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Santidad” (grEscrituras. hagios), según las Escrituras, tiene que ver con lo que está apartado para el servicio a Dios; también con el derrotero ético de quienes entran en una relación personal con Él. Es limpieza de corazón que se refleja en buena conducta que siempre honra a Dios. De ahí que al pueblo de Israel, Dios le dijera, “ustedes deben ser santos porque yo soy santo” (Lev. 11:45, DHH).

Fue Cristo Jesús quien mostró mejor que nadie santidad plena y perfecta al servir a Dios. Y son los cristianos, quienes como pueblo separado, han sido elegidos para el servicio a Dios. La santidad no es privilegio de solo algunos, ya que todos los cristianos han sido llamados a servir en santidad según el modelo de Cristo Jesús:

Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él“. – Efesios 1:4, NBD.

Por lo tanto, como escogidos de Dios, santos y amados, vístanse de afecto entrañable y de bondad, humildad, amabilidad y paciencia“. – Col. 3:12; Fil. 1:1, 4:21,21, NBD.

Más bien, sean ustedes santos en todo lo que hagan, como también es santo quien los llamó; pues está escrito:  ‘Sean santos, porque yo soy santo’“. – 1 Ped. 1:15, 16, NBD.

Los cristianos son llamados a vivir esa santidad según el modelo de Cristo hasta la plena realización de esa santidad en el reino de Dios:

Pero, según sus promesas, nosotros esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, donde reinará la justicia“. – 2 Pedro 3:13, RVC.

Un sacerdocio santo

Las siguientes palabras mostrarían además que todos los que han puesto fe sincera en Jesucristo, forman ya una clase sacerdotal al servicio de Dios, y que no sería necesaria una separación entre “clero” y “laicado”: 

Cristo es la piedra viva, rechazada por los seres humanos pero escogida y preciosa ante Dios. Al acercarse a él, también ustedes son como piedras vivas, con las cuales se está edificando una casa espiritual. De este modo llegan a ser un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por medio de Jesucristo… Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable”. – 1 Pedro 2:4-6, 9. 

Sobre esto, un muy respetado teólogo católico escribió:

“Esto se suele aplicar sin duda alguna a la Iglesia “sacerdotal” o clerical. Interrogando a los testigos de los tiempos bíblicos y del cristianismo primitivo, llegamos a la conclusión clara y convincente de que episcopado y sacerdocio se desarrollaron en la Iglesia al margen de la Escritura y fueron más adelante justificados como parte del dogma. Todo parece hoy indicar que ha llegado la hora, para la Iglesia, de regresar a su ser propio y original“. – Herbert Haag, 1915-2001. Profesor de Antiguo Testamento en la facultad de teología de Lucerna, y desde 1960-1980 en la facultad católica de la Universidad de Tubinga. Fue presidente de la Asociación Bíblica Católica de Stuttgart y autor junto a A. Van Den Bon y Serafín Ausejo (Herder 1981) del prestigioso Diccionario de la Biblia.

El apóstol Pablo escribe también:

Les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta“. – Romanos 12:1,2, NVI.

Y “Siempre dediquen al Señor Jesús todo lo que digan y lo que hagan… Cuando hagan cualquier trabajo, háganlo de todo corazón, como si estuvieran trabajando para el Señor y no para los seres humanos“. – Col. 3:17,23, NVI.

Por tanto, todo lo que hace el cristiano sincero en su vida es servicio sagrado a Dios porque ha dedicado ésta a hacer su voluntad. El padre de familia que lucha diariamente por mantenerla, o la esposa que cuida de toda ella, o la hija que cuida abnegadamente de sus padres enfermos, no son menos santos que un ‘santo de los altares’ ni que un clérigo. La santidad se muestra en el modo de vida, en los buenos actos, en ‘la fe, esperanza y amor‘ demostrados, no en simples actividades religiosas específicas o en el rango eclesiástico recibido. No es un simple título u honra. Es solo Dios el que sabe quién cumple realmente los requisitos de verdadera santidad, el único que conoce de verdad el corazón, además de las obras de cada uno.

Véase ¿Qué Iglesia quería Jesús?“, por Herbert Haag

Esteban López

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