Náufrago

náufrago

Ver el filme Náufrago (2000), de Robert Zemeckis e interpretada magistralmente por Tom Hanks, y quedar indiferente es muy difícil porque la historia que se narra envuelve completamente y hace que, de modo inevitable, la reflexión aflore. Es tanto una metáfora de la vida como de nuestra frágil existencia humana.

La historia tiene que ver con Chuck Noland, un ejecutivo de una empresa multinacional de mensajería, que se ve apartado de su cómoda vida y de la mujer que ama, su prometida, a causa de un accidente de avión que lo deja aislado de la civilización en una remota isla tropical en medio del océano pacífico. Tras cuatro años de lucha por la supervivencia completamente solo en la isla, Chuck aprende todas las técnicas de subsistencia mientras sufre la tortura de una soledad desesperante.

Para poner fin a su triste aislamiento y salir de la isla, lo intenta casi todo con la esperanza de que algún barco o avión le vea. Mientras tanto aprende a subsistir como puede sin tener experiencia previa, en medio de un entorno que le resulta tremendamente hostil y amenazante.

Sin embargo después de intentarlo casi todo se da cuenta de que no podrá salir de la isla si se queda solo esperando a que otros vengan. La solución: arriesgar la vida adentrándose él solo mar adentro con una rudimentaria barcaza. Finalmente y después de mucho bregar, finalmente lo logra. Sin embargo, al regresar a donde vivía se da cuenta de que tiene que volver a comenzar su vida por complero porque casi todo su mundo ha cambiado y se ha desvanecido. Y es que los amigos y su entorno ya no son los que eran y, por si fuera poco, la mujer que amaba, creyéndole muerto, se ha casado con otro.

La historia está expuesta de tal modo que es fácil ponerse en la piel del protagonista. Es fácil tener la sensación de que algo así le podría pasar a cualquiera de nosotros, tener que luchar con el factor sorpresa después de dar muchas cosas por sentadas y tener que aprender a sobrevivir en un medio adusto y hostil.

El filme es una invitación constante a la reflexión. Muestra cuán absurdo es ser esclavos del trabajo, del utilitarismo, y de tener que cumplir una y otra vez con horarios opresivos «para ganar más dinero«; de lo mucho que nos perdemos cuando apenas pasamos tiempo con nuestros seres queridos o de la inmensa soledad en la que en algún momento de la vida nos podemos encontrar cada uno de nosotros. De como decía Octavio Paz, «el hombre, al final, solo«. Muestra la terrible frustración y sufrimiento ante la adversidad y la fuerza e inventiva que pueden surgir de ello. Muestra también la fragilidad de la existencia, la necesidad psicológica del ser humano de apoyarse en iconos (Wilson), en apoyos que mantengan a ultranza la ilusión y la esperanza; abre la pregunta de dónde está Dios cuando se manifiesta la tribulación, la extrema soledad o el sufrimiento; muestra que, a menudo, debe ser uno mismo el que aprenda a ‘sacarse las castañas del fuego,’ porque nadie más lo hará por uno. Muestra además lo relativo de las relaciones humanas y de su inexorable temporalidad; de lo absurdo del dolor físico innecesario; de cómo el simple azar puede condicionar para siempre la vida de los seres humanos. De cómo hay valores más importantes que la simple productividad o la exorbitante dedicación al trabajo. Y sobre todo, muestra la gran capacidad del ser humano de adaptarse a los entornos más difíciles, de su lucha contra el mal, de la fuerza del amor y de su pertinaz e intrínseca no renuncia a la esperanza.

El crítico español de cine José María Aresté, hace una interesante lectura del filme:

«Náufrago nos hace comprender las muchas cosas que usamos en la vida corriente y que damos por supuestas, sin considerarlas como un regalo. Cobra gran fuerza en la película […] La presencia de Wilson admite más de una lectura: puede ser la compañía que todos necesitamos («No es bueno que el hombre esté solo»), pero también podría ser el mismo Dios, pues la actitud de Chuck, que compatibiliza amor y rebeldía, recuerda mucho al comportamiento de la criatura libre ante su creador«.-Caparrós Lera, José María (2004), El cine del nuevo siglo, Ediciones Rialp.

Es un filme que entretiene, es verdad, porque su director Robert Zemeckis es un maestro en ello y es fácil que uno se ponga en la piel del protagonista; pero no solo eso. La historia que cuenta, llena de inmensas metáforas, es mucho más. Sólo la banda sonora es profunda y muy apropiada porque ilustra muy bien lo agridulce que puede llegar a ser la existencia, lo pasajero y relativo que es todo. Y es que como decía Julián Marías (1914-2005), «la vida es algo serio» porque mucho se tiene que bregar, y que la experiencia y la sabiduría no vienen solas, sino sólo a través del sufrimiento que obliga a reflexionar. En realidad, ¿quién, de un modo u otro, no ha sido náufrago alguna vez en su vida?

Un film absolutamente recomendado.

Esteban López

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