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Después de que Neil Armstrong (1930-2012) pisara la Luna el 21 de julio de 1969, regresó en olor de multitudes, expresión ésta de origen medieval equivalente a “olor de santidad”, como si hubiera sido tocado por los hados con alguna doble porción de conocimiento.

Armstrong tuvo infinidad de entrevistas en distintos medios de comunicación y ciudades del mundo. Aunque en ciertos aspectos todas las preguntas siempre se parecían, llama la atención el hecho de que las últimas preguntas que le hacían casi siempre tenían que ver con lo que él opinaba sobre los grandes interrogantes existenciales, como por ejemplo “por qué estamos aquí”, “de dónde venimos”, “hacia dónde vamos”, etc. Armstrong solía responder que él simplemente era un técnico que junto a otros técnicos habían logrado que el hombre pisara la luna, sin que se atreviese a afrontar cuestiones que en el fondo iban más allá de su campo profesional. Había estado en el espacio exterior e incluso pisado la luna, pero sus preguntas personales seguían siendo las de toda la humanidad. Porque aunque es verdad que la ciencia ha logrado grande hazañas y facilitado mucho la vida al ser humano con sus grandes avances, en ocasiones muchos la han colocado en un pedestal, como si fuera la gran panacea a todos los males del mundo o la respuesta a todos nuestros interrogantes. Sin embargo, con gran humildad Edmund Husserl (1859-1938) afirmó:

La ciencia nada tiene que decir sobre la angustia de nuestra vida, pues excluye por principio las cuestiones más candentes para los hombres de nuestra desdichada época: las cuestiones sobre el sentido o sinsentido de la existencia humana”.

Blade Runner

En el año 1982 el director estadounidense Ridley Scott realizó el filme Blade Runner convirtiéndose en todo un éxito tanto de críticas como de taquilla. La obra contiene muchos aspectos interesantes tanto desde el punto de vista cinematográfico, como también desde una perspectiva filosófica.

Trata el argumento de un tiempo futuro en el que los humanos han logrado diseñar por ingeniería genética seres muy parecidos a ellos y que reciben el nombre de “replicantes“. Su inteligencia les lleva a darse cuenta de lo corta que es su vida, pues solo pueden vivir cuatro años; algo que, salvando las distancias, también nos ocurre a nosotros los humanos, aunque en este caso vivamos setenta u ochenta años, que en realidad y bien pensado no son muchos más. Las comparaciones filosóficas por tanto son absolutamente inevitables.

Por ejemplo, los árboles Secoya de los bosques de California suelen tener una gran longevidad. Algunos tienen 3000 años de edad. Sin embargo, nosotros los humanos vivimos más bien poco, y no solo en comparación con ellos. Hay tortugas por ejemplo que viven 200 años y cisnes que viven incluso 90. Cabe preguntarse por qué vivimos tan poco. Es como si algo no encajara, sobre todo cuando se tiene en cuenta que el corazón humano, cuando está bien cultivado, anhela y proyecta siempre hacia la eternidad.

En la escena final de la película Blade Runner, cuya porción se muestra más abajo, un ‘replicante‘ se pregunta por la razón de la existencia y las grandes preguntas de la vida. No entiende que toda su experiencia vital se pierda para siempre, y lo expresa de un modo absolutamente bello y poético cuando dice: “Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…”

A veces la vida es despiadada. Quizá perdamos seres queridos o nosotros mismos, sea por enfermedad o vejez, nos veamos próximos a la muerte. Muchas veces en momentos así las grandes cuestiones existenciales surgen. Las preguntas que hace el ‘replicante‘ en ese film son en realidad las mismas que nos hacemos todos nosotros. Amamos profundamente la vida y todo lo que ofrece; percibimos sus mil y una aristas que cautivan profundamente nuestra alma. Quizá por eso el compositor catalán Pau Casals estuvo componiendo música sin cansarse hasta los noventa y ocho años y nunca dijo que se aburría. Amaba absolutamente todo lo que hacía. Quizá por eso también, Frida Khalo, después de mucho sufrimiento, a la hora de morir exclamó: “¡Viva la vida!.” Quizá por eso y por muchas cosas más, a menudo resulta difícil creer que esas preguntas vitales no tengan algún día buenas respuestas; que sea difícil concebir que al final “todo tenga que perderse en el tiempo, como lágrimas en la lluvia“.

Filosofía y religión

La filosofía en todo esto intenta ayudar. Es una búsqueda constante, y es sabido que más que por sus respuestas, a la filosofía se la conoce más por sus constantes preguntas. Su materia prima es sobre todo la razón. Pero a menudo, quedarse solo en la pregunta no satisface demasiado, quizá nada en absoluto. Puede ser todo un ejercicio intelectual apasionante, es verdad, pero hay que ser humildes y reconocer que queda al final una irremediable sensación de vacío. Como muy bien lo expresa el poeta alemán Christian Johann Heinrich Heine (1797-1856), “Y seguimos preguntando, una y otra vez, hasta que un puñado de tierra nos calle la boca. ¿Pero es eso una respuesta?”

¿Existe, por tanto, alguna otra opción que abra quizá más posibilidades para poder  comprender? Es verdad que la religión, no ya como institución donde a menudo se pretende dar respuesta a todo, sino “como sed de Dios“, tampoco responde a todo de un modo absoluto. En el caso del cristianismo, hay que ser sinceros y humildes de nuevo y reconocer que éste no lo responde todo, al menos desde una perspectiva intelectual. Es como si se hubiera hecho a propósito, como si ciertas cuestiones sí se respondieran pero que otras se dejaran al campo de la fe. Al fin y al cabo si Dios existe sería su prerrogativa y su derecho el hacerlo así. Sin embargo, sí hay vislumbres de entendimiento más allá de la razón, una aproximación, lo que podríamos llamar intuición y que invita por lo menos a la pregunta esperanzada. En definitiva, que cuando la filosofía y la ciencia simplemente se quedan sin respuestas, la religión como sed de Dios abre una puerta a la esperanza. Aldous Huxley (1894-1963) lo expresa muy bien cuando dice que, “el interés negativo en el misticismo se tornó positivo, no a resultas de un solo suceso, sino más bien porque todo lo demás -el arte, la ciencia, la literatura, los placeres del pensamiento y de las sensaciones- terminaron por parecerme insuficientes. Uno llega a un punto en el que se dice, incluso al pensar en Beethoven, al pensar en Shakespeare: ¿Eso es todo?” 

Es una invitación a colocar la fe en las lagunas de la razón. No se explica todo, es verdad, pero se anima a confiar en la posibilidad de que Dios responda y que al final lo ponga todo en su sitio, incluso la respuesta a todas las preguntas de nuestro corazón. Como dice la Escritura, ‘ahora vemos como a través de un espejo de metal‘, la imagen no es nítida, pero al final ‘veremos cara a cara‘, con absoluta nitidez.

En realidad la fe es como un sexto sentido que va abriéndose paso a paso de manera firme sobre todo si se tiene la determinación de buscar sinceramente a Dios. Y es aquí donde hay que decir que algo que puede ayudar en ese campo es familiarizarse con las Escrituras, con los Evangelios por ejemplo, donde se encuentra el trato de Dios con la humanidad en el pasado, sus cualidades y sus promesas. Solo un ejemplo de impulso positivo: sorprende muy agradablemente la importancia que las Escrituras conceden al amor al prójimo o amor ágape, amor basado en altos principios. Es verdad que eso en sí no responde a todo en un sentido estrictamente intelectual, pero resulta ser todo un bálsamo en nuestra existencia y en nuestra relación con otros. Como respuesta no intelectual, no está mal como medio de poder entender muchas cosas, ¿verdad?

La invitación sigue ahí. Sería como estirar un poco el brazo para poder recibir un poco más de luz en toda esta agridulce existencia que todos llevamos, porque como dijo Pablo de Tarso a un grupo de filósofos epicúreos y estoicos en el Areópago de Atenas: “En realidad, Dios no está muy lejos de cada uno de nosotros, por si acaso buscan a tientas” (Hechos 17).

Esteban López