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miedo2Cuando en una sociedad determinada no hay libertad ni justicia, lo que prevalece de manera pertinaz es el miedo, esa trémula sensación de que algo adverso puede pasar si uno muestra en algún momento que quiere actuar como ser plenamente libre.

Al mismo tiempo, las sociedades no libres son propicias a crear molestos disidentes; los más sinceros y valientes suelen pagar un alto precio por su actitud: cárcel, expulsión, destierro, extremo rechazo de la familia, de supuestos amigos o de los propios correligionarios. Otros quizá disientan también en su fuero interior y es posible que cuando se expresen, lo hagan de manera prudente o poco abierta, pero el miedo pertinaz los paraliza, de modo que prefieren mantenerse en un seguro y tranquilo anonimato. Otros, sin embargo, simplemente se acomodan o intentan centrarse en lo positivo, pero ese mirar para otro lado ante las injusticias o la falsedad nunca puede evitar la permanente sensación de vivir apresados, sin verdadera libertad en lo que podría asemejarse a una hermosa, segura y hermética jaula de oro.

Quizá uno de los aspectos que más desconciertan es el hecho de que pasa el tiempo y algunas dictaduras, sean del tipo que sean, persisten. Se conculcan básicos derechos humanos como la libertad de expresión, de creencia, de asociación, etc, pero parece que a todo ello todos nos acostumbramos. No hay que olvidar, no obstante, que ocurra donde ocurra, la falta de libertad y de justicia asfixia el alma humana y llena de temor la convivencia. Poco importa que ese miedo se dé entre los disidentes de alguna dictadura, entre los miembros de alguna que otra organización religiosa, en países donde el Estado no se ha separado del fundamentalismo religioso, o en sociedades con un temor permanente a imprevisibles crisis económicas; se trata del mismo miedo, la misma clase de terror y desconfianza que se siente por tener que vivir en medio de un mundo a menudo profundamente injusto y con un amplio déficit de justicia, solidaridad y libertad.

mujer-miedoLas situaciones de miedo pueden darse en muchos entornos, incluido el mismo hogar donde muchas personas son víctimas de violencia física o psíquica llegando a sufrir lo indecible por ello, hasta encontrando la muerte muchas de ellas. Sobrecoge la fría estadística solo cuando se repara un poco en ello. También el miedo a simplemente subsistir, a perder el trabajo en un mundo tan frío, competitivo y despiadado, donde la persona es un simple número o solo un ‘recurso humano’, y donde a menudo prevalece y se convive en medio de una profunda inhumanidad.

También existe el miedo en la política. Expresiones como “campos de concentración” o “Archipiélago Gulag“, ilustran muy bien que a menudo, como decía el autor latino Plauto (254-184 a. C.) Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit (‘Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro’), expresión repetida y popularizada también por el filósofo inglés Thomas Hobbes (1588-1679) en su obra Leviatán. Y es que la experiencia muestra que los enemigos más abyectos no suelen encontrarse siempre fuera del partido, sino dentro del mismo, y que el menor error o disidencia puede hacer que se pase de ser un buen “camarada” a un odiado y despreciable “traidor”. No es de extrañar que Octavio Paz dijera que ‪”La historia del siglo XX es la historia de las utopías convertidas en campos de concentración“.

Pero quizá lo más contradictorio es que ese miedo se de en el campo de la religión cuando se supone que todas preconizan el amor a Dios y al prójimo. Y es que ciertos fundamentalismos tienden a asfixiar la dignidad humana en ese entorno también. De modo que si dentro de una religión determinada existe un permanente ambiente de sospecha, si uno no puede expresarse con libertad por miedo a la ‘autoridad’ religiosa o a otros ‘más papistas que el papa’, si se siente uno vigilado o amenazado con algún tipo de exclusión o represalia, entonces quizá haya llegado el tiempo para que se pregunte seriamente si está ahí realmente Dios.

En el Evangelio, sin embargo, no hay duda. Jesús de Nazaret dice que él no vino para poner cargas innecesarias o un yugo de esclavitud a nadie. También Juan, su apóstol:

En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor“. – 1 Juan 4:18

También Pablo de Tarso:

“Cuando Dios nos hizo libres por medio de la muerte de Cristo, pagó un precio muy alto. Por eso, no debemos hacernos esclavos de nadie”. – 1 Cor. 7:23, TLA.

Adoux Huxley (1894-1963) lo expresa también muy bien cuando dice:

El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no solo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma”.

Y es que el miedo restringe, empobrece y hasta envilece. Saca lo peor de nosotros. No se puede vivir con miedo. El miedo siempre suele ser el producto de una situación anómala, enferma, artificial y atentatoria contra la dignidad misma del ser humano. Por otro lado, vivir en un entorno de libertad y rectitud hace todo lo contrario, lo eleva y potencia su infinita capacidad de producir lo mejor en beneficio de sí mismo y de los demás.

Esteban López

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