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trinidad2Fue en el primer Concilio de Nicea (325) donde se adoptó el llamado Símbolo Nicerino, una promulgación dogmática de los contenidos de la fe cristiana en vista de las divisiones existentes. A él llegaron los cristianos divididos sobre si Jesucristo era Dios mismo (Atanasio) o si había sido la primera creación de Dios sin ser el Dios Todopoderoso (Arrio). Al final y después de un mes de discusión, se impuso la visión de Atanasio, aunque podría haber prevalecido de igual modo la visión arriana. La inclusión del Espíritu Santo en la fórmula atanasiana todavía necesitó de otro concilio diferente, el Concilio de Constantinopla (381). Se quemaron los libros arrianos, se excomulgó al propio Arrio y se amenazó con pena de muerte a quien le siguiera. Es curioso saber no obstante, que aunque el emperador Constantino pretendía unificar el cristianismo al convocar el concilio de Nicea, él mismo fue simpatizante de los planteamientos de Arrio en distintas épocas de su vida.

Aunque el dogma de la Trinidad fue aceptado por muchas iglesias, el debate continuó durante siglos. Incluso se llegó a matar por ello. Por ejemplo, el científico y teólogo español Miguel Servet (1509-1553) mantuvo postulados contrarios al dogma de la Trinidad en su obra Christianismi Restitutio. Por ello fue repudiado tanto por católicos como protestantes y finalmente quemado en la hoguera en Ginebra por orden del reformador Juan Calvino y la aprobación de las iglesias reformadas. Incluso son muchos los cristianos hoy día que no aceptan el dogma de la Trinidad por no ver suficiente base en las Escrituras. Además la fórmula trinitaria no solo les extraña a ellos por compleja y artificial. También a judíos y musulmanes, religiones descendientes de Abrahán, para quienes Dios es siempre Uno solo.

Es interesante por otro lado que Jesús de Nazaret nunca afirmara ser Dios mismo, sino el Hijo de Dios (expresión, por cierto, que continuaba siendo muy atrevida en su tiempo), y al que siempre se dirigía a él como “el Padre“, como alguien superior al que dirigirse por ayuda y consuelo. Por otro lado, es lógico pensar en el carácter divino de Jesús al ser hijo de Dios. Porque igual que un padre humano solo puede transmitir a su hijo carácter humano (humanidad), Jesús solo podía recibir de parte de su padre carácter divino o divinidad. Y en las Escrituras se le llama también el “primogénito de toda creación” (Col. 1:15).

Sobre el Espíritu Santo, al que se le suele llamar “la tercera persona de la Trinidad“, nada hay en las Escrituras que muestre que sea una persona. Y no hay nada de extraño en que en ocasiones se le personifique. Eso en las Escrituras también se hace con otros conceptos como es el caso de la Sabiduría. Véase por ejemplo Proverbios capítulo 8 donde se la puede ver sintiendo y pensando como si de una persona más se tratara. Toda la evidencia y contexto bíblico muestra que el Espíritu Santo es el poder de Dios, el mismo que usó para la Creación de todo lo que existe y el mismo que recibieron los profetas y Jesús mismo para efectuar obras poderosas. – Véase Sobre el Espíritu Santo de Dios.

Es también interesante y esclarecedora la opinión del teólogo católico Hans Küng sobre esta cuestión:

No hay doctrina de la trinidad en el Nuevo Testamento. Si bien abundan las fórmulas triádicas, sin embargo, en todo el Nuevo Testamento no hay ni una sola palabra acerca de una ‘unidad’ de estas tres magnitudes altamente distintas, de una unidad en un igual plano divino. Cierto que hubo una vez en la primera carta de Juan una frase (Comma Johanneum) que, en el contexto de espíritu, agua y sangre, mencionaba a continuación al Padre, la Palabra y el Espíritu, que serían uno. Sin embargo, la investigación histórico-crítica ha desenmascarado esta frase como una falsificación nacida en el norte de África o en España en siglo III o IV, y de nada sirvió a las inquisitoriales autoridades romanas su empeño en defender todavía a principios de este siglo como auténtica esta frase.

“¿Qué otra cosa significa esto en palabras llanas sino que en el judeo-cristianismo, incluso en todo el Nuevo Testamento, existe la fe en Dios el Padre, en Jesús el Hijo, y en el Espíritu Santo de Dios, pero que no hay una doctrina de un Dios en tres personas (modos de ser), una docrina de un ‘Dios uni-trino,’ de una ‘Trinidad’? Pero ¿cómo entiende el Nuevo Testamento la relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo? “Para darnos a entender la relación de Padre, Hijo y Espíritu no hay en todo el Nuevo Testamento otra historia mejor que aquel discurso de defensa del protomártir Esteban que Lucas nos ha transmitido en sus Hechos de los Apóstoles. Esteban tiene una visión durante ese discurso: ‘Lleno del Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo: ‘Veo el cielo abierto y a aquel Hombre de pie a la derecha de Dios.’ Aquí se habla, pues, de Dios, del Hijo del Hombre y del Espíritu Santo. Pero Esteban no ve, por ejemplo, una divinidad trifacial y menos aún tres hombres de igual figura, ni un símbolo triangular, como llegará a utilizarse siglos más tarde en el arte cristiano occidental. Más bien:

– El Espíritu Santo está al lado de Esteban, está en él mismo. El Espíritu, la fuerza y poder invisibles que proceden de Dios, lo llena por completo y le abre así los ojos: ‘en el espíritu’ se muestra a él el cielo.

Dios mismo (ho theós ‘el’ Dios a secas) permanece oculto, no se asemeja al hombre; solo su ‘gloria’ (hebreo ‘kaboda’, griego ‘doxa’) es visible: esplendor y poder de Dios, el resplandor que proviene por completo de él.

Jesús, finalmente, visible como el Hijo del Hombre, está ‘a la derecha de Dios’: esto significa en comunidad con Dios, en igual poder y gloria. Como Hijo de Dios elevado y recibido en la vida eterna de Dios, él es vicario de Dios para nosotros y, a la vez, como hombre, el representante de los hombres ante Dios.

“De todo esto debería desprenderse con claridad que la cuestión clave sobre la doctrina de la Trinidad es, según el Nuevo Testamento, no la cuestión declarada como ‘misterio impenetrable (misterium stricte dictum) de cómo tres magnitudes tan distintas pueden ser ontológicamente uno, sino la cuestión cristológica de cómo hay que expresar según las Escrituras la relación de Jesús (y en consecuencia también la del Espíritu) con Dios mismo. Ahí no es lícito poner en tela de juicio ni por un instante la fe en el Dios uno, que el cristianismo comparte con judíos y musulmanes: fuera de Dios no existe ningún otro dios… El principio de unidad es para el Nuevo Testamento, como para la Biblia hebrea, el Dios uno, (ho théos: el Dios=el Padre), del que todo procede y hacia el que todo se dirije.

“Si se quisiera enjuiciar a los cristianos anteriores a Nicea desde la vertiente del concilio de Nicea, entonces no solo los judeoscristianos, sino también casi todos los padres de la iglesia griegos serían herejes porque ellos enseñaban como obvia una subordinación del ‘Hijo’ al ‘Padre’ que según la posterior medida de la definición equiparadora de una ‘igualdad de esencia’ por el concilio de Nicea es considerada como herética. A la vista de estos datos apenas se puede obviar la pregunta: si en vez de tomar al Nuevo Testamento como medida se toma al concilio de Nicea, ¿quién había en la Iglesia antigua de los primeros siglos que fuera ortodoxo?

“¿De dónde proviene en realidad esta doctrina de la Trinidad? Respuesta: es un producto del gran cambio de paradigmas, del paradigma protocristiano-apocalíptico al paradigma veterocristiano-helenista”

Hans Küng, El Cristianismo, Esencia e Historia, Trotta, 1997, págs. 110-118.

Sobre el Espíritu Santo

Lo mejor es partir también aquí de la tradición judía. Según la Biblia hebrea y también el Nuevo testamento, Dios es un espíritu, femenino en hebreo: la ruah, que originariamente significa aliento, soplo, viento. Palpable, pero no palpable; invisible, pero poderoso. Importante para la vida como el aire que respiramos; cargado de energía como el viento, la tempestad. Eso es el Espíritu. Se quiere dar a entender con ello nada menos que la fuerza y el poder vivientes que proceden de Dios, que obran de manera invisible tanto en el individuo como en el pueblo de Dios, en la Iglesia como en el mundo en general. Es santo ese Espíritu en cuanto que se diferencia del espíritu no santo del hombre y de su mundo: como espíritu de Dios. Él es -así lo dice el credo de los cristianos- la fuerza motriz (dynamis, no ley) en la cristiandad.

“Pero hay que cuidarse de malentendidos: si nos atenemos al Nuevo Testamento, el Espíritu Santo no es -como sucede a veces en la historia de las religiones- un Tercero, distinto de Dios, entre Dios y el hombre, un fluido mágico, substancial, misterioso-sobrenatural de naturaleza dinámica (un “Algo” espiritual), ni un ser mágico de tipo animista (algún ser fantasmal o fantasma). Mas bien, el Espíritu Santo no es otro que Dios mismo. Dios mismo en cuanto que está cerca del hombre y del mundo y actúa en el interior como poder conmovedor, pero no sensible, como la fuerza creadora de vida, pero también juzgadora, como la gracia donante, pero no disponible. Por consiguiente como Espíritu de Dios el Espíritu es tan poco separable de Dios como el rayo solar del sol. Si se pregunta, pues, cómo el Dios invisible, impalpable, incomprensible, está cerca, presente, del hombre creyente, entonces la respuesta del Nuevo Testamento es unánime: Dios está cerca de nosotros los hombres en el Espíritu; presente en el Espíritu, a través del Espíritu, como Espíritu.

– Hans Küng, El Cristianismo, Esencia e Historia, Trotta, 1997, pág. 57.

Esteban López