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Martha Nussbaum Martha C. Nussbaum (Nueva York, 1947) es doctora en filosofía por la Universidad de Harvard desde 1975. Había realizado también estudios clásicos y teatro en la Universidad de Nueva York. Es una de las autoras más leídas de los últimos años y en septiembre de 2005 las revistas FOREIGN POLICY y PROSPECT la incluyeron entre los cien intelectuales más influyentes del mundo. Enseñó filosofía y letras en Harvard y en la Universidad de Brown. Sus trabajos se han centrado especialmente en el terreno de la filosofía antigua, la filosofía política, la ética y el derecho, sin olvidar sus decisivas aportaciones al estudio de las emociones y al desarrollo humano y ética.

Su libro “La fragilidad del bien: fortuna y ética en la tragedia y la filosofía griega” (The Fragility of Goodness), en el que trata la ética antigua, ha tenido una gran repercusión e influencia en el ámbito de las ciencias sociales. Muchas de sus obras mantienen una perspectiva aristotélica. Ha mantenido siempre una gran preocupación por temas morales, los derechos de la mujer, la filosofía política y la filosofía del Derecho.

En 2012 fue galardonada con el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales.

Martha Nussbaum aboga por el ideal cosmopolita. A encauzar nuestras lealtades y nuestros intereses en ese sentido y en este preciso momento de la historia. Porque las conexiones con el resto del mundo se están haciendo cada vez más fuertes, por lo que debemos desconfiar del concepto tradicional de “patriotismo entendiéndolo como una idea provinciana y, en su lugar, contemplarnos a nosotros mismos como ‘ciudadanos del mundo’“.  Eso no significa dejar de amar el lugar donde uno ha nacido, sino no usarlo como arma arrojadiza contra otros. Familiarizarse con su obra es percibir su sincero deseo de aportar lo mejor de la filosofía para el bien común, la reflexión sobre valores que contribuyan a la tolerancia, el cosmopolitismo, la empatía, el respeto al otro o la defensa de los marginados.

Algo de su pensamiento

Todos nacemos desnudos y pobres; todos estamos sujetos a enfermedades y sufrimientos de todo tipo y, por último, todos estamos condenados a morir. Por tanto, la visión de todos estos elementos comunes puede llevar la humanidad a nuestros corazones, si vivimos en una sociedad que nos alienta a vivir la vida del otro.

“Todo ser humano es humano y su valor moral es igual al de cualquier otro. Por decirlo en palabras de John Raws, ‘toda persona posee una inviolabilidad fundada en la justicia’. Considerar a las personas como moralmente iguales es tratar la nacionalidad, la etnia, la clase, la raza y el género como ‘moralmente irrelevantes’… el accidente de haber nacido en Sri Lanka, o judío, o mujer, o afroamericano, o pobre, no es más que esto, algo accidental con lo que nos encontramos al nacer… qué lengua se haya aprendido es, moralmente irrelevante, un hecho accidental de nuestro nacimiento que no determina el propio valor”.

contando un cuento

La mayoría de los cuentos infantiles no hacen que la gente evoque lo local. Los buenos cuentos de hadas raras veces tiene que ver con Cambridge, Massachusetts, sino que, por el contrario, inspiran el asombro y la curiosidad explorando los contornos de cosas desconocidas y, a la vez, sorprendentemente familiares. Hacen que los niños se compenetren con los animales y las plantas, y también con los humanos de distintas épocas y lugares. Al tiempo que habitan en un mundo local concreto, empiezan a aprender muchas cosas sobre un mundo mucho más extenso. (A menudo los niños manifiestan una preocupación moral por los animales mucho más intensa que por los adultos que los rodean. Y cualquiera que haya viajado con un niño a un lugar donde impera la pobreza sabrá que el impulso compasivo de éste es simple y poderoso, mientras que el propio es artero e imperfecto)… Mucho antes de que los niños adquieran cualquier familiaridad con la idea de nación, o siquiera la de alguna religión específica, ya conocen el hambre y la soledad. Mucho antes de que se encuentren con el patriotismo, sabrán ya lo que es la muerte. Mucho antes de que interfiera la ideología, tendrán ya algún conocimiento de la humanidad”. 

– Martha Nussbaum, “Los límites del patriotismo“, Paidós, 2013.

La separación entre la Iglesia y Estado” es una buena idea, lo es porque apoya el respeto igual para todos e impide que el ámbito público establezca una doctrina religiosa que denigre o margine a un determinado grupo de ciudadanos…

“George Washington en su carta a los cuáqueros afirmaba: “Os aseguro muy explícitamente que, en mi opinión, los escrúpulos de conciencia de todo hombre deben ser tratados con gran delicadeza y ternura: y es mi afán y deseo que las leyes se acomoden a ellos de forma tan amplia como lo permita y justifique la debida preocupación por la protección y los intereses esenciales de la nación.” (Carta de 1789, citada en Religion y Constitution, ed. Michael W. Mc.Connell, 1ª ed. (Nueva York: Aspen 2012, pág. 54).

“Si Washington pudo permitir a los cuáqueros rechazar el servicio militar, una función pública de tanta importancia, ¿por qué son tan reacios los franceses  a dejar que los musulmanes y los judíos lleven prendas de vestir religiosas? La medida francesa parece expresar una repulsa de la “delicadeza y ternura” que merecen los “escrúpulos de conciencia” de los demás”.

Yo también considero importante la religión en el plano personal: soy una judía comprometida y mi pertenencia a una congregación reformista judía es parte relevante de mi vida y de mi búsqueda de sentido. Ciertamente resulta en extremo irritante que los intelectuales sean condescendientes con las personas religiosas, como si todas las personas inteligentes fueran ateas. En su libro Romper el hechizo (cuyo título mismo destila desdén), el filósofo Daniel Dennett contrapone las personas religiosas a los filósofos, como si no existieran los filósofos religiosos. Yo soy filósofa, pero yo y muchos de mis compañeros de profesión discrepamos a nivel personal con Dennett: nosotros mismos somos religiosos. Es más, casi todos discreparían de Dennett en lo concerniente al respeto a los demás: consideramos que los compromisos religiosos de las personas han de ser respetados y que sencillamente es una falta de respeto sugerir que la religión es un “hechizo” o quienes aceptan tales creencias son tontos”.

El principio de respeto-conciencia solo significa respetar a los demás en cuanto seres humanos en materia de religión y con derecho a tomar tales decisiones en libertad… Como escribió el filósofo católico Jacques Maritain en un ensayo tituladoVerdad y confraternidad humana“:

Sólo hay tolerancia real y genuina cuando un hombre está firme y absolutamente convencido de una verdad, o de lo que sostiene que es una verdad, y cuando al mismo tiempo reconoce el derecho a existir a aquellos que niegan esa verdad, y a contradecirlo, y a decir lo que piensan, no porque ellos sean libres frente a la verdad sino porque buscan la verdad a su propia manera, y porque él respeta en ellos la naturaleza y la dignidad humanas y esos mismos recursos y fuentes vivos del intelecto y de la conciencia que los hacen potencialmente capaces de alcanzar la verdad que él ama“. – Jacques Maritain, Utilidad de la filosofía. Tres ensayos, Rorta, 1961.

La idea de que todos somos viajeros solitarios buscando la luz en un páramo oscuro llevó a pensar que tal búsqueda, tal afán de la conciencia, es lo más valioso del periplo que es la vida humana, y que ha de permitirse a todos -protestantes, católicos, judíos o paganos- llevarla a cabo a su manera, sin interferencias del Estado ni de la religión ortodoxa. Imponer una ortodoxia a la conciencia equivale a lo que Roger Williams, en una imagen memorable citada a menudo, denominó una ‘violación del alma‘”.

– Martha Nussbaum, “Libertad de conciencia“, Tusquets Editores, 2009, pág.47.

Esteban López