Etiquetas

, , , , ,

Nicodemo era fariseo, “jerarca de los judíos,” miembro del Sanedrín y “maestro de Israel”, pero aún así fue a hablar con Jesús intrigado por todas las obras que hacía. Lo hace de noche, quizá por el temor a la opinión pública y debido a la oscuridad espiritual de muchos dirigentes judíos. Al hablar con Jesús, no hacía más que usar la expresión “¿cómo?”, lo que ilustra que no entendía muy bien sus metáforas espirituales. Pero era sincero y quería saber. Su conversación con él provocó que Jesús pronunciara algunos de los más bellos conceptos contenidos en el evangelio. Éste es el pasaje:

 “Había entre los fariseos un dirigente de los judíos llamado Nicodemo.  Éste fue de noche a visitar a Jesús.

—Rabí —le dijo—, sabemos que eres un maestro que ha venido de parte de Dios, porque nadie podría hacer las señales que tú haces si Dios no estuviera con él.
—De veras te aseguro que quien no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios —dijo Jesús.
 —¿Cómo puede uno nacer de nuevo siendo ya viejo? —preguntó Nicodemo—. ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre y volver a nacer?
—Yo te aseguro que quien no nazca de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios —respondió Jesús—. Lo que nace del cuerpo es cuerpo; lo que nace del Espíritu es espíritu.  No te sorprendas de que te haya dicho: “Tienen que nacer de nuevo.” El viento sopla por donde quiere, y lo oyes silbar, aunque ignoras de dónde viene y a dónde va. Lo mismo pasa con todo el que nace del Espíritu.

 Nicodemo replicó:

—¿Cómo es posible que esto suceda?
—Tú eres maestro de Israel, ¿y no entiendes estas cosas? —respondió Jesús— Te digo con seguridad y verdad que hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto personalmente, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio. Si les he hablado de las cosas terrenales, y no creen, ¿entonces cómo van a creer si les hablo de las celestiales?  Nadie ha subido jamás al cielo sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre.

 Como levantó Moisés la serpiente en el desierto, así también tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.

Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él. El que cree en él no es condenado, pero el que no cree ya está condenado por no haber creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios.  Ésta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, pero la humanidad prefirió las tinieblas a la luz, porque sus hechos eran perversos.  Pues todo el que hace lo malo aborrece la luz, y no se acerca a ella por temor a que sus obras queden al descubierto. En cambio, el que practica la verdad se acerca a la luz, para que se vea claramente que ha hecho sus obras en obediencia a Dios. -Juan 3, NVI.

Más adelante en el tiempo, el evangelio muestra a Nicodemo intentanto defender a Jesús de Nazaret cuando se le acusaba, mostrando así cómo lo apreciaba y simpatizaba con él:

“Los guardias del templo volvieron a los jefes de los sacerdotes y a los fariseos, quienes los interrogaron:

—¿Se puede saber por qué no lo han traído?
—¡Nunca nadie ha hablado como ese hombre! —declararon los guardias.
—¿Así que también ustedes se han dejado engañar? —replicaron los fariseos— ¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes o de los fariseos?  ¡No! Pero esta gente, que no sabe nada de la ley, está bajo maldición.
Nicodemo, que era uno de ellos y que antes había ido a ver a Jesús, les interpeló:
—¿Acaso nuestra ley condena a un hombre sin antes escucharlo y averiguar lo que hace?
—¿No eres tú también de Galilea? —protestaron—. Investiga y verás que de Galilea no ha salido ningún profeta.
Entonces todos se fueron a casa. -Juan 7:45-53, NVI.

La última referencia en el evangelio a este maestro de la ley es cuando tanto él como José de Arimatea se preocupan llenos de aprecio por el cuerpo de Jesús después de ser ejecutado. Nicodemo trae personalmente aceites perfumados para untarlo:

“Después de esto, José de Arimatea le pidió a Pilato el cuerpo de Jesús. José era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos. Con el permiso de Pilato, fue y retiró el cuerpo.  También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, llegó con unos treinta y cuatro kilos de una mezcla de mirra y áloe. Ambos tomaron el cuerpo de Jesús y, conforme a la costumbre judía de dar sepultura, lo envolvieron en vendas con las especias aromáticas. En el lugar donde crucificaron a Jesús había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo en el que todavía no se había sepultado a nadie. Como era el día judío de la preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.” -Juan 19:38-42, NVI.

Nicodemo se dió cuenta de que Jesús era alguien muy especial. Simpatizaba con él a pesar de que, como judío, vivía inmerso en un opresor sistema religioso. Hoy día también existen muchos “Nicodemos,” que simpatizan más con Jesús de Nazaret que con ciertos aspectos de la “oficialidad” eclesiástica, a veces opresiva también en sentido espiritual y alejada del espíritu sencillo y amoroso del Nazareno.

Nicodemo, interpretado por Laurence Olivier en el film de Franco Zeffirelli, “Jesús de Nazaret”

Nicodemo conocía bien la ley y es muy posible que al ver agonizar a Jesús en el madero hubiera llegado a entender ya que aquello no era un final, sino un maravilloso principio. Y es también posible que al mirarlo pronunciara las siguientes palabras proféticas de Isaías:

“Despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, hecho para el sufrimiento. Todos evitaban mirarlo; fue despreciado, y no lo estimamos. Ciertamente él cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores, pero nosotros lo consideramos herido, golpeado por Dios, y humillado. Él fue traspasado por nuestras rebeliones, y molido por nuestras iniquidades; sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz, y gracias a sus heridas fuimos sanados.

“Todos andábamos perdidos, como ovejas; cada uno seguía su propio camino, pero el Señor hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros. Maltratado y humillado, ni siquiera abrió su boca; como cordero, fue llevado al matadero; como oveja, enmudeció ante su trasquilador; y ni siquiera abrió su boca.” -Isaías 53, NVI.

Esteban López