Robert H. Jackson, ‘una gran responsabilidad’

Tenía orígenes humildes y amaba el derecho y la justicia. Con sólo catorce años sorprendía a propios y extraños con su increíble capacidad para defender cualquier causa que él considerara justa. Robert Houghwout Jackson (1892-1954) fue un jurista, fiscal y juez estadounidense, reconocido por su destacado papel en la Tribunal Supremo de los Estados Unidos y como fiscal principal en los Juicios de Núremberg. Había nacido el 13 de febrero de 1892 en Spring Creek, Pensilvania. No asistió formalmente a la facultad de derecho, pero estudió en Albany Law School y fue admitido en el Colegio de Abogados de Nueva York en 1913.

Trabajó como abogado en Nueva York y ganó reconocimiento por sus habilidades legales. Tuvo alguna aproximación a la política por el partido demócrata, pero pronto se dio cuenta de que la política implicaba clientelismo y favores, lo que no encajaba con su temperamento, por lo que regresó al ejercicio privado de su profesión.

Sin embargo, durante el gobierno de Franklin D. Roosevelt, desempeñó varios cargos en el Departamento de Justicia, incluyendo Fiscal General de los Estados Unidos (1940-1941). En 1941, Roosevelt lo nominó como juez del Tribunal Supremo, donde sirvió hasta su muerte en 1954. Se le conocía por sus opiniones bien fundamentadas y su defensa de los límites del poder gubernamental. También por su gran sentido del humor. En 1945, fue nombrado fiscal jefe de los Estados Unidos en los Juicios de Nuremberg contra los líderes criminales nazis.

Creación de los juicios de Nuremberg

El 8 de agosto de 1945, las cuatro potencias vencedoras de la guerra – Estados Unidos, Unión Soviética, Gran Bretaña y Francia – sellaron el acuerdo de la creación del Tribunal de Nuremberg por los crímenes nazis. El tribunal comenzó su trabajo en noviembre de 1945 y lo concluyó en octubre de 1946.

El Tribunal de Nuremberg sienta un precedente importante porque por primera vez en la historia de la humanidad, la guerra de agresión no era concebida simplemente como algo ilícito internacionalmente y cuya responsabilidad recaía sólo sobre el Estado agresor, sino que era considerada como un «crimen internacional» del cual tenían que ser considerados penalmente responsables los individuos concretos en particular.

Aquello podría haber sido un precedente digno de los más importantes hitos históricos. Sin embargo, el tiempo mostró que no se estaba por la labor. Por ejemplo, el único intento de reconocer el juicio de Nuremberg como un antecedente judicial internacional lo intentó Etiopía, en agosto de 1949, al solicitar a Italia que extraditara a los mariscales Pietro Badoglio y Rodolfo Graziani como criminales de guerra y someterlos al juicio de un tribunal internacional siguiendo el Estatuto del Tribunal de Nuremberg. Sin embargo, la petición quedó en nada.

El Tribunal de Nuremberg era competente para juzgar los crímenes contra la paz y había calificado la guerra de agresión como «el crimen internacional supremo» condenando a los reponsables directos. Sin embargo, ese concepto no está tipificado en los estatutos del Tribunal de la Haya ni en los de la Corte Penal Internacional. Esa es la razón por la que pasando el tiempo hayan tenido lugar tantas guerras de agresión por parte de las grandes potencias, sin que nada de eso sea considerado un crimen, ni por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ni por el Tribunal de la Haya. Las guerras de agresión a Irak por parte de Estados Unidos y la de Afganistán por parte de la Unión Soviética son dos buenos ejemplos de crimen internacional supremo. Como escribe el jurista y filósofo italiano Nanilo Zolo:

«Es una paradoja alarmante que los ex presidentes derrotados de la República Yugoslava y de Irak hayan sido encarcelados y sometidos a juicio por Tribunales especiales sometidos y financiados por Estados Unidos y sus aliados, mientras que los jefes de Estado y de gobierno de la potencias occidentales que condujeron victoriosamente guerras de agresión, manchándose con el asesinato de miles de personas inocentes – treinta mil sólo en Irak – y con otros crímenes previstos en los códigos penales de todo el mundo y castigados en Estados Unidos con la pena de muerte, no hayan sufrido hasta ahora las correspondientes consecuencias. (El ejército de Estados Unidos, por ejemplo, usó en Irak Napalm y fósforo blanco durante el ataque a Faluya en 2004, que provocó miles de víctimas civiles… con testimonios de ex militares norteamericanos, se muestran documentos fílmicos del bombardeo con fósforo y de sus efectos no sólo en los iraquíes de la resistencia, sino también en iraquíes civiles, mujeres y niños»).

  • Danilo Zolo, «La justicia de los vencedores. De Nuremberg a Bagdad», Trotta, 2007.

Es como si la utopía no pudiera hallar su lugar en este mundo tan mancillado ya.

Legado de Robert H. Jackson

Sin embargo, después de todo el horror y sufrimiento causado por el nazismo en Europa, aquellas palabras de Robert H. Jackson resuenan como una bocanada de aire fresco en aras de la paz y la justicia; palabras que invitan a reflexionar como un llamamiento desesperado para que la guerra de agresión, ese crimen internacional supremo, jamás vuelva a tener lugar.

Primeras palabras del discurso

«El privilegio de inaugurar el primer juicio de la historia por los crímenes contra la paz del mundo impone una gran responsabilidad. Los agravios que intentamos condenar y castigar han sido tan premeditados, tan malignos y tan devastadores que la civilización no puede tolerar que se los pase por alto, porque no podría sobrevivir a su repetición. Que esas cuatro grandes naciones, eufóricas por la victoria y laceradas por la afrenta, refrenen su venganza y entreguen voluntariamente a sus enemigos capturados, para ser juzgados por la ley es uno de los tributos más significativos que el Poder haya rendido jamás a la Razón

Recurrir a la guerra – cualquier tipo de guerra – es recurrir a medios que son criminales por naturaleza. La guerra implica inevitablemente una serie de asesinatos, agresiones, privaciones de la libertad y destrucciones de propiedades. Por cierto, una guerra genuinamente defensiva es lícita y exime a quienes combaten en ella de la responsabilidad de realizar un acto criminal. Pero actos en sí mismos criminales no pueden ser legitimados probándose que quienes los cometieron estaban llevando a cabo una guerra, pues la guerra misma es ilegal. Una consecuencia jurídica mínima de los tratados que proscriben la guerra de agresión es privar a quienes provocan una guerra o combaten en ella de toda justificación posible a través del derecho. Respecto de quien ha desencadenado una guerra, resultan aplicables los principios del derecho penal generalmente aceptados«.

Palabras de clausura

¿Quiénes son los culpables? ¿Los que ordenaron el asesinato, los que lo llevaron a cabo, los que ganaron dinero con él o los que lo callaron? Los verdugos suplicaron órdenes desde arriba, pero los líderes del Tercer Reich no recordaban nada.

Los que no escaparon al juicio suicidándose eran un espectáculo lamentable. Durante años no habían rehuido ningún crimen. Ahora, todos dijeron que no eran ellos. Goering, que había ordenado la «solución final», negó todo conocimiento de los asesinatos en masa. Kaltenbrunner, el sucesor de Heydrich en la RSHA, culpó al difunto Himmler. Ribbentrop, el ministro de Relaciones Exteriores, se describió a sí mismo como el mensajero de Hitler, sin ninguna influencia; Keitel, el jefe del Alto Mando de las Fuerzas Armadas, sostuvo que lo habían descarriado; y Streicher, el látigo del partido de la campaña de asesinatos antisemitas, se autodenominó un escritor inofensivo.

Estos veinte años de este siglo XX serán registrados en el libro de los años como algunos de los más sangrientos de todos los anales. Dos guerras mundiales han dejado un legado de muertos que suman más que todos los ejércitos involucrados en cualquier guerra que hizo historia antigua o medieval. Ningún medio siglo ha sido testigo de una matanza a tal escala, de tales crueldades e inhumanidades, de deportaciones masivas de pueblos a la esclavitud, de aniquilaciones de minorías.

El terror de Torquemada palidece ante la Inquisición nazi. Estos hechos son los hechos históricos que eclipsan los hechos por los cuales las generaciones futuras recordarán esta década. Si no podemos eliminar las causas y prevenir la repetición de estos bárbaros eventos, no es una profecía irresponsable decir que este siglo XX aún puede lograr traer la ruina de la civilización ”.

En sus propias palabras

«La libertad de discrepar no se limita a asuntos irrelevantes. Eso sería una mera sombra de libertad. La prueba de su esencia es el derecho a discrepar en asuntos que afectan la esencia del orden existente«.

«No podemos permitirnos ninguna libertad con la libertad misma«.

«Quienes inician la eliminación coercitiva de la disidencia pronto se encuentran exterminando a los disidentes. La unificación obligatoria de la opinión solo logra la unanimidad del cementerio«.

«Si hay una estrella fija en nuestra constelación constitucional, es que ningún funcionario, alto o bajo, puede prescribir lo que debe ser ortodoxo en política, nacionalismo, religión u otros asuntos de opinión, ni obligar a los ciudadanos a confesar de palabra o de obra«.

«Los hombres a menudo se dejan sobornar más por su lealtad y ambición que por el dinero«.

«Así que la tarea que me correspondió de inmediato fue preparar el discurso de apertura que pronunciaría y organizar las pruebas para su presentación la semana siguiente en apoyo de mis comentarios iniciales. El discurso me pareció una tarea importante porque hasta entonces nadie había revelado al mundo la verdadera magnitud del caso, las pruebas disponibles y el derecho que defendíamos.

«El discurso también pareció tener importantes consecuencias públicas, ya que sería la primera revelación completa de los materiales que habíamos capturado y que teníamos a mano, y del uso que intentábamos darles. Sentía una gran responsabilidad por el discurso y reconocía que probablemente era la tarea más importante de mi vida«.

  • Las reminiscencias de Robert H. Jackson, Oficina de Investigación de Historia Oral de la Universidad de Columbia, 1955, páginas 1390-1392.

Porción de la sentencia que puso fin al juicio

«La guerra es esencialmente un mal. Sus consecuencias no afectan sólo a los Estados beligerantes, sino que se extienden negativamente a todo el mundo. Comenzar una guerra de agresión, por consiguiente, no es sólo un crimen internacional, sino que es el crimen internacional supremo, que se diferencia de los otros crímenes de guerra por el hecho de concentrar en sí mismo todos los males de la guerra«.

  • The Avalon Project of the Yale Law School, Judgment of the International Military Tribunal.

Esteban López

  • Reconstrucción en español del discurso introductorio de Robert Jackson en el Juicio de Nuremberg.

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