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purgatorioLa palabra infierno transmite la idea de un lugar o situación que causa gran sufrimiento o malestar. Así, es común usar expresiones como “aquel pequeño incendio se convirtió en un infierno“, o “la batalla fue un verdadero infierno“. La razón es la enseñanza doctrinal que durante siglos han mantenido la mayoría de las iglesias de la cristiandad, es decir, la idea de que el infierno es un lugar donde los condenados por sus pecados sufren después de la muerte en un castigo eterno.

No obstante, en honor a la verdad hay que decir que semejante idea no es solo algo totalmente ajeno a las Escrituras, sino también a las primeras profesiones de fe cristianas.

La palabra latina Infernus, equivalente a la hebrea Sheol y a la griega Hades, no significan otra cosa que el sepulcro de la humanidad, el lugar donde están todas las personas que han fallecido, el lugar de los muertos. Es solo una forma de expresar ese estado, no un lugar de tormento eterno en fuego inmisericorde.

Algo de historia

Sin embargo, poco a poco al lugar donde están los malos se le empezó a conocer con la palabra Gehéna, cuyo significado etimológico viene del Valle de Hinnóm, situado al sur de Jerusalén, un lugar donde se habían hecho sacrificios idolátricos al dios Moloc, que servía como basurero y de quema de cadáveres y donde había un fuego permanente.

Los sermones de la idea de infierno como lugar de tormento empezaron a surgir: Crisóstomo, Agustín de Hipona (quien decía que todos los niños no bautizados son condenados al infierno debido a su supuesta culpa del pecado original). Dante llegó a afirmar en su Divina Commedia, dejad toda esperanza los que aquí entráis“.

La primera formulación oficial sobre el infierno se produjo en el año 543 en el llamado Sínodo de Constantinopla. Allí, en contra de Orígenes, a quien habían seguido Padres de la Iglesia como Gregorio de Nisa, Dídimo, Diodoro de Tarso, Teodoro de Mopsuestia, y durante algún tiempo también Jerónimo, se definió lo siguiente:

El castigo del infierno no se impone solo por un tiempo, sino que es temporalmente ilimitado, dura eternamente“.- D. P. Walker, The Decline of Hell. Seventeenth-Century Discusions of Eternal Torment (Chicago 1964).

El más grande de los concilios de la Edad Media, el Concilio Lateranense IV del año 1215, ratificó solemnemente que “los unos reciben con el diablo el castigo eterno y los otros con Cristo la gloria eterna“.

El Concilio de Florencia del año 1442 declaró condenados a todo el que no fuera parte de la iglesia católica en los siguientes términos:

La santa Iglesia romana… cree firmemente, confiesa y proclama que nadie fuera de la Iglesia católica, sea pagano o judío o no creyente o separado de la unidad, tiene parte en la vida eterna, sino que cae en le fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles, a no ser que antes de la muerte se una a ella” (la Iglesia católica).

La Constitución Benedictus Deus (1336), de Benedicto XII:

Nos definimos: tal como Dios ha ordenado universalmente, las almas que mueren habiendo cometido un pecado mortal van inmediatamente al infierno, donde son atormentados con penas infernales“.

En el Concilio Vaticano II, aunque se reconoce que hasta los ateos de buena fe pueden alcanzar la vida eterna, la cuestión del Infierno no se llegó a tratar directamente de manera profunda.

La doctrina del infierno de fuego como amenaza

La principal razón del mantenimiento de semejante doctrina fue el deseo de poder de la Iglesia sobre las almas. El resultado fue el de cristianos muertos de miedo a la condenación eterna. Moralistas de reprimida sexualidad y ascetas procuraron siempre la propia salvación y la de los demás no solo con amenazas, sino infligiendo ellos mismos a otros los tormentos que de todas formas iban a encontrar herejes, judíos, brujas e infieles de todo tipo en el infierno. Para ello se empleó la espada, la tortura, y sobre todo el fuego. Conversiones forzadas, quema de herejes, progroms de judíos, quema de brujas en la hoguera, todo en el nombre de una religión que afirmaba tener al amor como su principal razón de ser y que costó millones de vidas humanas. Por ejemplo solo en Sevilla (España), en cuarenta años fueron quemadas por la Inquisición 4000 personas. La conquista de las Americas imponía también la idea de “bautismo o muerte“, y la Inquisición se encargaba de adelantarles a muchos “los suplicios del infierno“.

Tampoco los reformadores, afectados por la tortura del temor al demonio y al infierno, dudaron nunca en perseguir a los no creyentes, a los judíos y herejes. Lutero por ejemplo no dudó en aprobar la matanza de miles de anabaptistas, quienes disentían de él en algunas creencias. Incluso hoy día, sectas cristianas fundamentalistas aunque no queman literalmente en la hoguera, expulsan y cortan de por vida toda relación con familiares y amigos, como es el caso de los Amish y los testigos de Jehová, estos últimos con la amenaza de una “destrucción eterna”. Incluso en el Corán se encuentran angustiosas descripciones de los tormentos del infierno de fuego.

Lo mismo debe decirse de la doctrina del Purgatorio, de desarrollo posterior a la escritura de la Biblia, a cuya venta de indulgencias por las almas del purgatorio hasta el mismo Lutero se opuso en 1517 provocando así la Reforma Protestante.

Perspectiva pacífica cristiana

Por otro lado, de todo lo anteriormente dicho hay que tomar conciencia de que nada de eso tiene que ver con Jesús de Nazaret. Va completamente en contra de la ley del amor inculcada por él a sus discípulos. Porque por muy malo que sea un hijo, ¿permitiría su padre que sufriera para siempre en horribles tormentos y hasta la eternidad? Si es difícil esperar eso de un hombre, ¿debería esperarse de Dios? Eso escapa, no solo al sentido común sino también al verdadero espíritu del Evangelio. Como lo expresa el profesor Manuel Fraijó:

“Él procedía por insinuaciones, por respetuosas invitaciones y apelaciones a lo más profundo del hombre. Nunca violentó conciencias ni impuso dogmáticamente sus propias convicciones. Es ocioso recordar que no impuso sanciones ni condenó a nadie al silencio. Alguna vez, sus discípulos le pidieron que hiciera bajar fuego del cielo para dar su merecido a los disidentes, pero Jesús rechazó ásperamente su propuesta. Y sus mejores seguidores hablaron siempre con parresía, es decir, con una libertad que afrontaba el riesgo. Es la libertad que mueve a los que confían en que la verdad es noble y se abre paso por sí misma.” Fragmentos de Esperanza, pág. 355.

No fue el cristianismo quien condujo a la hoguera a Bruno, Savonarola, Hus y a tantos miles de herejes y brujas; no fue él quien condenó a Lutero, Galileo y tantos otros; no fue él quien encendió la mecha de las guerras de religión que asolaron Europa; ni fue él quien repartió condenas y anatemas; ni corren de su cuenta los crímenes que se cometieron con los habitantes del nuevo mundo; ni inventó el índice de libros prohibidos… Quiero decir que todo eso es contrario al auténtico espíritu cristiano, al genuino mensaje de Jesús. Es de elemental justicia reconocerlo. – Manuel Fraijó, “El futuro del cristianismo“, Fundación Santa María, 1995.

Y es que la doctrina del Infierno de tormentos eternos no aparece ni el Padrenuestro ni en las Bienaventuranzas. Para ilustrar lo que se quiere decir, una anécdota:

Kristian Schjeldrup

Kristian Schjeldrup

En 1953 y en años subsiguientes tuvo lugar en la Iglesia de Noruega, de confesión luterana, una disputa sobre la infierno. En un programa de radio el entonces profesor emérito de dogma, O. Hallesby, empezó a decir a los oyentes:

Seguro que esta noche estoy hablando a muchos que saben que no están convertidos. Tú sabes que si ahora cayeras muerto al suelo caerías directamente al infierno“.

Pero entonces, intervino Kristian Schjeldrup (1894-1980), teólogo, humanista y obispo de Hamar, Noruega, diciendo,

Me alegro de que en el día del juicio final no serán los teólogos y los príncipes de la iglesia quienes nos juzguen, sino el Hijo de hombre en persona. Y no dudo de que el amor y misericordia de Dios son más grandes que lo que deja traslucir la doctrina de las penas eternas del infierno… Para mí, la doctrina del castigo eterno del infierno no pertenece a la religión del amor“.

Esteban López