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auschwitzObservar la fotografía de la izquierda, en la que se muestra a un grupo de personas entrando en el campo de exterminio nazi de Auschwitz, podría convertirse en un esclarecedor y progresivo ejercicio de comprensión.  A primera vista parece que se trata solo de una masa humana impersonal, gente absolutamente desconocida. Pero, esa percepción se agudiza más cuando se llega a saber con exactitud los nombres de todas esas personas, incluidos los niños. Y esa visión todavía cambia más drásticamente cuando sustituimos esos nombres por los de nuestros amigos,  por cada uno de los miembros de nuestra familia o por el nuestro mismo. Se llega a entender entonces por qué Theodor Adorno llegó a decir que “ya no es posible la poesía después de Auschwitz”.

Quizá nunca en toda la historia humana se ideó una maquinaria de aniquilación y destrucción de seres humanos como el que puso en marcha el régimen nazi entre los años 1933 y 1945. Y es que el horror que supera toda ficción se justificó en el nombre de una ideología que despreciaba absolutamente al ser humano, sus derechos inalienables y su dignidad intrínseca. Las personas de origen judío fueron, solo por serlo, las que en mayor número sufrieron las consecuencias de aquella funesta ideología. Y es que durante siglos, los judíos habían sido objeto de odio y desprecio  hasta por prominentes escritores “cristianos”. El holocausto final judío durante el  régimen nazi fue tan solo la culminación de siglos de propaganda y racismo anti semita.

En los últimos años del régimen nazi se puso en marcha la llamada “solución final al problema judío”. Ésta consistía en transportar desde sus guetos el mayor número de judíos a campos de concentración donde se les asesinaba metódicamente con gas venenoso y después se les quemaba en hornos crematorios. Al final de la guerra contra el régimen nazi ya se había alcanzado la cifra de seis millones de seres humanos asesinados.

Cuando una familia llegaba al campo de concentración de exterminio, a veces en sucios e ignominiosos vagones de tren para ganado (muchos ya habían muerto en el camino), se separaba a los maridos de sus esposas y la mayoría de ellos nunca más se volvían a ver. Les quitaban también a sus hijos y éstos eran conducidos aparte, junto a otros niños, para ser finalmente asesinados a tiros. Y así, familia por familia, persona por persona, nombre por nombre. Allí perecían también sus ilusiones, sus afectos y toda posibilidad de dignidad humana posible.  Ante tal derroche de maldad e iniquidad, es verdad que podría preguntarse dónde estaba Dios, pero también podría preguntarse dónde estaba el hombre. Como escribió el filósofo alemán Karl Jaspers:

“Cuando nuestros amigos judíos fueron deportados, no salimos a la calle, no hemos gritado hasta que nos mataran. Preferimos seguir viviendo con el débil aunque también correcto argumento de que nuestra muerte no hubiera servido de nada. Que vivimos es nuestra culpa. Sabemos ante Dios lo que nos humilla profundamente… Queremos merecernos nuestra vida que nos fue salvada”.

-Karl Jaspers (1883-1969), psiquiatra y filósofo alemán, El problema de la culpa, Paidós, 1998, pág.35.

Conciencias invalidadas

Algo que llama poderosamente la atención es la falta de remordimiento que los funcionarios nazis manifestaban mientras llevaban a cabo todas aquellas atrocidades. No lo manifestaron nunca, ni cuando obedeciendo órdenes ejecutaban a víctimas inocentes, ni cuando los Aliados en 1945 les obligaban a observar los montones de cadáveres en los campos de concentración. Asesinar a judíos o a cualquier ‘enemigo’ del régimen era asumido con total normalidad. Quizá se llegó a ver como el simple fumigar una plaga de ratas. Habían cambiado completamente el sentido de la moral normal, que a diferencia de lo que dice Kant, el hombre solo era una cosa, un simple medio, no un fin en sí mismo.  Incluso, como puede verse en la foto de arriba, existía una plácida camaradería entre los oficiales de las SS que custodiaban el campo de Auschwitz, mientras día a día llevaban a cabo y sin ningún remordimiento las más viles atrocidades.

En 1961, Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS y uno de los mayores criminales de la historia por su activa participación en la llamada “solución final” en el Holocausto judío, fue arrestado por los servicios secretos de Israel mientras residía con nombre falso en Argentina, enjuiciado en Jerusalén y condenado a morir en la horca. En su libro Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt dice que tampoco manifestó en ningún momento remordimiento, compasión o pesar alguno. Solo se limitaba a decir que cumplió estrictamente con las órdenes que recibía. Los médicos que lo examinaron dijeron que era una persona normal psicológicamente, e incluso ejemplar como esposo y padre de familia. Cabe preguntar entonces, qué es lo que hace que personas normales puedan llevar a cabo atrocidades de una magnitud que es propia solo de monstruos. La respuesta solo puede estar relacionada con la clase de adoctrinamiento recibido durante años; un verdadero cambio o modificación progresiva de valores éticos donde se prescindía absolutamente del concepto de dignidad humana en nombre de una ideología mítica, pseudoreligiosa y totalitaria.

El Juicio de Nuremberg (20 de noviembre 1945)

Hannah Arendt, con toda razón, dice que el simple derecho judicial nunca podría resarcir lo profundamente horrendo de aquellos crímenes. Pero aunque de forma limitada y por respeto a la memoria y dignidad de todas aquellas víctimas inocentes, algo se tenía que hacer para que sentara jurisprudencia. En primer lugar enjuiciar y castigar a los máximos responsables de aquella barbarie. También, sentar un precedente judicial que evitara que en el futuro crímenes tan inicuos como aquellos pudieran de nuevo ocurrir.

Hasta la Segunda Guerra Mundial, la doctrina política aceptada desde los tiempos de Napoleón era que nunca se podría condenar a nadie por crímenes de Estado, mucho menos de crímenes contra la humanidad . Ni que decir tiene que semejante ideología permitía que cualquier nación pudiera arbitrariamente invadir y ocupar militarmente a otra y causar miles de víctimas inocentes sin que nadie en concreto fuese acusado como responsable. El nebuloso y ambiguo concepto de ‘Estado’ lo cubría todo.

nuremberg-trial

Pero esa situación cambió definitivamente a partir del Juicio de Nüremberg, Alemania, contra los principales líderes nazis. Por primera vez en la historia, se encausaba a los responsables directos de crímenes contra la humanidad y a sus organizaciones criminales. El juicio duró desde el 20 de noviembre de 1945 y el 16 de octubre de 1946. Fue el principal juicio (dirigido contra los principales líderes nazis) entre los varios juicios que tuvieron lugar después contra jueces y médicos nazis. Todos esos diferentes juicios contra el aparato nazi se conocen como los Procesos de Nuremberg. El día de su apertura, el juez británico Lord Lawrence dijo:

“Asistimos a la apertura de un proceso sin precedentes en la historia de la humanidad, y que reviste una importancia inmensa a los ojos del mundo entero”.

Los principales cargos presentados fueron:

PRIMER CARGO: Plan concertado y complot de conspiración contra la paz. La dirección, preparación, organización y desencadenamiento de una guerra de agresión y violación de Tratados y Acuerdos Internacionales.

SEGUNDO CARGO: Crímenes contra la paz. Diseño de ocupación de Austria, Checoslovaquia y Polonia. Violación del Pacto Kellog, que proscribía la guerra de agresión.

TERCER CARGO: Crímenes de Guerra. Violación de las dos Convenciones de La Haya (1899 y 1907) Métodos de combate y de ocupación militar en contra de las Leyes y Usos de la Guerra.

– CUARTO CARGO: Crímenes contra la humanidad. Delitos de alemanes contra la población civil de los territoros ocupados y contra sus propios nacionales. Según la Carta del Tribunal Militar Internacional en el Acuerdo de Londres de 1945, contituyen Crímenes contra la Humanidad: “los asesinatos, exterminio, exclavitud, deportación y otros actos inhumanos cometidos contra cualquier población civil, antes o durante la guerra, o persecuciones por motivos políticos, raciales o religiosos.

Desde el día 20 de noviembre de 1945 al 7 de enero de 1946 se presentaron los cargos respecto a los acusados. Durante los días 29 y 30 de agosto de 1946 se formularon las conclusiones contra las organizaciones nazis. En la Sentencia, fueron calificadas como criminales la Gestapo; las SS y la Autoridad Jerárquica del Partido Nacionalsocialista.

Aunque surgieron algunas críticas al Juicio diciendo que el proceso era una vergüenza nacional para Alemania, Karl Jaspers escribió:

“La vergüenza nacional no reside en el tribunal, sino en lo que ha conducido a él, en los hechos de este régimen y en sus acciones. La conciencia de la vergüenza nacional es inevitable para los alemanes. Va en una dirección equivocada quien apunta al proceso, no a sus causas”.

-Ibídem, pág.74.

El nazismo había resultado ser una ideología perniciosa así como su maquinaria de opresión y destrucción, pero quienes estaban detrás eran personas concretas con nombres y apellidos. A todos se les pidió responsabilidades, incluso cuando los acusados intentaban defenderse aduciendo que se limitaron a obedecer órdenes. El mismo Tribunal, acudiendo su Acta Constitucional contestó:

“El hecho de que el acusado actuara en nombre de su gobierno o de un superior no debe librarle de la responsabilidad, pero puede ser considerado como atenuante de su posición… Sin embargo, el hecho de que a cada uno de los colaboradores se le asignase una misión por el Dictador no lo libera de la responsabilidad por sus hechos, cuando se puede probar que a la voluntad aún despótica del Jefe corresponde la adhesión voluntaria, consciente, llena de celo y entusiasta de sus colaboradores… los crímenes contra el Derecho Internacional fueron cometidos por los hombres y no por entidades abstractas”.

La Sentencia

Herman Goering y Rudolf Hess

El veredicto final incluyó varias penas de muerte y diferentes penas de prisión. Según dicho Fallo fueron condenados, en atención a los cargos que se les imputaban,

– A pena de muerte por ahorcamiento: H. Goering, Von Ribbentrop, A. Rosemberg, W. Keitel y A. Jold (culpables de conspiración, crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad); E. Kaltenbrunner, M. Bormann, H. Frank y F. Sauckel (culpables de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad); W. Frick y Seyss-Inquart (culpables de crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad) y J. Streicher (culpable de crímenes contra la humanidad).

– A cadena perpetua: Rudolf  Hess (culpable de conspiración y crímenes contra la paz); E. Raeder (culpable de conspiración, crímenes contra la paz y crímenes de guerra) y W. Funk (culpable de crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad).

– A veinte años de prisión: Albert Speer, el “arquitecto de Hitler”, (culpable de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad) y B. Von Schirach (culpable de crímens contra la humanidad).

– A diez años de prisión K. Doenitz (crímenes de guerra y crímenes contra la paz).

Absueltos H. Schacht; F. Von Papen y H. Frizsche, aunque más tarde fueron condenados por un Tribunal alemán de desnazificación a varios años de prisión o trabajos forzados.

Se acababa de poner los fundamentos del Tribunal Penal Internacional.

Este ejemplo terrible de la historia humana reciente, muestra que la conciencia debe entrenarse para que vea siempre con claridad cuando se interponen razones espúreas que pasarían por alto el respeto por la dignidad humana. Como ilustración, se invita al lector a ver una secuencia del excelente film Vencedores o vencidos, del cineasta estadounidense Stanley Kramer; una cinta absolutamente recomendada y que narra cómo fueron los Juicios de Nüremberg en el caso de jueces de ideología nazi que invalidaron por completo sus conciencias al aplicar injustas leyes racistas y afirmando que solo obedecían órdenes. Se recomienda que se escuche atentamente el veredicto final del juez  (interpretado el papel por el actor Spencer Tracy), y que de paso medite en qué entornos se pudiera pasar por alto la propia conciencia cuando la dignidad de otras personas está envuelta.

Esteban López

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