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Einstein Oppenheimer

Albert Einstein y el físico Robert Oppenheimer (1904-1967), conocido como el ‘padre de la bomba atómica’ en 1947 (Foto: Alfred Eisenstaedt).

El lanzamiento de dos bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki el 6 y el 9 de agosto de 1945 mató a un total de 246.000 seres humanos, la mayoría de ellos civiles. Aunque a menudo el tema se trata en términos militares y se esgrimen “razones” de política estratégica, hay que decir con claridad que aquello no fue más que un vil crimen contra la humanidad. Una guerra es siempre atroz e inmoral, pero lo es todavía más cuando se mata indiscriminadamente a personas civiles.

Enola Gay

El avión que llevaba la primera bomba atómica se llamaba Enola Gay, nombre de la madre de uno de los tripulantes. En el momento de lanzar aquel horrendo artilugio atómico, el piloto escribía en el libro de registro solo datos técnicos y aparentemente rutinarios: velocidad del viento, clima, minuto exacto del lanzamiento, ángulo tal, peso tal, etcétera. Pero al final de las entradas de ese libro de registro aparecen las palabras: “Dios mío, qué hemos hecho?” Hasta esas últimas palabras, todo había sido matemáticas, astronomía o química. Pero ahora esas palabras arrancaban toda una valoración moral profunda desde una conciencia sacudida y afectada. Tanto, que el piloto al mando del vuelo a Hiroshima, con un tremendo complejo de culpa no pudo mantener su puesto en la sociedad y tuvo que recibir atención psiquiátrica. Y lo más vilmente contradictorio: un capellán de las Fuerzas Armadas de los EEUU en Tinian, en las Islas Marinas, había bendecido la primera misión que portaba la bomba atómica hacia Hiroshima. ‘Avanzaremos confiando en Ti, rezó, sabiendo que estamos a tu cuidado siempre‘. Ad náuseam.

Robert Oppenheimer

Después de los terribles efectos en personas inocentes por el lanzamiento de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, uno de los físicos creadores, Julius Robert Oppenheimer (1904-1967), decidió dedicar toda su vida a combatir su uso y la carrera armamentística tanto de Estados Unidos como de la Unión Soviética. A pesar de que era un brillante profesor amante de la física y las artes, sufrió por ello un terrible ostracismo y desprestigio. Oppenheimer fue humillado con acusaciones falsas de comunista y derrotado por los políticos de su día. Por todo ello pagó con su salud toda aquella persecución. Se quedó en los huesos y desarrolló una serie de tics nerviosos bien perceptibles. Aunque no lograron echarle del Advanced Institute donde trabajaba como físico, sí consiguieron deshacer completamente su vida personal. Aunque años más tarde fue rehabilitado parcialmente por los presidentes Kennedy y Johnson, nunca se recuperaría del daño moral recibido.

Cuando se llevó a cabo la explosión de prueba de la primera bomba atómica en Nuevo México, Oppenheimer dijo:

Supimos que el mundo no sería el mismo. Unas pocas personas rieron, unas pocas lloraron, muchas estuvieron en silencio. Recuerdo la línea de la escritura Hindú, el Bhagavad-Gita. Vishnu está tratando de persuadir al Príncipe para que haga su deber y para impresionarlo toma su forma con múltiples brazos y dice, “Ahora, me he convertido en la muerte, destructora de mundos”. Supongo que todos pensamos eso, de una u otra forma”.

hiroshimaDespués del lanzamiento de las bombas atómicas en Japón, tuvo un gran remordimiento de conciencia llegando a decir incluso que sentía que sus “manos estaban manchadas de sangre”. Además dijo:

Al utilizar por primera vez este tipo de armas nos alineamos con los bárbaros de las primeras edades”.

Es perfectamente obvio que el mundo entero se va al infierno. La única oportunidad posible es que procuremos que no sea así”.

“Los pueblos de este mundo tienen que unirse; de lo contrario, perecerán”.

Un colega suyo escribió sobre él, “Oppenheimer tuvo una muy completa formación en aquellos campos que caen fuera de la tradición científica, como su interés en la religión, particularmente en la religión Hindú, que se transformó en una especie de sentimiento de misterio que lo rodeaba. Veía la física con claridad, mirando lo que ya se había logrado, pero en el límite tendía a sentir que había mucho más de misterio de lo que realmente había… se alejó de los métodos fuertes y crudos de la física teórica en dirección hacia un sentimiento místico de amplia intuición”.

Dios ha concedido a todos los seres humanos un misterio que hasta al propio Immanuel Kant maravilló, algo que sin la menor sonoridad es capaz de emitir avisos elocuentes constantes y hasta verdaderos alaridos: la conciencia. Y es que cuando no se escucha su voz, ésta se puede cauterizar hasta el grado de que se haga insensible. Pero a veces lo hecho quizá pueda ser tan grave que su voz rompe absolutamente todas las barreras. Y es ahí cuando algunos seres humanos ya no puede más. Algunos se suicidan por el dolor insoportable. Otros, como los casos tratados, dándose cuenta de su tremendo error sienten el impulso irrefrenable de buscar a Dios por misericordia y fuente de todo consuelo.

Esteban López