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NáufragoEl arte es manifestación del espíritu humano. Porque para comunicar no solo existe el habla. Está también el arte que puede expresarlo todo hasta lo sublime. Y lo hace de mil maneras, incluido el cine.

Ver por ejemplo el film Náufrago (2000), de Robert Zemeckis, y quedar indiferente es difícil porque la historia que se narra envuelve completamente y hace que, de modo inevitable, la reflexión aflore. Es tanto una metáfora de la vida como de nuestra frágil existencia humana.

La historia tiene que ver con Chuck Noland, un ejecutivo de una empresa multinacional de mensajería, que se ve apartado de su cómoda vida y de la mujer que ama, su prometida, a causa de un accidente de avión que lo deja aislado de la civilización en una remota isla tropical en medio del océano pacífico. Tras cuatro años de lucha por la supervivencia, completamente solo en la isla, Chuck aprende todas las técnicas de subsistencia mientras sufre la tortura de la soledad. La solución: arriesgar la vida adentrándose mar adentro con una rudimentaria barcaza. Lo logra, pero al regresar se da cuenta de que tiene que volver a comenzar su vida porque todo su mundo ha cambiado: los amigos y su entorno ya no son los que eran y, por si fuera poco, la mujer que amaba, creyéndole muerto, se ha casado con otro.

La historia está expuesta de tal modo que es fácil ponerse en la piel del protagonista. Es fácil tener la sensación de que algo así le podría pasar a cualquiera de nosotros, tener que luchar con el factor sorpresa después de dar muchas cosas por sentadas y tener que aprender a sobrevivir en un medio adusto y hostil.

Y es que el film muestra lo absurdo de ser esclavos del utilitarismo y del tiempo; de lo mucho que nos perdemos cuando apenas pasamos tiempo con nuestros seres queridos o de la inmensa soledad en la que en algún momento de la vida nos podemos encontrar. De como decía Octavio Paz, “el hombre, al final, solo“. Muestra la terrible frustración y sufrimiento ante la adversidad y la fuerza e inventiva que pueden surgir de ello. Muestra también la fragilidad de la existencia, la necesidad psicológica del ser humano de apoyarse en iconos, en apoyos que mantengan a ultranza la ilusión y la esperanza; abre la pregunta de dónde está Dios cuando se manifiesta la tribulación, la extrema soledad o el sufrimiento; muestra que, a menudo, debe uno mismo ‘sacarse las castañas del fuego,’ porque nadie lo hará por uno. Muestra además lo relativo de las relaciones humanas y de su a menudo inexorable temporalidad; de lo absurdo del dolor físico innecesario; de cómo el azar o la simple suerte pueden condicionar para siempre la vida de la gente. De cómo hay valores más importantes que la simple productividad o la exorbitante dedicación al trabajo. Y sobre todo, muestra la gran capacidad del ser humano de adaptarse a los entornos más difíciles, de su lucha contra el mal, de la fuerza del amor y de su pertinaz e intrínseca no renuncia a la esperanza.

Es un film que entretiene, es verdad, porque su director Robert Zemeckis es un maestro en ello; pero no solo eso. La historia que cuenta, llena de inmensas metáforas, es mucho más. Y es que como decía Julián Marías, “la vida es algo serio“.

Un film absolutamente recomendado.

Esteban López

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