concedido la suerte, por haberme brindado la oportunidad -usted me entiende- de reconocer en ella la clave de nuestra verdadera felicidad“. – W. A. Mozart, “Cartas al padre, 1777-1787“, Multiva, Navarra 2012.

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Esteban López