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piedra de molinoLos tropiezos son inevitables, pero ¡ay de aquel que los ocasiona! Más le valdría ser arrojado al mar con una piedra de molino atada al cuello, que servir de tropiezo a uno solo de estos pequeños. Así que, ¡cuídense!”- Lucas 17:1-3, Nueva versión Internacional.

Con estas palabras Jesús indica la importancia de no ser causa de tropiezo para la fe de nadie. Para ello usa una ilustración bien gráfica: una piedra de molino atada al cuello siendo arrojado al mar, un marco de circunstancias nada agradable para nadie.

En los evangelios y en los escritos apostólicos siempre se pone un gran énfasis en cuidar de los más débiles, en, si es necesario, andar el doble de distancia si otro lo pide, incluso en poner la otra mejilla con tal de que alcance el reino de Dios. El asunto es más serio de lo que parece desde una perspectiva cristiana, porque hacer tropezar a alguien en su fe no es precisamente una carta de recomendación a los ojos de Dios. El autoexamen individual por tanto, es absolutamente necesario porque el deseo de todo cristiano es que ‘todo el mundo llegue a ser salvo.’

Esas palabras de Jesús también podrían ser causa de reflexión para quienes dirigen iglesias u organizaciones religiosas, a quienes según las Escrituras se les pedirá una mayor responsabilidad. Podrían preguntarse cómo afectan sus decisiones en otros, si son realmente causa de bendición o todo lo contrario. El que se corrijan o no ciertas desviaciones que causan opresión espiritual a otros, dependerá en gran medida de su adherencia o no al espíritu de Jesús de Nazaret. Sin ese autoexamen constante, sin una firme determinación por la verdad, la justicia y la honestidad, una iglesia determinada puede convertirse en causa relevante de tropiezo y en un verdadero obstáculo para la fe y esperanza vital de otros. Un asunto de la mayor trascendencia sin duda, si es que se toma a Cristo Jesús en serio.

Esteban López